13.12.10

GULAG / Не ГУЛАГ III

Se supone que él no sabe lo que es estar atrapado, desde hace muchos años ha sabido lo que es vivir sin limitaciones, aunque se ha llevado varias batallas perdidas puede decir con orgullo que se ha ganado su libertad con cada paso que ha dado.

Pero en ese instante mira a un lado y a otro y no puede sentir otra cosa mas que de una reclusión que le está carcomiendo la calma. Se asoma a la ventana y al reloj con la ilusión de que le indiquen que pronto acabará su situación, que dejará ese sitio y podrá llegar a donde encontrará paz y consuelo. O cuando menos, se quedará lejos la aprensión en su mente.

Sin embargo no lo encuentra, el reloj dice que son las seis y no es ningún consuelo, la ventana denota que la noche se va comiendo al día y es aún peor señal. Saldrá de ese taller para llegar al departamento vacío, recorrerá la cocina mientras prepara su comida (sólo suya), encenderá la televisión brincando canales en donde haya programas en vivo para escuchar voces espontáneas y no diálogos grabados, sin duda no encenderá la computadora considerando lo estúpido que sería hacerlo en casa después de estar frente a un monitor las últimas diez horas con pequeños intervalos de descanso que sólo consiguen que el silencio a su alrededor sea más opresivo.

Y deja el taller ubicado en la zona industrial de la ciudad, hace el recorrido de cuarenta minutos en metro, quince en autobús y cuatro caminando. Ve los alrededores de cada uno de los lugares que pasa, todo está ahí, igual que siempre y que parece ya uno de esos fondos animados donde para ahorrar son repetidos a morir. Al llegar frente al edificio de departamentos donde se halla el suyo, se topa con la mujer obesa que saca a pasear a un perro tan gordo como él, y al viejillo que toca su saxofón esperando una moneda caritativa. Saluda y es saludado por la mujer obesa, el perro mueve la cola al reconocerlo, deposita la moneda en el sombrero del hombre y recibe las gracias de cada día.

Entra al edificio y sube los ochenta y cuatro escalones que lo dejan en su piso y camina los treinta y seis pasos que lo llevan frente a su puerta, el gato de la pareja del 41 maúlla saludando, él lo ignora y mete la llave en la cerradura. Abre y cierra la puerta sin encender las luces, cuando está delante del apagador se imagina que al encenderlas aparecerán las dos personas que echa de menos felicitándolo por su cumpleaños como sucedía ocho años atrás; enciende las luces y mantiene los ojos cerrados tratando de negarse a confirmar que no hay gritos, ni pasteles caseros y aún menos abrazos esperando por él en la sala.

Suspira lentamente mientras deposita su maleta en el sillón y va a la cocina. Repitiendo el ritual del día a día se sienta en el sillón más grande mientras enciende el noticiero de las ocho de la noche, escucha y ve sin poner atención a las noticias que ya ha escuchado durante toda la tarde, pero es el único programa lo suficientemente ameno que no lo deprime más.

Vaya sorpresa, antes detestaba las noticias por sus deplorables contenidos y ahora las prefiere por encima de todo. Termina la sopa enlatada y el guisado precocido que compró dos días atrás en el supermercado, anota a su lista mental otra cosa que extraña: la comida casera. Siendo ingeniero excepcional y profesor de grandes cualidades, parece que la habilidad culinaria no está entre sus talentos, y aunque podría comprar comida para llevar en algún restaurante o quedarse a comer ahí, cada año va echando más de menos la sazón salado de su esposa.

El noticiero acaba y empieza el programa deportivo, busca aprisa el control porque no hay cosa que más deteste en ese momento, que el monótono comentarista que sólo repite marcadores y notas para nada emocionantes.
No lo encuentra, hurga en el sillón mientras trata de recordar dónde lo dejó. Finalmente lo encuentra y cambia aprisa el canal, optando por un programa de variedades un poco menos que mal hecho, pero es mejor que nada, piensa con resignación.

Ríe con algunos de los chistes malos que son contados, adivina a casi todas las preguntas que el conductor hace en un concurso digno para gente que jamás ha tenido contacto con un libro mínimo de historia, se sorprende un poco con algunos actos de magia. Aquí se queda con una sonrisa al traer a la memoria las risas de su hijo y su fascinación por esa clase de actos, aunque él le explicaba la física detrás de algunos de ellos también le gustaba quedarse con la ingenua idea de que la magia existía.

Hace ya muchos años que los tres se dieron cuenta de cuan falso es ese pensamiento.

Su esposa vio que sus sueños de matrimonio feliz y duradero sólo valieron los primeros años que ayudaron a afianzar las finanzas familiares, su hijo supo que esa feliz burbuja era sólo uno de los tantos espejismo que se han esfumado delante de él, y él… el padre y esposo, que la libertad añorada era sólo la cara brillante de una moneda que tenía una segunda cara, oscura y solitaria.

El mago ha terminado su presentación, ahora aparece un ballet de jóvenes esbeltas que seducen con sus contoneos, pero la mente de él se ha desconectado. Ya no se molesta en hacerse suposiciones del ‘y sí’ del ‘si pudiera’ o el aún más famoso ‘hubiera’ ahora sólo mira el calendario para agregarle un día más a sus ocho años, cuatro meses y diecinueve días que lleva en su resguardo creativo. Claro que él no lleva esa cuenta obsesiva del día a día, si lo hiciera, quizá ya hubiera regresado o hubiera saltado por la ventana del último piso. Pero su padre no le enseñó a ser así, él fue educado a llevar hasta el final las decisiones y vivir con las consecuencias de éstas.

Aunque él también ha aprendido muchas cosas en todos esos años, llenando poco a poco los enormes huecos que la educación paterna dejó y que espera, su propio hijo haya hecho lo mismo. Ha aprendido a regresar y enmendar, así como en sus investigaciones cuando un experimento falla, regresa sobre sus pasos para revisar el proceso y reparar el error. Y aunque en los últimos cuatro años no ha podido llegar a la voluntad que le haga reparar el error en las fallas de su vida, ha identificado los factores, aislado las condiciones y buscado soluciones alternas. Ya es algo.

Sabe que no es cuestión de miedo al fracaso, sino de falta de sagacidad.

Apaga la televisión, son las once con quince minutos. Se dirige al cuarto mientras apaga las luces de la sala, mirando por la ventana llega al corredor que lleva hasta su cuarto y se detiene en seco. Lo común sería que hiciera una rápida rutina de ejercicio, fuera al baño, se diera un baño mientras lavaba los dientes, y al final se recostara a esperar que el sueño se adueñara de él, pero de pronto la sensación aprensiva que tuvo esa tarde, y las últimas tardes de los últimos años lo asalta de nuevo.

Una vez oyó que el mundo es de los que se atreven, quizá es en parte verdad porque a ellos también pertenece el fracaso y la frustración, pero al ser sólo un juego de dos opciones: ganar o perder, algo debe pasar. Mil veces eso que la incertidumbre de permanecer sentado sin moverse, imaginando las posibilidades sin dar nunca un paso.

Da un giro de ciento ochenta grados y toma el teléfono que reposa en una mesa cerca de la puerta, marca el número que sabe de memoria pero no se ha atrevido a marcar, la llamada entra y el tono se deja escuchar cuatro veces, si el quinto suena colgará porque sabe que su hijo deja sonar su teléfono sólo cuatro veces.

El cuarto tono está a punto de acabar y él está por colocar el aparato de regreso a su lugar mientras busca todos los modos posibles de contener sus sentimientos liberados, cuando una voz responde del otro lado.

-¿Quién habla? —pregunta algo molesto, comprensible considerando la hora y que su hijo no conoce (quizá) su número.

-Kai, soy papá. ¿Cómo has estado? —Consigue poner su boca a trabajar y saca lo que ha pensado decirle a su hijo por tantos años desde su ausencia.

18.10.10

Té para tres

Canción: Té para tres
Canta: Gustavo Cerati (Soda Stéreo)
Disco: Canción animal

A las varias cosas malas del año, que se detengan un poco. A las buenas, aunque pocas, que se sigan sucediendo.

----
No era muy tarde cuando regresó apurado después de un día demasiado extenuante; si había algo que odiaba de los jueves eran los largos horarios de revisión de logros y metas de los distintos departamentos del área que a él le tocaba administrar, después tener que trasladarse al otro extremo de la ciudad para sus cursos de lenguas; si no tuviera que hacer una parada en casa no sería tan engorroso, pero de ningún modo iba a asistir a la escuela con traje y corbata, cuando menos ahí podía deshacerse del rígido disfraz que tenía que usar día a día durante al trabajo.

Mientras botaba el saco y la corbata, veía una y otra vez el reloj para saber si sus veinte minutos libres le iban a permitir hacer una última escala en la cocina y comer algo. Sonrió satisfecho cuando se dio cuenta que tenía siete minutos disponibles; como bólido bajó las escaleras y entró a la cocina asustando a más de dos empleadas que se encargaban de la cena.

-¡Señor Kai! ¬―exclamó una de ellas, ―sólo espere que le prep…

Él no esperó a que la mujer terminara, abrió el refrigerador y tomó un yogurt mientras lo bebía buscaba alguna fruta que pudiera comer en el camino sin perder control del volante.

-¡Con un demonio, Kai! ¿no puedes sentarte a comer? ―Su madre le recriminó entrando a la cocina.
-¿Y tú que haces aquí? ―Kai preguntó mientras tiraba el envase vacío y tomaba un par de manzanas.
-Tu padre me pidió venir.
Entonces Kai se detuvo y la miró confundido, ―Pero él no ha venido en algunas semanas.

De momento, su apresurada salida se alentó y se encontró preguntándose qué era lo que su padre podría querer ahí, el último par de meses no habían sido nada agradables después de una serie de vergonzosos juicios discutiendo la repartición del patrimonio familiar cuando Souichiro decidió dividir el emporio para evitar los altos impuestos, Susumu contrademandó ante lo poco ético y, de pronto, familiares empezaron salir de la nada.

Fue una situación demasiado desgastante y tensa, él tuvo que hacerse a un lado porque su posición en las empresas, aunque reconocida e inamovible como heredero, aún no estaba certificada ante notario; y tuvo que testificar sin dar realmente su opinión, pues era mero requisito, pero apenas tres semanas atrás se había dado un dictamen y él pudo seguir con la comodidad de su rutina.

No se cansó en pensar mucho en ello, dejaba la casa mientras mordisqueaba una de las manzanas. Se dirigía al garage cuando distinguió al figura de Susumu caminando a la casa; sin que el mayor le hablara, Kai se detuvo un momento, sorprendido de verlo ahí. No se animó a acercarse o llamarlo, se habían hecho una serie de acuerdos que limitaban la comunicación entre cada miembro de la familia respecto a cuestiones de negocios, y como no había nada más de que hablar entre ellos, no había urgencia por trabar una palabra.

Siguió su camino, abordó el auto y lo enfiló a la salida, avanzaba lentamente sin prestar mucha atención, con la mirada siguiendo los pasos de su padre que parecía ni siquiera se había dado cuenta que Kai se estaba yendo, de pronto el mayor giró la cabeza y sostuvieron la mirada unos segundos en los que Kai detuvo el auto, cuando el menor estaba por reiniciar el movimiento, Susumu levantó un brazo y lo llamó.

-Espera, necesito hablar contigo.

Kai miró su reloj casi desesperadamente, ―Voy muy tarde, será después.
-No. Necesito hablar contigo, ahora. ―Dijo con un tono que en nada le gustó a Kai.

No era ni enérgico, ni molesto ni suplicante, pero Kai sintió una repentina urgencia por salir de ahí, no por desagrado de su padre, ni siquiera por miedo o rencor, sino por una extraña sensación de rechazo inconsciente.

-No, después. ―Finalizó y aceleró tratando de no mirar al retrovisor y ver la desolada imagen de Susumu.

Llegó cinco minutos tarde, pero no se perdió de mucho. Después de la clase de español básico, la de conversación de inglés y el taller práctico de alemán, pudo dejar ese endemoniado instituto al que le agradaba acudir, pero detestaba tener que estarse relacionando con tantas personas que lo buscaban por los beneficios que podían obtener, echaba de menos cierta clase de compañía.

Eran las ocho con treinta, saliendo del edificio respondió a su teléfono que había estado llamando desde las siete cuarenta, de no muy buena gana contestó cuando la pantalla identificó el número de su madre.

-¿Qué pasa?
-Ven al restaurante Aleph, esperamos por ti ahí. ―Ella ordenó sin tardanza.
-¿Y yo que voy a hacer ahí? Estoy muy cansado.
-No sé que es lo que tu padre quiere decirnos, ha estado esperando por ti.

Entonces Kai consideró su respuesta, ―El tráfico no me dejará llegar.
-Te veremos en la cafetería cerca de la Universidad, ―escuchó a su padre decir, a ella discutirle pero no esperó a la decisión de ella.

Colgó y se encaminó a dicho sitio, no muy rápido muy a pesar de la repentina ansiedad que se generó en él, no recordaba mucho de alguna reunión de ese tipo, y aún menos, promovida por su padre.

