La vida no era tan complicada como clamaban, si, en ese maldito infierno podía ser un poco adversa, pero nada que no se pudiera superar con el compañero de a lado. Se suponía que existían reglas y mayores que las hacían valer con poco miramiento hacia la fuerza usada. Pero ellos sabían que los adultos, mayores como eran y cegados por sus tontos ideales, inseguras filosofías y vanas metas, eran necios y torpes. Y ciertamente, se les podía engañar.
Parecía que el calendario no existía ahí, un día de invierno podía ser igual a uno de verano, lo único diferente era el clima, pero por lo demás, la misma rutina día tras día, donde cualquier festividad pasaba inadvertida.
Ellos habían hallado como único modo de ‘celebración’ variar un poco la situación por cuenta propia. Uno de ellos había escuchado en el radio del comedor de entrenadores que sería día del niño, ciertamente no esperaban ninguna clase de novedad por parte de los dirigentes de ese maldito lugar, pero ellos podían alegrarse el día, alegrar el de otros, y arruinárselo a otros tantos.
El plan estaba trazado, cada quien sabía cual era su parte y como hacerla. El reloj de la torre indicó las once de la noche, la hora del cambio de guardia y donde iniciaban todo, se miraron entre si para comprobar que no había inseguridades, a partir de ese momento no había marcha atrás. -¿Listos?- se escuchó la voz del líder, pelirrojo, piel pálida y ojos de hielo.
Todos asintieron. Él fue el primero en asomarse por el pasillo, perfecto, el guardia se movía de su lugar, el relevo tardaría varios minutos. Esos holgazanes se tomaban su tiempo, y eso era a favor del grupo. Con un solo movimiento de mano, los cinco salieron sin producir un solo sonido. En la primera intersección se dividieron.
El más pequeño y el más alto se fueron hacia la izquierda, el pequeño de gran nariz y revuelto cabello azul oscuro era el que imitaba a la perfección la voz del director, y el más alto de hombros anchos y cabello rubio, era el único que alcanzaba las elevadas alacenas. Se deslizaron hacia las cocinas.
El segundo grupo, conformado por el líder y el segundo al mando, la adquisición más reciente a la banda, era el segundo más joven pero rivalizaba en inteligencia, agilidad y suspicacia, de hecho él había sido el autor intelectual del plan. Sus ojos rojos bajo el cabello gris se movían con precisión de cazador. Ellos tenían la tarea más peligrosa, obtener las llaves de la oficina del mismísimo director.
El último tenía la misión menos riesgosa, pero la más importante, éste chico de cabello lavanda era el del toque artístico y humor ácido, el ideal para crear la sorpresa que tenían preparada para la mañana siguiente, él se dirigía a la lavandería, solo ahí encontraría la tela de suficiente tamaño para la obra, ya habían guardado un día antes la pintura y los pinceles, sólo era cuestión de extraer las cosas.
-¿No deberían estar trabajando? ¿para eso es que les pago?- se escuchó una recia voz al fondo, los tres que consumían alimentos brincaron de sus sillas y tartamudeando disculpas salieron corriendo por la otra puerta, los dos chicos rieron silenciosamente y entraron.
-Sigo sin entender como haces eso.- Spencer se asomaba para asegurarse que no había quedado nadie. Después, aprisa se dirigió a las alacenas y extrajo lo indicado en la lista, pan, carne, algunas frutas y dulces, cosas que pocas veces podían degustar pero ese día, era para celebrar.
Mientras Ian se aseguraba que nadie se acercara. –Libre, ¿tienes todo?-
Spencer asintió y viendo el reloj supieron que iban a tiempo.
-Kai, ¿estás seguro que por ahí se puede entrar?-
-Por tercera vez, si. Mi abuelo siempre entra por ahí.-
-Tiene sus ventajas ser el nieto del dueño.-
-Cállate.- Kai le siseó indicándole que estaban a punto de llegar al pasillo más custodiado. Tenían perfecto conocimiento de la ubicación de las cámaras de seguridad y habían practicado el modo de evadirlas. Al fin llegaron a una puerta oculta entre altas cortinas rojas, se suponía que nadie sabía de ella y por ello permanecía desbloqueada. Al girar la perilla los dos contuvieron la respiración, el Director Boris dormía temprano, aunque en ocasiones se pasaba hasta tarde en su oficina, la suerte fue buena, estaba vacía. Suspiraron aliviados, se miraron y asintieron.
Después de una búsqueda sistemática hallaron su objetivo y salieron aprisa, iban retrasados y no podía permitirse ningún error. La salida fue más sencilla, y recuperaron el tiempo perdido, coincidieron con Spencer e Ian en las escaleras, y Brian ya estaba esperándolos en la puerta de la torre.
