¿Cómo es un perro perdido?
Levanta la cabeza con nerviosismo, tratando de identificar una cara conocida, un sonido, un olor, un gesto, una palabra… cualquier cosa que le diga que halló a la persona (o personas) conocida(s). Y le duele, y le asusta que no pueda hallarles. Porque comienza a crecer una sensación en su pecho, una aprehensión que es un asomo de todo lo que le augura de no encontrar el camino de regreso.
Soledad, inseguridad, peligro, pesadumbre, incertidumbre… el no saber lo que pasará no sólo al siguiente día, si no a la siguiente hora, cuando la noche caiga y no esté el acompañante que da el abrigo, el alimento y la presencia que contenta la vida.
….
Y esta historia narra de dos casos. Que caen en esta categoría, y que no hallaron el camino de regreso, pero no les importó.
…
-…lo lamento señor. No pudimos hacer nada.- Dijo la voz del otro lado de la línea, -lo esperaremos para los arreglos necesarios. Mis más sentidos pésames señor.-
-…- y la persona del otro lado se quedó sin poder contestar a nada, pensaba que le daría tiempo suficiente para llegar y ver con satisfacción los últimos momentos de vida de su abuelo, pero recién le habían avisado que acababa de morir. Y eso no lo esperaba.
Porque antes pensó que cuando llegara el momento se sentiría feliz, pero apenas guardó su teléfono no halló felicidad, ni satisfacción, nada mas que confusión.
Y no estaba acostumbrado a eso, solía vivir con el control de todas las situaciones que le rodeaban. Su vida era un delicado equilibrio donde sus amigos, su abuelo, su gusto por estar solo y el enorme peso que era ser el mayor representante de un emporio bien cotizado tenían un lugar y un orden, y cuando se modificaba alguno de ellos se alteraba toda la situación.
Justo ese día, cuando la ya raquítica llama de vida de su abuelo se apagó después de una lenta agonía de casi tres meses, todo se convirtió en un incesante torbellino. Él viajaba por Yokohama. Con la esperanza de llegar a tiempo para estar presente en el cuarto de hospital, pues le habían dicho que su neumonía se había agravado.
Pero no llegó. Y aunque lo negara, la noticia había tambaleado todo su mundo, y lo peor era que no quería reconocer la razón.
Lo extrañaba.
Como se extraña una herida abierta; duele, punza, se ve mal y hace sentir mal. Pero ese dolor que provoca nos hace sentir vivos. Ese refuerzo negativo que se necesita para seguir adelante. Ya no estaba.
Abordó el carro, y manejó con la mente en otro extremo. Se internó en el sector comercial, aparcó el vehículo en un pequeño parador cerca de un centro comercial. Bajó y se dispuso a caminar, le dio dos vueltas al jardín cercano, otras dos a la manzana donde se encontraba dicha plaza comercial, pero no se cansó y continuó su trayecto hasta la estación de trenes más cercana. Entró y vagó entre la multitud que se arremolinaba en los torniquetes de paso. Todos venían y él iba, iba contracorriente con la cabeza baja y la mirada pegada al piso como si de pronto hubiese encontrado gran interés en el parqué del piso.
Llegó al punto donde se unían las dos líneas que ahí convergían, miró los letreros de horarios y destinos. El plano llave de las demás líneas y las laberínticas estaciones. Pensó en abordar y dejar que el destino decidiera a donde habría de ir. Pero no llegó ese empujón que le hiciera abordar el tren. Si no que salió de la estación y se fue a caminar por la playa, tratando de unir ideas o cuando menos enfocarse en alguna cosa… la que fuera.
El sol estaba muy alto en ese momento, y como era fin de semana había personas disfrutando de la buena combinación de descanso y mar. Se quedó mirando a algunos de ellos, y se sintió peor. Porque la sensación de la pérdida le dio de lleno, un compacto grupo familiar comía a pocos metros de donde se sentó. Un par de niños de entre ocho y doce años, una pareja joven y otra mucho mayor. La perfecta imagen de la familia prototipo, la madre hablaba con los abuelos mientras el padre correteaba a uno de los hijos mientras el otro trataba de construir un castillo.
Kai escupió lo amargo de sus ideas. La inseguridad que expresó en ese instante le hizo sentir asco por su persona y dicha inseguridad, se levantó y pasó derecho bloqueando la imagen que dejaba atrás. Pero sin tener un lugar a donde ir.
De pronto la vio. Un cuerpo esbelto y con curvas delicadamente pronunciadas, piernas redondeadas y fuertes, ojos pardos ¿amarillos?, melena entre café y ocre, algo encrespada por la brisa marina. Avanzaba con paso tambaleante mientras miraba por doquier buscando algo, los niños que Kai dejó atrás la llamaron, ella presurosa corrió a ellos pero después de un grito de la madre, el padre y la abuela la alejaron entre amenazas y bolas compactas de arena, que le dieron en la espalda.
Ella salió aterrada, y se detuvo a distancia segura mientras les veía como esperando que cambiaran de opinión, pero el padre siguió lanzándole las mismas palabras obscenas para alejarla. Ella se quedó otro rato ahí, y después se percató de la mirada de Kai que le veía con la misma intensidad que ella veía a la familia.
Kai avanzó un paso, ella lo retrocedió. Kai agachó un poco la cabeza para mostrarle que no era agresivo, ella levantó la suya como señal de reconocimiento. Él extendió una mano mientras se ponía en cuclillas y le llamaba. Ella retrocedió un poco y agachó la cabeza como analizando, olfateó con más insistencia, le pareció seguro y poco a poco fue acercándose hasta que su nariz hizo contacto con la mano de Kai.
-Ey- dijo Kai mientras poco a poco pasaba su mano sobre la cabeza de ella. Y ella la inclinaba mas para mostrar que le aceptaba. Kai no tuvo duda era Belga, una Pastor Belga.
Se levantó y comenzó a caminar, giró un poco la mirada mientras ella se quedaba viendo con esos enormes ojos del color de la arena. -Vamos- y fue como si la mirada se le iluminara, el animal enderezó por primera vez sus orejas y agitó la cola dando vueltas, la señal de felicidad para los perros.
-¿También perdiste el camino?- le dijo Kai mientras seguían caminando por la playa, se quitó los zapatos, y dejó que la fuerte brisa le revolviera el cabello. Sujetó su chamarra y le hizo un par de nudos, dejó caer una punta al piso mientras seguía su camino, el movimiento atrajo la atención de ella que se detuvo suspicaz, lo miró esperando una mala señal pero cuando los ojos rojos de él se encontraron con los de ella, como si sonriera, entendió todo y corrió a sujetarla.
El forcejeo no se hizo esperar, Kai reconoció que el animal aunque parecía estar algo débil y apaleada por los malos tratos del descuido, se renovó de energía infundida ante todo por la sensación que comenzaba a llenarle también a él.
Conocer a alguien. Encontrarse con alguien. Y lo mejor, que ese alguien le aceptara.
Los dos necesitaban sólo eso. Poco a poco el sentimiento que brotó en la perra fue contagiado a
Kai, que corrió a lo largo de la playa con el animal detrás de él, en un arranque de energía ella se abalanzó sobre él y al reaccionar de lo que había hecho, ella se detuvo esperando verle molesto, pero un gesto contento plagaba la cara de Kai.
-Vamos.-
Él se levantó mientras le indicaba que le siguiera, mientras ella trotaba feliz a su lado él hablaba para ella. –No tienes collar, también estás perdida ¿no?- se le quedó viendo mientras la perra le devolvía la mirada como asintiendo.
Llegaron al punto de estacionamiento del carro, la perra se sentó sin que Kai se diera cuenta. Cuando volteó buscándola la vio a la distancia, arqueó una ceja y la llamó. -¿Qué pasa?-
La inmovilidad de la perra le dio su respuesta. ¿Ella iría con él? ¿él la llevaría?
Y miró su carro y la miró a ella, era una decisión seria, no era como darle alojo, él supo que era un compromiso pues no le provocaría una decepción. Si la aceptaba, se quedaría con ella hasta el final de alguno. Se sentó en el cofre, mientras le invitaba a acercarse y comer algo que sacó del portaequipaje, después de quince minutos de masticar en silencio lo que le daba, ella se le quedó mirando.
Kai quería negarse a encontrarse con esa mirada pardusca y ahora iluminada con la misma esperanza que él en alguna época de su vida mantuvo, y no pudo con la negativa. A él no le gustaba mantener animales cerca de él, alguna vez tuvo un perro, allá cuando era niño. Pero había demasiada turbulencias en casa, y su madre no lo toleró. Lo sacó a la calle ante sus protestas y súplicas, pero mamá no escuchó.
Desde entonces, tenía cierto nivel de tolerancia con los animales que no requerían conexión sentimental, como los peces, los reptiles o las aves canoras. La mansión solía contar con ellas para hacerle compañía a su viejo abuelo, los ejecutivos de la empresa tenían una afición malsana (para su gusto) por los enormes tanques saturados de peces tropicales, le gustaba verlos pero no mas. Y bueno, la iguana y serpiente de Brian, en definitiva no serían jamás sus mascotas.
Así que había canalizado todo ese aprecio que quizá tuvo por los animales en tratar a los que estaban desamparados, porque les respetaba. Conseguían sobrevivir en la crueldad de la vida, algo parecido que él. Pero no soportaba verse reflejado en los ojos de animales como la perra frente a él, que habían tenido algo, les había gustado, lo habían disfrutado y de pronto les había sido arrancado.
Y mantenían la esperanza de tenerlo de nuevo.
Porque era obvio que esa Pastor Belga había pertenecido a una casa, quizá donde había sido querida, bien alimentada y bien tratada, por algo había dejado de tenerlo y estaba ahí, sujetándose con toda su esperanza animal a que podía hallarlo con él.
