4.4.09

Música

-¿Por qué compras eso si ni siquiera los conoces?-

-Es BosaNova, apuesto que no te agradará escucharlo-

Kai miró a Rei y Tyson que parecían tratar de desanimarlo de no comprar el disco que veía con curiosidad. Era verdad, no conocía al cantante ni sabía nada de BosaNova pero una vez alcanzó a escuchar algo que le agradó a las afueras de un bar de bohemios donde (de acuerdo al chofer) tocaban esos ritmos. Creía que valía la pena intentarlo.

Se encogió de hombros sin darle la razón a nadie, siguió con el disco en mano y directo a la caja.
-¿Estás seguro? Quizá este te agrade mas.- Rei señaló uno en el anaquel de música independiente.

-Si tú lo dices.- Kai lo tomó y también lo anexó.

Rei y Tyson se miraron y no dijeron mas pues sabían que no harían cambiar de idea a Kai. Pagaron sus compras y fueron a tomar un trago en la zona de comida del centro comercial, ahí coincidían tres bandas que a distancias distintas se disputaban la atención de los comensales.

-Agh, ¿no les molesta tanto ruido?- Kai preguntó a ninguno en especial pero evidentemente molesto de la música.

Ninguno de los otros estuvo de acuerdo, eran buenos intérpretes y de hecho hacían un ritmo peculiar al mezclarlos. Kai hizo lo posible por soportarlo pero llegó su punto de tolerancia y no aguantó mas, se levantó dejando el costó de su consumo y se fue sin despedirse, los otros dos (acostumbrados a esto) no dijeron nada y sólo lo vieron irse preguntándose como alguien que no soportaba ese energizante ruido podía comprar discos sin haber escuchado siquiera un poco antes.

Ka regresó a su departamento, saludó al gato que dormía sobre la barra y colocó uno de los discos. Una lenta tonada en portugués inundó el vacío del lugar, Kai cerró los ojos y quedó dormido.

Al despertar el disco había finalizado, se quedó un rato en el sillón mientras reunía la voluntad para ponerse de pie, y lo escuchó.
El silencio.
La ausencia de todo sonido.
El vacío creó fantasmas del pasado en su cabeza, recordó los fríos muros y las soledades de las puertas cerradas, recordó la infancia de Rusia. Si no era el silencio de la noche y el aislamiento forzado era el ruido de los gritos y los castigos.

Se levantó de un brinco y colocó el otro disco. No le prestó atención ni a la letra ni al ritmo, ni siquiera el idioma. Lo que quería era escuchar algo, lo que fuera.
Todo, para evitar ese silencio que invocaba los terrores no superados, para que el vacío del silencio no se poblara de alucinaciones de recuerdos.

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