8.3.09

Importancia

La luz solar se colaba por el opaco cristal. El departamento se iluminaba parcialmente a causa que las cortinas no habían sido abiertas. Había aún restos de la cena anterior, y de la película que habían contemplado esa noche. Un tazón que delataba las palomas, una caja del DVD pirata de tan mala calidad donde ni siquiera se podía leer el título, una caja de pizza con dos rebanadas a medio comer. Papeles y un par de vasos semivacíos.

Los dueños del lugar dormitaban, uno en cada sillón en posición tan incomoda que era increíble que no hubiesen despertado aún. El teléfono había sonado dos veces, la puerta tres, hasta el celular de uno de ellos no había parado de vibrar por casi veinte minutos… y nada.

Un ronquido, uno que otro gruñido, y obscenidades rusas lanzadas a la mitad de un sueño. Era lo único que delataba alguna clase de vida en medio de ese desastre. Un pelirrojo torcía un poco la cabeza cuando un reflejo hizo contacto fugaz con sus ojos; el otro, aunque estaba que se moría de frío no se animaba a buscar alguna manta.

Eran un par de flojos, la vida independiente (costeada por su único amigo compartido) había sido terrible para su escasa vida social y otrora incansable actividad física. En dos semanas se la habían pasado vegetando entre las comodidades que su benefactor Hiwatari les había otorgado a regañadientes. A causa de un par de problemas legales que les impedían seguir con sus vidas.
Sin dudar se diría que bien el Apocalipsis podía comenzar, un terremoto derrumbar todo, un incendio arrasar la ciudad… y ellos, no moverían ni un dedo en orden de salvarse. No, estaban cómodos, el mundo podía venirse abajo pero ellos, seguirían ahí.

Sólo tres cosas (a veces) podían hacerles moverse.

-El hambre acumulada. (Que podía llegar a ser de un día completo)
-La visita de su compasivo amigo. (Que llegara lanzando amenazas de desalojo)
-Una vista de menor escala.

Un rasguño en la ventana. Ahí estaba.

Boris abrió un ojo distinguiendo la inconfundible silueta –Llaman.-
Yuriy torció un poco mas la cabeza calculando la distancia entre él y la cocina –Tú estás más cerca. Dale tú, yo abriré la ventana.-

Boris estiró ambos brazos, sus piernas y se puso de pie. Y se dirigió a la cocina, regresó con una lata en las manos, Yuriy ya había permitido el paso al visitante.

-¿Cómo estás?- le dijo sonriendo casi imperceptiblemente.
-¿No te sientes tonto hablando con algo que no te entiende?- Boris preguntó mientras vaciaba el contenido en un plato.

Yuriy llevó en brazos al recién llegado hasta donde estaba el plato y veía a Boris con una sonrisa cínica –Hablo contigo.-

Boris le lanzó la lata justo en plena cara, el otro tratando de esquivarla (y errando) soltó su pasajero, quien cayó perfectamente en cuatro patas y con paso cadente se acercó a comer. Cosa distinta con los otros dos, que en pleno forcejeo cayeron pesadamente al piso, y aún ahí continuaron discutiendo con algunos golpes y las mismas palabras coloridas de sus sueños, comenzaban a cansarse pero nadie cedía, al fin un leve maullido los paralizó. Se miraron y se separaron.

-Terminó.-

Y cada uno al lado del pequeño ser comenzaron a hacerle caricias y cariños. La miniatura peluda ronroneaba de felicidad, al sentir ese pequeño vibrar en la garganta del felino hizo que ambos sonrieran.

Que cuadro. Un par de rusos con fama (bien ganada) de malditos y rudos, a los pies del pequeño gato que les hacía visita sin falta desde su primer día en ese departamento dos semanas atrás.
Y así era la vida en esos momentos. Los problemas, las discusiones, la falta de empleo, la carencia de solidez, las fricciones, ciertos problemas legales, hasta las amenazas de Kai no tenían cabida ese lapso de tiempo.

Todo el mundo se reducía a esa pequeña compañía, ese ronroneo y saber que no todo estaba tan mal.