22.4.09

Primer duelo

De una vida.


¿Qué se siente cuándo todo se ha acabado? ¿qué piensas cuándo te has quedado sin nada? ¿qué haces cuando ves a lo último irse sin poder sujetarlo?

Miraba de un lado a otro, era el único sentado en la cafetería donde habían apagado las luces rato atrás. Su café era mas una mezcla que comenzaba a espesarse y su sándwich un pedazo doble de pan ya tieso, no había comido nada en día y medio. Mas no le importaba, ya no quería nada… nada.

El día anterior por la noche el doctor le había informado la sentencia final, ella no había respondido a ningún tratamiento y ni siquiera el coma inducido parecía hacerle bien alguno. Desde que pasó las primeras dos horas contemplando el trabajo de enfermeras y cirujanos sobre ella supo que no había de vivir por mucho; eso, aunque difícil, era capaz de asimilarlo, lo que no: el saber que lo último que ella escuchó de él fue un simple ‘no tarden’ y que ya no podría corregir eso. Ya no escuchaba ni razonaba nada.

Salió con el pensamiento nublado, desde que llegó ahí se había convertido en un fantasma que rondaba los pasillos del hotel. Lo veían venir de aquí a allá con la mirada perdida y el cansancio notándose en toda su fisonomía. El mismísimo director del hospital le había ofrecido hospedaje ahí, pero él se negó y como es habitual en las alas de urgencias. Él era uno de tantos que pasaban y repasaban el lugar sólo esperando una cosa.

Lo que lo diferenciaba de todos los demás era que él estaba solo. No había mas compañía para él, nadie había acudido a relevarlo de su guardia… las únicas dos personas con las que lo habían visto cruzar palabra fue una pareja mayor con la que era evidente no estaba en buenos términos.

Los ofensivos gritos de ambos habían atraído más de una mirada curiosa por el nivel y el contenido de dichas palabras. Eran los padres de ella, le habían venido a echarle la culpa por el destino de su hija y nieto.

‘Si jamás te hubieras acercado a ellos aún estarían vivos’ era el mensaje que repetían.

Kai no requirió de mucho autocontrol para lidiar con ellos. Seguía en ese trance donde su mente aún no razonaba todo, por fuera se le veía confundido quizá resignado, mas por dentro se aferraba con todo a no aceptarlo. Su último recurso para no quebrarse.

Y las cosas no acabaron nada bien con los padres de ella, una cachetada de la madre y una amenaza de lo peor del padre… nada con lo que él no hubiera lidiado antes. Sólo consiguió sacarlos de ahí con una promesa y una orden de restricción. Sólo así.

-Señor Hiwatari se solicita su presencia.- Se escuchó una cansada voz.

Kai caminaba por el pasillo que conectaba el ala de pediatría con la sala de espera del piso, no necesitaba que le dijeran en dónde le esperaban pero cuando escuchó el mensaje se quedó viendo la bocina por la que escuchó.

Se sentó en una de las sillas de la sala de espera e inclinó la cabeza mientras miraba sus palmas abiertas, las cerró como queriendo sujetar el tiempo, las apretó aún más fuerte esperando que por primera vez algo, algo de lo que quería no se fuera. Sus puños se tornaron blancos al igual que su mente… el tiempo siguió su curso, ya eran las cinco de la mañana.

El llamado vino de nuevo, esta vez se levantó mecánicamente y se dirigió al sitio del que había ido y venido por ya casi cuarenta horas: el ala de cuidados intensivos.

-Señor Kai.- Saludó el doctor, tuvo que no verle directamente para tratar de mantener su actitud profesional. De haberle seguido viendo hubiera mostrado toda la preocupación y lástima que sentía por el hombre ante él.

La perfecta estampa de la aflicción que se niega a mostrarse. Dolorosamente pálido y abatido, con la mirada cansada y el gesto en blanco.

El doctor extendió levemente un fólder y comenzó a caminar, Kai lo siguió en silencio. Llegaron a la habitación de ella, el doctor bajó la mirada y comenzó a dar un innecesario informe de su estado, ¿decir que un muerto está muerto? ¿O que va a morir?

De ahí que Kai bloqueara todo, recordó Canadá y Alemania y sonrió fantasmalmente incomodando al doctor que no cesó de hablar. Kai lo miró, al darse cuenta el doctor reajustó su nivel de voz tratando de no sonar temeroso, después Kai pasó sus ojos a la pared de cristal a su derecha. Ahí estaba ella.

La amarga sonrisa desapareció. Y la sensación que lo asaltó cuando tuvo que reconocer el cadáver de su hijo se sujetó a su cerebro, lo abrazó y no lo soltó. Decidió hacer una tregua con dicho sentimiento, habría de liberarle pero le pedía sólo unas horas, sólo unas.

Razonado eso consigo mismo, entró dejando afuera el casi desconocido para él picazón en los ojos y el nudo en la garganta: la liberación del llanto.

-…lo dejaremos sólo, es cuestión de minutos.- Volvió a dejarse escuchar la voz del doctor.

La puerta se cerró detrás de él, tomó asiento en la silla junto a la cama y habló y habló. Despidiéndose de ella.

Cuando la enfermera entró a apagar el monitor, él se levantó le soltó la mano al cadáver y salió diciendo –En menos de una hora vendrán a recogerlos, téngalos listos.-

La enfermera asintió y replicó. –Las formas están en recepción señor.-

Kai se detuvo y sin verla dijo. –No soy yo quien dispondrá de ellos.- Y continuó el paso ignorando al doctor que entraba al cuarto.

Entró al baño y cerró la puerta por dentro. Se recargó en la pared deslizándose hasta que se sentó, inclinó su cabeza casi hasta tocar sus rodillas y comenzó a respirar agitadamente, elevó una mano a la altura de su frente, cerró los ojos y después posó su otra mano sobre su boca conteniendo la exhalación de aire. Aún no era cuando, aún no podía echarse al auto compasión. Recurriendo a esa casi milagrosa capacidad de bloqueo, apagó la necesidad de desahogarse y volvió a levantar la mirada. Todo se acalló. Se levantó y salió.

Ya seguro de su decisión siguió su paso dejando atrás el hospital, si alguien lo hubiese visto en definitiva no lo reconocería con ese aspecto tan deplorable y desaliñado. No miró atrás.

Un auto lo llevó a Helsinki donde despachaba la oficina de seguros que llevaba el caso del accidente. Tenía unos cuantos fajos de papeles por firmar y otro tanto de palabras por extender. Ni las condolencias, ni los reclamos, ni las amenazas, ni las palabras de apoyo traspasaron su burbuja de indiferencia que le servía de engaño a si mismo.

Era sábado cuando llegó a su casa de Islandia. Al bajar del carro se quedó mirando la casa, por dentro aún había una vocecita que le decía que quizá en un momento ella lo llamaría y Gou llegaría corriendo para recibirlo como cuando regresaba de sus viajes. ‘Los muertos no regresan’ recordó las palabras de su abuelo. Dichas a esa edad donde entendía a la perfección que no había nada más allá de la muerte, aquella vez fueron mentiras… esta vez no.

Inclinó la cabeza y entró a la casa.

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