22.4.09
Cuarto duelo
Pero no podía.
El temblor insistente.
El calor creciente.
La memoria obstinada.
Ésas lágrimas rebeldes.
¿Quién lo diría? El poderoso y siempre ecuánime reducido a eso por una sola… una solitaria y maldita palabra que vino a quebrar lo que ni un universo de frases y acciones habían logrado siquiera fracturar.
‘Murió’
Sabía que estaba enfermo, un malestar de años con el que todos habían aprendido a vivir, era como el elefante blanco de la sala, todos lo ven y saben que está ahí pero nadie se atreve a nombrarlo. Era más fácil vivir así.
Y en ese engaño mutuo todos llevaban una vida en paz. Las guerras de poderes habían cesado, cada uno había tomado su lugar sin molestarle la vida a nadie, un delicado equilibrio ganado a base de sacrificios, engaños y abandonos. No podía esperarse más del apellido.
El distanciamiento era clave, se limitaban a esporádicas llamadas para asegurarse que cada uno jugaba su papel, sin inmiscuir jamás el tema de los sentimientos (eso venía implícito). Aún si Susumu quería escuchar las razones de la alegría o la frustración de su hijo, aún si Kai deseaba oír de boca de su padre que le deseaba una buena semana. No. Esas eran cosas de comunes y corrientes, no de ellos. No de un Hiwatari.
Era un viernes ya por la tarde, Kai había extendido hasta el último minuto su salida al extranjero, apagado el celular, abandonado la computadora en alguna maleta… él no quería saber nada de nadie. Fue hasta entonces, cuando regresó y se topó con una sensación inusual.
Algo había pasado… pero nadie le decía nada.
Trató de buscar al mayordomo a quien le tenía un poco de confianza, a su abuelo, a su madre… nadie. Casi instintivamente encendió su celular y los mensajes comenzaron a hacerse leer. ‘Urgencia’ ‘¿Dónde estás?’ ‘Comunícate’ ‘Ven pronto’ ‘¿Qué pasa contigo?’
‘No hay solución’
‘Murió’
No se tenía que ser un genio para asociar remitentes y contenidos. Su madre había tratado de buscarlo y su abuelo enviaba el mensaje final. Ella seguramente no tuvo el valor y él (casi un hecho) no tuvo el tacto de comunicarlo más sensiblemente.
Que su padre había muerto.
Llamó para obtener los datos necesarios y poder ir a la velación, al entierro o a lo que fuera que estuvieran haciendo, pero sólo lo recibió la furiosa voz de su abuelo culpándole de la poca falta de atención hacia los demás invitados por su ausencia, y la decepcionada de su madre que entre las lágrimas trataba de clamar algún reproche sin mucho éxito.
Kai colgó y se quedó de pie sin saber qué hacer. Miró a un lado a otro mientras el temblor, el calor y ante todo… las lágrimas se incrementaban. Entonces dio un golpe a la pared que hizo cimbrar el candelabro y puso todo bajo control. Tomó sus llaves y salió a paso acelerado. Abordó y fue después de sujetar el volante por algunos minutos que se dio cuenta que llovía, quiso subir aprisa la capota del convertible pero el mecanismo se atoró apenas iniciaba. Y ahí, bajo la fría lluvia, con el carro detenido y apeado al volante fue que todo se vino abajo.
De entre el agua que escurría por su cara se mezclaron unas lágrimas, su padre había muerto y lo último que escuchó de él fueron los buenos días, ocho días atrás cuando Kai salió de viaje y no quiso esperarse para hablar con él. ‘Después’ fue lo que dijo.
Y ya no habría un después.
Recuperó un poco la compostura, cambió de carro y manejó con la mente en otro lugar hasta llegar a las afueras de donde sabía velaban el cuerpo. Descendió y entró, las personas se hacían a un lado al verlo, no tanto por que consideraran propio darle su espacio, sino por el estado en que iba, escurriendo agua y con un gesto que obligaba a los demás a guardar su distancia. Su madre y su abuelo lo vieron pero ninguno se acercó, ocupados en recibir pésames y condolencias.
Kai no pasó de la recepción, miró de aquí a allá buscando alguien que valiera la pena para trabar alguna palabra… nadie. La única, yacía en el ostentoso cajón de madera barnizada en medio de innumerables flores. Pero a él no quería verlo, quería tratar de mantener en su cabeza la imagen de la sonrisa despreocupada y el rostro entusiasmado; no un pálido de muerte y unos ojos eternamente cerrados.
Se dio la vuelta.
El diluvio seguía. Abordó de nuevo yendo inconscientemente al único lugar donde encontraría a la persona más allegada a lo que necesitaba.
La entrada de la casa era un caos, entre el lodo y las hierbas abrió sin llamar a la puerta, se quitó los zapatos y siguió su camino dejando un rastro líquido a su paso. Se sentó a la mesa y dejó caer su cabeza entre sus manos.
Yuriy había escuchado que alguien entró, ya sabía de la noticia pero no tenía nada que hacer en el funeral. Se asomó con cautela por las escaleras, tenía la perspectiva perfecta: Kai sentado, los codos sobre la mesa y sus manos cubriendo su cara, no se escuchaba nada más que la lluvia y los truenos, pero Yuriy sabía que Kai dejaba escapar las pocas lágrimas que le quedaban. Hizo respetuoso silencio mientras el otro desahogaba el dolor que era imposible de mantener enterrado.
Y lo hizo con la furia que ya no encontraba salida física, sino con ese siempre consolador llanto. Tan inusual en él, pero en ocasiones necesario. Y se quedó así hasta que ya no halló más fuerzas ni más razones. Cuando separó su cara de sus manos llegó un aroma de hogar.
Café caliente.
Pasó una mano sobre su cara para alejar el cabello mojado y retirar el exceso de agua, sin levantar la mirada tomó la taza que el pelirrojo le extendía. Asintió mientras le daba un sorbo, sí, eso era hospitalidad, no la tensión que se sentía allá en el funeral. Percibió como Yuriy tomaba asiento mientras le daba grandes sobros a su propia taza.
Los minutos pasaron, la lluvia siguió cayendo y se oscureció por completo.
Una llamada rompió dicha paz, Yuriy extendió la mano sujetando el teléfono que había sido dejado en la mesa por Kai, presionó el botón de contestar sin hablar. Del otro lado de la línea se escuchó una inconfundible voz que gritaba -¿Qué, tampoco estarás en el entierro…?-
Yuriy miró a Kai, el otro sin verlo negó con la cabeza. Yuriy asintió y contestó secamente –No, no irá.- Y colgó. Yuriy se le quedó mientras apagaba el teléfono. -¿No irás?-
Kai negó de nuevo, dándole un último trago a la taza y mirando el techo. Mientras el calor del líquido se dispersaba por su cuerpo cerró los ojos dejándose llevar por esa tibieza. Toda la tormenta interna se había aplacado. La furia, la tristeza, la impotencia, el arrepentimiento, el odio, el dolor… se habían aplacado dejando una paz tan pequeña y a la vez tan placentera que daría todo por que durara eternamente.
Y sabía que no duraría pero esa muerte. Era asunto superado. Podía seguir con su vida, en su complicada personalidad, su duelo había acabado. Seguro Susumu no toleraría verlo lamentarse, sabía que su hijo era una persona fuerte. Y Kai también lo sabía.
Bajó la mirada para al fin (tras casi dos horas) mirar de frente a Yuriy, que identificó la inconfundible resolución en los ojos rojos.
–No, ya todo pasó.-
Segundo duelo
Ahí sentado en la sala del departamento cerca de la ventana viendo a través de ella en silencio perpetuo. Contestaba con monosílabos y apenas y conseguían alguna respuesta física, quizá un asentimiento o una mirada directa, lo más, el brazo estirado con el que les señaló dónde estaban los ingredientes que le pidieron comprar.
Daichi, Hilary y Max se habían ido directo a la cocina para empezar a preparar el platillo que de acuerdo a la receta tardaría casi tres horas. Y el hambre urgía.
-¿Mal? Es el de siempre- dijo Tyson desinteresado mientras lo urgía a que se moviera de la sala.
-No, algo no está bien.- Rei insistió mientras pensaba en el modo adecuado de acercarse a él sin obtener una respuesta ácida o quizá completamente mecánica.
-¡Tyson! ¿qué haces ahí paradote? ¡muévete, muévete!- Hilary gritó mientras trataba de abrir un frasco. El aludido respondió con la eterna molestia para alargar la discusión.
Mas Rei no se movió. Kai no era el mismo, claro que no. Sí, tenía la misma mirada que parecía desinteresada y lo envolvía el silencio que le acompañaba siempre pero algo… algo pasaba.
-¿Rei? Las alcachofas van sanco… sanco… ¿qué es sancochar?- se escuchó la voz de Hilary.
Rei suspiró mientras fue a ayudar sin dejar de preguntarse qué tendría Kai y cómo haría para que se lo dijera. Sintió que era algo grande (debía serlo para poner en ese estado al ‘cuasi insensible capitán’) y eso le hacía más difícil encontrar un modo adecuado sin ser invasivo, ocultando su preocupación y al mismo tiempo, denotar que le importaba sin caer en el sentimiento. Difícil tarea.
Era jueves, vacaciones y ‘día de cocinemos en equipo’, invento de Max y Tyson para compartir un día a la semana todos juntos y unirse en la preparación de un platillo, era turno de Kai para prestar la cocina. Rei dispuso ingredientes, instrumentos y repartió tareas. Nadie se quejó y comenzaron sus faenas en completo orden.
Casi media hora después, Tyson lloraba mares por la cebolla y superó su punto de tolerancia de ver a Kai hacer nada. -Esto no es restaurante para que sólo llegues a sentarte…- dijo pero se quedó sin terminar la frase porque a pesar del tiempo que había pasado era como si Kai no se hubiera movido ni un milímetro, en verdad había algo mal.
-¡Sí! Que pongas la cocina no significa que vas a hacer nada.- Daichi se unió.
-¿Qué le toca hacer a Kai, Rei?- preguntó Hilary.
-No le dijo- razonó Max -¿se te olvidó? ¿qué va a hacer?-
Rei les miró de reojo, era increíble que ninguno de ellos (salvo Tyson al parecer) se diera cuenta que había algo malo con Kai. Aunque no los culpaba, ninguno parecía haber tenido la atención de notar esa inquietante ausencia que rodeaba a Kai.
-No, estaba pensando que ya que alguien- dijo mirando a Hilary –no compró las sodas, él podría…-
El teléfono sonó y no hubiera interrumpido a Rei si no fuera por el brusco e increíblemente rápido movimiento de Kai por ir a contestar que dejó a todos estupefactos (por no decir algo asustados) pues fue como si un mueble hubiese comenzado a saltar de la nada.
-Ai?- comenzó Kai, y esperó la respuesta del interlocutor, -Ai… nye, ¿de qué demonios hablas? Te di instrucciones precisas… govno! Idi nahuey... ¿entonces por qué preguntas?- hubo un silencio donde mas de uno se miró confundido por el contradictorio comportamiento con el que Kai habló bastante energético y… molesto, poco a poco denotó un enojo que se incrementó –Yebanot oducheyi! ¡tráelo cuanto antes!- gritó finalmente y azotó el teléfono en la mesa haciendo brincar a Hilary y Max.
Le siguió un silencio incómodo, nadie se atrevió a hablar y sólo se escuchaba el crujir de la carne en el aceite y las respiraciones agitadas de Kai. Los otros se miraron sin que nadie se atreviese a hablar, Rei dio un paso decidido a que sería lo mejor si era él el que hablaba.
-…Kai- dijo cauteloso.
Kai ni le miró, de hecho parecía que se había olvidado de ellos. Tomaba el teléfono que había perdido la antena con el golpe y de verlo lo lanzó contra la pared. Después miró el directorio y buscó por un número, marcó en su celular que tuvo el mismo destino que el otro teléfono, pues fue lanzado con fuerza tras pocos segundos al darse cuenta que nadie contestaba.
-…Kai?- preguntó Hilary asustada de esa reacción de furia.
Fue entonces cuando Kai reaccionó al verlos, frunció el ceño y miró para otro lado mientras se sentaba en el sillón más alejado negándose a verlos.
-Váyanse por favor.- Al fin dijo.
Los demás siguieron mudos, no seguros de haber escuchado bien. Kai no quería repetirlo y ante esto, Daichi supo que iba en serio pero algo cegado por su propia sorpresa no midió su reacción.
-¿Qué? ¿por qué? Son tus problemas, no nuestros, es tu casa donde quedamos que estaríamos.- Exclamó.
-Llévense todo y váyanse por favor.- Dijo con la voz más tensa.
Los demás no discutieron, al menos aquí si pareció que entraban en consciencia pues el hecho de que Kai rompiera ese acuerdo y les pidiera que se fueran, era mas que suficiente para saber que era todo menos broma. Hilary y Tyson miraron a Rei, que asintió y comenzaron a vaciar todo en recipientes. Mientras se daban miradas nerviosas y una y otra vez las lanzaban a Kai que se había (literalmente) hundido en el sillón, con los codos apoyados en las piernas y un gesto pensativo.
-Nos vemos.- Dijo Hilary como despedida mientras salían por la puerta.
Lo prudente era no cuestionar, no discutir ni siquiera tratar de preguntar lo que pasaba, razones o motivos. Si no salir lo más pronto posible, pues era parte del respeto que Kai se había ganado con ellos, aunque era cosa normal su mal humor, las ofensas de broma y estar lanzando órdenes como dictador, era ya mas como un juego. Como el rol que él debía tener.
Pero cuando venían las cosas en serio, cuando Kai pedía las cosas ‘de favor’ era… porque no quería ser cuestionado y había que alejarse. Pues eran cosas que no le atañían a nadie mas. Y normalmente eso funcionaba bien pero esta vez, Rei y Tyson se fueron con una incertidumbre bastante incómoda, lo que fuera que había pasado.
Era único y había roto algo en Kai.
Sin poder decidir donde terminarían de cocinar cada uno partió a su casa diciendo que se hablarían después. Sólo Tyson y Rei se quedaron sin moverse, y después de darse una larga mirada uno y otro asintieron y regresaron.
Cuando estaban a pocos metros de la puerta de la casa escucharon como algo se rompía, corrieron mientras se topaban con que la puerta no estaba cerrada. Al entrar se encontraron la sala con pedazos de cristalería, de inmediato pensaron en un asaltante y aceleraron el paso hacia donde provenía el ruido. Lo que no esperaban ver era a Kai tomando cosas de una vitrina y lanzándolas a la pared, era tan mecánico su actuar que lo lanzaba, si no se rompía en pequeños pedazos lo tomaba y lo lanzaba de nuevo sin preocuparse siquiera por los filos de las orillas, para ese momento sus dedos estaban completamente rojos.
-¡Kai! ¿qué haces?- llamó Rei mientras Tyson se apresuraba a quitarle un marco de la mano y lo sujetaba para que no intentara ir por él.
-¿Qué pasa?- preguntó Tyson tratando de verlo de frente.