-Tardaron.-
Tala introdujo la llave y con extremo cuidado abrió la puerta, el crujir de la madera les pareció tan inmenso que mas de uno volteó hacia atrás esperando ser descubiertos, pero nadie apareció. Subieron hasta el punto más elevado de una de las cuatro torres de la Abadía. Y ahí dispusieron las cosas.
La comida en un lado, la manta extendida en otro, rodeada de la pintura y los pinceles. –A trabajar Kandinsky.- Kai dijo con una sonrisa de burla.
-¿Qué?- dijeron juntos Spencer, Ian y Tala.
-Ignorantes.- Kai se asomó por la ventana disfrutando la brisa fría y la vista. En sus tres años ahí había descubierto infinidad de lugares interesantes, gracias a la curiosa naturaleza de Tala y las locas ideas de Brian, además del apoyo de Ian y Spencer.
La espera se tornaba aburrida, por suerte Ian había cargado con una pequeña pelota, él, Tala y Spencer se entretuvieron lanzándola por todo el lugar, entre risas y burlas, era precisamente eso lo que les había permitido imaginar y llevar a cabo travesuras como esa, tener con quien reír, de quien burlarse, con quien pelear para después estallar en carcajadas. Apoyar y verse apoyados en los malos momentos. Que ahí no eran pocos.
El más pequeño de seis, seguido por Kai con ocho años, Tala le llevaba un año, Brian no aparentaba sus diez años, y al final Spencer, con doce era el más grande en edad además de estatura.
Se estaban durmiendo, Ian ya se había dormido sobre la pierna de Spencer, que para mitigar su aburrimiento comenzó a desparramar migajas de pan entre el cabello del pequeño, Tala sentado contra la pared lanzando la pelota hacia el otro muro, Kai miraba desde la otra ventana. -¡Listo!- los cuatro brincaron al escuchar la triunfal voz de Brian. Se acercaron a ver el producto de su trabajo. Brian se levantó, se sacudió la pintura de las manos y los miró. -¿Qué les parece?-
-¡Excelente!- Spencer levantó ambos pulgares.
-¡No puedo creerlo! Es idéntico.- Dijo Ian conteniéndose las carcajadas, fallando y revolcándose en el piso mientras reía.
-No eres un caso perdido.- Kai asintió, al igual que Tala.
Brian miró de nuevo, orgulloso de su trabajo, y se recostó en el piso. –Ahora, a colocarla. Y después a comer.-
Kai y Spencer fueron los encargados de trepar al techo, amarraron firmemente lazos en dos puntos y los unieron con dos esquinas de la manta, Ian y Tala abajo amarraron las piedras más pesadas que pudieron cargar en las esquinas restantes y las lanzaron por la enorme ventana, incapaces de contener las risas al imaginar las caras de todos. Acabada la labor, se tiraron al lado de Brian descansando un momento.
-Muero por ver la cara de Boris cuando la vea.- Dijo Tala.
-Apuesto que nos matará.- Kai continuó.
-¿Y? no sabrá quien fue.- Brian se puso de pie. -¿Qué esperamos? Me muero de hambre.-
La perfecta manera de celebrar una pequeña victoria en medio de ese mundo de injusticia y limitaciones, comieron hasta que ya no pudieron contener ni un bocado, bebieron jugo y soda que normalmente les estaban vedados, se regocijaron con todo lo que normalmente les prohibían. No tenían temor del mañana, por que a esa edad, el mundo es inmenso y no hay nada que les limite.
El reloj anunciando las cuatro de la mañana les indicó que era momento de regresar para cubrir cualquier clase de sospecha. De nuevo en grupo y equipo se deslizaron hacia los dormitorios, como si nada hubiera pasado se recostaron a esperar que en menos de una hora, los entrenadores comenzaran a levantarlos.
La luz del sol pronto a salir iluminó una manta colocada en una torre, una caricatura de Boris, exagerando el gesto y con el cuerpo de un cerdo. ‘Я воняю’ Apesto se le veía decir, y una frase abajo ‘Счастливый день’ Feliz día. Al correrse la noticia ningún guardia, entrenador o amenaza de castigo contuvo la horda de estudiantes que abarrotaron los patios, todos queriendo contemplarla. Los ejecutores de la broma se habían separado para no levantar sospecha, pero cuando la risa generalizada se calmó, se miraron entre si a la distancia orgullosos de su obra.
Si, en ese momento casi todo era posible mientras estuvieran lado a lado para hacerlo, sabían que con el paso de los años, podía ser que se convirtieran como esos adultos, y aunque quisieran evitarlo, las ambiciones, las metas, las envidias, y todo eso que detestaban de los mayores los contagiaría.
Pero por ese instante. No importaba. Amigos o no, aún los descubrieran había quien cubriría sus espaldas y con quien planear la siguiente broma para celebrar o simplemente para abrillantar los opacos días.
¿Qué festividad seguía?
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