Kai también había tenido y había perdido, su fracturada familia, hasta esa enfermiza relación con su abuelo por la que en ese momento realizaba un duelo. Y sentía que ya no había posibilidades de atraerlo de regreso, bueno ya no había, pero podía ser que hubiera un placebo para ello.
Y estaba sentada justo delante de él. Ella pareció darse cuenta de que Kai había tomado una decisión, enderezó de nuevo las orejas y movió tres veces la cola.
Kai bajó del carro, enterró formalmente a su abuelo en su mente y sonrió. –Katzia.- Abrió la puerta del carro y la invitó a subir.
22.3.09
A la persona que más odio.
Se levantó temprano, el sol aún no se colaba por la ventana. De hecho fue tan temprano que el halo lunar aún lanzaba su mortecino resplandor medio iluminando la habitación. Tenía sueño y estaba cansado, dormir después de media noche y levantarse antes del amanecer no era una forma ideal de descansar pero no había mucha elección en la recurrente situación.
Después de tomar un baño, tomó su ropa y comenzó a colocársela mientras contemplaba lo que había delante de él.
¿Sabes una cosa? Eres tú la razón por la que mi vida no ha tomado forma aún. Insistes en no dejarme aceptar la situación de las cosas, ya sé que jamás he sido alguien que se queda sentado ante los problemas de su vida. Sabes que he tenido demasiados y que siempre he hecho hasta lo imposible por modificarlos.
Pero a veces, lo mejor es dar la espalda y seguir. No todo se puede solucionar.
Y eres tú quien me lo ha impedido.
Rei cree que es Voltaire a quien más odio, eso es lo mejor que puedo hacer para que el viejo mantenga su distancia. Max y Kenny imaginan que debe ser Tyson, pero él sabe que no. Porque si así fuera, estaría en emergencias el mismo número de veces que en un buffet de dos por uno. En sus raros momentos de lucidez, Tyson supone que es Hilary, con esa afición que tiene por estar a corta distancia y largo tiempo cerca de mi. Ella me es algo molesta pero simplemente no merece que le preste mucha atención.
Sólo tú conoces la verdad, y aunque lo sabes no lo reconoces, hemos caído a cuenta que si le ignoras todo sigue funcionando.
¿No te cansas de esto?
Cavilando de nuevo en la situación que parece no tener fin. Si padre o madre estuvieran aquí, no sería lo mismo. Eso no me cuesta creerlo, no me vería obligado a tener esta vida de errante. Pero las cosas son del modo en que deben ser; así que solamente me limitaré a los esporádicos y pequeños asaltos de suposición y vacío, se aprende a vivir así.
Aunque hay una razón por la que te maldigo aún mas. Me haces ser una persona contradictoria. Porque el mundo sabe que no soy del tipo que se deje acercar emocionalmente con nadie. Eso me sienta bien, me ahorra muchos problemas y me permite hacer muchas cosas. Pero también me ha obligado privarme de otras mas, y lo principal, es lo que hecho de menos. Quiero recordar cómo se sentían las cosas antes de ir a Rusia. Antes de la explosión, antes… de todo eso.
Pero no me lo permites, no dejas que investigue. Apenas la intención nace, te encargas de aplastarla indiscriminadamente. ¿Nunca te has puesto a pensar que pasará en cinco, diez, quince años? Cuando alguien pregunte por el pasado al que no me permites acercarme.
Tal pareciera que la regla que me dieron fuera ley para ti. ‘El débil es el que siente, el que se permite sentir… está perdido.’ Y si eso fuera cierto, y se supone que no debo estar perdido… ¿dónde estoy?
Evitando la presencia de Voltaire, estando tan poco como puedo con mis ‘amigos’, enfrascándome como un adicto al trabajo y la escuela con tal de olvidar lo demás y mostrarme digno de mayores responsabilidades. Para ganar poder y poder largarme de aquí.
¿Esto es estar donde querías que llegara? Felicidades.
No odio mi situación. Te odio a ti por haberlo hecho posible, por ser quien me impulsa a seguir adelante y no dejar que mire en otra dirección. Si tú fueras la persona siempre presente, Voltaire podría decir con sinceridad que está orgulloso de su nieto, no decir ante los demás que lo está con una sonrisa tan acartonada como la unión que tenemos.
Su reloj despertador señaló las seis de la mañana. Él terminó de ajustar su corbata y cerró los ojos. Cansado de hablar con esa persona que tanto odiaba, esa persona jamás le contestaba, aunque él le gritara y le reclamara, la otra jamás decía una sola palabra. Bueno, si las decía pero venían a ser las mismas que él lanzaba, como un eco pero que únicamente llegaba a su cabeza.
Kai suspiró derrotado como siempre y bajó la cabeza, después de reunir todos los pensamientos que le asaltaban al despertar y guardarlos en lo más hondo de su mente. Levantó la mirada y se vio recuperar su inquebrantable máscara. -¿Algún día me escucharás?- dijo y se fue.
Como cada mañana, el espejo no respondió.