Kai parpadeó un par de veces y miró hacia la vitrina, superando a Tyson en fuerzas (pero sin quitárselo de encima) estiró un brazo, tomó un viejo carro metálico y lo lanzó con aún más fuerza lanzando frases en un idioma que asumieron era ruso, no entendieron ni una sola palabra pero era claro que eran como de reclamo a un ser invisible.
Y lo más inquietante.
Algunas lágrimas rebeldes se deslizaban desde sus ojos, mezclándose con la ira en sus palabras de reproche apuntadas solamente a los restos frente a él, Tyson estaba tan sorprendido que perdió fuerza en su agarre hacia Kai, cosa que éste aprovechó para salir disparado a su habitación. Los otros fueron tras él y lo encontraron sujetando un marco fotográfico.
-A tu memoria.- Dijo apenas con un hilo de voz y lo lanzó con fuerza al piso.
Tyson se apresuró a detenerlo no sabiendo que más iba a hacer. -¡Kai detente!-
Kai lo miró y asintió -Acabé- dijo tranquilamente.
-¿Acabaste qué?-
-… de cortar con el pasado.- Dijo encogiéndose de hombros y dirigiéndose al baño para lavarse las manos, Tyson y Rei fueron tras él no sabiendo que iba a hacer. Les sorprendió encontrarlo tranquilamente abriendo el botiquín y atendiéndose las cortadas.
-¿Qué pasó Kai? Y no vengas con nada, porque no nos vamos a tragar esa mentira.- Llamó Tyson sorprendiendo a Rei que pensaba ser la voz de la razón ahí. Sabiendo que era la forma adecuada de preguntar, se quedó mirando a Kai esperando por una respuesta evasiva o histérica.
-Me estaba deshaciendo de unos recuerdos, ya no los necesito.- El ruso respondió con franqueza.
-¿Recuerdos de qué?- preguntó Rei intrigado. Tanto por el cambio radical que Kai había tenido en tan pocos minuto y con esa franqueza con la que hablaba, como si hubiera hecho la cosa más natural del mundo.
Kai se levantó y les indicó que lo siguieran, en la sala les señaló un fólder. Rei lo tomó y lo abrió con Tyson, de inmediato los dos le miraron.
-Esto es ruso, no entiendo nada.-
-¿Qué dice?-
-Que mi padre está muerto, me lo confirmaron hace un momento y esos documentos explican todo.-
Los dos se quedaron petrificados, tanto por la noticia como por la forma con que la decía, como si estuviera dando la hora o comentando lo más casual de la semana. De antemano sabían que Kai no daba explicaciones, y la sinceridad de la sentencia les dio escalofríos.
¿Tanta frialdad para hablar de una muerte?
-Kai… pero por qué…-
-Ya lo imaginaba pero no quería aceptarlo, tenía casi dos años muerto. Nadie más sabe seguramente. Y seguirán sin saberlo.- Kai hablaba pero era más para sí mismo, como una confirmación de una última confesión que sólo él y su padre compartirían. Aunque hacia años que no habían vuelto a cruzar palabra.
-Pero está muerto.-
-Sí, lo está.- Kai dijo de nuevo con ese inquietante tono optimista.
Rei asumió (conociendo a Kai como lo conocía) que todo lo que había roto eran cosas que le recordaban a su padre. -¿Y entonces por qué destruiste todo eso?- Al fin notó como habían sido seleccionadas sólo ciertas piezas.
Kai lo miró y arqueó una ceja. –Ya no las necesito. Eran lastres, lo indispensable lo tengo aquí.- Dijo señalando su cabeza.
Tyson no podía asimilar nada, porque era demasiado racional e insensible para él no pudo evitar molestarse un poco recordando como él tenía resguardado bajo su cama como el diamante más costoso, todos los recuerdos de su madre. –Pero eran de él. De tu vida con él.-
Kai asintió dándole la razón a Tyson pero viéndolo directamente resumió su resolución.
-Pero eso ya se acabó.-
Primer duelo
¿Qué se siente cuándo todo se ha acabado? ¿qué piensas cuándo te has quedado sin nada? ¿qué haces cuando ves a lo último irse sin poder sujetarlo?
Miraba de un lado a otro, era el único sentado en la cafetería donde habían apagado las luces rato atrás. Su café era mas una mezcla que comenzaba a espesarse y su sándwich un pedazo doble de pan ya tieso, no había comido nada en día y medio. Mas no le importaba, ya no quería nada… nada.
El día anterior por la noche el doctor le había informado la sentencia final, ella no había respondido a ningún tratamiento y ni siquiera el coma inducido parecía hacerle bien alguno. Desde que pasó las primeras dos horas contemplando el trabajo de enfermeras y cirujanos sobre ella supo que no había de vivir por mucho; eso, aunque difícil, era capaz de asimilarlo, lo que no: el saber que lo último que ella escuchó de él fue un simple ‘no tarden’ y que ya no podría corregir eso. Ya no escuchaba ni razonaba nada.
Salió con el pensamiento nublado, desde que llegó ahí se había convertido en un fantasma que rondaba los pasillos del hotel. Lo veían venir de aquí a allá con la mirada perdida y el cansancio notándose en toda su fisonomía. El mismísimo director del hospital le había ofrecido hospedaje ahí, pero él se negó y como es habitual en las alas de urgencias. Él era uno de tantos que pasaban y repasaban el lugar sólo esperando una cosa.
Lo que lo diferenciaba de todos los demás era que él estaba solo. No había mas compañía para él, nadie había acudido a relevarlo de su guardia… las únicas dos personas con las que lo habían visto cruzar palabra fue una pareja mayor con la que era evidente no estaba en buenos términos.
Los ofensivos gritos de ambos habían atraído más de una mirada curiosa por el nivel y el contenido de dichas palabras. Eran los padres de ella, le habían venido a echarle la culpa por el destino de su hija y nieto.
‘Si jamás te hubieras acercado a ellos aún estarían vivos’ era el mensaje que repetían.
Kai no requirió de mucho autocontrol para lidiar con ellos. Seguía en ese trance donde su mente aún no razonaba todo, por fuera se le veía confundido quizá resignado, mas por dentro se aferraba con todo a no aceptarlo. Su último recurso para no quebrarse.
Y las cosas no acabaron nada bien con los padres de ella, una cachetada de la madre y una amenaza de lo peor del padre… nada con lo que él no hubiera lidiado antes. Sólo consiguió sacarlos de ahí con una promesa y una orden de restricción. Sólo así.
-Señor Hiwatari se solicita su presencia.- Se escuchó una cansada voz.
Kai caminaba por el pasillo que conectaba el ala de pediatría con la sala de espera del piso, no necesitaba que le dijeran en dónde le esperaban pero cuando escuchó el mensaje se quedó viendo la bocina por la que escuchó.
Se sentó en una de las sillas de la sala de espera e inclinó la cabeza mientras miraba sus palmas abiertas, las cerró como queriendo sujetar el tiempo, las apretó aún más fuerte esperando que por primera vez algo, algo de lo que quería no se fuera. Sus puños se tornaron blancos al igual que su mente… el tiempo siguió su curso, ya eran las cinco de la mañana.
El llamado vino de nuevo, esta vez se levantó mecánicamente y se dirigió al sitio del que había ido y venido por ya casi cuarenta horas: el ala de cuidados intensivos.
-Señor Kai.- Saludó el doctor, tuvo que no verle directamente para tratar de mantener su actitud profesional. De haberle seguido viendo hubiera mostrado toda la preocupación y lástima que sentía por el hombre ante él.
La perfecta estampa de la aflicción que se niega a mostrarse. Dolorosamente pálido y abatido, con la mirada cansada y el gesto en blanco.
El doctor extendió levemente un fólder y comenzó a caminar, Kai lo siguió en silencio. Llegaron a la habitación de ella, el doctor bajó la mirada y comenzó a dar un innecesario informe de su estado, ¿decir que un muerto está muerto? ¿O que va a morir?
