Hacía frío, tenías hambre, ansiedad y sentías al enemigo pronto a aparecer en cada rincón que se escondía de tu vista. ¿Qué diferencia había?
En cuanto a eso, nada. Pero el pequeño e insignificante detalle que podías nombrar como ‘libertad’ hacía la más grande diferencia y que valiera cada segundo esta enorme estupidez.
Estabas fuera de los enormes muros de piedra y de las avizoras vistas de los celadores. Costó un poco de dolor, dos dedos que no serían de utilidad por algunas semanas y la aprensión digna de una misión suicida, sabíamos que prácticamente lo fue… pero estábamos fuera. Y eso lo valía todo.
¡Ah! Moscú en otoño, la peor época le llaman, pero esas alfombras de hojas doradas te sacudían algo, no sabías qué, pero siempre asegurabas que una parte de tu memoria perdida se hallaba ahí. No lo sabíamos, la única fuente se negaba a dirigirte otra clase de palabras que no fueran reclamos, regaños, amenazas y exigencias.
Lo más seguro era que te hallaran ese mismo día, pero entre menos obvio mejor. Lástima que por eso no se pudiese visitar la Plaza Roja, pero sabíamos que era de tontos intentarlo, esa pequeña aventura duraría aún menos. Caminaste bordeando el turbulento río que siempre te atraía como un imán, antes de llegar al puente Novoarbatski algo te detuvo.
Una voz. –Había una vez, allá en las montañas del norte. Una pareja de ancianos, la abuela Marushka y el abuelo Yuchko, vivían en una pequeña cabaña. Aunque eran queridos por todo el pueblo, ellos no eran del todo felices, no habían tenido hijos…-
¿Qué fue? ¿qué era? Me lo cuestionaste, como siempre desde que la mayor parte de tus respuestas se esfumaron. Y desde entonces, fui la voz que te decía ‘no sé’ nací junto con tu amnesia, así que no fui respuesta sino sólo consuelo desde entonces.
Y no hubo respuesta tampoco. Pero era claro que había algo en esas palabras, ya las habías escuchado. ¿Cuándo? Era un cuento, era imposible que lo hubieses escuchado en aquel maldito lugar. El abuelo no era de la clase de gente que hacía eso.
¿Tu casa? ¿allá dónde todo era distinto?
Te acercaste a la mujer que narraba, estaba sentada en una banca en la pequeña arboleda rodeada varios niños, como de tu edad. Una maestra y sus alumnos. Mientras caminabas entrecerraste los ojos queriendo imaginarte todos los paisajes montañosos, la nieve, el bosque, la cabaña, el calor de la fogata y los viejos.
-…fueron a un bosquecito, con ternura y calma formaron un pequeño cuerpo, manos, todo como una muñeca…-
La tersa voz de la mujer… de una mujer. Narrándolo todo. El único ruido que acompañaba la voz era el volar de las hojas con el viento. El pórtico de una casa gris rodeada de árboles.
-…todo fue tomando vida, el cabello rubio, la piel blanca, los ojos azules, las mejillas rosadas, una sonrisa. La niña de nieve, tenía vida…-
Llegaste al árbol más cercano a la mujer, te sentaste recargándote en él y cerraste los ojos por completo, envuelto de lleno en la narración. Por eso atesorabas con tanto recelo el viejo libro de leyendas que mantenías oculto entre los fríos muros, era tu único escape de la cruda realidad, aunque había quienes se burlaban llamándote tonto. Pero era porque ellos se habían resignado a su mundo; tú, te negabas a hacerlo y ese desgastado conjunto de hojas era la llave de tu escape.
-…todo el mundo la adoraba. Sneguroshka, la niña nacida de la nieve que hacía hermosas figuras con la sustancia blanca.-
No se sentía el frío, ni la soledad, ni la carencia de algo que no se recuerda, el miedo del día siguiente o la furia de la impotencia. Ahí, en esas borroneadas escenas que cruzaban tu cabeza había calidez, felicidad y algo que no sentías en mucho rato, tranquilidad y seguridad.
Ahí… ahí estaba la cara de la mujer… y un hombre.
-…la primavera llegó…-
Una sonrisa. Hablaban, ambos te hablaban pero sólo podías ver sus bocas moviéndose, sus rostros eran difusos, al igual que el movimiento de las bocas, no entendías nada. Pero sonreían.
-Niños es hora de irnos, comienza a hacer frío, sus padres los esperan en casa.- La repentina voz de la mujer te hizo reaccionar haciendo que toda la secuencia de tu cabeza se rompiera como ocurría en los sueños que no alcanzabas a recuperar del todo.
Los niños comenzaron a quejarse, querían saber el final. Y le suplicaban a su maestra que finalizara, la mujer sonrió comprensivamente y pero en vez de proseguir les preguntó. -¿Qué creen que pasó?-
Ninguno de los alumnos supo decir, se miraron entre ellos, y comenzaron a levantar la mano. -Se fue con sus papás a vivir a otro lado.-
-Creció y jugaba con los niños.-
Una y otra respuesta se escuchó, negamos con cada una. La sabíamos, la sabías.
-¿A nadie se le ocurre otra cosa?-
Levantaste la mano. No tenías ni facha de ser estudiante de ese colegio, hasta parecías mas algún habitante de las calles gracias a lo rígido de la vida impuesta en aquel lugar. Pero la maestra te hizo una seña con la cabeza para que respondieras.
-Se deshizo. Se derritió con el calor de la primavera.- Dijiste repitiendo las palabras que sonaban frescas en tu cabeza.
Y ella asintió aún sonriendo. –Si, así es. Sneguroshka se fue con el invierno, como la nieve que se derrite por el calor, ella pertenecía al invierno.- Te quedaste mirando a la mujer, si, así acababa ese cuento. Ella te preguntó -¿Dónde lo escuchaste? Esta historia viene del norte, no pensé que alguien de tu edad lo conociera.-
Y bajaste la mirada, responder ‘no me acuerdo’ se oía tonto hasta para nosotros. Antes de que pudieras replicar algo un par de manos sujetaron firmemente tus hombros, no tuviste que voltear, la voz te lo dijo todo.
-Joven Kai, comenzábamos a preocuparnos, pero ya está todo bien por que lo hemos encontrado.-
Simplemente inclinaste un poco la cabeza tanto dándole a entender a Boris que no tratarías de escapar y para despedirte de la mujer.
Había una vez… un niño necio que no quería resignarse a la realidad que le impusieron, y un día decidió escapar aunque un instante de ese mundo, pero ese niño supo que no todos los cuentos tenían un final feliz.
Lo bueno, eso no era un cuento, y él decidía como habría de acabar la historia que era su vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario