7.7.09

Desconocido I

I. El terremoto en la oscuridad

La vida ha sido un asco desde siempre, lo mismo una y otra vez, la apestosa niñez, el loco del padre de Yuriy, la propia estupidez de mi padre, la Abadía, Boris…
Después, esta guerra que no alcanzo a recordar cuando ni donde comenzó, unos dicen que ya de tantos años que tiene será la única que quedará con vida. Todos terminarán matándose entre sí sin saber siquiera porque peleaban, aún me río recordando que éramos como ellos. Cegados por esos hechizos de los llamados líderes.

Lo que sea, ya no somos parte de eso, pero eso no significa que estamos fuera de esa locura, vivimos apenas a una orilla pero sé que pronto volverá a envolvernos.
Lo dije, la vida es un asco.
Aunque tengo que reconocerlo, ya no me importa cuan repugnante pueda ser, hallé mi
lugar y puedo seguirla sobrellevando, mientras sigamos lado a lado.
-Ey, ¿aún piensas que debiste haber traído ese perro que encontraste?- él pregunta sonriéndome.
-No digas estupideces, terminaría siendo la cena antes una mascota. No son tiempos para alimentar al desvalido.-
-Oh vamos, alegraría un poco este lugar.-
-Disculpe usted señor sonrisas que no pueda ser suficiente entretenimiento y que esta cueva no sea un circo. Entenderás que prefiero sobrevivir.-
-Un poco de diversión no nos caería mal, pareciera que ya estamos m… muertos.-

Él trata de contener la última palabra, es tarde. Ha dejado ya sus delgados labios y se escapa entre la brisa fría que va a morir en la hoguera. Yuriy baja la vista y se da la vuelta en su cama (o intento de), me da la espalda confirmándome las ideas de que se siente mal por haber traído siquiera la palabra.

-Ey,- me siento junto a él mientras lo obligó a verme de frente –tienes razón, mejor divertidos a morir que…-

-Vivos y aburridos.- Dice con una pequeña sonrisa mientras sujeta mi mano apretándola. –Además,- continúa mientras le veo, -…necesito compañía, eres lo más espantoso que he visto en mucho tiempo.- Dice empujándome y lanzándome al piso, su risa tintinea en mis oídos. El contacto con el piso duele pero prefiero cien veces eso que escucharlo abatido.

-Pues ni te creas lo máximo, creo que sí traeré ese perro flaco pero para que me alegre el día a mí.-
-¡Ey!- Yuriy me lanza uno de los cojines mientras yo le devuelvo un zapatazo. -¡Jódete!-
-No, jódete tú.-

Nos lanzamos ofensas y las cosas que encontramos a la mano por unos cinco minutos, un poco cansados (y algo adoloridos) nos detenemos y nos vemos mientras intercambiamos miradas que refuerzan nuestro lazo, que venga lo que deba venir. Somos fuertes.

-Oye, quiero salir ¿ya se ve la luna?- Yuriy me llama extendiendo su brazo.
Lo sujeto y lo ayudo a apoyarse en mi. Al ver su tambaleante pierna no puedo evitar recordar. De cuando éramos miembros del mundo que nos rodea.

La batalla siempre ha estado en nuestras venas, los combates de aquellos torneos de la niñez que parecen memorias borroneadas, la abadía que se ve más como un recuerdo inventado, los juegos de siempre ‘mata al primero que encuentres’ cuyas armas pasaron de meros diábolos de aire a balas verdaderas… nos unimos a la guerra.

Parecía la cosa más natural para nosotros, decían que estamos hechos para ella. No lo niego. Siempre hemos sido guerreros, Yuriy y yo éramos equipo, Ivan y Seguei otro, Kai el que anda solo. Fuimos leyenda desde la abadía. Quizá algo escucharon de eso, porque no tardamos en ser colocados en escuadrones especiales, los que van a limpiar el terreno.

No diré que no me gustó, era como embriagarse en compañía de las únicas personas que consideras de valor para estar contigo, bacanales de sangre y placer, como una orgía en medio de la decadencia. Si, fueron tiempos buenos.