Cuando llegó a la citada cafetería, sus padres ya estaban ahí, habían ocupado una mesita en la terraza, pegada a un enorme macetero que servía de protección contra el leve viento y la llovizna que caía esa noche, lámparas de luz difusa adornaban el sitio y un melancólico piano se escuchaba adentro. Kai no pudo evitar arquear una ceja ante lo inusual del ambiente, y el gesto que su padre vestía, el de su madre era el mismo que alcanzaba a recordar, demasiado apurado como para poder disfrutar un momento de calma.

-¿Qué es? ―Kai preguntó apenas se sentó, fingiendo ver su celular para indicar que no estaba de muy buena voluntad ni muy dispuesto a esperar mucho tiempo ahí.
-¿Puedo tomar ya su orden? ―preguntó una camarera con amabilidad.
-Té de manzanilla, y una rebanada de pastel de chocolate ―Dijo Susumu con una sonrisa para la chica.

Su esposa le dio una mirada desaprobatoria por pedir algo tan simple, y miró la carta ―Ah… ―ella no decidía, ―café moka con esencia de vainilla. No, espera, mejor té chai con esencia de vainilla.
-Café con canela. ―Kai dijo sin ver el menú que la camarera le ofrecía.
-Trata con un té, es más ligero y necesitas algo que te relaje. ―Susumu le dijo mirando hacia arriba.

Kai se mordió el labio, bufó y sólo asintió a la chica, ―Té helado. ―Esperó que ella se fuera y miró de nuevo a su padre insistiéndole por la respuesta.

-¿No es una linda noche? Hay pocas nubes, la brisa es fresca, la lluvia se va y la luna es apenas una uñita.

Su esposa lo miró con preocupación pensando que ya había enloquecido, ―Jamás admiramos la noche. ¿Qué pasa Susumu?

-Mira, este lugar tiene un servicio bastante eficaz, ya viene nuestra orden.
La madre de Kai volteó sorprendida que, en efecto, la mesera ya acudía a ellos con sus bebidas, ―Prepararon todo en este momento, ¿verdad muchacha? No quiero un té demasiado reposado.

-Claro que no señora, ―la chica sonrió amable, ―todo al momento. Nuestro encargado de la cafetería es un genio. ―Ella soltó una risita que sólo fue compartida con Susumu. Entregó a cada uno su orden y se retiró deseándoles buen provecho.

Kai tomó su vaso y después de dar un primer sorbo para conocer el contenido, depositó dos cucharadas bien medidas de azúcar. ―¿Sólo vinimos a tomar té? ―preguntó ya sin apuración o reproche.

-¿No es agradable? Hacia mucho que no salíamos los tres solos.
-Susumu por favor, todos tenemos muchas ocupaciones así que no vengas con tus juegos, dime qué es lo que pasa que me tienes tan azorada.
-¿Alguna vez salimos los tres? ―la pregunta de Kai sonaba a sarcasmo, pero había algo de curiosidad en ella.

-Hace mucho tiempo, hace mucho tiempo… ―Susumu respondió con un tono pensativo.

Kai y su madre se percataron de eso, lo miraron con atención presionando con la fuerza de sus miradas la respuesta que él se negaba a dar. No había una razón de negocios, ni de tribunales ni de nada… para esa repentina reunión, claro que mucho menos una cuestión de ende familiar.

-Hoy fui al doctor. ―Susumu comenzó, cambiando su tono, ―saben que me ausenté un par de días de la revisión del caso con mi padre, tuve ciertas dolencias.

Kai escuchó con atención cada palabra que su padre decía, pero realmente no se estaban registrando del todo en su cabeza, un repentino escalofrío se metió en él sacudiendo su persona.

Sabía que algo malo iba a pasar.

-¿Y qué pasa? ―Su madre sintió algo similar, pero ella si fue capaz de verbalizar su urgencia de saber.
-Tengo cáncer estomacal en fase 4, es terminal.

Nadie dijo más. Como si el sonido de todo alrededor se eliminara o se incrementara, Kai se sintió aturdido y bajó la mirada al vaso frente a él, miró las tazas de sus padres, después el pastel que su padre de pronto atacaba con una pequeña cuchara, retiraba una parte y se la llevaba a la boca, sonriendo mientras la comía.

Los ojos rojos de Kai se fijaron en los de su padre que comenzaban a llenarse de agua, el hombre mayor sonrió. ―Es bueno, deberían tratar con una rebanada. Endulzan el momento.


Las tazas sobre el mantel
La lluvia derramada
Un poco de miel, un poco de miel,
No basta



-¿Cómo dices eso en un momento así? ―su madre casi gritó. Mirándolo con ojos más expresivos que los de su hijo, ―¿cómo así? Como si… no hablarás de la muerte.
Kai bajó de nuevo la mirada a la mesa, las dos tazas y su vaso.


Té para 3


Se forzó a decir algo, a decir algo inteligente o sensato, no sensible porque no servía para eso, ni molesto porque en ese momento no sentía ni el más mínimo rastro de enojo.

-¿Cuándo comenzó? ―fue lo único que dejó su boca medio paralizada.
-El doctor dice que hace mucho, se agravó un poco hace unos cuatro meses. No lo atendí.
-¿Por qué?
-Sabes que le tengo miedo a las agujas. ―Susumu rió bajando la mirada.
-No… no lo sabía. ―Kai murmuró forzándose a dar un trago a su bebida para enfriarse el cuerpo y que las reacciones espontáneas no lo traicionaran.

Frunció el ceño y separó la mirada de su vaso, se forzó a ver más allá. Las tazas, el pastel a medio comer de su padre, la cara de su madre empezando a descomponerse en un llanto tan sincero como jamás había visto, luego a su padre que aún sonreía comiendo a pequeñas cucharadas su pastel.


El eclipse no fue parcial
Y cegó nuestras miradas
Te vi que llorabas, te vi que llorabas
Por él



-¿Desde cuándo lo sabías? ―ella exclamó sin poder calmar sus emociones, ―¿por qué no nos habías dicho?
-No hay nada que pudieran hacer.
-¡Pudimos haberte acompañado… apoyado… pudimos haber hecho algo! ―ella gritó, rompiendo la imagen que Kai tenía de ella.
-No, nosotros no somos así, ―Susumu respondió mientras tomaba una mano de su esposa y la colocaba sobre la mesa poniendo su propia mano sobre la de ella.
-No, no lo somos. ―Kai terció, ahí estaban otra vez, las dos tazas y el vaso.


Te para 3


La mujer retiró su mano y se llevó ambas a la cara para contener las lágrimas que seguían forzando su camino fuera de sus ojos, su esposo dejó mostrar algunas mientras veía con tristeza a su hijo que no podía derramar una sola, y que incapaz de saber que más hacer bajaba la vista viendo con insistencia la superficie de la mesa.

Tomó su taza y dio otro sorbo, quizá no era el modo adecuado de dar una noticia así, pero era lo que él quería. Él quería estar con ellos del único modo en que parecía posible: lejos de la casa que ya no compartían, robándoles tiempo de las actividades de las que se habían hecho para llenar los vacíos obligados, y minimizando la gravedad del asunto, les informaba porque pronto comenzaría a retirarse de su participación en las empresas y no quería que creyeran que lo hacía por alejarse de nuevo de ellos.

-Tomen, su té se va a enfriar, ―hizo una pausa obligado por el nudo en su garganta, ―bueno, él tuyo no lo hará Kai, el tuyo se ―otra pausa, ―el tuyo se calentará. ―Rió y comía más pastel, ―pidan pastel… está bueno. Acaben para poder irnos a casa. ―La última parte fue más forzada, con un hilo de voz que se escapaba de sus labios.


Un sorbo de distracción
buscando descifrarnos
No hay nada mejor, no hay nada mejor
que casa



-A casa… —su madre le completó, —¿irás a qué casa?

Susumu la miró unos segundos, —Sólo por hoy, ¿vamos a casa? —preguntó a su esposa mirando a Kai. Haciendo referencia al hecho que cada uno vivía en casas distintas, y había pasado mucho tiempo desde que habían coincidido una noche en una sola.
Los tres bebieron en silencio apenas roto por los gimoteos de la madre de Kai, las exhalaciones que Kai hacía al respirar con profundidad, y el golpeteó de la cuchara mientras Susumu acababa su pastel.

La camarera se acercó cuando adivinó habían acabado y no pensaban ordenar más, llevó la cuenta como fue pedida y después la charolita con la tarjeta una vez que hizo el cobro.


Te para 3


Los tres dejaron el establecimiento siendo seguidos por miradas curiosas al ver a la madre llorando, al padre a punto de hacerlo y al otro demasiado sumido en sus pensamientos como para prestarle atención a esas miradas.

Susumu y su esposa abordaron un carro, Kai lo hizo con el otro. Ellos conducían delante mientras él los seguía de cerca, en una intersección los dos carros quedaron lado a lado, justo en ese punto se dividían sus caminos para ir a sus distintas casas.

Padre e hijo intercambiaron miradas, ninguno estaba seguro si irían juntos. El mayor llamó al otro a su teléfono.

-Gracias por escuchar lo que tenía que decir, ―hizo una pausa, ―sé que esto no cambia nada, pero quería que lo supieras.

Kai sólo asintió, confirmando y despidiéndose. Miró el carro de su padre irse a la derecha, él debía irse a la izquierda pero dudó… entonces después de pensarlo un momento giró a la derecha yendo detrás del auto azul de su padre.

No hay nada mejor, no hay nada mejor que casa

-----
No puedo decir mucho. Sólo que tenía que hacer algo con esa letra, y a cinco meses de su situación médica, y otras pérdidas en el año.
Ah sí... una cosa, esto es como precuela a 'Duelo' en ff.net o 4to. Duelo Aquí... sí, las cosas parecen no progresar.

10.10.10

10 razones

Takao abrió los ojos con pereza, se retorció en la cama y lanzó el reloj despertador muy lejos de su buró donde sonaba con tanta insistencia que parecía querer enloquecerlo. Su abuelo y Daichi lo despertaron de no muy buena forma, Takao se despegó de sus sábanas y caminó hasta el baño aún mascando su sueño y balbuceando.

-Odio los días de clases.

Se dio un bañó y colocó ropa limpia, se miró en el espejo y acomodó un poco su enmarañado cabello, bostezó otra vez y repitió al ver la mochila esperando por él y el calendario señalando que era lunes.

-De verdad odio los días de escuela.

Llegó a la cocina donde tomó un pan y lo mordisqueó mientras se servía en un vaso leche de un envase, miró con flojera hacia la mesa. Su papá leía el periódico mientras desayunaba con velocidad, Daichi picoteaba la fruta en su plato y su abuelo podía verse entrenando en el patio.

-¿No odias los días de trabajo papá? —preguntó tomando otro pan.

Su padre bajó el periódico y lo vio unos segundos, —Claro que no, doy gracias que tengo un trabajo.
Takao arqueó una ceja y pensó, —Eso se oye tan cliché, —pero no dijo nada porque no quería una plática emotiva de su papá sobre la importancia de tener empleo.
-Hago algo que me gusta, me pagan por ello y sólo veo a mis amigos los días de trabajo. Debo irme, los veo después muchachos.

Takao consideró válida la respuesta de su papá, echaba de menos a sus amigos de escuela algunos fines de semana.
-Adiós señor Kinomiya, —Daichi agitó la mano.
-Y tú Daichi, sé que tu me vas a dar la razón ¿no odias también los días de escuela? —Takao preguntó sentándose a la mesa.

El pelirrojo levantó la mirada un momento pensando, —Bueno sí, detesto ir a la escuela, pero me encanta la televisión entre semana, la programación en fin de semana apesta, ¡nunca hay nada!

Eso también era un argumento razonable, los maratones de películas aburridas y los partidos de deportes que ni le interesaban lo dejaban sin nada que ver sábados y domingos.

-Vamos niños, la escuela llama, la escuela llama. —El abuelo entró aprisa señalando el reloj con una mano y la puerta con la otra.
Daichi brincó de su silla y corrió al baño para terminar de alistarse, Takao vio a su abuelo sentarse y servirse leche y jugo.

-Oye abuelo, ¿tú no odias los días de escuela? Te quedas solo, y tienes que estar apurándonos para que no lleguemos tarde. Debe ser muy molesto.
El viejo no tardó en responder, —Claro que es molesto estar atendiendo a tres niños, tu papá es igual que tú y Daichi… —hizo una pausa, —pero me alegra las mañanas, los sábados quiero hacer lo mismo pero sólo tu papá despierta temprano, el domingo ya no sé que hacer porque nadie está de pie a la misma hora que yo. Además, cuando ustedes están en la escuela y tu papá en el trabajo, es el único momento que puedo tener para mi sólo, un galán como yo necesita tiempo para nuevas conquistas.

Takao hizo un gesto que hizo al abuelo reír, era claro que el hombre mayor no salía a perseguir jóvenes, pero era bien sabido que era bastante popular en el barrio.
-Bueno… tenemos que irnos, ten buen día abuelo… ¡Daichi!

El pelirrojo llegó corriendo, los dos salieron aprisa de la casa y siguieron así hasta que estaban a sólo unas tres cuadras de la escuela. Justo ahí, Max se unía a ellos. Y esa mañana no fue excepción, el rubio llegaba con la sonrisa de todos los días montado en su bicicleta.

-Ey chicos, ¿Qué tal el fin de semana?
-Nada nuevo, ey Takao ¿por qué no le preguntas a Max lo que piensa? —Daichi preguntó mientras se echaba a correr más rápido para dar alcance a dos compañeros de clase con los que quería jugar durante el descanso.

Takao consideró la sugerencia de Daichi bastante atinada, pero ese no era el momento, el reloj seguía avanzando y ellos estaban a punto de no llegar a clase. Una vez que estuvieron dentro de los terrenos de la escuela, pudo al fin tomar un respiro y preguntar a Max, casi estaba seguro que le daría la razón, el estadunidense iba mejor que él, pero no era precisamente alguna estrella del firmamento académico.

-Max, ¿no odias los días de escuela?

Max sí se tardó en pensar, —Bueno, odio tener que levantarme y hacer tarea, pero me encanta el club de fútbol después de clases, y que mamá llama los martes y viernes. ¡Ah! Y que papá cocina los días de escuela, los fines de semana sólo compra la comida, y créeme, es horrible.

Takao caminó al lado de su amigo pensando en esa respuesta, vaya… los días de escuela no sólo eran de escuela, no había pensado en eso.
Se encontraron con Kyouju en el pasillo, él miraba un enorme panel con anuncios, los dos chicos lo saludaron y él respondió a cada saludo con su usual tono nervioso y apurado. La campana sonó y todos se dirigieron a sus salones, mientras Takao caminaba junto con Kenny pues Max se había separado porque tenía clase distinta a ellos, hizo la pregunta con la que había iniciado su día.

-Ey, Kyou, ¿no odias los días de escuela?

El gesto del chico fue casi de un horror absoluto, —¿Cómo puedes preguntar eso? ¡claro que no!
Takao asintió, —Si tienes razón, ¿cómo pude preguntarte eso?
-No, no, —Kyouju se apresuró a aclarar, —No lo digo por las clases, aunque claro, es de lo mejor del día; pero los días que venimos a la escuela son los únicos en los que no me paso encerrado en mi casa sin tener a donde ir, hay talleres y actividades extra curriculares que me encantan.

Takao parpadeó ante esa posibilidad, que la vida social del chico se redujera a la escuela era algo lamentable pero bastante aceptable. Claro que la vida era más emocionante cuando había cosas que hacer después de la escuela, la sensación de haber acabado un aburrido horario de clases era incomparable.

Llegando al salón, Hiromi les contó que su profesora se reportaba enferma y habría un maestro sustituto pero que no llegaría sino hasta en cuarenta minutos. Casi se hizo fiesta en el salón, y Takao aprovechó para seguir con su encuesta mañanera.
-Oye Hiromi, casi estoy seguro de lo que vas a responder pero nada pierdo con preguntar, ¿no odias los días de escuela?

La chica mostró una pequeña decepción ante la pregunta, —Claro que sí… bueno, me choca despertar tan temprano y tener tan poco tiempo para ponerme lista y venir a clases… no soy fanática de la escuela pero me gusta, no estoy en ningún club pero me gusta quedarme a ver a los de la banda practicar y a las de gimnasia entrenar. Aunque eso es tonto. —Dijo después de un rato de pensar sus propias palabras, —Lo que me gusta es que mamá no hace guardias estos días, los fines de semana nunca está porque tiene doble turno, así que no, no odio los días de escuela.
El chico de gorra no esperaba esa respuesta, decir que no los detestaba por poder estar con su mamá era (quizá) la respuesta más honesta que había conseguido, y le decía que tal vez los días de escuela no eran tan malos.

El horario de clases terminó, Max se quedaba a entrenar, Hiromi a chismear con otras amigas, Daichi a hacer tarea (o al menos eso decía); Takao regresó solo a casa pensando en quien más podía preguntarle, Rei… ¡Rei! Decidió desviar un poco su camino y dirigirse a la pensión donde Rei rentaba un cuarto.

Afortunadamente el chino ya había regresado de la escuela y lo recibió mientras preparaba su comida, —Hola Takao, no pensé que te vería aquí hasta el miércoles para ayudarte con tu clase de matemáticas. ¿No entendiste mi explicación?

El otro sonrió apenado, —Si… bueno, no tanto pero ese no es el motivo por el que estoy aquí.
Rei suspiró aliviado, —Me alegra, la verdad hoy estoy muy apurado. Apenas me da tiempo de hacer mi propia tarea, me toca el turno de la tarde y no tengo mucho tiempo libre.

Takao sintió eso como el perfecto momento para preguntar y recibir la primera respuesta afirmativa, después de todo, Rei estudiaba y trabajaba de lunes a viernes, quizá él sabría darle la razón. —Sólo quería preguntarte una cosa, ¿no odias los días de escuela?

Rei se detuvo un momento en su apurado trayecto, —¿Bromeas? ¡claro que no! Son los únicos días en los que mi tutor me permite trabajar, los fines de semana no tengo ingresos y me aburre estar sin hacer nada. Odio los fines de semana, los días de trabajo los clientes dejan propinas excelentes.

Otro nuevo ángulo, cuando la subsistencia dependía directamente del día de trabajo era algo que él no conocía pero no le costaba comprender. Además, debía ser aburrido estar en un cuartito como el de Rei todo el día sin tener nada que hacer afuera.

-Era todo, me voy porque tengo mucha tarea, te veo el miércoles o si quieres pasar por el dojo para cualquier cosa.

Rei sonrió y agitó la mano despidiendo a su amigo. Takao retomó el camino a casa pensando en otra persona para continuar su sondeo.
-¡Claro, Hitoshi! Él detesta las rutinas, y no hay nada mas rutinario que un día de escuela. —Se dijo una cuadra antes de llegar a casa. Apenas llegó al dojo, saludó a su abuelo, botó su mochila y corrió al teléfono, marcó a su hermano en otra ciudad de Japón donde estudiaba.

-¿Takao? ¿pasa algo? —Hitoshi se escuchó preocupado ante lo inusual de una llamada en lunes, regularmente ocurrían de miércoles a domingo.
-Ey Hitoshi, sólo quiero hacerte una pregunta.
-No Takao, no puedes decirle a Daichi que aún existen los dinosaurios y que los de los documentales son de verdad.
Takao parpadeó dos veces, —¿De dónde sacas esa tontería Hitoshi?

El hermano mayor apenas y ahogó una risa, —Ah, lo siento… es que tuve este sueño extraño y…
-No, no quiero saber, —Takao lo interrumpió, —mi pregunta es, ¿no odias los días de escuela?
Hitoshi hizo una larga pausa, tanto que hasta el hermano menor pensó que se había cortado la llamada y golpeó el auricular con su dedo, —Deja de hacer eso, —exclamó el mayor, —los odio a medias, mi horario de materias es demasiado, mis profesores están locos y el tráfico es horrible; pero mi compañero de habitación es un enfermo adicto a las fiestas que no me deja en paz los fines de semana, además mi novia va a casa sábados y domingos y no la puedo ver…

-¿Novia? —Takao preguntó con curiosidad.
-¿Novia dije? Quise decir mi… mi…
-Déjalo así Hitoshi, fuiste bastante claro. Gracias por la respuesta. Adiós.
-¡No espera! No dije novia… ¡no le digas al abuelo o no me va a dejar en paz! —Hitoshi enloqueció del otro lado de la línea.

Takao no dijo nada y colgó mientras saboreaba esa sensación de tener un secreto con cual poder chantajear a otros. Pero también pensando en la respuesta de su hermano, aunque sus dos razones para odiar el fin de semana era algo que él no conocía aún en su vida, se oían bastante razonables.

Se echó en la cama mientras repasaba (hasta donde se acordaba) las respuestas de cada uno de sus conocidos a quienes les había hecho la pregunta, al parecer había más motivos para gustar de los días de escuela que para odiarlos.
-¡Takao, alguien te busca! —el abuelo gritó desde la puerta.

A pesar de su edad el viejito tenía potencia en los pulmones pues puso en alerta de inmediato al chico, —¡Ya voy! ¡sé más civilizado y ven hasta acá! —Takao gritó con la misma fuerza, dándose cuenta que estaba repitiendo el mismo papel se quedó callado y bajó a ver quién era.

De todas las posibles personas que pudieran buscarlo ese lunes a las cuatro de la tarde, Kai era sin duda la última, el mayor aparecía raramente, y casi siempre entre jueves y sábado.

-Takao, —Kai se acercó a él apenas lo vio en el pasillo.
-Kai, ¿qué haces aquí?

El otro le dio un ramo de flores blancas, su gesto era tan sorprendido como molesto el de Kai, y ninguno lo ocultó, era demasiado bizarro e incómodo que uno le estuviera dando flores al otro.

-Guarda silencio ¿sí?. —Dijo Kai de mala gana.
-Eh… bueno Kai, me halaga… pero no, —Takao no sabía cómo contener la risa.
-Sólo cállate, —le siseó con tal autoridad que el otro guardo silencio de inmediato, —no sé cómo demonios se enteró tu padre que iba a Kansai, y me pidió le comprara estas flores.
-Ups… —Takao sonrió de inmediato denotando toda su culpa, —quizá por alguna extraña razón a Daichi se le escapó.

-Seguro que sí, él no tiene la boca tan grande. Como sea, se las entregas… y procura no abrir la boca otra vez. Me voy… —miró su teléfono y gruñó, —voy tarde para las clases del día.
-¿Vas a la escuela en la tarde?

Kai lo miró medio con sorpresa, medio con molestia, —Todos saben eso, tengo trabajo en las empresas durante el día. —Se dio la vuelta listo a irse.
-Eh, espera, ¿no odias los días de escuela?

Kai se giró levemente, —Por supuesto que los odio, son los únicos días en que los socios quieren trabajar, en que hay que lidiar con empleados y con profesores, con compañeros molestos y clases absurdas. ¿Por qué no odiarlos?
Takao no cabía de alegría, al fin una respuesta afirmativa, —¡Lo sabía!

-Aunque, —Kai interrumpió con un tono pensativo, —son los únicos días que tengo para descansar, los fines de semana viajo mucho… y sólo de martes a jueves ceno con mi abuelo… —sacudió la cabeza y aceleró el paso.
-¡Gracias! Estas flores le encantaban a mamá, son para su tumba.

El mayor giró la cabeza y asintió, después sólo se perdió por la puerta de la propiedad, dejando a Takao tan pensativo como la primera vez. Tener en los días de escuela y trabajo las únicas horas de descaso era impensable, aunque al parecer algo probable, además… como con Hiromi, Max, Hitoshi, y él mismo, era cuando podía convivir con la familia (por más torcido que eso sonara viniendo de los Hiwatari)…

Había escuchado nueve razones para no odiar los días de escuela, bueno muchas razones pero viniendo de nueve personas distintas… ¿en verdad no eran tan malos esos días?

Ya muy noche, cuando se despedía de su papá, de su abuelo y Daichi para irse a dormir, Takao pensó un momento antes de quedarse completamente dormido. Sí, era un martirio despertar, bañarse, ir a la escuela, soportar las clases, hacer tarea para repetir el ciclo al día siguiente hasta el ansiado sábado de descanso…

Pero también entre semana era cuando el abuelo se esmeraba en la cocina, cuando había la mejor programación, cuando recibía a su papá después del trabajo, cuando Daichi se entretenía platicando sus actividades en clase, cuando podía ir al cine y no pagar los exagerados precios de sábado y domingo…

Se dio cuenta con sorpresa, que con las suyas, ya tenía diez razones para no odiarlos… eran un dolor en el trasero sí, pero no eran tan malos.

8.9.10

GULAG / Не ГУЛАГ II

Julia quería salir huyendo de ahí, por extraño que pareciera, ése no era su ambiente.

Las bocinas hacían vibrar los vidrios y las puertas, al igual que los tímpanos de todos pero sólo a algunos parecía molestarles. La española entre ellos.

-¡Ven a bailar! —gritó Mao en medio de un círculo con otras chicas y algunos chicos bailando con el ritmo que las las bocinas escupían.

Ella negó por enésima vez, pero esta vez la alcoholizada china no se conformó, se separó del grupo y se acercó a la silla donde Julia se había refugiado desde que llegaron a esa fiesta. Aunque trató de alejarla y zafarse de la invitación, Mao la tomó con firmeza de la mano y la puso de pie, Hiromi no perdió tiempo, apareció detrás de ella y la empujó insistentemente a la pista de baile.

Julia se sacudió del agarre de las dos chicas, los demás esperando empezaron a llamarla y aplaudir animándola, contrario a lo que solía pasar, Julia no se quitó sus inhibiciones ni se unió a la masa que bailaba. Se detuvo en seco, haciendo que Mao y Hiromi chocaran entre sí, sacudió ambos brazos y se hizo a un lado dejándoles el campo libre para que Takao y Max fueran a ayudarlas.