De ahí que Kai bloqueara todo, recordó Canadá y Alemania y sonrió fantasmalmente incomodando al doctor que no cesó de hablar. Kai lo miró, al darse cuenta el doctor reajustó su nivel de voz tratando de no sonar temeroso, después Kai pasó sus ojos a la pared de cristal a su derecha. Ahí estaba ella.
La amarga sonrisa desapareció. Y la sensación que lo asaltó cuando tuvo que reconocer el cadáver de su hijo se sujetó a su cerebro, lo abrazó y no lo soltó. Decidió hacer una tregua con dicho sentimiento, habría de liberarle pero le pedía sólo unas horas, sólo unas.
Razonado eso consigo mismo, entró dejando afuera el casi desconocido para él picazón en los ojos y el nudo en la garganta: la liberación del llanto.
-…lo dejaremos sólo, es cuestión de minutos.- Volvió a dejarse escuchar la voz del doctor.
La puerta se cerró detrás de él, tomó asiento en la silla junto a la cama y habló y habló. Despidiéndose de ella.
Cuando la enfermera entró a apagar el monitor, él se levantó le soltó la mano al cadáver y salió diciendo –En menos de una hora vendrán a recogerlos, téngalos listos.-
La enfermera asintió y replicó. –Las formas están en recepción señor.-
Kai se detuvo y sin verla dijo. –No soy yo quien dispondrá de ellos.- Y continuó el paso ignorando al doctor que entraba al cuarto.
Entró al baño y cerró la puerta por dentro. Se recargó en la pared deslizándose hasta que se sentó, inclinó su cabeza casi hasta tocar sus rodillas y comenzó a respirar agitadamente, elevó una mano a la altura de su frente, cerró los ojos y después posó su otra mano sobre su boca conteniendo la exhalación de aire. Aún no era cuando, aún no podía echarse al auto compasión. Recurriendo a esa casi milagrosa capacidad de bloqueo, apagó la necesidad de desahogarse y volvió a levantar la mirada. Todo se acalló. Se levantó y salió.
Ya seguro de su decisión siguió su paso dejando atrás el hospital, si alguien lo hubiese visto en definitiva no lo reconocería con ese aspecto tan deplorable y desaliñado. No miró atrás.
Un auto lo llevó a Helsinki donde despachaba la oficina de seguros que llevaba el caso del accidente. Tenía unos cuantos fajos de papeles por firmar y otro tanto de palabras por extender. Ni las condolencias, ni los reclamos, ni las amenazas, ni las palabras de apoyo traspasaron su burbuja de indiferencia que le servía de engaño a si mismo.
Era sábado cuando llegó a su casa de Islandia. Al bajar del carro se quedó mirando la casa, por dentro aún había una vocecita que le decía que quizá en un momento ella lo llamaría y Gou llegaría corriendo para recibirlo como cuando regresaba de sus viajes. ‘Los muertos no regresan’ recordó las palabras de su abuelo. Dichas a esa edad donde entendía a la perfección que no había nada más allá de la muerte, aquella vez fueron mentiras… esta vez no.
Inclinó la cabeza y entró a la casa.
4.4.09
Música
-Es BosaNova, apuesto que no te agradará escucharlo-
Kai miró a Rei y Tyson que parecían tratar de desanimarlo de no comprar el disco que veía con curiosidad. Era verdad, no conocía al cantante ni sabía nada de BosaNova pero una vez alcanzó a escuchar algo que le agradó a las afueras de un bar de bohemios donde (de acuerdo al chofer) tocaban esos ritmos. Creía que valía la pena intentarlo.
Se encogió de hombros sin darle la razón a nadie, siguió con el disco en mano y directo a la caja.
-¿Estás seguro? Quizá este te agrade mas.- Rei señaló uno en el anaquel de música independiente.
-Si tú lo dices.- Kai lo tomó y también lo anexó.
Rei y Tyson se miraron y no dijeron mas pues sabían que no harían cambiar de idea a Kai. Pagaron sus compras y fueron a tomar un trago en la zona de comida del centro comercial, ahí coincidían tres bandas que a distancias distintas se disputaban la atención de los comensales.
-Agh, ¿no les molesta tanto ruido?- Kai preguntó a ninguno en especial pero evidentemente molesto de la música.
Ninguno de los otros estuvo de acuerdo, eran buenos intérpretes y de hecho hacían un ritmo peculiar al mezclarlos. Kai hizo lo posible por soportarlo pero llegó su punto de tolerancia y no aguantó mas, se levantó dejando el costó de su consumo y se fue sin despedirse, los otros dos (acostumbrados a esto) no dijeron nada y sólo lo vieron irse preguntándose como alguien que no soportaba ese energizante ruido podía comprar discos sin haber escuchado siquiera un poco antes.
Ka regresó a su departamento, saludó al gato que dormía sobre la barra y colocó uno de los discos. Una lenta tonada en portugués inundó el vacío del lugar, Kai cerró los ojos y quedó dormido.
Al despertar el disco había finalizado, se quedó un rato en el sillón mientras reunía la voluntad para ponerse de pie, y lo escuchó.
El silencio.
La ausencia de todo sonido.
El vacío creó fantasmas del pasado en su cabeza, recordó los fríos muros y las soledades de las puertas cerradas, recordó la infancia de Rusia. Si no era el silencio de la noche y el aislamiento forzado era el ruido de los gritos y los castigos.
Se levantó de un brinco y colocó el otro disco. No le prestó atención ni a la letra ni al ritmo, ni siquiera el idioma. Lo que quería era escuchar algo, lo que fuera.
Todo, para evitar ese silencio que invocaba los terrores no superados, para que el vacío del silencio no se poblara de alucinaciones de recuerdos.
Azoociación. Tiburón
Comenzó como cualquier pez pequeño en la inmensidad del océano, no estaba ahí por elección pero eso no le impediría llegar a la cima de todo, esa había sido la consigna y él no podía oponerse a ella. Porque es una orden y su camino al poder, cosas a las que no se puede negar.
-Ey Kai, ¿que dices del chico nuevo?- pregunta alguien entre la oscuridad.
El aludido abre parcialmente un ojo y contempla a un chico frente a él, es quizá un año mayor, abre ambos ojos y le mira profusamente, el otro muchacho baja la mirada de inmediato y vira la cabeza.
Una sonrisa se dibuja en el pálido rostro de Kai. –Es débil, no sirve.- De un ágil brinco deja su lugar y sale de la sombría bodega, todos los presentes se hacen a un lado al verlo pasar. Ahora, él es el depredador máximo.
Después de dejar el punto de reunión se pasea entre los callejones que rodean el depósito de chatarra que les sirve de base, mira con aburrimiento el panorama ante él; vacío, como un océano abierto, inmensidad por la que se puede mover a voluntad, sin nada que le ate ni que le limite, no hay enormes muros ni gruesas paredes. Sólo una fantasmal presencia con la que ha aprendido a lidiar.
Llega al techo de un edificio desocupado desde donde contempla las animadas calles del centro, atestadas de gente y ruido. Dos de las pocas cosas que lo alteran, como todo cazador, el verse rodeado le hace sentirse inseguro, amenazado y ante todo, vulnerable. Por eso evita cuanto puede las multitudes, y detesta los sonidos fuertes.
Pero no puede dejar de sentir curiosidad por contemplar la vida fuera de su territorio, porque como tal, es su deber cuidarlo de los invasores y las amenazas, que no son pocas dada la fama de la que se ha hecho, pero no ha aparecido aún quien pueda hacerle temblar. Sus curiosos ojos rojos ven pasar a la gente que llevan la vida que los miembros de su grupo dicen es común y corriente, ir a la escuela, regresar a casa para comer, pelear con los hermanos, recibir los regaños de mamá, salir a jugar con los amigos y al final del día tras hacer la tarea y la cena, recostarse en cama para dormir.