Después de tomar un baño, tomó su ropa y comenzó a colocársela mientras contemplaba lo que había delante de él.
¿Sabes una cosa? Eres tú la razón por la que mi vida no ha tomado forma aún. Insistes en no dejarme aceptar la situación de las cosas, ya sé que jamás he sido alguien que se queda sentado ante los problemas de su vida. Sabes que he tenido demasiados y que siempre he hecho hasta lo imposible por modificarlos.
Pero a veces, lo mejor es dar la espalda y seguir. No todo se puede solucionar.
Y eres tú quien me lo ha impedido.
Rei cree que es Voltaire a quien más odio, eso es lo mejor que puedo hacer para que el viejo mantenga su distancia. Max y Kenny imaginan que debe ser Tyson, pero él sabe que no. Porque si así fuera, estaría en emergencias el mismo número de veces que en un buffet de dos por uno. En sus raros momentos de lucidez, Tyson supone que es Hilary, con esa afición que tiene por estar a corta distancia y largo tiempo cerca de mi. Ella me es algo molesta pero simplemente no merece que le preste mucha atención.
Sólo tú conoces la verdad, y aunque lo sabes no lo reconoces, hemos caído a cuenta que si le ignoras todo sigue funcionando.
¿No te cansas de esto?
Cavilando de nuevo en la situación que parece no tener fin. Si padre o madre estuvieran aquí, no sería lo mismo. Eso no me cuesta creerlo, no me vería obligado a tener esta vida de errante. Pero las cosas son del modo en que deben ser; así que solamente me limitaré a los esporádicos y pequeños asaltos de suposición y vacío, se aprende a vivir así.
Aunque hay una razón por la que te maldigo aún mas. Me haces ser una persona contradictoria. Porque el mundo sabe que no soy del tipo que se deje acercar emocionalmente con nadie. Eso me sienta bien, me ahorra muchos problemas y me permite hacer muchas cosas. Pero también me ha obligado privarme de otras mas, y lo principal, es lo que hecho de menos. Quiero recordar cómo se sentían las cosas antes de ir a Rusia. Antes de la explosión, antes… de todo eso.
Pero no me lo permites, no dejas que investigue. Apenas la intención nace, te encargas de aplastarla indiscriminadamente. ¿Nunca te has puesto a pensar que pasará en cinco, diez, quince años? Cuando alguien pregunte por el pasado al que no me permites acercarme.
Tal pareciera que la regla que me dieron fuera ley para ti. ‘El débil es el que siente, el que se permite sentir… está perdido.’ Y si eso fuera cierto, y se supone que no debo estar perdido… ¿dónde estoy?
Evitando la presencia de Voltaire, estando tan poco como puedo con mis ‘amigos’, enfrascándome como un adicto al trabajo y la escuela con tal de olvidar lo demás y mostrarme digno de mayores responsabilidades. Para ganar poder y poder largarme de aquí.
¿Esto es estar donde querías que llegara? Felicidades.
No odio mi situación. Te odio a ti por haberlo hecho posible, por ser quien me impulsa a seguir adelante y no dejar que mire en otra dirección. Si tú fueras la persona siempre presente, Voltaire podría decir con sinceridad que está orgulloso de su nieto, no decir ante los demás que lo está con una sonrisa tan acartonada como la unión que tenemos.
Su reloj despertador señaló las seis de la mañana. Él terminó de ajustar su corbata y cerró los ojos. Cansado de hablar con esa persona que tanto odiaba, esa persona jamás le contestaba, aunque él le gritara y le reclamara, la otra jamás decía una sola palabra. Bueno, si las decía pero venían a ser las mismas que él lanzaba, como un eco pero que únicamente llegaba a su cabeza.
Kai suspiró derrotado como siempre y bajó la cabeza, después de reunir todos los pensamientos que le asaltaban al despertar y guardarlos en lo más hondo de su mente. Levantó la mirada y se vio recuperar su inquebrantable máscara. -¿Algún día me escucharás?- dijo y se fue.
Como cada mañana, el espejo no respondió.
8.3.09
Había una vez
Hacía frío, tenías hambre, ansiedad y sentías al enemigo pronto a aparecer en cada rincón que se escondía de tu vista. ¿Qué diferencia había?
En cuanto a eso, nada. Pero el pequeño e insignificante detalle que podías nombrar como ‘libertad’ hacía la más grande diferencia y que valiera cada segundo esta enorme estupidez.
Estabas fuera de los enormes muros de piedra y de las avizoras vistas de los celadores. Costó un poco de dolor, dos dedos que no serían de utilidad por algunas semanas y la aprensión digna de una misión suicida, sabíamos que prácticamente lo fue… pero estábamos fuera. Y eso lo valía todo.
¡Ah! Moscú en otoño, la peor época le llaman, pero esas alfombras de hojas doradas te sacudían algo, no sabías qué, pero siempre asegurabas que una parte de tu memoria perdida se hallaba ahí. No lo sabíamos, la única fuente se negaba a dirigirte otra clase de palabras que no fueran reclamos, regaños, amenazas y exigencias.