Entonces nos separaron. Ivan y Serguei fueron colocados en escuadrones distintos, supimos que el enano murió al poco tiempo, no volvimos a escuchar noticia de Seguei. No puedo asegurar que esté muerto, tengo la firme idea que anda disparando a placer en algún sitio del mundo.

Kai fue historia diferente. El maldito principito no pudo borrar esa marca invisible que Souichiro le impuso, aunque se ocultó bien entre lo más despreciable de las barracas (nosotros) brincó a la vista esa silente aura de poder. Sin siquiera querer fue subiendo rangos una y otra vez, nosotros éramos escoria feliz. Él nunca pudo serlo.

Aunque duró un buen tiempo como oficial en jefe de nuestra unidad completa, lo enviaron a los servicios de elite. Nunca nos dijo que hacía ahí, pero cuando regresó de su primera misión no fue el mismo, al poco tiempo simplemente ya no regresó.

Como con Serguei dudo que haya muerto (si mala hierba nunca muere, y nosotros somos la plaga que mata hasta a esa hierba, debemos ser alguna especie de inmortales).
‘Los microbios de dios’, decía Kai citando a un tal Artaud. Si, por mucho tiempo lo creí. Los cinco, la compañía deseada en el lugar soñado y haciendo lo único para lo que parecía éramos buenos, nunca fuimos normales.

Cuando supimos de la muerte de Ivan, tras la desaparición de Serguei, el reasignamiento de Kai… la explosión que casi mata a Yuriy.

Entendí nuestra propia mortalidad.

Estábamos ocultos entre un prado de pasto muy alto, el viento soplaba sacudiéndolo y creando sonidos que opacaban el creado por el enemigo. Yuriy iba al frente como siempre, yo apenas detrás de él, el resto… nunca lo supe, nunca me interesó después de que los otros tres se fueron… sólo él y yo.

-El que acabe primero con el vigía, gana.-
-¿Gana?- pregunté haciendo un enorme gesto de duda.
-La primera mano,- sonrió haciéndome temblar de placer.
No necesitaba explicar mas.

Emprendimos la loca carrera por ser el que obtuviera más. Quería ser yo. Nunca mido las consecuencias, no en balde siempre fui el impulsivo, al que le iba peor, el que no podía hacer nada bien… el que arruinaba las cosas cuando salían mal.

Esa vez no fue la excepción.

Tratando de adelantarme a la posición de Yuriy me desvié del plan que habíamos fijado, salí del pasto que nos serviría de cobijo, la posición de Yuriy (que me llevaba buena distancia) quedó al descubierto para el enemigo. Que simplemente accionó el mecanismo de las minas colocadas.

Todo fue como en cámara lenta. La visión de la tierra siendo levantada y el olor a pólvora nublaron mi mirada y mi olfato, los gritos de los demás soldados ni siquiera llegaron a mi oído, sólo una cosa percibí. El aullido de dolor de Yuriy.

En unos cuantos segundos mi mente quedó fijada sólo en una cosa. ‘Búscalo, sálvalo, sácalo de ahí… no lo pierdas.’
No iba a permitir que mi único lazo con mi cordura fuera perdido. Él se había convertido en todo para mí.

Casi gateando llegué al cráter de la explosión, divisé su cabello rojo entre los terrones de tierra, estiraba sus brazos para ayudarse en su movimiento. Extendí mis manos y sujeté las suyas prometiéndole con mi mirada que no lo dejaría ir, no a él.
-Muévete idiota, esto duele como el infierno.- Siseó entre la sangre que manaba de su boca.

Enfrié lo poco de mi mente aún consciente y lo levanté en vilo, colocándolo sobre mi espalda y emprendiendo la loca carrera hacia el interior de la arboleda más cercana, nadie nos siguió. Después de casi veinte minutos me detuve, y sólo por que él me lo pidió. Pude haber corrido por toda la eternidad si con eso me aseguraba que lo salvaba.

Lo eché al piso sabiendo que lo que fuera que le hubiera pasado no era bueno, no quería verlo pero tenía que hacerlo. Él respiraba agitadamente mientras movía torpemente sus manos hacia sus piernas… o deba decir, su pierna. Debajo de su rodilla derecha no había otra cosa que jirones de carne y tela envueltos en sangre que aún brotaba lentamente de entre un tosco envoltijo de tela, él mismo se había vendado mientras corría.

