-Se acabó- te dijiste mirando al doctor negar con la cabeza. Ya no había nada que pudieran hacer, la única cosa que verdaderamente el dinero no puede detener.
-Lo lamento señor.- El doctor dijo inclinando un poco la cabeza, de antemano sabía que no se le podía culpar aunque de cierto modo sentía que te debía algo pero se esforzó, tú lo viste y, aún no lo hubiera hecho, ¿lo culparías de algo?.
-No importa, vendrán pronto por el cuerpo.- Dijiste tratando de desviar la mirada del cadáver pero tus ojos se sentían atraídos inconscientemente a él, aunque conseguiste contenerte. ‘Es mejor quedarte con la mejor imagen de la persona en vida’ alguien te dijo una vez.
Te diste la vuelta sabiendo que si seguías ahí, la imagen de tu abuelo muerto se quedaría sujeta a tus memorias. Había algunas personas en la sala de espera, aguardando cualquier noticia, desde que Voltaire decayó de su enfermedad (dos meses atrás) hubo mucha gente que acudió a verle, le visitaba y mostraba apoyo. De pronto se dieron cuenta que eso iba para largo, no fue el viaje rápido y sin retorno que esperaban.
Comenzaron a ausentarse hasta que nadie más iba, sólo tú y uno que otro perro dispuesto a no soltar el hueso deseado por mucho tiempo. De acuerdo al libro de visitas sólo tú y otra persona se quedaban más de quince minutos, tú le visitabas cada tres días (aunque ibas casi diario al hospital). Te decías que no sabías quién era esa otra persona, en el fondo lo tenías casi asegurado.
Al verte, todos los que aguardaban noticias te rodearon preguntando insistentemente por el estado de Voltaire, tú inclinaste la cabeza y seguiste adelante abriéndote paso entre ellos con fuerza si era necesario. No faltaron los insultos y las palabras de indignación, pero todo siempre fue un mundo triple para ti: el de los negocios, el de tu vida fuera de ellos y la vida de familia que te acercaba a Voltaire. Y jamás debían mezclarse.
Te dirigiste a casa, no tu sino su casa. Donde creciste hasta que conseguiste suficiente independencia para mantener saludable distancia. Hallaste una inusual actividad, solías hacer visita los viernes para asegurarte que a falta de quien daba las órdenes no comenzaran a brincarse autoridades, no te era ajeno saber que el resto de la semana era como un centro vacacional donde casi nadie hacía algo mas esta vez veías gente moverse de aquí a allá.
Al entrar a la casa te encontraste con que el salón principal estaba completamente despejado, las cortinas habían sido retiradas y las ventanas abiertas de par en par. Había sillas, coronas florales y hasta una mesa con un libro de condolencias. El mayordomo se acercó cautelosamente al notar tu desconcierto, después de ofrecer sus saludos te explicó sin que se lo pidieras. –Órdenes del sr. Susumu.-
Miraste directo a las escaleras y a toda velocidad te dirigiste a donde sabías que él estaba, frenéticamente buscaste en cada uno de los cuartos hasta que lo encontraste en el estudio. Estaba plácidamente sentado en la enorme silla de cuero detrás del escritorio, te daba la espalda; no encontraste razón lógica pero algo te hirvió por dentro.
-Llegaste, aún hay mucho que hacer.- Dijo apenas con un hilo de voz tratando de mantener algo del entusiasmo que siempre le teñía.
-¿Qué es todo eso?- preguntaste aún iracundo.
-¿Qué?-
Mil y un maldiciones vinieron a tu mente pero te contuviste. -Abajo-
-Kai, tu abuelo murió. ¿Acaso ya lo has olvidado?-
Sentiste la ira punzar más, no sonaba a burla pero en las palabras creías identificar una dolorosa ironía. –Él no quería eso.- Admitiste con derrota de dar a conocer que habías tenido la paciencia de escuchar la última voluntad de ese hombre que creíste odiar hasta el final.
-Dijo eso en sus últimos días, tú y yo sabemos que ya no razonaba bien. A él le hubiera gustado ser despedido con las glorias que quizá no merecía pero querría dejar huella hasta el final.- Tu padre giró la silla mientras terminaba su frase. En algo de las últimas palabras identificaste algo de molestia. Ése ‘dejar huella’ era algo que compartían ambos.
Voltaire había dejado su marca en ambos.
Para bien y para mal, era un vínculo que iba más allá de la genética compartida. Era un fantasma que les perseguiría, pero también una compañía que caminaría a su lado, no importaba cuan bien o mal sonara eso. Fue su padre y fue tu abuelo.
Entonces le viste detenidamente, aunque parecía insistir en mirar para otro lado era obvio que había estado llorando. Retrocediste dos pasos y también viraste la cabeza, ver a tu padre llorando por tu abuelo era algo digno de echarse a reír, pero ni una sonrisa se trepó a tus labios.