La fiesta tenía cuatro horas de haber comenzado, y Julia… tenía cuatro horas que quería irse, pero cada vez que se acercaba a la puerta con la intención de salir, alguien la veía con la más pura cara de súplica y que (muy extrañamente) conseguían detenerla. Max, Raúl, Hiromi, Rei, Daichi y Mathilda se habían acumulado en su lista.

Pero ya era suficiente, el alcohol había hecho estragos con todos los invitados que quedaban. Afortunadamente la casa de Max era el lugar ideal para una fiesta de amigos, donde ninguno pasaba ningún riesgo, desde ser asaltado por desconocidos hasta correr el riesgo de tener una congestión alcohólica. Los desmanes que había presenciado esa noche afirmaban y confirmaban su disgusto por esa clase de reuniones; ver a Rick bailando apasionadamente con Michael, la cara a punto de vomitar de Emily (y verla vomitar), las declaraciones bastante vergonzosas de Daichi y Eddie… era incomprensible.

Julia se dirigió a la puerta, la abrió y dio unos pasos afuera, sin saber a dónde iba pero decidida a no quedarse ahí, quizá si corría con suerte encontraría como llegar al dojo de Takao y le pediría al abuelo Kinomiya que le permitiera quedarse, estaba segura que Kai y/o Yuriy y/o Boris debían estar por ahí, esos tres sólo se habían aparecido unos cuantos minutos, asaltaron el área de botanas y bebidas y desaparecieron en instantes.

No pudo evitar preguntarse si esos tres se estarían emborrachando en el dojo Kinomiya, o cada uno tomó una botella y se perdió… si llegaba a la casa de Takao y encontraba tres rusos balbuceando sinsentido o sólo al abuelo, no le importaba, lo único que quería era dejar ese sitio.

-¿A dónde vas? ¡no seas amargada! —ahí estaba otra vez el llamado, la eterna cantaleta tachándola de alguna especie de ser antisocial o esperpento alienígena.
Sólo porque sus conceptos de fiesta divertida no eran las mismas.

-¡Julia, ven! —gritó Mao, que parecía ya se le había olvidado que apenas unos minutos atrás había sido la causante de una caída.
-¡Julia, Julia, Julia! —los llamados a coro de momentos sobrepasaban los alaridos de la música.

Pero Julia no cedió esta vez, llegó a la puerta y se encontró con una inesperada sorpresa: había un diluvio afuera. Con tanta música y estando todas las ventanas cerradas, ni siquiera se había percatado de eso. Se quedó de pie, el viento soplando con fuerza llevando la lluvia a sus pies, y quitándole casi todas las ganas de salir de ahí.

Volteó hacia la casa, la música se escuchaba más insoportable y los llamados a que se quedara más hartantes. Se encontró ante dos opciones:

Se iba y seguro pescaba una pulmonía.
Se quedaba y corría el riesgo de convertirse en una asesina de masas.

Bajó la vista, no solía hacer esa clase de locuras, casi siempre se abstenía de la locura de correr bajo la lluvia, prefería esperar a que disminuyera y entonces seguía su camino. De pronto la opción no se veía tan mala.

-¿Por qué dudas? ¿acaso tu peinado se arruinará? —escuchó una sarcástica pregunta al lado de la puerta.
Se giró asustada al saber que conocía la voz, —¿Qué quieres?

Boris, completamente empapado estaba sentado en las escaleras moviendo los pies, —Venía a buscar a alguno de mis compañeros, pero escuché a los demás. Creo que prefiero quedarme aquí, gracias.

Julia sonrió, —¿Venías por tus compañeros? Ivan se quedó dormido, Serguei baila con los demás… ¿dónde están los otros dos?
-Khui… su majestad se largó, dizque tenía una junta, —Boris imitó un modo aristócrata de hablar, —el idiota del pelirrojo se atascó con la botana y ahora habita el baño de los Kinomiya.

-¿Y tú qué? —Julia le dijo desdeñosamente al verlo ahí y en ese estado.
-Yo vine por compañía y alcohol.

-Pues no hay alcohol, el padre de Max lo guardó todo ya; ni compañía, tus amigos están perdidos allá adentro.
Boris bufó y la miró, —¿Y tú a dónde ibas?
-Muy lejos de aquí. —Respondió sin estar segura de sus palabras.
-No te culpo, sal y date un buen baño. Mil veces mejor que estar ahí adentro.

Julia miró directo a Boris, frunció el ceño y dio un paso adelante, cerró los ojos cuando el agua la cubrió. Estaba fría y caía con tal fuerza que hasta dolía un poco, notó a Boris poniéndose de pie junto a ella.

-¿No dije que era mejor?

Julia asintió, siguió con los ojos cerrados sintiendo cada gota de agua escurriéndose por su cuerpo, apretó los labios controlando los escalofríos tras el repentino cambio de temperatura. Los estruendos de la música se opacaban bajo el golpeteo de las gotas en sus oídos, los gritos y llamados de los demás habían desaparecido.

De pronto, los abrió de golpe, volteó a Boris y sonrió, —Yo soluciono tu problema. —Entró a la casa, Boris se asomó por la puerta, mudo de la repentina reacción. La vio pasar de largo delante del grupo que bailaba, meterse a la cocina de los Mizuhara tomar una botella y salir de nuevo, dejando a los pocos sobrios y medianamente ebrios en silencio.

Cerró la puerta detrás de ella, se plantó delante de Boris y le dio la botella, —Ahí está tu alcohol.

Boris la recibió y asintió torpemente, —¿Qué? ¿tú eres la compañía?
Julia rió, —No, pero puedo estar contigo un rato.

Boris asintió, bien sujeta la botella caminó al lado de Julia bajo la lluvia.
La española respiró hondamente mientras una enorme sonrisa se formaba en sus labios, tal vez ya no la volverían a presionar para quedarse en una fiesta donde no quería estar. Y si lo hacían, ¿Qué importaba?

Quedarse bajo la lluvia helada, de pronto ya no se veía tan mala opción.

17.8.10

Extranjero III

Canción: Sunny road
Canta: Emiliana Torrini
Disco: Fisherman's woman

3. Sunnyroad

¿Cuántos años han pasado desde que dejé de verlo?

Ya no lo recuerdo tan nítidamente como me gustaría, su rostro y su presencia en ocasiones cambian y se mezclan con los de otros que he conocido. Sólo su voz y ese acento siguen intactos en mis memorias.

Su cara ocasionalmente me asalta por las tardes cuando volteo a mi pared de recuerdos; la única foto que mantengo de él está entre mi viejo prometido y mi primer novio, admito que le he dado lugar entre los preferidos. No fue cualquiera; como pocos, dejó una buena memoria.

He cambiado mi vida en estos últimos años, dejé la agitada vida de nómada y opté por una más estable… estable en un sentido, aún viajo y mi agenda se divide por regiones, pero ya no es tan exigente como la de unos años atrás cuando lo frecuentaba a él.

Trabajo como reportera, corresponsal de un diario de mediana circulación en mi país natal, sigo con un pie en el avión y otro en tierra, pero mis periodos son más estables que antes.

Aunque mantengo aún cierta relación con ese pasado, frecuento a algunos amigos de esas épocas y lidio bien con los recuerdos. No he vuelto a saber nada concreto de Kai, debo suponer que aún es un nombre frecuente en las grandes ligas de los negocios, y quizá hasta haya alguna fundación con su apellido, evidentemente no por su iniciativa sino la de algún jefe de relaciones públicas.

No me cuesta creer que si tecleara ‘Kai Hiwatari’ en algún buscador, me aparecerían ligas con información relacionada a él; pero me he negado a hacerlo, de vez en cuando me asalta la curiosidad y la nostalgia, pero nunca a un nivel en que quiera desesperadamente saber de él. Además, es un hecho que no encontraré nada de su vida personal, sólo de sus negocios y sus asociaciones, y de eso la verdad no quiero saber ya nada.

Muchos años me moví en el circuito económico, y no me dejó muy buen sabor de boca. Ahora me dedico al periodismo cultural, aunque la mayor parte de mis notas son de corte político, no se puede tener todo en esta vida.

En este preciso momento me encuentro en los Países Bajos, en el DEAF (Deutch Electronic Arts Festival) que se realiza en Rótterdam cubriendo tanto como me es posible, es increíble todo lo que pueden hacer con un tanto de imaginación y otro de habilidad. Cinco días de locura digital.

Terminé mi redacción apenas hace una hora y he dejado mi habitación de hotel para pasear en este tercer día del festival. Camino por uno de los tantos centros de reunión, la fascinante arquitectura está por doquier… al igual que las masas de gente pendientes de las múltiples actividades del festival.

Es tarde pero las luces por todos lados le quitan el encanto a ciudad vieja que en definitiva Rótterdam no es. Hay una instalación y un performance en un parque cerca Boymans Van Beuningen. Me detengo a verlo aunque jamás ha sido mi fuerte este tipo de arte. Me detengo a tratar de entenderlo, una chica vestida de rojo y otra de azul, que se contorsionan en un escenario repleto de ramas secas mientras se proyectan escenas de un desierto sobre puestas sobre un fondo impreso de cielo… no, en definitiva no entiendo.

-¿Qué es eso? —se escucha una voz de mujer hablando en inglés, —la verdad no tengo ni idea de por qué nos trajiste aquí. —Ella se escucha molesta.
-¿No puedes callarte? —Otra voz le responde.
-¡Pero esto no tiene sentido!
La segunda voz bufa y maldice, —Puedes regresarte.
-¿Mamá, pasa algo? —un tono más infantil pregunta ahora en japonés.
-No pequeño, sólo comentaba con tu papá lo curioso que es esto. —La mujer, ahora en japonés, explica mintiendo. Evidentemente ese niño no habla inglés. —¿No es así?
-Seguro. —El hombre confirma, mintiendo también.

Por alguna extraña razón, siento conocida esa voz…

-¿Dónde está la proyección, mamá?
-Donde… buena pregunta, no sé ni qué estamos haciendo aquí, pregúntale a tu padre, él es de la idea de venir.

Trato de contener mi curiosidad para confirmar esa idea que se está formando en mi cabeza con más y más fuerza conforme esa voz sigue hablando. Me doy cuenta que algunos de los que están cerca de ellos voltean de momentos a verlos, en primera por lo raro que es oír japonés por aquí, y en segunda, porque están interrumpiendo la presentación.

Las rechiflas no se hacen esperar, aquí mi curiosidad ya no tiene lugar, y me giro… vaya sorpresa. La persona que había imaginado, la que menos esperaba ver aquí, que no planeaba volver a ver y que… no me desagrada del todo encontrarme, pero me perturba verlo así…

Kai… con su hijo y su esposa.

-¡Ya lárguense y dejen disfrutar! —grita un holandés.
-Guarda silencio, — Kai levanta la voz hacia el holandés, —¿ahora qué harás? —pregunta a la mujer.
-¡Maldición Kai! Es tu culpa por traernos aquí. ¿dónde rayos está ese cine?
-Ah… —se que me voy a maldecir por esto, —lo encontrarán tres cuadras hacia allá, pasando el banco cercano al parque. —Murmuro lentamente en japonés mirando al pequeño.
-¡Mamá, no está muy lejos!
-De acuerdo, si… gracias por el dato. Vámonos, esto no tiene sentido. —La mujer dice tomando la mano del niño y dirigiéndose a Kai.

Cierro los ojos un momento ante su falta de respuesta, ya debe haberme visto. Los abro poco a poco y le dirijo mi mirada; sí, me ha reconocido, esa pequeña elevación en sus cejas me dice todo. No se mueve.

El niño lo llama, Kai lo mira y asiente, —Si, ya voy.
Me da una última mirada sin dirigirme una palabra, el niño… su hijo, va y le toma la mano apresurándolo.

Sólo me quedo de pie, viéndolo alejarse con su familia.

Eso no lo esperaba.
¿Estoy triste? …no, tampoco me lamento haberlo encontrado… sólo hay algo de incomodidad, de eso si estoy bien segura.

Me quedo otras horas caminando por ahí, su recuerdo termina molestándome el resto de la noche, no me gusta admitirlo pero me dio una impresión más duradera que no me deja en paz. Compro un helado y voy a sentarme en el parque a dejar mi cabeza como estaba, como estaba antes de que la imagen de Kai Hiwatari, con esposa e hijo, apareciera en mi día.

El retumbar de fuegos artificiales acompañados de rayos láser cubren el cielo nocturno de Rótterdam, mientras las fachadas de algunos de sus edificios más altos despliegan imágenes digitales multicolores. Un espectáculo definitivamente extraordinario, y al fin él deja de ocupar mi mente mientras se ocupa en preguntarse cómo es que hacen todos esos prodigios.

Camino hasta un área abierta para poder visualizar mejor el espectáculo, y entonces… pasa lo que menos quiero que pase.

Kai y su familia están en un extremo del mismo sitio que yo, puedo evitar verlos pero no oírlos… y se nota que están discutiendo otra vez.