Lo más seguro era que te hallaran ese mismo día, pero entre menos obvio mejor. Lástima que por eso no se pudiese visitar la Plaza Roja, pero sabíamos que era de tontos intentarlo, esa pequeña aventura duraría aún menos. Caminaste bordeando el turbulento río que siempre te atraía como un imán, antes de llegar al puente Novoarbatski algo te detuvo.
Una voz. –Había una vez, allá en las montañas del norte. Una pareja de ancianos, la abuela Marushka y el abuelo Yuchko, vivían en una pequeña cabaña. Aunque eran queridos por todo el pueblo, ellos no eran del todo felices, no habían tenido hijos…-
¿Qué fue? ¿qué era? Me lo cuestionaste, como siempre desde que la mayor parte de tus respuestas se esfumaron. Y desde entonces, fui la voz que te decía ‘no sé’ nací junto con tu amnesia, así que no fui respuesta sino sólo consuelo desde entonces.
Y no hubo respuesta tampoco. Pero era claro que había algo en esas palabras, ya las habías escuchado. ¿Cuándo? Era un cuento, era imposible que lo hubieses escuchado en aquel maldito lugar. El abuelo no era de la clase de gente que hacía eso.
¿Tu casa? ¿allá dónde todo era distinto?
Te acercaste a la mujer que narraba, estaba sentada en una banca en la pequeña arboleda rodeada varios niños, como de tu edad. Una maestra y sus alumnos. Mientras caminabas entrecerraste los ojos queriendo imaginarte todos los paisajes montañosos, la nieve, el bosque, la cabaña, el calor de la fogata y los viejos.
-…fueron a un bosquecito, con ternura y calma formaron un pequeño cuerpo, manos, todo como una muñeca…-
La tersa voz de la mujer… de una mujer. Narrándolo todo. El único ruido que acompañaba la voz era el volar de las hojas con el viento. El pórtico de una casa gris rodeada de árboles.
-…todo fue tomando vida, el cabello rubio, la piel blanca, los ojos azules, las mejillas rosadas, una sonrisa. La niña de nieve, tenía vida…-
Llegaste al árbol más cercano a la mujer, te sentaste recargándote en él y cerraste los ojos por completo, envuelto de lleno en la narración. Por eso atesorabas con tanto recelo el viejo libro de leyendas que mantenías oculto entre los fríos muros, era tu único escape de la cruda realidad, aunque había quienes se burlaban llamándote tonto. Pero era porque ellos se habían resignado a su mundo; tú, te negabas a hacerlo y ese desgastado conjunto de hojas era la llave de tu escape.
-…todo el mundo la adoraba. Sneguroshka, la niña nacida de la nieve que hacía hermosas figuras con la sustancia blanca.-
No se sentía el frío, ni la soledad, ni la carencia de algo que no se recuerda, el miedo del día siguiente o la furia de la impotencia. Ahí, en esas borroneadas escenas que cruzaban tu cabeza había calidez, felicidad y algo que no sentías en mucho rato, tranquilidad y seguridad.
Ahí… ahí estaba la cara de la mujer… y un hombre.
-…la primavera llegó…-
Una sonrisa. Hablaban, ambos te hablaban pero sólo podías ver sus bocas moviéndose, sus rostros eran difusos, al igual que el movimiento de las bocas, no entendías nada. Pero sonreían.
-Niños es hora de irnos, comienza a hacer frío, sus padres los esperan en casa.- La repentina voz de la mujer te hizo reaccionar haciendo que toda la secuencia de tu cabeza se rompiera como ocurría en los sueños que no alcanzabas a recuperar del todo.
Los niños comenzaron a quejarse, querían saber el final. Y le suplicaban a su maestra que finalizara, la mujer sonrió comprensivamente y pero en vez de proseguir les preguntó. -¿Qué creen que pasó?-
Ninguno de los alumnos supo decir, se miraron entre ellos, y comenzaron a levantar la mano. -Se fue con sus papás a vivir a otro lado.-
-Creció y jugaba con los niños.-
Una y otra respuesta se escuchó, negamos con cada una. La sabíamos, la sabías.
-¿A nadie se le ocurre otra cosa?-
Levantaste la mano. No tenías ni facha de ser estudiante de ese colegio, hasta parecías mas algún habitante de las calles gracias a lo rígido de la vida impuesta en aquel lugar. Pero la maestra te hizo una seña con la cabeza para que respondieras.
-Se deshizo. Se derritió con el calor de la primavera.- Dijiste repitiendo las palabras que sonaban frescas en tu cabeza.
Y ella asintió aún sonriendo. –Si, así es. Sneguroshka se fue con el invierno, como la nieve que se derrite por el calor, ella pertenecía al invierno.- Te quedaste mirando a la mujer, si, así acababa ese cuento. Ella te preguntó -¿Dónde lo escuchaste? Esta historia viene del norte, no pensé que alguien de tu edad lo conociera.-
Y bajaste la mirada, responder ‘no me acuerdo’ se oía tonto hasta para nosotros. Antes de que pudieras replicar algo un par de manos sujetaron firmemente tus hombros, no tuviste que voltear, la voz te lo dijo todo.