Pero él no tiene nada de eso, hay vagos recuerdos de una casa en un lugar cálido, y unas personas que cuidaban de él. Pero eso es lo que debe pasar con todo ser, se le cría, se le cuida y después ha de vivir su vida aparte. Fue lo que le pasó, si se quiere estar en la cima de la pirámide no debe haber lazos con nadie.
Como el tiburón que se mueve en el mar, no sabe de amistades, de parentescos, ni de familiaridades, sólo vive para cazar y defenderse, para sobrevivir. Pero también es cierto que ocasionalmente se cuestiona si realmente quiere estar ahí. El abuelo dijo que debía vivir en otro lado, porque había una misión que cumplir y él, no le quería cerca. No le necesitaba cerca, aunque si había que reportarse cada tres días y estar pendiente de cualquier llamado de emergencia.
Comienza a oscurecer y se dirige a su refugio. El departamento parece abandonado por fuera, pero el interior nadie lo creería. Lo necesario para la subsistencia y el entretenimiento, aunque bien podría proveerse de lo más avanzado tecnológicamente hablando, para él es superficialidad a la que no le presta atención. Todo su interés se enfoca en la búsqueda encomendada.
Se recuesta, pero no puede dormir. El tiburón no duerme en presencia de alguien mas, porque el hundirse en el sueño es el único momento donde es vulnerable, por eso él no duerme en compañía, solamente cuando está seguro que está completamente solo es cuando se atreve a conciliar un sueño profundo.
Pero ahora no es el caso, sus instintos le dicen que hay alguien cerca. Se incorpora en profundo silencio, se acerca a la puerta y mira por la parte baja, la sombra de los pies de alguien se proyecta al interior del departamento. No pregunta, no trata de encarar al invasor, se queda en silencio a esperar. Si es visita no deseada, la persona habrá de llamar, si es enemigo peligroso, tratará de no hacerse notar.
Se oye un llamado a la puerta, y una nerviosa voz del otro lado. –Kai, hay algo que necesitas saber.- Él se queda en silencio, la otra persona sabe que no habrá de contestar, un cazador superior no responde a una criatura inferior. –Hay… dijeron que…-
La misma pequeña sonrisa se trepa a los labios del aludido, esa sensación de miedo que infunde. Abre la puerta y le mira levemente, desinteresado. El que llamó a la puerta, retrocede tres pasos ante semejante presencia, es típico que hasta aquellos que no entran en el menú de un tiburón se sientan intimidados.
-¿Hn?- Cuestiona silente.
-Hay un disturbio en el ala norte, los del centro quieren pelea, nos están superando.- Dice con una buena dosis de desesperación por el nerviosismo y la urgencia de la situación.
-Aja- responde simplemente y cierra la puerta en las narices del otro muchacho. Quien se queda perplejo, urgido por la llamada de auxilio de sus compañeros, y por miedo a molestar a su líder.
Ya no insiste, se da media vuelta y baja sin saber exactamente si sentirse feliz de haber salido completo de ese encuentro, o angustiado de no saber si Kai habrá de acudir al llamado.
Yendo a la zona del conflicto, una banda enemiga. Tiene rodeados a seis que están bajo las órdenes de Kai, ellos son diez. Con aspecto amenazante y palabras nada tranquilizantes juegan con el miedo de los otros, rodeándolos y sonriendo mientras dejan ver sus armas. Los amenazados se miran entre ellos, sabiendo que no ganarán y sin atreverse a hacer la valiente defensa.
Y comienza la trifulca, iniciada por los invasores. Aquellos que se supone deben defender el área ganada no hacen mucho, sólo quieren salir de ahí, salvar sus pellejos como patéticas criaturas.
Es como una pelea por una gran presa, los pequeños carnívoros y esos oportunistas carroñeros que rondan el mar quieren mostrar sus cualidades, mostrarse valiosos en ausencia de quien dicta las reglas ahí. Como una forma de escalar al poder, pero eso no será posible. Porque como en aquellas disputas de mar, en cuanto se siente la presencia del gran asesino, las cosas se detienen, todos se hacen a un lado, sólo los que creen contender con el más fuerte permanecen.
En el extremo de la callejuela aparece Kai, mirándoles con aburrimiento pero por dentro mide números, fuerzas, condiciones del terreno, lo que puede estar a su favor y en su contra. Igual que el tiburón, que no atacará a quien no puede vencer ni a quien solo le hará perder el tiempo. El gran pez elige únicamente a quien representa una amenaza manejable.
Y Kai ha distinguido a dos. Un musculoso muchacho de cabello castaño, y otro armado con dos navajas y que parece saber lo que está haciendo. Adelanta unos pasos, la escoria retrocede el triple, los que se creen dignos mantienen su posición. Se miran entre sí, nuevamente midiendo fuerzas y debilidades, como cualquier batalla de poderosos buscan el punto más inseguro, y el lado más fuerte.
E inicia en medio de un silencio que no presagia nada bueno. Cuando los dos contrarios comienzan a atacar Kai sonríe de ver que no estaba equivocado, son dignos rivales. El chico castaño prueba ser el más fanfarrón pues basa su ataque en golpes bien dirigidos pero con una defensa inexistente, enfoca primero su atención en deshacerce de él pues el segundo enemigo es algo más complicado. Sabe combinar sus movimientos y aprovechar los supuestos puntos ciegos del contrincante.
Después de un certero golpe en el pecho, el grandulón cae sin sentido al suelo, los otros dos se separan un poco para recuperar el aliento y saber que efecto tuvo el primer asalto, hay un poco de sangre en las cuchillas del muchacho, y algunos futuros moretones en su cuerpo. Ambos han acertado en sus ataques, la pregunta es ¿quién tiene más resistencia?
Éste nuevo predador que quiere un tajo del poder del otro. Y ese otro se siente retado, y lejos de infundirle miedo le emociona más, porque para la vida de los que deciden quien ha de morir y quien no, cualquiera en esas situaciones puede caer en una apatía que le carcomería todo. Por eso Kai sonríe y espeta una que otra palabra retadora.
Inicia el round dos. El de las cuchillas quiere acabar todo pronto, dirige los filos a las áreas más vitales del contrincante, y Kai prevé lo que pasará, no en vano ha aprendido lo que sabe por experiencia propia. Es cansancio lo que hace al contrario apresurar las cosas. Grave error.
La navaja izquierda hace contacto con su costado, no profundo pero si aparatoso, la sangre que sale le da seguridad al atacante y lanza su mejor movimiento, Kai lo recibe con la ofensiva ya planeada. Con un movimiento de mano, le hace soltar un arma y con otro pase de manos hace que el infeliz quede amenazado por la punta de su propia cuchilla. La diferencia de fuerzas es poca, pero Kai tiene la última palabra en esa cuestión. La punta comienza a hacer un recorrido rojo por la piel del contrario que al ver su posible futuro grita suplicando clemencia.
Regularmente el tiburón no sabe de compasiones, porque eso implica la posible existencia de debilidades. Pero hay momentos en donde sabe que no tiene caso continuar, por orgullo propio es que no se bate en riñas con cualquier desecho de mar. Porque el que ha perdido a partir de ese día lo es, así de dura es la vida en el mar y las calles. Cuando has intentado ganar el poder, y has fallado ya no tienes una segunda oportunidad, has pasado a ser parte de las filas de los perdedores que no pueden aspirar a otra cosa mas que recibir las sobras de los otros.
