La historia había sido la misma, viviendo solo como el último par de años, o cuando compartía la inmensa mansión con su abuelo. Abrir la puerta y no encontrar a nadie del otro lado, y no era que él fuera de esas personas que consideraba a los sirvientes o demás personal de la casa como parte del mobiliario, pero jamás había tenido una relación que fuera más allá de jefe y empleado, por tanto no entraba en el rango de considerarse un recibimiento grato, era neutro.
Y se había acostumbrado a encontrar la sala y la planta medio descuidada cada que regresaba a casa. En el par de años viviendo ahí después del irreconciliable rompimiento con su abuelo, se retiró sin la más mínima señal de querer reparar el asunto pero con el trato firme con el contador de regresar cuando tuviera la mayoría de edad a nivel mundial para reclamar su lugar de heredero.
Pero esa era otra historia, aquí lo que interesa conocer es su deseo aplacado de volver a sentir la sensación de bienvenida, que no meros muebles minimalistas o aparatos de alta tecnología le vieran llegar, como en aquellas vagas memorias donde padre y madre hacían las clásicas pero ahora añoradas preguntas ‘¿cómo te fue?’ ‘¿qué tal el día?’
Asistía a una universidad local, donde recibía clases a distancia de prestigiosas instituciones, si no se había ido del país era por que en esa pequeña ciudad tenía lo único cercano a la familiaridad, del lugar y de cierta gente. Frecuentaba el círculo de amistades que aún no había quebrado.
Rei había hecho lo mismo, trayéndose consigo a Mariah. Max vivía en E.U. y tenía a Kenny como inquilino en la casa de su mamá, y Daichi casi era miembro del dojo Granger. Como siempre Tyson se convirtió en el centro de sus vidas, era el punto de reunión de ley, ni él ni Hilary habían cambiado su lugar de residencia. Así que a medias, el grupo original se veía a menudo.
El día casi obligado eran los sábados, donde la pareja china llegaba desde temprano para preparar comida, Tyson y su abuelo preparaban mesas y sillas y uno que otro adorno en el patio, Daichi hacía un poco en cada lado. Pasado el medio día, Hilary llegaba con el postre que su mamá le ayudaba a preparar. Y para cuando el sol comenzaba a ocultarse, Kai arribaba con alguna exoticidad culinaria (palabras textuales de Rei) que hallaba en sus viajes de viernes obligado por su trabajo.
Se saludaban, se preguntaban por las novedades de la semana, por los planes de la siguiente y por cualquier nueva noticia o cosa para chismosear un rato (aunque Kai jamás se incluía).
Una rutina cálida y agradable, reuniones que podían hacer olvidar una pesada semana de trabajo y/o escuela. Esta vez no hubo nada nuevo, pero comenzaba a cocinarse uno de los más inesperados sucesos.
Ya era casi de noche, Kai descansaba en el pórtico medio platicando con Rei, Mariah y el abuelo discutían por el ‘mejor’ modo de servir el platillo que habrían de cenar. Tyson brincaba de canal en canal en la tv bajo las protestas de Daichi y Hilary, cuando la discusión en la cocina comenzó a incluir gritos de Mariah, Rei entró a escena para calmar a la chica y ver quien de los dos tenía la razón. Por su parte, Daichi y Tyson fueron a apoyar al abuelo en caso que se hiciera el típico combate de grupos los Granger (mas Daichi) contra Rei y Mariah.
Hilary suspiró aburrida, al menos había una de esas cada mes, con resultados variables pero era molesto y ciertamente, inmaduro. Salió a tomar aire, y se encontró con Kai con los ojos entrecerrados escuchando música.
-Siempre es lo mismo.- Ella comenzó la conversación. Era imposible que él lo hiciera, pero a Hilary le agradaba lo enriquecedora (en todos los aspectos) que era una escueta conversación con Kai.
Al oírla se quitó los audífonos y contestó sin verla –Si, pero a todos parece hacerle feliz.-
Ella asintió, -¿Qué oyes?- quiso guiar el asunto por otro lado.
-No tengo idea- miró su reproductor de música –es música rara que Tala me envió ayer.- Agregó con una sonrisa por las extrañas tonadas que su conocido escuchaba.
-¿Puedo oír?- preguntó sintiendo que era infructuoso hacer semejante pedido.
-Toma- él le extendió los audífonos, algo estupefacta ella se sentó al lado de él y comenzó a escuchar.
Una curiosa combinación de percusiones, algún instrumento de cuerdas y algo que no pudo nombrar de otro modo mas que alaridos sacudían los audífono -¿De dónde es?-
-No podría decirte, Colombia, Pakistán, Samoa… que sé yo.-
Ella le dio uno y quedaron escuchando juntos. Cuando pasaron tres canciones y se dieron cuenta que la trifulca en la cocina se había aplacado lo apagaron. –Me gustó, deberías prestármelo un día.- Ella le sonrió.
-Seguro.-
-Vamos a ver si sobrevivió algo de comida.-
Los dos entraron para darse cuenta que la pipa de la paz (en forma de pastel de frutas) era compartida entre todos. Les dieron un pedazo a cada uno y la paz cayó en el dojo. Pasada la media noche, Rei y Mariah anunciaron que se quedarían a dormir, Hilary no podía por que tenía visita familiar el domingo. Pero considerando la hora, todos miraron a Kai que vio su oportunidad para que no le insistieran en que se quedara también. Y aceptó acompañarla sin tanto regañadiente.
Kai tenía carro, pero lo usaba lo menos que podía. Justo como esa ocasión y se fueron caminando. Era una templada noche de principios de otoño, estaban a dos cuadras de la casa de Hilary cuando ella comenzó a buscar desesperada en su pantalón, y de pronto se dio un pequeño golpe con su mano mientras murmuraba ‘tonta’ y se insultaba otro tanto.