-Joven Kai, comenzábamos a preocuparnos, pero ya está todo bien por que lo hemos encontrado.-
Simplemente inclinaste un poco la cabeza tanto dándole a entender a Boris que no tratarías de escapar y para despedirte de la mujer.
Había una vez… un niño necio que no quería resignarse a la realidad que le impusieron, y un día decidió escapar aunque un instante de ese mundo, pero ese niño supo que no todos los cuentos tenían un final feliz.
Lo bueno, eso no era un cuento, y él decidía como habría de acabar la historia que era su vida.
En cuanto a eso, nada. Pero el pequeño e insignificante detalle que podías nombrar como ‘libertad’ hacía la más grande diferencia y que valiera cada segundo esta enorme estupidez.
Estabas fuera de los enormes muros de piedra y de las avizoras vistas de los celadores. Costó un poco de dolor, dos dedos que no serían de utilidad por algunas semanas y la aprensión digna de una misión suicida, sabíamos que prácticamente lo fue… pero estábamos fuera. Y eso lo valía todo.
¡Ah! Moscú en otoño, la peor época le llaman, pero esas alfombras de hojas doradas te sacudían algo, no sabías qué, pero siempre asegurabas que una parte de tu memoria perdida se hallaba ahí. No lo sabíamos, la única fuente se negaba a dirigirte otra clase de palabras que no fueran reclamos, regaños, amenazas y exigencias.
Lo más seguro era que te hallaran ese mismo día, pero entre menos obvio mejor. Lástima que por eso no se pudiese visitar la Plaza Roja, pero sabíamos que era de tontos intentarlo, esa pequeña aventura duraría aún menos. Caminaste bordeando el turbulento río que siempre te atraía como un imán, antes de llegar al puente Novoarbatski algo te detuvo.
Una voz. –Había una vez, allá en las montañas del norte. Una pareja de ancianos, la abuela Marushka y el abuelo Yuchko, vivían en una pequeña cabaña. Aunque eran queridos por todo el pueblo, ellos no eran del todo felices, no habían tenido hijos…-
¿Qué fue? ¿qué era? Me lo cuestionaste, como siempre desde que la mayor parte de tus respuestas se esfumaron. Y desde entonces, fui la voz que te decía ‘no sé’ nací junto con tu amnesia, así que no fui respuesta sino sólo consuelo desde entonces.
Y no hubo respuesta tampoco. Pero era claro que había algo en esas palabras, ya las habías escuchado. ¿Cuándo? Era un cuento, era imposible que lo hubieses escuchado en aquel maldito lugar. El abuelo no era de la clase de gente que hacía eso.
¿Tu casa? ¿allá dónde todo era distinto?
Te acercaste a la mujer que narraba, estaba sentada en una banca en la pequeña arboleda rodeada varios niños, como de tu edad. Una maestra y sus alumnos. Mientras caminabas entrecerraste los ojos queriendo imaginarte todos los paisajes montañosos, la nieve, el bosque, la cabaña, el calor de la fogata y los viejos.
-…fueron a un bosquecito, con ternura y calma formaron un pequeño cuerpo, manos, todo como una muñeca…-
La tersa voz de la mujer… de una mujer. Narrándolo todo. El único ruido que acompañaba la voz era el volar de las hojas con el viento. El pórtico de una casa gris rodeada de árboles.
-…todo fue tomando vida, el cabello rubio, la piel blanca, los ojos azules, las mejillas rosadas, una sonrisa. La niña de nieve, tenía vida…-
Llegaste al árbol más cercano a la mujer, te sentaste recargándote en él y cerraste los ojos por completo, envuelto de lleno en la narración. Por eso atesorabas con tanto recelo el viejo libro de leyendas que mantenías oculto entre los fríos muros, era tu único escape de la cruda realidad, aunque había quienes se burlaban llamándote tonto. Pero era porque ellos se habían resignado a su mundo; tú, te negabas a hacerlo y ese desgastado conjunto de hojas era la llave de tu escape.
-…todo el mundo la adoraba. Sneguroshka, la niña nacida de la nieve que hacía hermosas figuras con la sustancia blanca.-
No se sentía el frío, ni la soledad, ni la carencia de algo que no se recuerda, el miedo del día siguiente o la furia de la impotencia. Ahí, en esas borroneadas escenas que cruzaban tu cabeza había calidez, felicidad y algo que no sentías en mucho rato, tranquilidad y seguridad.
Ahí… ahí estaba la cara de la mujer… y un hombre.
-…la primavera llegó…-
Una sonrisa. Hablaban, ambos te hablaban pero sólo podías ver sus bocas moviéndose, sus rostros eran difusos, al igual que el movimiento de las bocas, no entendías nada. Pero sonreían.