-¡Haz como quieras! A la otra… si hay otra, yo elijo a donde vamos. —La voz de la mujer sobresale sobre la calmada de Kai y se aleja.

Es el momento para emprender la retirada, demonios, ¿qué diablos es lo que estoy haciendo? Como si tuviera miedo de confrontarme con Kai… bueno, si hay algo de incomodidad y nerviosismo, y aprecio por mejor no hacerlo. Emprendo la valiente retirada entre su discusión, sé que lo mejor es buscar un lugar lejos de ahí, ante todo por mi tranquilidad.

Jamás creí que diría esto, pero no sé que voy a hacer si lo veo de frente… agh, mejor dejo de pensar en eso y me concentro en el sitio al que debo ir, de acuerdo al folleto de actividades hay una proyección multimedia a pocas cuadras de aquí. Debe estar bueno si es producción japonesa, quizá hasta se me olvide por un rato.

Son casi las once de la noche, recién acabó el espectáculo y toda la congregación de espectadores se disuelve, supongo que es hora de ir a dormir. Tengo una entrevista con dos artistas alemanes muy temprano y creo que quiero descansar, el grupo presentándose en uno de los parques principales no es de mi agrado, así que mejor trataré de dormir un poco.

Voy de regreso al hotel, un trayecto algo largo considerando que mi editor no me dará jamás para un hotel céntrico. Comienzo mi camino, muchos minutos después casi siendo una hora estoy llegando al Erasmusbrug, iluminado impresionantemente por tantas luces y rayos láser. Llegando a la estación Wilhelminaplein me encuentro con un bohemio ejecutante de saxofón, sus tonadas me detienen un rato a contemplarlo…
Después de la tercera pieza, sé que es momento de irme y cuando me giro… los mismos ojos apáticos que me gustaba ver antes, me miran con un pequeña parte de la misma sorpresa que yo siento.

-Así que aquí estás. —Su tono es tan seco como siempre, pero siento un poco de cansancio en su voz, cosa que antes no tenía.
-Ey… no pensé que te volvería a ver. —Digo refiriéndome a tantas cosas.
-Pensé lo mismo.

Se queda parado mirando la columna del puente que se ve desde aquí, voltea un poco hacia mí y sin decir nada empezamos a caminar juntos. El sueño se ha ido de pronto y siento un curioso cosquilleo en mi interior, regresamos al puente Erasmusbrug, lo cruzamos como si tuviéramos la intención de regresar del otro lado de la ciudad. Mi hotel está en el otro extremo, el suyo quizá del lado opuesto, pero en este momento no importa. Como si fueran los viejos tiempos, los dos estamos conformes con nuestro silencio y nuestra compañía, quizá no hay sentimiento pero hay cierto consuelo en ver al otro con nosotros.

Sin embargo, hemos cambiado un poco, lo noto a él más abrumado y yo soy menos paciente, —¿Visitas el festival?
-Si, pensé que sería buena idea. ¿Igual tú?
-En parte, estoy trabajando en un artículo, pero estoy hallándole gusto. —Admito tras volver a caminar sobre el puente aún con el espectáculo de luces.
-Es un arte excepcional, —Kai me da la razón levantando la vista, —y, —hace una pausa viéndome de reojo, —¿hay quién pague por lo que escribes?
-Tonto, —le doy un pequeño codazo, —para que te enteres no soy mala para eso. Aunque el cine es mi fuerte.

Lo escucho sonreír y volteo a otro lado por miedo a que ver esa sonrisa me haga hacer algo que no quisiera hacer… o sentir, —Me alegro que lo hayas hecho.

No soporto por mucho tiempo, me giro hacia su cara y me encuentro con la sonrisa, pero no tan espontánea como me gustaba verla… sino que ésta es como resignada, aunque me hace sentir bien. —Si, me decidí hace unos cinco años, tenía suficiente ahorrado para estudiar comunicaciones. —Explico, ya antes le había contado que quería dedicarme a otra cosa fuera del área de intérpretes.

Caminamos otro rato, nos detenemos a la mitad del puente y volteamos hacia el agua. Intercambiamos impresiones de los eventos a los que hemos asistido, sorprendentemente hemos coincidido en al menos cuatro, pero hemos tenido la (buena o mala) suerte de no vernos, hasta ese momento. Cuando se acaba el tema del DEAF, rondamos tópicos al azar hasta que nos quedamos de frente con la vida de cada uno, de saber cuánto hemos cambiado en estos… cerca de cinco años que han pasado desde que nos vimos por última vez.

-Todo va de mal en peor. —Kai lanza una piedra al río.
-Que curioso, sé que así es pero creo que no todo está tan mal… —pienso en voz alta, —te casaste, tienes un hijo… ¿no? Pero… —siento que estoy metiéndome en un territorio minado, —no te va bien, ¿verdad?
-Ya lo viste, ¿qué hay que explicar?
-Nada, supongo que nada, ¿cómo se llama tu hijo?
-Gou, tiene cuatro años.
-Es idéntico a ti, —sonrío.

-Nah, hace mucho que dejé de parecerme a él. —Murmura luego me ve, —¿Y los tres hijos que tendrías, tu casa en Nicaragua y tu esposo europeo? —dice sarcásticamente, burlándose levemente de lo que pensaba podía ser mi vida realizada.
-Los niños no llegaron, no he podido visitar Centroamérica, y el esposo europeo… ni siquiera lo he conocido. Nada es como decíamos en esos años, ¿verdad?
-No todo, haces lo que querías, he llegado casi hasta donde quería.

-¿Conseguiste la fusión? —pregunto incrédula, había dicho que quería una fusión con una empresa de comunicaciones, quería ampliar su oferta en la región europea del este y del norte.
-¿En dónde has estado viviendo? No sólo la fusión, tengo la totalidad del mercado en la región. —Sonríe brevemente, —Esa noticia fue primera plana hace dos años.
-Sabes lo mala que soy para entender de finanzas y economía, pero me alegro por ti. Has de estar orgulloso.
-No es mi principal fuente de orgullo.

Ese cosquilleo se incrementa, aprieto con fuerza el barandal del puente, —Tu hijo debe serlo. —No tengo niños, pero supongo que eso debe ser.
-Si así lo quieres poner, —vuelve a hacer una pausa mientras suspira, —¿te das cuenta que hicimos lo que el otro quería hacer?

Me detengo a pensar antes de replicar, tiene razón… mi meta nunca ha sido el matrimonio, pero lo tenía bien claro que es algo que quería hacer en poco años, él sabía que tenía que pasarle pero no pretendía que fuera pronto, quería viajar y hacer más sin tener que crear familia.

-Yo soy la trotamundos, tú el hombre de familia. Tienes razón. —Sonrío, pero vuelvo a razonar, —Aunque al parecer, no nos ha funcionado del todo.
-Un matrimonio casi obligado, no puede tener gran éxito.
-¿Te obligaron? Eso no suena a ti, ¿qué pasó? —no puedo creer lo que estoy diciendo.
-¿Obligarme? ¿crees que acataría órdenes de alguien más? —pregunta irónico, —aunque terminé cediendo ante presiones de todo tipo. —Admite después de un rato.

Pero claro que no me voy a atrever a preguntarle si la quiere o en qué clase de etapa se encuentra su relación, además no es muy difícil de adivinar. —Supongo que la sociedad exige mucho. —Río sabiendo que es el único modo de tocar el tema con él sin que parezca que me estoy metiendo en su vida.

-¿Y qué exige de tí? Una solterona vagabunda.
-¡Ey, vámonos tratando con más cuidado! —Le espeto, ya olvidaba que él no tiene todo ese tacto que yo trato de tener. —He tenido una vida… provechosa, mi viejo prometido lo supo bien, tal vez por eso rompió el compromiso. —Digo entre explicación y recuerdo.

-Eso explica bastante. —Mira su celular y gruñe molesto, —¿Vas de regreso a tu hotel?
-Si, la verdad el concierto que está no me llama la atención, mañana tengo que hacer una entrevista. No tenía más que hacer. ¿Tú vienes de tu hotel?
-Necesitaba un tiempo solo, esta semana ha sido terrible.

Nos miramos unos segundos, es bastante claro que ni él ni yo teníamos la intención de encontrarnos, buena o mala suerte, coincidimos primero en ese parque y luego frente a ese saxofonista. Románticamente diría que fue destino, pero nunca antes pasó nada de eso, ahora menos iba a pasar.

Él es el primero en romper el contacto ocular, se sienta precariamente en la orilla del puente, balanceando las piernas mientras mira hacia arriba. Siento un pequeño escalofrío recorrerme al verlo hacer eso, pero ya antes lo he visto ser mucho más imprudente sin que haya consecuencias. Yo apoyo los codos en la orilla del puente y también levanto la mirada. El espectáculo de luces ha cesado, la pequeña luna lanza luz que ni siquiera compite con las de la ciudad.

Ya no decimos nada, sin planearlo termino apoyando mi hombro contra su cuerpo y mi cabeza, él pone su mano izquierda sobre aquél hombro. Desde aquí se ven las luces del escenario donde se realiza el concierto, hasta se escucha un poco; ey, esa la conozco, empiezo a tararearla y él a mover los dedos rítmicamente sobre mi hombro. Sonrío contenta de saber que se siente como yo me siento.

En confianza.

El sonido de su teléfono rompe el encanto del momento, mientras él lo ve yo aprovecho para revisar mi reloj, pasa de la una de la mañana. Todavía pierdo la noción del tiempo cuando estoy con él, muy a pesar de los años que han pasado sin habernos hablado siquiera.

Vuelve a poner los pies en el piso, guarda su teléfono y me mira; sin palabras estoy segura de qué es lo quiere decirme.

Se va.

Creo que también es buen momento de irme, debo dormir aunque un poco.

Asiento mientras le estrecho la mano, y sin pensarlo, me inclino al frente dándole un beso fugaz; él lo devuelve torpemente al ser tomado por sorpresa, pero no me rechaza. Terminado, él sólo se da la vuelta.

Adelanto unos pasos y me pongo delante de él, —Por si quieres tener en tu equipo a la mejor reportera del mundo, o si te metes en un lío… si las cosas no funcionan como quieres… o… si sólo quieres hablar, o no hablar. —Le doy una tarjeta con mis datos, no estoy del todo consciente qué implicaciones pueda él percibir, o qué intenciones tengo yo, pero es lo único que tengo en la cabeza.

-Quizá algún día necesite quien limpie mi casa.
-Muy gracioso Kai, muy gracioso. Que todo salga bien, y si no lo hace, que termine de un modo en que deje a todos satisfechos.
-Lo que deba ser. —Sonríe y empieza a caminar otra vez.
-Que sea —le digo y me alejo en dirección opuesta.

Cada uno va a los puntos opuestos del puente, cuando estoy llegando a la orilla un mensaje llega a mi teléfono: ‘No hagas muchas tonterías’… ése es Kai.
‘Tú tampoco’ le mando en respuesta.

(…)

Así es como acabamos una segunda vez… si acaso él termina su matrimonio infeliz, o conozco a alguien o lo que sea que decidamos hacer, puede que nos volvamos a ver.

Han pasado algunos meses desde entonces, me han dejado de corresponsal casi permanente en Nicaragua, al menos ya estoy en Centroamérica, tengo una relación medianamente estable con un chico de la zona, estoy pensando comprar casa por aquí.

Seguí absteniéndome de buscar información de Kai, aunque en ocasiones me he encontrado con su apellido mientras veo el noticiero, no he vuelto a saber mucho de él por estos medios. Sólo por breves mensajes de texto, cuando algo muy bueno o muy malo pasa, nos enviamos esos mensajes.

(…)

Hoy me siento bien, el clima caluroso del Caribe me tiene de muy buen humor, hay un viento fresco que anima el ambiente y da un escenario único al mar. Estoy recostada en una hamaca; me estoy tomando unos días de descanso, del trabajo, de mi relación, de mi comunicación con el mundo, de… la vida de todos los días.

Tomo el teléfono, no hay una razón especial o particular para hacerlo, pero estoy escribiendo un mensaje por el puro gusto de hacerlo. Quizá no me responda, quizá lo haga con evasivas o un mensaje similar, tal vez venga… no tengo prisa.

Envío un mensaje breve, nadie más podría entenderlo… sólo él.

Now come and meet me. On the sunny road

---------:::::::::::-----------

Saludos!
Está completa... un Kai quizá muy fuera de su canon, hasta diría que 'ideal' pero salió así, y así era como lo necesitaba para esta historia. Meloso y ñoño... lo siento, aunque creo que no me desagradó tanto, ojalá a ti tampoco.
Mil disculpas por la tardanza, ya estoy regresando levemente a ritmo; aproveché para acabarlo antes de que se me vuelva a ir todo.
Ojalá te haya gustado.
...
Y bueno, dejo el tema de los regalos por un rato... casi ha sido lo último que he estado haciendo el último año. Ya veré que sale.