Él no quería mostrar interés pero fue tan cómico su acto que no se contuvo -¿Qué?-
-No saqué mis llaves.- Dijo incrédula.
Kai, práctico como siempre contestó –Pues pide que te abran.-
-No conoces a mi madre, me recibirá con un regaño que dejaría frito al abuelo. No, creo que después de todo si me tendré que quedar con Tyson.-
Kai hizo un gesto de desagrado y halló la solución que le beneficiaba. –O podrías quedarte en mi departamento, y mañana regresas temprano.-
Ella balanceó las posibilidades, si regresaban con Tyson sería el mismo teatro de siempre, Daichi peleando por la cama con Tyson, los arrumacos de Rei y Mariah y las extrañezas del abuelo, en cambio con Kai… no, no había nada que pensar. –Me parece mejor.-
Cambiaron de ruta y caminaron en silencio, ella sintió una pequeña ola de nerviosismo, nunca había estado en el departamento de Kai a solas, y mucho menos dormir ahí pero quería conocer, por sana curiosidad y afán de fisgonear. Al llegar, tomaron el ascensor hasta el octavo piso, era un edificio reciente y con algunos lujos.
La puerta era negra contrastando con las demás aburridas de simple madera café. Al interior, la clásica sala negra y el mueble de los aparatos, una minúscula mesa redonda y un anaquel repleto de curiosidades de todo el mundo. Ella le pidió un poco de agua, él le dijo que se sirviera mientras buscaba cobijas. Mientras ella aprovechó para curiosear la cocina, las alacenas, todo estaba impecable, de hecho parecía todo nuevo, la estufa y los demás utensilios. De trastes solo un vaso y un plato escurriendo, el refrigerador vacío salvo por un poco de comida congelada y embutidos. En la alacena, enlatados y comida precocida, nada fresco que denotara que alguna vez cocinara.
-¿Hace cuanto que no comes comida casera?- Vino su pregunta casi sin pensar.
-Si no contamos esas reuniones… ya ni me acuerdo.- Contestó Kai desde el marco de la puerta con un par de cobertores y una almohada en manos.
Ella no halló que responder, sabía de los conflictos familiares de Hiwatari, y siempre tenía el tacto de no tocar el tema, así que no insistió y siguió a Kai a la sala, ella estaba apenada por hacerlo dormir fuera de su cama. –Prometo que me iré temprano, así puedes regresar a tu cama a terminar de dormir.-
Kai arqueó una ceja –Pero si tú vas a dormir aquí.- Colocó las cobijas, la almohada y le deseo buenas noches asintiendo simplemente.
Hilary no esperaba eso, se quedó con las palabras en la boca y un reclamo que ni pudo formular. Kai apagó las demás luces y desapareció por el pasillo. Ella tenía sueño, pero no pudo conciliarlo, tres cosas en su cabeza. Sorpresa por la acción de Kai, un sentimiento confuso que regresaba y la extraña sensación de la frialdad de ese lugar, un poco extraño, pero ella creía eso de la calidez de los lugares, su casa era tibieza pura, la de Tyson una energía explosiva, la de Rei calma candente pero ese departamento se sentía helado, estático.
Se sentó en el sillón, halló una mesa esquinera donde reposaba el teléfono y tres fotografías: de ellos, de los rusos y de Kai muy pequeño con su familia. Mirándolo sonrió, si, ahí estaba de nuevo ese agrado-aprecio-seudo amor por él, nacido cuando lo vio por primera vez, apagado cuando lo trató, renacido cuando lo conoció mas tiempo, aplacado por la costumbre y el paso de los años. Pero nunca desaparecido.
Los domingos para Kai eran el único día cuando rompía su casi horario de monje, despertaba tarde y rara vez salía. Ese día al abrir los ojos se encontró con un aroma ajeno, agradable pero que no correspondía. Desconfiado y alerta como siempre salió de su cuarto y se encontró a Hilary cocinando. -¿Qué haces?-
-¿Qué parece genio?-
Él le dio una dura mirada pero asintió –Me doy cuenta, ¿pero no deberías estar en tu casa?-
-Nah, mis tíos y la abuela van cada semana, pero preparar comida en la cocina Hiwatari no todos los días.- Contestó sonriendo –Dame dos platos, y trae los vasos, hallé jugo en el fondo, sírvelo.-
Kai se quedó estático, esa chica osaba transgredir su cocina, burlarse de él y lo peor, ordenarle. Pero halló tan seductor el aroma que no discutió. El desayuno no era precisamente lo mejor que hubiera probado, pero tenía esa cualidad que hace que no importen las cosas, estaba caliente, recién hecho y estaba en su casa.
Cuando terminaron, él le acompañó a su casa ante las protestas de la chica, cuando llegaron ella se deshacía en agradecimientos pero él la calló diciéndole simplemente –Estamos a mano.- Y regresó despidiéndose levantando una mano.
Desde entonces como por un pacto sin palabras, ella aparecía de vez en vez en su puerta, llevándole un poco de la comida que hacía en su casa, o con ingredientes para preparar. Y comenzó una relación, que podía ser vista de modos distintos dependiendo el ángulo, una buena amistad, un noviazgo, un beneficio mutuo, el colmo de la rutina o un potencial conjunto de todo lo anterior.
Pero a los dos les gustaba. Y aunque sigue sin animarse a darle la llave de su departamento; los martes, jueves y cada veintidós de mes, Kai llega a casa, descansa un poco, llaman a la puerta y al abrirla se encuentra con esa sensación de que alguien le da la bienvenida.
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