-Niños es hora de irnos, comienza a hacer frío, sus padres los esperan en casa.- La repentina voz de la mujer te hizo reaccionar haciendo que toda la secuencia de tu cabeza se rompiera como ocurría en los sueños que no alcanzabas a recuperar del todo.
Los niños comenzaron a quejarse, querían saber el final. Y le suplicaban a su maestra que finalizara, la mujer sonrió comprensivamente y pero en vez de proseguir les preguntó. -¿Qué creen que pasó?-
Ninguno de los alumnos supo decir, se miraron entre ellos, y comenzaron a levantar la mano. -Se fue con sus papás a vivir a otro lado.-
-Creció y jugaba con los niños.-
Una y otra respuesta se escuchó, negamos con cada una. La sabíamos, la sabías.
-¿A nadie se le ocurre otra cosa?-
Levantaste la mano. No tenías ni facha de ser estudiante de ese colegio, hasta parecías mas algún habitante de las calles gracias a lo rígido de la vida impuesta en aquel lugar. Pero la maestra te hizo una seña con la cabeza para que respondieras.
-Se deshizo. Se derritió con el calor de la primavera.- Dijiste repitiendo las palabras que sonaban frescas en tu cabeza.
Y ella asintió aún sonriendo. –Si, así es. Sneguroshka se fue con el invierno, como la nieve que se derrite por el calor, ella pertenecía al invierno.- Te quedaste mirando a la mujer, si, así acababa ese cuento. Ella te preguntó -¿Dónde lo escuchaste? Esta historia viene del norte, no pensé que alguien de tu edad lo conociera.-
Y bajaste la mirada, responder ‘no me acuerdo’ se oía tonto hasta para nosotros. Antes de que pudieras replicar algo un par de manos sujetaron firmemente tus hombros, no tuviste que voltear, la voz te lo dijo todo.
-Joven Kai, comenzábamos a preocuparnos, pero ya está todo bien por que lo hemos encontrado.-
Simplemente inclinaste un poco la cabeza tanto dándole a entender a Boris que no tratarías de escapar y para despedirte de la mujer.
Había una vez… un niño necio que no quería resignarse a la realidad que le impusieron, y un día decidió escapar aunque un instante de ese mundo, pero ese niño supo que no todos los cuentos tenían un final feliz.
Lo bueno, eso no era un cuento, y él decidía como habría de acabar la historia que era su vida.
Importancia
La luz solar se colaba por el opaco cristal. El departamento se iluminaba parcialmente a causa que las cortinas no habían sido abiertas. Había aún restos de la cena anterior, y de la película que habían contemplado esa noche. Un tazón que delataba las palomas, una caja del DVD pirata de tan mala calidad donde ni siquiera se podía leer el título, una caja de pizza con dos rebanadas a medio comer. Papeles y un par de vasos semivacíos.
Los dueños del lugar dormitaban, uno en cada sillón en posición tan incomoda que era increíble que no hubiesen despertado aún. El teléfono había sonado dos veces, la puerta tres, hasta el celular de uno de ellos no había parado de vibrar por casi veinte minutos… y nada.
Un ronquido, uno que otro gruñido, y obscenidades rusas lanzadas a la mitad de un sueño. Era lo único que delataba alguna clase de vida en medio de ese desastre. Un pelirrojo torcía un poco la cabeza cuando un reflejo hizo contacto fugaz con sus ojos; el otro, aunque estaba que se moría de frío no se animaba a buscar alguna manta.
Eran un par de flojos, la vida independiente (costeada por su único amigo compartido) había sido terrible para su escasa vida social y otrora incansable actividad física. En dos semanas se la habían pasado vegetando entre las comodidades que su benefactor Hiwatari les había otorgado a regañadientes. A causa de un par de problemas legales que les impedían seguir con sus vidas.
Sin dudar se diría que bien el Apocalipsis podía comenzar, un terremoto derrumbar todo, un incendio arrasar la ciudad… y ellos, no moverían ni un dedo en orden de salvarse. No, estaban cómodos, el mundo podía venirse abajo pero ellos, seguirían ahí.
Sólo tres cosas (a veces) podían hacerles moverse.
-El hambre acumulada. (Que podía llegar a ser de un día completo)
-La visita de su compasivo amigo. (Que llegara lanzando amenazas de desalojo)
-Una vista de menor escala.
Un rasguño en la ventana. Ahí estaba.
Boris abrió un ojo distinguiendo la inconfundible silueta –Llaman.-
Yuriy torció un poco mas la cabeza calculando la distancia entre él y la cocina –Tú estás más cerca. Dale tú, yo abriré la ventana.-
Boris estiró ambos brazos, sus piernas y se puso de pie. Y se dirigió a la cocina, regresó con una lata en las manos, Yuriy ya había permitido el paso al visitante.
-¿Cómo estás?- le dijo sonriendo casi imperceptiblemente.
-¿No te sientes tonto hablando con algo que no te entiende?- Boris preguntó mientras vaciaba el contenido en un plato.