16.7.10

Extranjero II

Canción: Weird friendless kid
Canta: Emiliana Torrini
Disco: Rarities

2. Weird friendless kid

Había muchas cosas que me gustaban de Kai: lo ácido de sus críticas, su humor negro, su mirada apática que ocultaba su interés por las cosas… pero sin duda, lo que más me gustaba (y que después supe fue lo que motivó mi curiosidad por acercarme): era su acento.

Como le dije, no podía descifrarlo, siendo lingüista tengo cierta facilidad para definir idiomas y orígenes, aunque había algunas que se me complicaban bastante… solía acertar, pero con él no pude, apenas conseguía definir uno cuando aparecía otro.

Era como si sus pies no supieran ni que tierra pisaban.

No era un políglota, parecía dominar tres, se daba a entender en dos y conseguía decir lo básico en otras dos. En eso podía jactarme que le ganaba al dominar cuatro idiomas, y defenderme bien con otros, pero ni así conseguí definirlo. De momento sacaba palabras ajenas al idioma que usaba, entonaba de distintas formas y limitaba el sonido vocal de algunas letras.

Jamás supe si lo hacía adrede o de verdad, la mezcla de palabras, significados, intenciones, entonaciones y toda la maraña de situaciones que envuelve la cuestión lingüística llegaban a ser demasiado para él y su siempre ocupada mente.

Lo que fuera, sólo tenía dos palabras para eso: Me encantaba.

Nuestro primer encuentro había terminado demasiado vergonzoso para mí al haber hecho una insinuación sexual que al parecer no había cruzado por su mente, y pensé que así iba a quedar, al menos el embarazoso momento iba a quedar en mi mente para el recuerdo; pero apenas mes y medio después volvimos a encontrarnos en una conferencia parte de un forum internacional.

Ahí fue donde supe quien era (parcialmente) Kai Hiwatari, de haber sabido con anticipación la clase de calibre que tenía en el ámbito de negocios… juro que no me hubiera ni atrevido a dirigirle la palabra, mucho menos hacer (y decir)… todo lo que hice (y dije), pero las cosas sucedieron del modo en que lo hicieron y él era de un modo tan distinto, que (no como otros socios de mi jefe que había conocido) me dirigió la mirada directamente y la palabra sin hacer referencia siquiera al vergonzoso suceso pasado.

Respondí como idiota, completamente apabullada por la atención que se dirigió a mi (mejor dicho a él). Me saludó brevemente e hizo un comentario burlón de la decoración tan mundana, después uno extrañado de mi falta de respuesta, finalmente, cuando alguien lo llamó.

-Será cuando acabe.-

Afortunadamente las miradas se fueron con él, pude girarme a gusto y hundirme en mi sonrojo que pasó sin notar por mi ya enrojecida cara por las altas temperaturas (nunca le han sentado bien a mi cara). Mi amiga sólo sonrió y levantaba de nuevo ambos pulgares.

Me hubiera quedado a gusto en ese rincón pero tenía que trabajar. Me apresuré a llegar con la comitiva de mi jefe y estar alerta por si requerían mis servicios, mi jefe estaba en segunda fila, yo y el resto de los intérpretes en un área especialmente diseñada que daba debajo del panel de presentadores. Lugar desde donde tenía vista privilegiada, Kai en primera fila.

Esa fue la primera vez de muchas, en las que nos encontramos, intercambiamos una que otra palabra, uno que otro trago y… una que otra habitación de hotel (o no).
Se ajustaba bastante bien para ambos reunirnos para deshacernos de las frustraciones y enojos de toda clase que acaecían con las reuniones, foros, juntas, negociaciones, congresos, fiestas, cenas, y demás clase de evento relacionado a la rama empresarial donde Kai se veía invitado y yo tenía que asistir en apoyo a mi jefe.

Cuando la compañía de mi jefe comenzó a quedarse atrás por cuestión de la crisis, las salidas terminaron y al poco tiempo vino el cese de muchos puestos; entre esos el mío. No me animé a informarle a Kai, con lo poco que lo había conocido estaba segura que no iba a hacer nada, y no porque fuera un maldito indiferente (aunque algo había de eso), pero él creía firmemente que cada uno debía obtener lo que quería por méritos propios, sin ayuda.

Afortunadamente conseguí trabajo unos meses después con una burócrata del departamento de economía de mi país, así que estaba de regreso en el círculo. Fue hasta la primera reunión del G-20 que me di cuenta cuánto deseaba verlo. Fue una comprensión que me dio miedo, casi estaba segura que estaba muy lejos de lo que Kai y yo pudiésemos haber llegado a tener… si acaso algo llegó a haber.

Fue un reencuentro frío (y esa palabra se queda corta), pero bastante significativo para mí. La sorpresa al verme, en verdad se reflejó en su cara, no me dirigió ni una sola palabra pero eso me fue suficiente. Ya terminadas las actividades, saldamos las palabras que no habían sido dichas.

No era mi ideal de una lejana (muy, muy lejana) ‘relación’, pero me gustaban bastante esa clase de encuentros, aunque eran más esporádicos hubo más de tres ocasiones en que se saltó sus compromisos y yo mis obligaciones, subíamos a la azotea del edificio y fumábamos, intercambiábamos una que otra palabra o el silencio que parecía ser tan necesario para él.

Pasamos a una segunda fase donde hablábamos sobre dónde íbamos a estar y hacíamos concordar un punto medio, sé que al menos un par de ocasiones él forzó sus planes para quedarse cerca de donde estaba, y hubo otras tantas donde yo mentía y me presentaba sin tener realmente nada que hacer ahí.

No preguntó nada de mi vida, yo lo hice una sola vez pero fue tan clara su inconsciente negativa que no volví a hacerlo. No sabía de él nada más que lo que se sabía en los círculos de negocios, su vida privada era casi una tumba que nadie siquiera sabía dónde se ubicaba.
Era como un ente ajeno a todo, ni en las dos fiestas de negocios donde tuve la suerte de estar como asistente personal de mi nueva jefa; donde se suponía la cuestión no era tan rígida y se permitía romper el tieso protocolo, él era lejano a todo.

En una ocasión, casi diez meses después del primer encuentro en ese aeropuerto cerrado, durante un Foro Internacional en Japón abruptamente cancelado fue que conocí otra fase más. Una que nadie (que yo conociera hasta entonces) había visto siquiera.

Siempre había querido conocer el país nipón, pero las giras de mis jefes jamás nos habían llevado ni remotamente cerca hasta esa desafortunada vez, creí que partiríamos la tarde del mismo día que llegamos al saber la cancelación del evento.
Afortunadamente mi jefa era mucho más comprensiva que mi antiguo jefe (y ciertamente más relajada y holgazana), permitió que todo el staff que le acompañaba nos tomáramos cuatro días para conocer, ella se limitó a decir ‘nos vemos aquí el lunes a las seis’.

Ya me había encontrado con Kai, y cuando iba a buscarlo para contarle la buena nueva lo encontré en una de las muchas entradas con dos chicos, no pude evitar sorprenderme. Me acerqué lentamente y decidí esperar, guardando distancia esperando por él.

-¡Vamos Kai! Sabemos que esto quedó cancelado, no tienes más planes, ¿a dónde vas a ir?- uno moreno de cabello negro (japonés por los rasgos) le decía dándole palmadas amistosas en la espalda.
-Si no pensabas ir, no nos hubieras dicho que venías.- Otro de cabello negro y largo sentenciaba serenamente.

Kai se veía incómodo del contacto, para esas alturas sabía que detesta casi toda clase de contacto físico, pero tampoco se veía muy dispuesto a alejarlos. Ésos eran sus… ah, amigos por nombrarlos de un modo. Tiempo después sabría que eran más que conocidos, pero no eran sus amigos en la categoría que yo y muchos tenemos.

Los dos se giraron hacia mí cuando Kai me notó y obviamente me reconoció, el moreno torció un poco la cabeza y preguntó sin mucha discreción.

-¿Quién es ésa? ¿la conoces?-
El de cabello largo me miró directamente un momento, tomó al otro por el hombro y lo retiró del lado de Kai. –Vamos por el taxi, Takao.-
El hombre llamado Takao se alejó de mala gana no dejando de darme miradas extrañadas; me acerqué casi tímidamente cuando noté que Kai estaba disgustado. Me miró de reojo y bajó la cabeza suspirando.
-No me dejarán en paz si no vas.- Dijo de pronto, casi forzando las palabras.

-Bueno, no voy si no quieres que vaya.- No tenía la más remota idea de a dónde había que ir, pero aunque en verdad quería ir (aún sin saber adónde) tenía que respetar los ‘términos’ que sin querer habíamos fijado.
-Ese es el problema.- Dijo como resolución, y movió un poco la cabeza. –Vamos.-
Empezó a caminar hacia el taxi donde los otros dos esperaban.

-¡Oye, pero mis cosas todavía están en el lobby!- exclamé de pronto, no quería perder mi equipaje si iba a estar cuatro días ahí.
-Regresarás cuando sepas llegar.-

Sí, así era Kai. No diría ‘te traigo después’ o ‘venimos después’, sino que yo tendría que regresar. Lo pensé un solo instante, sabía medianamente japonés, no era persona desorientada y… quería ir. Así que después de razonarlo con mi mente precavida, subí al taxi en la parte de atrás con los otros mientras Kai ya había ocupado el asiento delantero, él no iría atrás… o no, Kai no.

Fue un trayecto largo, cerca de cuarenta minutos; notaba de reojo la mirada de ‘Takao’ sobre mí, el otro no se veía tan ávido de verme. Ninguno hablaba y salvo por Takao o yo, nadie parecía notar el incómodo silencio.

-Soy Rei, él mi amigo Takao. Mucho gusto.- Dijo finalmente el de cabello largo… Rei.
Tomé animosamente la mano que me extendía al igual que la de Takao que al fin parecía verse más amistoso y menos curioso, les di mi nombre y esperé que bastara con eso. Ellos preguntaron de mi país de origen, a qué me dedicaba y si también asistía al foro cancelado. Contesté todas sus preguntas de muy buena voluntad, ellos también se presentaron y me contaron que íbamos a la fiesta de una amiga común de ellos en la casa de Takao.

Ninguno preguntó de mi conexión con Kai.

Llegamos a una casa que yo diría era tradicional, aunque había estudiado los idiomas carecía de conocimiento general de la cultura de cada país. Así que lo asumí por las películas que había visto de Japón.

-Bienvenida al Dojo Kinomiya.- Takao me dijo alegremente.

Agradecí e hice algunas preguntas para entender lo básico qué era un dojo, y cómo ese ‘dojo’ podía ser una casa. Una vez explicada, tuvo sentido y me sentí más tranquila. Takao tiraba de mi brazo, Rei caminaba a mi lado y Kai venía detrás.
Al entrar, me di cuenta que la fiesta (en general) no tenía nada de distinto a las que había visto celebrarse en mi país, comida, música, bebida e invitados. Los cuales saludaron gritando al vernos llegar, las exclamaciones y los gestos de bienvenida se tornaron confundidos cuando repararon en mí.

Un pelirrojo chaparrito, un rubio pecoso y una chica de cabello café se acercaron para saludar a Kai (sin ocultar su sorpresa de verlo asistir) y preguntar por mí.
-Es una conocida,- Kai habló finalmente.

Los otros se presentaron, el más pequeño como Daichi, el rubio como Max y la mujer como Hiromi, al parecer era ella la festejada. Me invitaron a pasar y disfrutar de la fiesta, fue una situación divertida e interesante; el hecho de que no hubieran hecho pícaras insinuaciones resultó perturbador. Era como si todos ellos ya supieran bien que clase de cosas se permitían con Kai, y cuales estaban fuera de discusión.

Mientras la fiesta se llevaba, entablé una conversación con Max que resultó ser Estadunidense y me contó algunas cosas de los años que llevaban conociéndose. Rei se unió a la plática poco después, luego siguió Takao, era fascinante escuchar sus anécdotas y al parecer les resultaba igual de interesantes que les hablara de mi país y mi cultura, decían que nunca habían pisado Sudamérica.

Cuando la música comenzó, Max me invitó a bailar y acepté no muy gustosa pero quería responder a su hospitalidad, fue cuando busqué por Kai después de casi hora y media que llevaba ahí. No me sorprendió verlo en una esquina con su bebida, ignorante al festejo a su alrededor, lo que si no dejó de interesarme fue el hecho de que ya ninguno de sus más allegados conocidos lo incluían en las actividades.

-Me preguntaba si aún seguías aquí. ¿No eres de fiestas verdad?- le pregunté sarcásticamente.
Me miró sin molestia, sonrió enigmáticamente, -¿Aún está abierto el centro de convenciones?-

Me congelé con su frase, quise maldecirlo pero mi equipaje esperaba por mí. Me acerqué a Takao y me disculpé pidiendo su dirección para saber a donde regresar después de ir a recoger mis cosas.

El muchacho se mostró confundido. –Ya sabía que ese bastardo no había cambiado, le pediré a Rei que vaya contigo.-
-¡No, espera! ¡yo puedo regres…!- no me dio tiempo de terminar.

