Siempre estaba oscuro ahí, caminando por el pasillo hacia su departamento veía puertas de deplorable aspecto, vecinos con los que jamás cruzaba más allá de una palabra o una mirada. Jamás se había molestado por conocerles, cada uno vivía sobrellevando su propio infierno personal como para tener que cargar con partes de ajenos.
Llegó al 424, metió la llave y la puerta rechinó como aullando de dolor, entró y dejó sus comestibles. Giró hacia la sala y se recostó en el sillón entrecerrando los ojos mientras miraba a la ventana, buscando por algún trazo de luz natural, pocas veces le llegaba dada la mala ubicación del departamento.
Todo era sombrío.
Había muchas memorias igual de lúgubres que prefería dejar atrás, y continuar con la vida que para muchos era insignificante, pero para él era todo. Tenía la seguridad de una rutina, el resguardo de amigos invisibles que no le criticaban ni le temían como el promedio de la gente, el psicópata Kusnetzov. Incluso en esa ratonera que llamaba casa había un resguardo de paz que no hallaba en otro lado.
Era su espacio. Su refugio del mundo exterior, que le rehuía, le rechazaba, que no lo entendía; y al que Brian le respondía del mismo modo. ¿Qué prisa por vivir ahí?
Del enorme complejo adverso de afuera, había un agujero en donde encontraba algo cercano a la calma. Deplorable, deprimente, sucio, pobre… gris. Y sin embargo, era todo para él.
Sonrió después de algunos minutos que le tomó dejar los sombríos pensamientos atrás, afuera, a donde pertenecían. Bajó una mano y se topó con el pequeño montón de revistas que le alegraban la llegada a casa, las repasó una y otra, dejándolas a un lado tomó el control y brincó los canales buscando diversión.
Acabó de ver una película a la que medio entendió la trama y de la cual seguro se olvidaría mañana. No importaba. Su estomago gruñó exigiendo comida, Tala le preguntó una vez por qué no se conseguía un animal de compañía, respondió sensatamente. Ya tenía uno.
Ese estomago que sólo se quejaba para comer, le hacía sentir contento cuando estaba contento, no ensuciaba, no dejaba pelos, no hacía ruidos (bueno, casi no), no había que llevarlo al veterinario y no se quejaba por nada. Mejor compañía no podía encontrar.
Tala y Spencer llegaron esa noche, sin llamar a la puerta que anunció su llegada de nuevo con su llanto dolido. Lo miraron hecho un ovillo en el sillón, y la bolsa abandonada en la mesa.
-Hace bien en no tener animales aquí.- Comentó Spencer.
-Parece que ya tiene un hato de cerdos.- Tala miró el desastre del lugar.
Spencer sonrió. –No, no es eso. Ya los hubiera matado de hambre.- Y le señaló a su compañero dormido, al hacer silencio escucharon claramente los sonidos de su estomago que de no cansarse aún pedía comida.
Tala sonrió y tomó la bolsa de comestibles con rumbo a la cocina. –Entonces deberíamos correr a los gatos, perros e Ian.-
-¿Por qué?- Spencer siguió al pelirrojo.
Tala encendió la estufa y extendió ingredientes en la destartalada mesa de la cocina. –Ya tenemos una enorme mascota.-
Spencer casi se echa a reír. –Bromeas, ¿no?-
Se escuchó un gruñido desde la sala, y al poco rato Brian con el pelo enmarañado preguntando -¿Aún no hay comida?-
Los dos se miraron, luego lo vieron de nuevo y negaron. El otro asintió, se encogió de hombros y se volvió a acostar.
Tala miró a Spencer. -¿Aún crees que bromeo?-