Yuriy llevó en brazos al recién llegado hasta donde estaba el plato y veía a Boris con una sonrisa cínica –Hablo contigo.-
Boris le lanzó la lata justo en plena cara, el otro tratando de esquivarla (y errando) soltó su pasajero, quien cayó perfectamente en cuatro patas y con paso cadente se acercó a comer. Cosa distinta con los otros dos, que en pleno forcejeo cayeron pesadamente al piso, y aún ahí continuaron discutiendo con algunos golpes y las mismas palabras coloridas de sus sueños, comenzaban a cansarse pero nadie cedía, al fin un leve maullido los paralizó. Se miraron y se separaron.
-Terminó.-
Y cada uno al lado del pequeño ser comenzaron a hacerle caricias y cariños. La miniatura peluda ronroneaba de felicidad, al sentir ese pequeño vibrar en la garganta del felino hizo que ambos sonrieran.
Que cuadro. Un par de rusos con fama (bien ganada) de malditos y rudos, a los pies del pequeño gato que les hacía visita sin falta desde su primer día en ese departamento dos semanas atrás.
Y así era la vida en esos momentos. Los problemas, las discusiones, la falta de empleo, la carencia de solidez, las fricciones, ciertos problemas legales, hasta las amenazas de Kai no tenían cabida ese lapso de tiempo.
Todo el mundo se reducía a esa pequeña compañía, ese ronroneo y saber que no todo estaba tan mal.
Los dueños del lugar dormitaban, uno en cada sillón en posición tan incomoda que era increíble que no hubiesen despertado aún. El teléfono había sonado dos veces, la puerta tres, hasta el celular de uno de ellos no había parado de vibrar por casi veinte minutos… y nada.
Un ronquido, uno que otro gruñido, y obscenidades rusas lanzadas a la mitad de un sueño. Era lo único que delataba alguna clase de vida en medio de ese desastre. Un pelirrojo torcía un poco la cabeza cuando un reflejo hizo contacto fugaz con sus ojos; el otro, aunque estaba que se moría de frío no se animaba a buscar alguna manta.
Eran un par de flojos, la vida independiente (costeada por su único amigo compartido) había sido terrible para su escasa vida social y otrora incansable actividad física. En dos semanas se la habían pasado vegetando entre las comodidades que su benefactor Hiwatari les había otorgado a regañadientes. A causa de un par de problemas legales que les impedían seguir con sus vidas.
Sin dudar se diría que bien el Apocalipsis podía comenzar, un terremoto derrumbar todo, un incendio arrasar la ciudad… y ellos, no moverían ni un dedo en orden de salvarse. No, estaban cómodos, el mundo podía venirse abajo pero ellos, seguirían ahí.
Sólo tres cosas (a veces) podían hacerles moverse.
-El hambre acumulada. (Que podía llegar a ser de un día completo)
-La visita de su compasivo amigo. (Que llegara lanzando amenazas de desalojo)
-Una vista de menor escala.
Un rasguño en la ventana. Ahí estaba.
Boris abrió un ojo distinguiendo la inconfundible silueta –Llaman.-
Yuriy torció un poco mas la cabeza calculando la distancia entre él y la cocina –Tú estás más cerca. Dale tú, yo abriré la ventana.-
Boris estiró ambos brazos, sus piernas y se puso de pie. Y se dirigió a la cocina, regresó con una lata en las manos, Yuriy ya había permitido el paso al visitante.
-¿Cómo estás?- le dijo sonriendo casi imperceptiblemente.
-¿No te sientes tonto hablando con algo que no te entiende?- Boris preguntó mientras vaciaba el contenido en un plato.
Yuriy llevó en brazos al recién llegado hasta donde estaba el plato y veía a Boris con una sonrisa cínica –Hablo contigo.-
Boris le lanzó la lata justo en plena cara, el otro tratando de esquivarla (y errando) soltó su pasajero, quien cayó perfectamente en cuatro patas y con paso cadente se acercó a comer. Cosa distinta con los otros dos, que en pleno forcejeo cayeron pesadamente al piso, y aún ahí continuaron discutiendo con algunos golpes y las mismas palabras coloridas de sus sueños, comenzaban a cansarse pero nadie cedía, al fin un leve maullido los paralizó. Se miraron y se separaron.
-Terminó.-
Y cada uno al lado del pequeño ser comenzaron a hacerle caricias y cariños. La miniatura peluda ronroneaba de felicidad, al sentir ese pequeño vibrar en la garganta del felino hizo que ambos sonrieran.
Que cuadro. Un par de rusos con fama (bien ganada) de malditos y rudos, a los pies del pequeño gato que les hacía visita sin falta desde su primer día en ese departamento dos semanas atrás.
Y así era la vida en esos momentos. Los problemas, las discusiones, la falta de empleo, la carencia de solidez, las fricciones, ciertos problemas legales, hasta las amenazas de Kai no tenían cabida ese lapso de tiempo.
Todo el mundo se reducía a esa pequeña compañía, ese ronroneo y saber que no todo estaba tan mal.
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