Ya le había dicho a Rei y él aceptaba sin molestarse, me convenció que no era molestia y que podíamos ir sin problema. Me invitó a seguirlo hasta el auto de Max, quien le dio las llaves de inmediato, asintiendo hacia mí como para mostrarme que no tenía conflicto.

-¿Vamos?- preguntó ya en la entrada de la casa.
-Si, gracias.-

Abordamos un bonito compacto de color azul. Rei condujo con calma, yo estaba hecha un manojo de nervios por el temor de encontrar cerrado y por la enorme molestia que estaba provocando; aunque Rei se veía tan natural como lo vi desde la primera vez, no dejaba de atormentarme pensando que lo había sacado de la fiesta y lo había obligado a llevarme, siendo que ni me conocía y sólo porque Kai no tenía la atención de apoyarme se veía arrastrado conmigo.

-No te golpees,- Rei dijo mirándome por un momento por el retrovisor, -no es ninguna molestia. Eres una conocida de Kai, el hecho de que te haya llevado a la fiesta quiere decir que te considera. Así que no creo que seas una mentirosa en potencia.- Dijo riendo.

-¿Qué quieres decir?-
Rei volvió a sonreír, -La poca gente alrededor de Kai está bien escogida, puede que haya algún asesino por ahí- sonrió aún más, -pero, aunque no lo parezca, tiene buen ojo para las personas.-

-No creo saber de qué me estás hablando. Él no es una persona social.- Confesé sabiendo que tenía confidencialidad con Rei, era peculiar pero su personalidad invitaba a tenerle confianza.

-Eso es cierto, Kai no tiene amigos aquí en Japón, y casi en cualquier parte del mundo.- Dijo de momento, justo cuando detenía el auto y me señalaba que habíamos llegado.

Tuve que apresurarme a ir por mis cosas, no tardé mucho pero se me hizo mucho tiempo pues estaba ansiosa de que Rei me explicara esas palabras. Mi maleta no era pesada, mi bolsa de viaje tampoco estorbaba mucho; regresé pronto al vehículo de Max, Rei me ayudó a subir mi equipaje y regresamos a la casa de Takao.

-¿Qué querías decir cuando dijiste que Kai no tiene amigos aquí? ¿no son ustedes sus amigos?- pregunté.
-No, no lo somos. No en el sentido en que tú y yo consideramos a los amigos. Dicen que del grupo soy la persona más cercana a Kai, y así, puedo decirte que no sé lo que Kai considere a un amigo.-
-Eso no tiene sentido.-
-Si, lo sé, pero dudo que haya alguien que lo entienda por completo. Pero no nos importa, uno aprende a adaptarse a él.-
-¿Adaptarse?- dije pensativa, ya había dicho que era imposible definir a Kai. Pero no me había dado cuenta que al final, él no había cambiado a la primera vez que lo conocí, sino que cada uno se adaptó sin cambiar.
-Tú tampoco eres su amiga, - Finalizó justo cuando íbamos llegando. –Si acaso te preguntas la clase de persona que tienes que ser para que los demás crean que eres su amiga. Espera a conocer a los rusos.-

Regresamos a la fiesta, me quedé hasta entrada la tarde y seguí comprobando las palabras de Rei. Ninguno apuró a Kai a unírseles en la celebración, se pasaban unos ratos con él o lo mantenían contento alejando a toda la gente del rincón donde él se había parapetado. Pero que curioso grupo.

Volví a convivir con todos ellos una ocasión más, con Max otras dos y con Rei otra; admito que me gustó esa extraña faceta de Kai… una más amable de la del frío hombre de negocios, todas ellas fueron mera casualidad del lugar donde nos encontrábamos y que ellos tal vez estaban por ahí.

Yo misma hice un poco por estrechar ese torcido lazo que habíamos creado, lo invité a tomar parte en algunas fiestas familiares, cosa a la que él rotundamente se negó. Salvo por un par de ocasiones donde le tendí una trampa, y claro, no inmiscuí mi cuestión familiar sino algo de amigos. Eso fue lo más que él quiso saber de mi. Jamás volví a mencionar algo de su familia.

Entre esos viajes, hubo un encuentro inesperado en Rusia. Conocí a las otras personas que Rei me mencionó, a las que nadie que yo conozca querría siquiera acercase, mucho menos trabar amistad. Pero vamos, Kai no era como nadie que hubiera conocido, y justo él era del tipo que se relacionaba con sujetos comos los dos rusos que tuve la suerte o infortunio de conocer.

Yuriy y Boris me hicieron ver una cara casi diametralmente opuesta de Kai.
Aparecieron una mañana en la habitación de Kai, yo llamaba a la puerta y un hombre de extraño cabello me abrió, me miró de arriba abajo despectivamente y llamó hacia adentro, —¿Quién pidió una mujerzuela?- preguntó.

Escuché una risotada de alguien que no conocía, y la voz calmada de Kai, —Déjala pasar, y quítate de la puerta. Van a creer que doy alojo a vagabundos.

El hombre que abrió me sorprendió por la cantidad de obscenidades que salieron de su boca, en ese entonces sabía poco ruso pero estaba bien versada en malas palabras gracias a un colega. Me paré en la entrada, dudando ante la escena, el de cabello claro se tiraba en un sillón donde un pelirrojo ya estaba, le daba una botella y se burlaba de él.

-Idiota, ¿no ves que es la noviecita de Kai? —dijo entre risas, y miró luego a Kai, —aunque aquí entre nosotros, Kai… tienes pésimos gustos.
Regularmente no me quedo callada cuando me ofenden, suelo contestar con las mismas malas palabras y ofensas que aquellos que me las dirigen pero… ante ellos, no pude, me quedé petrificada, no sé si por miedo o sorpresa de ver esa clase de personas en la habitación de Kai.

-¿Cómo sabes que es su novia? Hiwatari no tiene eso, ¿no será la camarera?
-Vete al diablo idiota, —las palabras salieron sin pensarlas, me habían impresionado pero no me iba a quedar callada.

Los dos me miraron algo sorprendidos, el primer hombre levantó su botella y me la dirigió, —Tienes carácter, dieboshka, me agradas.

Kai los ignoró, se acercó a la mesa junto a la puerta cerca de donde estaba y me miró de reojo unos segundos, abrió la puerta y salió. No me tomó mucho tiempo entender su mirada y salir con él.

Cuando regresamos, ellos seguían ahí. De hecho, parecía que no nos habíamos tardado cinco horas, los dos estaban en el sillón y brincaban de canales en la televisión continuamente, lo único que parecía haber variado era la cantidad de botellas de cerveza en el piso. Me senté en una silla cerca de la sala, Kai entró a su cuarto a deshacerse del abrigo y la corbata que tuvo que vestir en su reunión, quedé en silencio tratando de entender el programa que parecían haberse decidido a ver.

-Iré por comida, —Kai dijo de pronto, saliendo de su habitación y dirigiéndose a la salida.

No me dio ni tiempo de decir ‘voy contigo’, ya había cerrado la puerta dejándonos sin preguntar el porqué se había ido así. A él nunca le ha gustado el servicio a la habitación. Pasaron casi veinte minutos, yo estaba entretenida en el programa, afortunadamente Kai ya me había explicado quién era cada uno. Yuriy se veía contento con el silencio, pero miré a Boris de reojo y éste si se veía incómodo, golpeteaba con sus dedos el brazo del sillón.

-Y… —dijo Boris de momento, —¿qué eres tú de Hiwatari?
-Ignóralo, cree que todos buscan pareja como él. —Yuriy habló hacia mí, sin verme.

Boris tartamudeó algunas cosas, brincó otra vez de canales, azotó su botella contra el piso, y le lanzó otra sarta de obscenidades, mostrando su molestia ante las palabras de Yuriy. Cuando éste le echó un cojín que dio justo en medio de su cara, Boris se alejó furioso de la sala, perdiéndose en las dos habitaciones del cuarto de hotel.

-¿Qué pasa con él?
-Sigo sin saberlo, —el pelirrojo contestó casualmente, —aunque no es el gran misterio, quizá sólo está loco. No es mi prioridad saber.

Asentí, de momento me di cuenta que no tenía nada interesante que decir, y Yuriy tenía ahora el mismo aire serio de Kai. Así que opté por lo más cuerdo y me quedé callada. La situación se tornó más tranquila, y me atrevo a decirlo, agradable; comenzó un programa de variedades, los dos entablamos una conversación apacible criticando todo lo pésimo que era ese programa. Llegamos a un punto donde se respiraba algo de confianza… quizá fui la única que lo sintió, pero me animé a hablar para sacar la pregunta que había tenido por mucho tiempo.

-¿Ustedes son amigos de Kai?

Yuriy rió, —¿Amigos? Claro que no somos sus amigos, ese sujeto no tiene amigos.
-Pero tú y Boris son amigos, ¿no?

De nuevo no se contuvo la risa, —¿Yo amigo de ese idiota? ¡Jamás! paso tiempo con él porque no sabemos lo que le pueda pasar estando solo. Si no se pierde en la ciudad, mata a alguien o se muere de hambre. Es como un retrasado mental, aún creemos que tiene alguna clase de déficit intelectual.

-¡Escuché eso! —Boris rugió desde la otra habitación.
-Si como sea; su guardería de Japón debe habértelo dicho, cuando menos Rei. —Yuriy dio por terminada la conversación.

Admiré ese extraño conocimiento de Yuriy, me confirmó lo que Rei había tratado de decirme. La gente terminaba adaptándose a Kai, no porque él fuera una persona cuyo carisma fuera atrayente, era todo lo contrario; sino que tenía un modo de ser que hacía sentir distintos a quienes Kai permitía se acercaran a él.

Que si lo supe yo.

Pero nadie podía ir más allá, llegar a tener un absoluto panorama del Kai que conocían unos u otros.

‘Kai no tiene amigos’, cuanta verdad tenían Rei y Yuriy, y aún con lo extraño que sonara… a Kai no le importaba. Iba tranquilo por la vida importándole un comino lo que fuera dicho de él, esa fue una de las cosas de las que jamás llegué a tener comprensión.

Como fuera, no importó todo lo magnífico y desgastante que era pasar tiempo con Kai; como todo lo que empieza, acaba. Me enteré que había habido problemas contables con un socio suyo, eso le quitó el poco tiempo libre que compartía conmigo, yo fui trasferida a otra área y mis viajes disminuyeron. Nos llamábamos de vez en vez, procurando coincidir en tiempos pero eso se hizo más complicado.

Los encuentros disminuyeron, después lo hicieron las llamadas hasta que finalmente dejaron de sucederse.

Así fue como di por terminada mi ‘relación’ con Kai Hiwatari, lo vi una última vez casi medio año después de nuestra última llamada. Yo comenzaba a salir con un secretario de una jefa de área, parte de mi departamento y mi mundo, algo más cercano a mi ambiente. No tuvimos la oportunidad de hablar, me vio de lejos mientras mi pretendiente se alejaba para pedir otra ronda de bebidas.

Su gesto inexpresivo se mostró un poco conforme, sonrió levemente y asintió. Ahí fue cuando supe que mi etapa con él había terminado,

-----
Este capítulo y el anterior los tenía escritos desde mediados/finales del mes pasado, sólo faltaba una manita de gato.
Chica, si acaso lees esto, espero me aguantes con el último.
Estoy en 'out' casi total, muchas razones para no escribir...
Saludotes!

P.D. Ah si... lo olvidaba (ya ni me acuerdo si lo mencione en el mensaje) la canción que pongo al principio es como una especie de 'acompañamiento' para la historia, la letra da mejor idea.

10.7.10

Extranjero I

Canción: I hope that I don't fall in love with you
Canta: Emiliana Torrini
Disco: Merman
------

Muchas personas me preguntaron varias veces si era verdad que conocía a Kai Hiwatari, a todas les contestaba que no, unas me creían y asentían diciendo ‘debí haberte confundido’ mientras que otras no me dejaban en paz, ‘¡ah pero claro que lo conoces!’ ‘seguro te botó y por eso finges no conocerlo’ y bueno, de ahí las cosas escalaban a algo más grosero, pero ese no es el punto.

Si a conocer se referían por estar consciente de su existencia y que llegué a cruzar algo más que palabras con él, pues bueno, si lo conocí… pero para poder llegar a un punto donde pudiera decir que lo conocía como me gusta conocer a la gente.

Entonces, no, no conocía a Kai Hiwatari.

De hecho dudo que alguien conozca a ese Kai Hiwatari, en el corto tiempo que tuve contacto con él me di cuenta que aunque muchos se dicen sus conocidos, podría ser que cada uno conocía una faceta… o una cara, como quieran nombrarlo… pero no había quien tuviera el panorama completo.



1. I hope I don’t fall in love with you

Todo empezó en un bar.

El sitio donde desahogábamos nuestra frustración después de habernos quedado varados por la pésima combinación de huelga y mal clima, sin papeles adecuados para entrar al país, nos quedamos en el aeropuerto como muchos otros. Durmiendo en salas de espera, pasando el día persiguiendo representantes sindicales, de aerolínea y al gerente del aeropuerto, en la noche no nos quedaba de otra que ir al bar del lugar.