-No voy a participar en ese show.- Dijiste resuelto mientras te dabas la vuelta y te encerrabas en el cuarto que ocupabas antes.
Tu padre no insistió en llamarte, casi pudiste verlo suspirar resignado, verse en el espejo tratando de recuperar la compostura y bajar a recibir a los que iban a dar el pésame. Desde ahí escuchabas como poco a poco el salón se llenaba, el chirriar de los vehículos afuera, el cuchicheo del interior. Pasaron las horas, tú te quedaste sentado en el piso recargado en la cama con los puños cerrados de frustración mientras pensabas en lo hipócrita que era todo eso. Si, Voltaire era un hombre que no chistaba en dejar una gran impresión (buena o mala no importaba, él habría de ser recordado) pero en sus últimos momentos de consciencia (apenas una semana atrás) te dejó saber que quería irse sin mas que el entierro discreto que planeaba. No mas.
En un principio no lo creíste, después te lo aclaró (o al menos parcialmente, tú te respondiste lo demás) sabía que no era una persona idolatrada, había tres veces más persona que lo querían tres metros bajo tierra que viviendo una larga vida. Y si había algo que los dos compartían, era el desprecio por la hipocresía (ajena, no propia). Y lo que tu padre hacía, era la apoteosis de dicha acción.
Algo cansado de la posición tomada te enderezaste y subiste a la cama, como si todo adquiriera una nueva perspectiva te diste cuenta que todo estaba tal cual lo dejaste. Hasta el sistema de sonido que insistías en colocar al máximo para alterarle un poco los nervios estaba ahí. Jurabas que el viejo había eliminado hasta el más mínimo rastro de ti cuando dejaste tempestivamente la casa algunos años atrás. Fue una discusión ruda y con palabras nada amables te invitó a salir, claro, el orgullo te obligó a irte sin un plan. Anduviste de inquilino un par de semanas hasta que las cosas se tranquilizaron un poco y pudieron negociar un departamento.
Las cosas volvieron a la calma pero no volvieron a ser las mismas. Había tensión y no hubo perdón pero parecieron crear una tregua donde eran capaces de soportarse entre ustedes entre las largas horas de juntas.
Ya no mas.
Después de meditarlo un rato saliste del cuarto para entrar al estudio donde habías encontrado a tu padre. No te atreviste a sentarte en la silla pero si lo hiciste sobre el pequeño banco que ocupabas durante los discursos que te lanzabas exigiéndote un comportamiento que jamás le diste, imaginando que en cualquier segundo esa voz áspera y severa te llamaría.
-Kai-
La voz te hizo brincar y casi perder el equilibrio, en tu adormilada mente sonó a la de él pero no era. Era tu padre, entró y se apoyó en la ventana. –Se acabó.- Dijo mirando por la ventana mientras el rechinar de las llantas del último carro se alejaban.
-Si, ya-
-No fuiste al entierro.-
-¿Para qué?- preguntaste algo harto.
-Él hubiera querido.-
-Él no hubiera querido nada.-
-A mi me dio esa impresión.- La voz de tu padre se volvió un hilo.
-¿Un cadáver te dijo eso?- preguntaste con esa misma ironía dolida que habías escuchado de él un rato atrás.
-No te burles- contestó sonriendo pero con los ojos empañados de lágrimas –no fue el mejor padre ni el mejor abuelo pero nos hizo lo que somos. ¿Es eso tan malo?-
Arqueaste una ceja. ¿No era obvia la respuesta? –Dime tú.-
-Yo digo que no, si vieras las cosas como las veo yo te darías cuenta que no todo es tan malo.-
Miraste para otro lado mientras al fin esa sonrisa ínfima apareció en tu cara, aunque lo negaras era cierto. –Malo no, es deplorable.-
Susumu te miró sorprendido mientras una risa se dejaba escapar. Ya conocía tu forma irónica y oscura de ver todo y al parecer entendió tu punto de razonamiento. –Somos lo que somos…-
-…el producto de nuestros actos.- Finalizaste esa frase que el viejo repetía a morir. Verdad parcial porque algo de lo que Voltaire había hecho había determinado directamente sus propias vidas. Y eso, no lo decidió ninguno de ustedes.
Susumu no contuvo las lágrimas, estando a poca distancia de ti extendió una mano colocándola sobre tu hombro al sentirla te tensaste y de un movimiento de brazo te soltaste. No había que confundir la situación.
-¿Ni al final cambiarán las cosas?- preguntó derrotado.
-Fue su final, no cambian pero pueden evolucionar.- Te levantaste y saliste dándole una larga mirada y un asentimiento.
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