-Saben lo que pasará de volver a intentarlo.- Dice mirando a los invasores apaleados, quienes asienten y ayudándose entre ellos se alejan tan rápido como pueden. Y dirige su mirada a los que yacen en el piso jadeando del esfuerzo hecho y la tensión acumulada. Sonríen al ver a su cabecilla llevarse el triunfo, pero él no piensa lo mismo. –Y ustedes saben lo que pasa con los débiles… largo.-
Se retira dejando atrás a los ahora expulsados, que no se atreven a reclamar su expulsión o a suplicar su nueva aceptación, saben que no serán recibidos nunca mas. Así son las cosas ahí.
Regresa a su refugio, apenas cierra la puerta se sienta en el piso recargando su espalda en la puerta. Jadea un poco y se toma el costado que sangra, para una victoria hay que hacer sacrificios y esa herida fue el suyo, pues no podría ganar de no haberse permitido ser lastimado.
Se queda pensando en las palabras que lanzó a sus antiguos subordinados. Las escuchó alguna vez, allá en la mansión del abuelo, fue lo último que escuchó de él antes de ser lanzado fuera de ahí. Porque el abuelo no tolera a los débiles, y en ese entonces Kai lo era, estaba por encima de muchos pero el patriarca Hiwatari le quería por encima de todos. Por eso lo alejó, lo lanzó a ese mar de posibilidades para que se endureciera y pudiera construirse su camino de regreso. Además que le era más útil tenerlo a distancia para que no hubiera conexión entre él y la misión a cabo.
Y si, seguramente no faltará quien se pregunte como es que un ser de tanta fuerza y con semejante nivel de frialdad desea retornar a un lugar así, o simplemente tener contemplado un regreso. Si se ha dicho que los poderosos no tienen conexión con nada. Pero hay algo, algo que llaman memoria genética, pues aunque no exista recuerdo alguno del lugar de origen, hay algo en el interior que llama al tiburón a ir al lugar donde vio la primera luz. Para procrear, para morir o simplemente por la irracional razón del conocer.
Y ante eso, ni la llamada ‘máquina asesina’ de los mares se puede negar. Kai tampoco, porque sea memoria genética o no, le han hecho creer en la lealtad. Y hasta que no conozca a alguien mas a quien considere sea digno de la poca que le tiene a su anciano familiar, la suya yace con el viejo megalómano que le usa por ambición propia, ante la cual la suspicacia e inteligencia que Kai ha desarrollado, se ven cegadas por su sentido de pertenencia.
Repara la herida con experiencia aprendida de mala manera, un par de costuras entre siseos que se escapan por sus dientes apretados y se recuesta. Ahora si, durmiendo profundamente a sabiendas que ha reafirmado su lugar en la cadena, y por un tiempo nadie volverá a atreverse a ponerla a juicio.
Hasta la siguiente confrontación o la llamada de su familiar. Será entonces cuando el tiburón muestre los colmillos de nuevo.
Estremecimiento
Y sin embargo. No puede siquiera considerar lo que vendrá después: las consecuencias.
Es justo ahora lo que puedo sentir. Veo a la distancia entre la lluvia incesante como el avión se precipita en nuestra dirección, se enreda en los cables de al lado de la carretera mientras se inclina sobre su extremo izquierdo, el ala comienza a rozar en el pavimento sacando chispas. Sin poder dar un paso siquiera contemplo como se lleva los carros que siguen detenidos por el tráfico de la tarde.
El pequeño fuego que se crea con los automóviles impactados es nada con lo que le sigue, al hacer completo contacto con el piso el cuerpo del avión se destroza conforme va rodando, primero se parte la cola, después el ala derecha y al final la nariz sale volando para venir a caer a corta distancia. Todo estalla en explosiones de inmediato y la gente que tiene sus carros aparcados en la carretera está exactamente igual que yo. No sabe que hacer.
Poco a poco el sentido común hace acto de presencia y da respuestas distintas, unos corren lo más lejos que pueden, otros se lanzan al piso, hay quienes no razonan bien y simplemente se echan a gritar y llorar, habemos quienes vamos a ver que podemos hacer para ayudar.
Quizá esta clase de sentido común sea (paradójicamente) el más irracional.
Pues me encuentro con cuerpos calcinados aún con vida saliendo de entre los escombros, llamas que amenazan con crecer mas, los lamentos de los que agonizan sin saber siquiera dónde están… un infierno en la tierra.
Trato de sacar a una mujer de lo que me parece ser la parte media del avión, sin embargo una vez que consigo liberar la parte media de su cuerpo me doy cuenta que sus piernas se quedaron en la parte baja del asiento. De pronto un hombre pasa envuelto en llamas exclamando por ayuda o un nombre… no sé, tomó mi saco empapado y la lanzó sobre él esperando que aminore un poco su tormento.
Una chica me pide que le ayude a cargar a un hombre que sangra profusamente, ella también está ayudando. Cuando conseguimos ponerlo fuera de peligro nos damos cuenta que sirvió de nada.
–Hicimos lo que pudimos.- Dice ella con media sonrisa. Yo simplemente asiento mientras me pregunto por qué sonríe.
Los rescatistas y bomberos poco a poco llegan, retiran a todos los civiles mientras se aseguran que no lleven heridas. Un hombre me detiene mientras me señala mi brazo derecho. Sangra del codo hacia abajo, ni siquiera me había dado cuenta.
Me niego a que me atiendan, sé que no es serio. Y por allá hay cosas mucho más serias que una leve hemorragia. Vuelvo a mi auto que sorprendentemente quedó fuera del área de daño. Conduzco mientras veo patrullas y ambulancias ir en dirección contraria.
Era justo lo que me faltaba, la semana ha sido terrible. Los problemas en casa están yéndose directo a la perdición, ella sigue insistiendo en el divorcio mientras mi abogado me aconseja que es mejor esperar a que se apacigüen las cosas para colmo de males, las cosas no han ido tan bien en los negocios. El plan de expansión tendrá que esperar.
Creo que necesito unas vacaciones… olvidarme de todo, no quería tantas responsabilidades, nunca las quise. Una familia, una empresa, que gente dependiera de mi… siempre ha sido lo mismo. Dirigir, guiar, mandar, disponer, proteger, educar, decidir, mantener… el precio por no obedecer.
No sé que sea mejor.
Cuando llego a la casa veo algo extraño y de nuevo esa sensación que creí haber dejado con los restos del avión vuelve a renacer, ahí está el carro de Rei. Algo pasó… algo mas.
Mientras refuerzo el torniquete con el que detuve la sangre cierro los ojos buscando excusas para mi estado, lo que menos necesita esta casa son mas problemas.
Entro con toda la paciencia del mundo, al menos en el pórtico puedo imaginar que no presencié un accidente hoy, que mi joven familia no se cae a pedazos, que aquella persona que creí querer no me está exigiendo una separación, que el negocio de la familia no parece fracturarse.
Abro la puerta.
Tengo que parpadear un par de veces al hallarme con Rei, Lin y Gou sentados viendo tv, Mao apoyada en la mesa con un directorio telefónico. Los dos adultos al verme brincan de su asiento y me reciben con gestos de preocupación, sé que se contienen las preguntas para no alterar a los dos pequeños. Mao me lleva a la parte de arriba mientras Rei les dice a los chicos que bajará luego por que tiene que decirme algo muy importante; ‘plática de adultos’ es como Lin le explica a Gou que no me quita la mirada de encima, por su gesto sé que algo estalló también aquí.
-¿Cómo estás? Oímos lo del accidente, al oír de la ruta y la hora donde ocurrió, pensamos que estabas ahí. Cuando no contestaste el teléfono pensamos lo peor.- Mao explica mientras revisa la herida.
