22.3.09

Katzia/Lost dog

¿Cómo es un perro perdido?

Levanta la cabeza con nerviosismo, tratando de identificar una cara conocida, un sonido, un olor, un gesto, una palabra… cualquier cosa que le diga que halló a la persona (o personas) conocida(s). Y le duele, y le asusta que no pueda hallarles. Porque comienza a crecer una sensación en su pecho, una aprehensión que es un asomo de todo lo que le augura de no encontrar el camino de regreso.

Soledad, inseguridad, peligro, pesadumbre, incertidumbre… el no saber lo que pasará no sólo al siguiente día, si no a la siguiente hora, cuando la noche caiga y no esté el acompañante que da el abrigo, el alimento y la presencia que contenta la vida.

….

Y esta historia narra de dos casos. Que caen en esta categoría, y que no hallaron el camino de regreso, pero no les importó.



-…lo lamento señor. No pudimos hacer nada.- Dijo la voz del otro lado de la línea, -lo esperaremos para los arreglos necesarios. Mis más sentidos pésames señor.-

-…- y la persona del otro lado se quedó sin poder contestar a nada, pensaba que le daría tiempo suficiente para llegar y ver con satisfacción los últimos momentos de vida de su abuelo, pero recién le habían avisado que acababa de morir. Y eso no lo esperaba.

Porque antes pensó que cuando llegara el momento se sentiría feliz, pero apenas guardó su teléfono no halló felicidad, ni satisfacción, nada mas que confusión.

Y no estaba acostumbrado a eso, solía vivir con el control de todas las situaciones que le rodeaban. Su vida era un delicado equilibrio donde sus amigos, su abuelo, su gusto por estar solo y el enorme peso que era ser el mayor representante de un emporio bien cotizado tenían un lugar y un orden, y cuando se modificaba alguno de ellos se alteraba toda la situación.

Justo ese día, cuando la ya raquítica llama de vida de su abuelo se apagó después de una lenta agonía de casi tres meses, todo se convirtió en un incesante torbellino. Él viajaba por Yokohama. Con la esperanza de llegar a tiempo para estar presente en el cuarto de hospital, pues le habían dicho que su neumonía se había agravado.

Pero no llegó. Y aunque lo negara, la noticia había tambaleado todo su mundo, y lo peor era que no quería reconocer la razón.

Lo extrañaba.

Como se extraña una herida abierta; duele, punza, se ve mal y hace sentir mal. Pero ese dolor que provoca nos hace sentir vivos. Ese refuerzo negativo que se necesita para seguir adelante. Ya no estaba.

Abordó el carro, y manejó con la mente en otro extremo. Se internó en el sector comercial, aparcó el vehículo en un pequeño parador cerca de un centro comercial. Bajó y se dispuso a caminar, le dio dos vueltas al jardín cercano, otras dos a la manzana donde se encontraba dicha plaza comercial, pero no se cansó y continuó su trayecto hasta la estación de trenes más cercana. Entró y vagó entre la multitud que se arremolinaba en los torniquetes de paso. Todos venían y él iba, iba contracorriente con la cabeza baja y la mirada pegada al piso como si de pronto hubiese encontrado gran interés en el parqué del piso.

Llegó al punto donde se unían las dos líneas que ahí convergían, miró los letreros de horarios y destinos. El plano llave de las demás líneas y las laberínticas estaciones. Pensó en abordar y dejar que el destino decidiera a donde habría de ir. Pero no llegó ese empujón que le hiciera abordar el tren. Si no que salió de la estación y se fue a caminar por la playa, tratando de unir ideas o cuando menos enfocarse en alguna cosa… la que fuera.

El sol estaba muy alto en ese momento, y como era fin de semana había personas disfrutando de la buena combinación de descanso y mar. Se quedó mirando a algunos de ellos, y se sintió peor. Porque la sensación de la pérdida le dio de lleno, un compacto grupo familiar comía a pocos metros de donde se sentó. Un par de niños de entre ocho y doce años, una pareja joven y otra mucho mayor. La perfecta imagen de la familia prototipo, la madre hablaba con los abuelos mientras el padre correteaba a uno de los hijos mientras el otro trataba de construir un castillo.

Kai escupió lo amargo de sus ideas. La inseguridad que expresó en ese instante le hizo sentir asco por su persona y dicha inseguridad, se levantó y pasó derecho bloqueando la imagen que dejaba atrás. Pero sin tener un lugar a donde ir.

De pronto la vio. Un cuerpo esbelto y con curvas delicadamente pronunciadas, piernas redondeadas y fuertes, ojos pardos ¿amarillos?, melena entre café y ocre, algo encrespada por la brisa marina. Avanzaba con paso tambaleante mientras miraba por doquier buscando algo, los niños que Kai dejó atrás la llamaron, ella presurosa corrió a ellos pero después de un grito de la madre, el padre y la abuela la alejaron entre amenazas y bolas compactas de arena, que le dieron en la espalda.

Ella salió aterrada, y se detuvo a distancia segura mientras les veía como esperando que cambiaran de opinión, pero el padre siguió lanzándole las mismas palabras obscenas para alejarla. Ella se quedó otro rato ahí, y después se percató de la mirada de Kai que le veía con la misma intensidad que ella veía a la familia.