-Ey idiota, ¿qué esperas? Sé que nunca fuiste bueno en medicina pero al menos algo debió haberse pegado en ese cerebro de insecto… detén la hemorragia. No voy a morir aquí.-

Por primera vez mi cerebro funcionó como debía, parecía que mis manos estaban hechas para ello, hurgar en la carne, cerrar agujeros, apretar venas…

Kai no estaba tan errado, quizá si éramos esos microbios de dios. Si es que existe, nunca nos ha visto bien así que siendo las criaturas más bajas… no le importaba lo que fuera de nosotros. Éramos los felices microbios.

Y nos dimos cuenta de tres cosas grandiosas.
-Estábamos lejos del campo de batalla donde seguramente nos darían por muertos.
-Estábamos vivos.
-Estábamos juntos.

Y bueno, vagamos por algunos días hasta que dimos con esta cueva lejos de la franja de conflicto, a segura distancia de la zona habitada y tan bien oculta, que nadie daría con nosotros en un buen tiempo.

Cuatro meses y contando.

Yuriy no puede caminar solo, su pierna que se salvó quedó tan dañada que no soporta todo su peso, parece que perdió algo de su fuerza y que no ha recuperado; solamente le quedó esa excitante energía que sigue anidada en él, aún me arranca unas cuantas sorpresas noche a noche.

No me arrepiento de nada, es un mundo asqueroso, una vida patética, una situación despreciable… pero hemos alcanzado nuestro mundo ideal, ya ninguna de las circunstancias alrededor de nosotros puede alcanzarnos.

Lo llevo a la entrada de la cueva, maldigo al cielo pues aún está nublado. Él mira con ojos decepcionados las gruesas nubes que se interponen entre la luna y él, parece que es lo único que lo atrae del exterior. Ya no le gusta que le cuente del pueblo, vamos en ocasiones al río y la montaña pero sé que lo único que lo alegra realmente (bueno, una de dos cosas) es ver la luna.

-Bueno, parece que tu enamorada no se asomará hoy a verte.-
-¿Celos?- pregunta con una sonrisa simulada.
-Vete al diablo. Además, si yo quisiera… puedo encontrar…-
-…- se queda callado, molesto mientras mira al cielo.
-¡Jajaja! ¿dónde están tus sarcásticos comentarios Ivanov?-
-¿Quieres saber?- pregunta con un tono incitante. –Acércate.- Me mira de frente.

No soy tonto, sé que planea algo… pero esa cabeza enferma tiene ideas interesantes. Si lo sabré yo.

Disminuyó la distancia entre él y yo, él no me mira directamente de pronto levanta la mirada haciéndome saltar hacia atrás. Él me muestra la palma de su mano, mueve graciosamente los dedos (aunque parezca increíble siendo la mano de un asesino) entonces… dobla todos sus dedos salvo el medio que se introduce en mi nariz y lo dobla un poco rasgándome con su uña.

-¡Maldito hijo de p…! ¡te voy a arrancar ese dedo y todos los demás! ¡Además de la otra pierna!-

Mientras sigo con mis gritos y sujetando mi nariz que sangra, lo escuchó reír, con sus manos aleja la mía y… como con un conjuro (en donde lo único que participa son sus labios) me calma en un segundo.



No ha terminado cuando entramos a la cueva, la luna no sale y dudo que salga esa noche.

¿Qué importa?

Lo otro que lo hace feliz.

Pero una sacudida nos manda al piso, él sujeta con fuerza mi mano mientras el movimiento se incrementa. La fogata se apaga, la cueva se cimbra, rocas y ramas caen en la entrada bloqueando la endeble luz de la noche…

Todo se oscurece.

Nuestras manos se sueltan. Llamo, estiro mi brazo, lo busco en la oscuridad mientras la cueva parece que se derrumba sobre nosotros.

Nadie contesta.

Andábamos a ciegas en la vida, fingiendo que éramos felices. Un temblor en mas un aspecto nos arrancó de esa idea. Tal vez si éramos felices pero tanta embriaguez de ella nos hizo creer que era eterna.

No sé que siga después.

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