Rei sube con una taza de té caliente que me extiende y recibo sin agradecer. -¿Por qué no contestaste?-
-¿Eh?- es entonces cuando razono que debí haber perdido el teléfono mientras ayudaba a los heridos.
-Kai, sé que no es el momento pero debo decirte algo.- Rei ejerce presión en mi brazo mientras Mao aplica antiséptico. -Ella se fue. Cuando no contestaste vinimos de inmediato, encontramos a Gou solo en la sala, dijo que su madre no estaba cuando regresó de la escuela.-
-Ah- no puedo decir mas.
Sin verlos puedo percibir que Mao y Rei se miran entre sí.
-No le hemos dicho nada a Gou. Hallamos una nota en tu habitación, ella dice que se va y te mandará los papeles con el abogado esperando que los firmes cuanto antes, que después verán quien se quedará con Gou. Que ella debe irse.- Mao dice como disculpándose.
Asiento mientras todo en mi interior se enfría a pesar del té de Rei, ¿qué se cree? ¿qué se supone que voy a hacer? ¿cree que esto es lo mejor? ¿qué cree que es Gou? ¿alguna clase de mueble de la casa con el que también se puede negociar?
-Kai… yo…- Rei quiere sacarme algunas palabras o quizá, mostrarme apoyo.
-Gracias, creo que…- de pronto me doy cuenta que no tengo idea de que debo hacer. Mi madre no fue precisamente el mejor ejemplo a seguir en lo referente a abandonos. Cuando mi padre se fue ella aceptó todo con la cabeza inclinada. Me dejó que enfrentara ese cambio yo solo, no debo hacer lo mismo con él.
¿Pero qué debo hacer?
Me recuesto en el sillón sin importarme que Rei y Mao siguen ahí. Quiero… necesito descansar, les doy la espalda mientras trato de cerrar los ojos tratando de engañarme que nada pasó, mañana me levantaré y todo seguirá como siempre… las discusiones, la pesadumbre, la indecisión… todo.
No sé cuanto tiempo me quedo ahí. En mi mente todo es un caos, veo las caras de los muertos y los heridos, la de ella yéndose, la de Gou cuando se lo diga, la mía cuando él se fue… despierto de golpe envuelto en sudor. Después de tomarme un tiempo para regular mi agitada respiración bajo a la sala para saber que fue de todos pues ya es noche, son casi las doce de la noche.
Rei, Mao y Lin duermen en la sala, no veo a Gou por ningún lado, eso me inquieta no sé que tanto sepa de lo que ha estado pasando hoy. Lo encuentro en su cuarto, sentado en su cama cubierto por las cobijas y viendo televisión. Cuando escucha que abro la puerta me mira con un gesto que no puedo leer. Dicen que él heredó mis ojos, qué sé yo… aunque lo dudo por que los de él si son capaces de expresar algo. Hace mucho que los míos dejaron de hacerlo.
-Ey- dice saludándome.
-Ey- le respondo.
-Estuviste ahí, ¿no?- me señala la pantalla con las escenas del accidente.
Sé que no tiene caso mentir. –Si pero no me pasó nada. Un rasguño no mas.-
-Lo imaginé.-
Nos quedamos en silencio unos minutos, no me atrevo a decir nada más y aunque sé que él está desesperado por hablar, me conoce. No insistirá. –Hasta mañana.– Digo miserablemente para terminar este incómodo momento.
-Si… hasta mañana.-
Cierro la puerta mientras sujeto mi brazo lastimado. Voy al (ahora mi) cuarto. Me recuesto en la cama mientras veo la nota de la que habló Rei, no hay rastro de las cosas de ella, está mejor así. Cierro los ojos tratando (nuevamente) de pensar que todo es un mal sueño, entonces caigo a cuenta… estoy repitiendo el papel de mi madre. Ella solamente asintió cuando él se fue y no hizo nada por ayudarme a entender.
Me levanto de golpe con la firme idea de ir al cuarto de Gou y tratar de explicarle las cosas, dejándole ver que al menos yo no me iré. Si los juzgados deciden otra cosa, que sepa que si de mi depende no le daré la espalda. Lo que no esperaba es verlo ahí en la puerta. Con la cara llena de duda y algo de temor.
Me vuelvo a sentar en la cama mientras le hago espacio, él entiende y se sube a la cama. Nos quedamos mirando por un buen rato hasta que se acuesta y tuerce un poco la cabeza esperando por mí. Me acuesto rodeándolo con un brazo.
-Ya no vendrá, ¿verdad?- pregunta como si fuera la cosa más natural del mundo (quizá lo es).
-No, parece que ya no.-
-¿Quién fue? ¿tú, yo, el abuelo? ¿qué?- pregunta mientras se sujeta con fuerza al brazo con el que lo rodeo.
-No… nadie fue. O fue todo o fue nada. No lo sé.-
Lo siento asentir y voltea a verme, de nuevo esos ojos llenos de expresión. -¿Seguirás aquí mañana?-
Hago lo mejor que puedo por enmascarar mi expresión de sorpresa, ¿cómo pregunta eso? Tal vez porque me conoce. Si hay algo que he mostrado en esta vida es que no estoy dispuesto a asumir responsabilidades completas. Ni con el equipo, ni con las amistades, ni con ella, ni con las empresas… ni con él en su crianza, hago lo mejor que puedo pero no me había dedicado por completo. Siempre he pensado que no debo dedicarme por completo a nadie, ese alguien habrá de dar la espalda algún día. Cuando Gou nació supe que llegaría el día en que debía dejar mi isla de egoísmo y tender un puente aunque fuera a una sola persona. Quizá ahora es cuando.
De pronto sonrío como aquella chica a la que ayudé con el hombre herido, entonces entiendo el por qué de su risa. Se ha hecho lo que se pudo, hice cuanto estuvo a mi alcance para reparar esta situación, no bastó. No hay más por hacer con esto, sólo levantar los escombros que quedan y tratar de seguir adelante.
-Sí, aquí seguiré.- Respondo mientras lo veo asentir compartiendo mi sonrisa y suspira resignado, evidentemente tampoco está contento pero ambos sabemos que esto, es lo mejor.
El final de un época
-Lo lamento señor.- El doctor dijo inclinando un poco la cabeza, de antemano sabía que no se le podía culpar aunque de cierto modo sentía que te debía algo pero se esforzó, tú lo viste y, aún no lo hubiera hecho, ¿lo culparías de algo?.
-No importa, vendrán pronto por el cuerpo.- Dijiste tratando de desviar la mirada del cadáver pero tus ojos se sentían atraídos inconscientemente a él, aunque conseguiste contenerte. ‘Es mejor quedarte con la mejor imagen de la persona en vida’ alguien te dijo una vez.
Te diste la vuelta sabiendo que si seguías ahí, la imagen de tu abuelo muerto se quedaría sujeta a tus memorias. Había algunas personas en la sala de espera, aguardando cualquier noticia, desde que Voltaire decayó de su enfermedad (dos meses atrás) hubo mucha gente que acudió a verle, le visitaba y mostraba apoyo. De pronto se dieron cuenta que eso iba para largo, no fue el viaje rápido y sin retorno que esperaban.
Comenzaron a ausentarse hasta que nadie más iba, sólo tú y uno que otro perro dispuesto a no soltar el hueso deseado por mucho tiempo. De acuerdo al libro de visitas sólo tú y otra persona se quedaban más de quince minutos, tú le visitabas cada tres días (aunque ibas casi diario al hospital). Te decías que no sabías quién era esa otra persona, en el fondo lo tenías casi asegurado.