Kai avanzó un paso, ella lo retrocedió. Kai agachó un poco la cabeza para mostrarle que no era agresivo, ella levantó la suya como señal de reconocimiento. Él extendió una mano mientras se ponía en cuclillas y le llamaba. Ella retrocedió un poco y agachó la cabeza como analizando, olfateó con más insistencia, le pareció seguro y poco a poco fue acercándose hasta que su nariz hizo contacto con la mano de Kai.

-Ey- dijo Kai mientras poco a poco pasaba su mano sobre la cabeza de ella. Y ella la inclinaba mas para mostrar que le aceptaba. Kai no tuvo duda era Belga, una Pastor Belga.

Se levantó y comenzó a caminar, giró un poco la mirada mientras ella se quedaba viendo con esos enormes ojos del color de la arena. -Vamos- y fue como si la mirada se le iluminara, el animal enderezó por primera vez sus orejas y agitó la cola dando vueltas, la señal de felicidad para los perros.

-¿También perdiste el camino?- le dijo Kai mientras seguían caminando por la playa, se quitó los zapatos, y dejó que la fuerte brisa le revolviera el cabello. Sujetó su chamarra y le hizo un par de nudos, dejó caer una punta al piso mientras seguía su camino, el movimiento atrajo la atención de ella que se detuvo suspicaz, lo miró esperando una mala señal pero cuando los ojos rojos de él se encontraron con los de ella, como si sonriera, entendió todo y corrió a sujetarla.

El forcejeo no se hizo esperar, Kai reconoció que el animal aunque parecía estar algo débil y apaleada por los malos tratos del descuido, se renovó de energía infundida ante todo por la sensación que comenzaba a llenarle también a él.

Conocer a alguien. Encontrarse con alguien. Y lo mejor, que ese alguien le aceptara.

Los dos necesitaban sólo eso. Poco a poco el sentimiento que brotó en la perra fue contagiado a

Kai, que corrió a lo largo de la playa con el animal detrás de él, en un arranque de energía ella se abalanzó sobre él y al reaccionar de lo que había hecho, ella se detuvo esperando verle molesto, pero un gesto contento plagaba la cara de Kai.

-Vamos.-

Él se levantó mientras le indicaba que le siguiera, mientras ella trotaba feliz a su lado él hablaba para ella. –No tienes collar, también estás perdida ¿no?- se le quedó viendo mientras la perra le devolvía la mirada como asintiendo.

Llegaron al punto de estacionamiento del carro, la perra se sentó sin que Kai se diera cuenta. Cuando volteó buscándola la vio a la distancia, arqueó una ceja y la llamó. -¿Qué pasa?-

La inmovilidad de la perra le dio su respuesta. ¿Ella iría con él? ¿él la llevaría?

Y miró su carro y la miró a ella, era una decisión seria, no era como darle alojo, él supo que era un compromiso pues no le provocaría una decepción. Si la aceptaba, se quedaría con ella hasta el final de alguno. Se sentó en el cofre, mientras le invitaba a acercarse y comer algo que sacó del portaequipaje, después de quince minutos de masticar en silencio lo que le daba, ella se le quedó mirando.

Kai quería negarse a encontrarse con esa mirada pardusca y ahora iluminada con la misma esperanza que él en alguna época de su vida mantuvo, y no pudo con la negativa. A él no le gustaba mantener animales cerca de él, alguna vez tuvo un perro, allá cuando era niño. Pero había demasiada turbulencias en casa, y su madre no lo toleró. Lo sacó a la calle ante sus protestas y súplicas, pero mamá no escuchó.

Desde entonces, tenía cierto nivel de tolerancia con los animales que no requerían conexión sentimental, como los peces, los reptiles o las aves canoras. La mansión solía contar con ellas para hacerle compañía a su viejo abuelo, los ejecutivos de la empresa tenían una afición malsana (para su gusto) por los enormes tanques saturados de peces tropicales, le gustaba verlos pero no mas. Y bueno, la iguana y serpiente de Brian, en definitiva no serían jamás sus mascotas.

Así que había canalizado todo ese aprecio que quizá tuvo por los animales en tratar a los que estaban desamparados, porque les respetaba. Conseguían sobrevivir en la crueldad de la vida, algo parecido que él. Pero no soportaba verse reflejado en los ojos de animales como la perra frente a él, que habían tenido algo, les había gustado, lo habían disfrutado y de pronto les había sido arrancado.

Y mantenían la esperanza de tenerlo de nuevo.

Porque era obvio que esa Pastor Belga había pertenecido a una casa, quizá donde había sido querida, bien alimentada y bien tratada, por algo había dejado de tenerlo y estaba ahí, sujetándose con toda su esperanza animal a que podía hallarlo con él.

Kai también había tenido y había perdido, su fracturada familia, hasta esa enfermiza relación con su abuelo por la que en ese momento realizaba un duelo. Y sentía que ya no había posibilidades de atraerlo de regreso, bueno ya no había, pero podía ser que hubiera un placebo para ello.
Y estaba sentada justo delante de él. Ella pareció darse cuenta de que Kai había tomado una decisión, enderezó de nuevo las orejas y movió tres veces la cola.

Kai bajó del carro, enterró formalmente a su abuelo en su mente y sonrió. –Katzia.- Abrió la puerta del carro y la invitó a subir.

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