Al verte, todos los que aguardaban noticias te rodearon preguntando insistentemente por el estado de Voltaire, tú inclinaste la cabeza y seguiste adelante abriéndote paso entre ellos con fuerza si era necesario. No faltaron los insultos y las palabras de indignación, pero todo siempre fue un mundo triple para ti: el de los negocios, el de tu vida fuera de ellos y la vida de familia que te acercaba a Voltaire. Y jamás debían mezclarse.
Te dirigiste a casa, no tu sino su casa. Donde creciste hasta que conseguiste suficiente independencia para mantener saludable distancia. Hallaste una inusual actividad, solías hacer visita los viernes para asegurarte que a falta de quien daba las órdenes no comenzaran a brincarse autoridades, no te era ajeno saber que el resto de la semana era como un centro vacacional donde casi nadie hacía algo mas esta vez veías gente moverse de aquí a allá.
Al entrar a la casa te encontraste con que el salón principal estaba completamente despejado, las cortinas habían sido retiradas y las ventanas abiertas de par en par. Había sillas, coronas florales y hasta una mesa con un libro de condolencias. El mayordomo se acercó cautelosamente al notar tu desconcierto, después de ofrecer sus saludos te explicó sin que se lo pidieras. –Órdenes del sr. Susumu.-
Miraste directo a las escaleras y a toda velocidad te dirigiste a donde sabías que él estaba, frenéticamente buscaste en cada uno de los cuartos hasta que lo encontraste en el estudio. Estaba plácidamente sentado en la enorme silla de cuero detrás del escritorio, te daba la espalda; no encontraste razón lógica pero algo te hirvió por dentro.
-Llegaste, aún hay mucho que hacer.- Dijo apenas con un hilo de voz tratando de mantener algo del entusiasmo que siempre le teñía.
-¿Qué es todo eso?- preguntaste aún iracundo.
-¿Qué?-
Mil y un maldiciones vinieron a tu mente pero te contuviste. -Abajo-
-Kai, tu abuelo murió. ¿Acaso ya lo has olvidado?-
Sentiste la ira punzar más, no sonaba a burla pero en las palabras creías identificar una dolorosa ironía. –Él no quería eso.- Admitiste con derrota de dar a conocer que habías tenido la paciencia de escuchar la última voluntad de ese hombre que creíste odiar hasta el final.
-Dijo eso en sus últimos días, tú y yo sabemos que ya no razonaba bien. A él le hubiera gustado ser despedido con las glorias que quizá no merecía pero querría dejar huella hasta el final.- Tu padre giró la silla mientras terminaba su frase. En algo de las últimas palabras identificaste algo de molestia. Ése ‘dejar huella’ era algo que compartían ambos.
Voltaire había dejado su marca en ambos.
Para bien y para mal, era un vínculo que iba más allá de la genética compartida. Era un fantasma que les perseguiría, pero también una compañía que caminaría a su lado, no importaba cuan bien o mal sonara eso. Fue su padre y fue tu abuelo.
Entonces le viste detenidamente, aunque parecía insistir en mirar para otro lado era obvio que había estado llorando. Retrocediste dos pasos y también viraste la cabeza, ver a tu padre llorando por tu abuelo era algo digno de echarse a reír, pero ni una sonrisa se trepó a tus labios.
-No voy a participar en ese show.- Dijiste resuelto mientras te dabas la vuelta y te encerrabas en el cuarto que ocupabas antes.
Tu padre no insistió en llamarte, casi pudiste verlo suspirar resignado, verse en el espejo tratando de recuperar la compostura y bajar a recibir a los que iban a dar el pésame. Desde ahí escuchabas como poco a poco el salón se llenaba, el chirriar de los vehículos afuera, el cuchicheo del interior. Pasaron las horas, tú te quedaste sentado en el piso recargado en la cama con los puños cerrados de frustración mientras pensabas en lo hipócrita que era todo eso. Si, Voltaire era un hombre que no chistaba en dejar una gran impresión (buena o mala no importaba, él habría de ser recordado) pero en sus últimos momentos de consciencia (apenas una semana atrás) te dejó saber que quería irse sin mas que el entierro discreto que planeaba. No mas.
En un principio no lo creíste, después te lo aclaró (o al menos parcialmente, tú te respondiste lo demás) sabía que no era una persona idolatrada, había tres veces más persona que lo querían tres metros bajo tierra que viviendo una larga vida. Y si había algo que los dos compartían, era el desprecio por la hipocresía (ajena, no propia). Y lo que tu padre hacía, era la apoteosis de dicha acción.
Algo cansado de la posición tomada te enderezaste y subiste a la cama, como si todo adquiriera una nueva perspectiva te diste cuenta que todo estaba tal cual lo dejaste. Hasta el sistema de sonido que insistías en colocar al máximo para alterarle un poco los nervios estaba ahí. Jurabas que el viejo había eliminado hasta el más mínimo rastro de ti cuando dejaste tempestivamente la casa algunos años atrás. Fue una discusión ruda y con palabras nada amables te invitó a salir, claro, el orgullo te obligó a irte sin un plan. Anduviste de inquilino un par de semanas hasta que las cosas se tranquilizaron un poco y pudieron negociar un departamento.
Las cosas volvieron a la calma pero no volvieron a ser las mismas. Había tensión y no hubo perdón pero parecieron crear una tregua donde eran capaces de soportarse entre ustedes entre las largas horas de juntas.
Ya no mas.
Después de meditarlo un rato saliste del cuarto para entrar al estudio donde habías encontrado a tu padre. No te atreviste a sentarte en la silla pero si lo hiciste sobre el pequeño banco que ocupabas durante los discursos que te lanzabas exigiéndote un comportamiento que jamás le diste, imaginando que en cualquier segundo esa voz áspera y severa te llamaría.
-Kai-
La voz te hizo brincar y casi perder el equilibrio, en tu adormilada mente sonó a la de él pero no era. Era tu padre, entró y se apoyó en la ventana. –Se acabó.- Dijo mirando por la ventana mientras el rechinar de las llantas del último carro se alejaban.
-Si, ya-
-No fuiste al entierro.-
-¿Para qué?- preguntaste algo harto.
-Él hubiera querido.-
-Él no hubiera querido nada.-
-A mi me dio esa impresión.- La voz de tu padre se volvió un hilo.
-¿Un cadáver te dijo eso?- preguntaste con esa misma ironía dolida que habías escuchado de él un rato atrás.
-No te burles- contestó sonriendo pero con los ojos empañados de lágrimas –no fue el mejor padre ni el mejor abuelo pero nos hizo lo que somos. ¿Es eso tan malo?-
Arqueaste una ceja. ¿No era obvia la respuesta? –Dime tú.-
-Yo digo que no, si vieras las cosas como las veo yo te darías cuenta que no todo es tan malo.-
Miraste para otro lado mientras al fin esa sonrisa ínfima apareció en tu cara, aunque lo negaras era cierto. –Malo no, es deplorable.-
Susumu te miró sorprendido mientras una risa se dejaba escapar. Ya conocía tu forma irónica y oscura de ver todo y al parecer entendió tu punto de razonamiento. –Somos lo que somos…-
-…el producto de nuestros actos.- Finalizaste esa frase que el viejo repetía a morir. Verdad parcial porque algo de lo que Voltaire había hecho había determinado directamente sus propias vidas. Y eso, no lo decidió ninguno de ustedes.
Susumu no contuvo las lágrimas, estando a poca distancia de ti extendió una mano colocándola sobre tu hombro al sentirla te tensaste y de un movimiento de brazo te soltaste. No había que confundir la situación.
-¿Ni al final cambiarán las cosas?- preguntó derrotado.
-Fue su final, no cambian pero pueden evolucionar.- Te levantaste y saliste dándole una larga mirada y un asentimiento.