No era muy pequeño, pero éramos tantos que siempre faltaba espacio. La máquina de karaoke proporcionó diversión suficiente para todos, desde los extrovertidos que hacían gala de su nulo talento vocal (la gran mayoría) y aquellos (que como yo) éramos parte de ese reducido grupo de bichitos que no toleramos el más mínimo ridículo ni aún alcoholizados, pero nos entreteníamos viendo a los otros cantar.

El primer día conocimos a muchos colegas y compañeros de situación, yo me quedé en una mesa acompañada con un grupo de asistentes uruguayos, dos turistas españolas, un contador alemán y una pareja de maestros ucranianos, yo era intérprete y asistente personal, nos caímos bien, aunque costó entenderse… fui yo quien comunicó casi todo.

El segundo, cansados de ver a los demás cantar sin saber la canción organizamos un torneo de cartas, arrasamos con las otras tres mesas que resguardaban los amargados como nosotros. Ya era de madrugada, muchos de los ocupantes del bar se habían ido, algunos a descansar o porque habían conseguido moverse por tierra, varios no nos movimos porque nuestro destino seguía imposibilitado.

La pareja ucraniana, un uruguayo y el contador seguían conmigo, esa última ronda se había tornado tan cardiaca que otros se habían acercado a vernos. El alemán fue quien se levantó con la victoria finalmente (cuatro veces al hilo), algunos pidieron unirse… eran casi las dos de la mañana.

Me hice a un lado para que alguien ocupara mi lugar en la mesa de juego, pedí un tequila y me senté a ver alrededor, no había mucho, gente viendo tv, hablando por celular y la infaltable cantando y riendo. Me estaba quedando dormida.

Una ola de exclamaciones me sacó de mi somnolencia, volteé asustada por lo repentino del asunto, todo venía de la mesa de juegos, el contador alemán echaba su mano de cartas y gritaba obscenidades que (molestamente) entendí bastante bien. Los maestros ucranianos trataban de calmarlo y aplaudían a quien lo había derrotado.

-¿Quién lo hizo?- pregunté sorprendida porque no habíamos podido ganarle a él, le pregunté al uruguayo.

-Ése de allá,- me señaló, -no sé de donde salió, pero le pateó el trasero.-

No sólo le había ganado, sino que le había superado. Busqué con interés al susodicho; el sujeto veía la silla vacía mientras juntaba la mano que le había dado la victoria, apilaba las cartas en un mazo y las entregaba a la persona a su derecha, asentía levemente y se levantó. Las miradas lo siguieron hasta una orilla de la barra, de ahí no se movió.

Algunos lo llamaron invitándole a otra partida, él negó agradeciendo levantando una mano y mostrando el dorso; dos borrachitos le lanzaron un par de insultos que se acercaban a la denominación ‘gallina’ pero él sólo hizo un gesto condescendiente, parecía que se reía de ellos.

Insistieron otro poco, el tipo no aceptó a pesar de las apuestas, los tragos invitados y los derogativos; él sólo negó tratando de ser amable o… (me dio la impresión) minimizando la situación. Después de un rato se olvidaron de él y comenzaron otra ronda.

Me quedé en una esquina fingiendo ver la acción pero de reojo viéndolo, como el uruguayo había dicho, pareció haber salido de la nada porque de pronto se convirtió en el centro de atención. Principalmente de mujeres, porque lo admito, no era de mal ver; la cantidad de gente se había reducido y desde mi rincón podía ver a la perfección a algunas acercarse, intercambiar palabras, gestos, y señas; ninguna se pasaba más de un minuto ahí.

El sujeto que parecía ser la nueva celebridad se había hundido ya en la pantalla de su pequeña laptop dando más que entendido que no estaba interesado en nada de lo que pasara ahí. ¡Que sujeto! Si yo era parte de ese grupo de bichitos amargados, él debía ser de una especie aún más retraída.

La secretaria de mi jefe me llamó sacándome de mi contemplación, alcancé al equipo de trabajo, sólo yo y un jefe de seguridad quedábamos en el bar. El jefe dijo que no había aún nada, y parecía tardarían otros dos días, las exclamaciones de descontento no se hicieron esperar.

-Sigamos esperando.- Fueron sus únicas palabras, y se fue a su cuarto de hotel dejándonos seguir habitando el aeropuerto.

Ocupamos nuestro espacio en la sala de llegadas internacional para dormir, traté de resistirme de regresar al bar pero no pude.

-¿A dónde vas?- preguntó Andrea, una asistente. –Te meterás en problemas si te emborrachas.-

-Sabes que no tomo mucho, quiero… ver algo.- Traté de sonar casual, pero había algo de nervio en mi.

Me apresuré a regresar… no pensaba hablar con él, sólo… verlo, sabía que tenía dotes y paciencia de naturalista y el inusual comportamiento de ese tipo era por demás atrayente. Mi desencanto al ver que se había ido fue inmenso, demonios, sólo era curiosidad y se sintió como si se hubiera ido alguien importante.

Caminé de regreso a la sala de espera, haciendo tanto tiempo como pude para dejar mi desilusión allá. Pasando por uno de los miradores, me di cuenta que sólo un loco estaba afuera a pesar de la nevada… que admito, se veía grandiosa desde adentro, pero los gélidos vientos arrastrando pesadas ráfagas de nieve quitaban las ganas de salir. Sólo a ese tipo.

Vaya, vaya… era el mismo del bar.

Me senté en el piso (adentro como toda la gente sana) a verlo, no se movió por casi diez minutos, después sacó algo de su abrigo y encendió un encendedor… el humo de su cigarro ni se notaba, se lo llevaba luego luego el viento. Debíamos estar como a menos dieciocho grados, lo poco de calor (según dicen) el tabaco pudiera darle, seguro no le serviría de nada… pero no se movió.

Mi mente empezó a divagar imaginando figuras en las olas de nieve que azotaban contra los cristales, mi atención se trasladó de él a ellas… de pronto… de pronto, un escalofrío me hizo bajar la vista y ponerme en pie en segundos.

Ahí estaba frente a mi, con esa mueca de condescendencia, me enderecé por completo y lo miré unos segundos, no tenía nada que decir, sólo le mantuve la mirada. Él fue el primero en perder interés y se sacó otro cigarro mirando hacia arriba, después su reloj y me dio la espalda.

-¿Puedo hacerte una pregunta?- dije sin pensarlo mucho.

Él no se giró pero se detuvo esperando por ella.

-¿De verdad sirve eso para calentarse?-

En cuanto acabé mi pregunta se dio la vuelta con algo que interpreté como sorpresa, quizá no esperaba que le cuestionara eso. Levantó una ceja aumentando su confusión, lo vi abrir la boca pero no decir nada, cerró los ojos y sonrió levemente, -Por supuesto que no.- Le escuché por primera vez hablar.

-Bueno, sólo tenía esa duda. Que pases buena noche, dicen que las cosas seguirán igual para mañana.-

-Si…- dijo pensativo mientras me veía igual de confundido.

Mi jefe se equivocó a medias, las cosas mejoraron un poco… la huelga cesó, esos trabajadores fueron muy inteligentes, su fin de huelga coincidió con la parte más dura de la tormenta invernal… las aerolíneas estaban disponibles, pero ninguno podía volar, vaya fiasco.

Así que a las siete en punto de la noche, se escuchaban de nuevo los berridos de los cantantes en la máquina de karaoke, las exclamaciones de los que jugaban cartas y en general, el ambiente del bar. Esta vez ya no me animé a jugar, me quedé cerca de la mesa pero con la mirada puesta en esa orilla de la barra.

-¿A ti también te gustó?- me preguntó una de las españolas que tomaban animosas el alcohol ofrecido por un inglés de la mesa vecina.

-Es un bombón si me lo preguntas,- dijo la otra, -pero se ve que tiene un ego del tamaño del mundo.-

-No, no me da esa impresión.- Dije pensativa, -Y no, no me gusta, me da curiosidad.- Completé sinceramente. No negaba que era de buen ver, de esa clase de gente que atrae por las razones contrarias que atraen a otras, en vez de efusividad y alegría, misterio e indiferencia, y aunque era así, varias (y uno que otro él) se acercaron a él, quizá en esas cuestiones los bichos raros variamos. Siguió ignorando.

No me cansé de verle, casi hora y media, en la mayoría de los casos eso resultaría perturbador y obsesivo… él me veía de vez en vez, fijando sus ojos directo en los míos con tanta fuerza que tuve que alejarlos algunas veces, cuando eso pasaba, él sonreía un poco y levantaba su vaso clamando victoria.

Fue una noche interesante, mi hermana diría que fue sexo con los ojos, yo diría que no pasó de una revolcada de una noche… así somos. Mi connacional y compañera de trabajo me llamó de momento pidiendo apoyo con un canadiense hablándole un acentuado francés que quería invitarle a su cuarto (que seguro era otra sala de espera).

Cuando el asunto terminó y regresé la mirada, él se había ido.

Un pánico repentino me entró, no supe si porque por un momento se me cruzó por la cabeza que había sido demasiado o por el hecho de que se había ido y no supe a donde… como fuera, ningún pensamiento me gustó. Pasé un rato sentada con la nueva conquista de mi amiga, el tipo en cuestión parecía estar algo ebrio, me quedaba por seguridad de ella.

Pero llegó el momento en que ya no aguanté las ansias de salir en su búsqueda, me preocupaba mi amiga pero el canadiense mostraba señales de cordura lo suficientemente confiables como para saber que pasaría lo que ambos quisieran que pasara.

Salí del bar, no tan apresuradamente como mi mente me decía… no caminé mucho, casi sabía donde encontrarlo… no, no sabía, sólo fui al único lugar en que lo había visto… pero no estaba ahí. Y la media hora que caminé sin cesar por el enorme aeropuerto no me sirvió de nada. Estaba tan cansada que fui a ‘nuestra’ sala de espera a dormir, como imaginé mi amiga no llegó.

El servicio meteorológico anunció la mañana del día siguiente que la onda gélida había cesado, que quizá para el anochecer los vuelos se reanudarían. Casi todos gritaron de emoción, yo estaba feliz pero tenía un pendiente que quería resolver. Al atardecer el jefe nos reunió de nuevo.

-Los vuelos reiniciarán a partir de las once, pero no habrá a nuestro destino hasta mañana a las diez de la mañana. Nuestro vuelo partirá a esa hora en la puerta 48-A, quiero a todos ahí. Si alguien no llega, aquí se queda.- Así de considerado era ese señor.

Esa noche en el bar fue casi melancólica, muchos conocidos se habían ido, otros estábamos por irnos… ya muchos cantaban y pocos jugaban como, parecía que se estaban despidiendo. Yo busqué una y otra vez a la orilla de la barra, sin éxito.

Salí del bar para aclarar la cabeza, ¿qué se suponía que estaba haciendo? ¿buscando a un desconocido por el que sólo había sentido curiosidad?

Eso si que era deprimente.

No tenía la intención de buscarlo y sin embargo lo encontré (bueno, tal vez una remota parte de mi inconsciente se empeñó en buscarlo), otra vez en aquella área abierta que antes era azotada por los vendavales de la tormenta, ahora sólo por una bonita nevada. Me envolví en mi abrigo y salí para unirme a él en la contemplación de la nieve. O al menos esa era la idea. Apenas llegué, de inmediato sentí su mirada sobre mí, algo amenazadora para ser sincera. Lo vi con un cigarro en la boca, viendo hacia arriba y sin prestarme atención.

-Fumas como chacuaco, ¿no crees que hace daño fumar tanto?-

-¿Sabes qué es un chacuaco?- fue su extraña respuesta.

-Ah…- sonreí apenada, -no… pero una colega mexicana lo dice todo el tiempo, cuando se queja de los que fuman mucho.-

-También lo he oído.-

-¿Y?-

-¿Qué?-

-¿No crees que fumas mucho?-

-No-

-Ah… ¿me das uno?- terminé cediendo a ese malsano pasatiempo.

Me extendió la cajetilla y un encendedor, pronto echaba humo a su lado, uniéndose al vapor que manaba de nuestras bocas al respirar. –Al fin vamos a poder irnos de aquí, ¿no es sensacional?-

-No del todo.-

-¿Bromeas? De seguir así me pasaré la primer semana de vacaciones varada en este sitio.- Él se encogió de hombros dándome a entender que no tenía nada que decirme respecto a ese tema, decidí buscar otro tema de conversación, -Volamos a América, al fin podré descansar de todo esto. ¿Tú a dónde vas?-

Me miró otra vez de reojo como si me analizara, preguntándose si no era una loca peligrosa a quien no debía contarle cosas personales, -Italia.- Al parecer no me consideró una amenaza.

-Espera… pudiste haberte ido por tren, ¿por qué te quedaste aquí?-

Se retiró el cigarro de la boca y lo restregó contra el barandal, -Era una buena excusa.-

Tenía curiosidad, pero no tanta como para preguntar de qué hablaba, terminé el mío y quedamos viendo la nieve caer. Admito que era un silencio agradable, sin embargo quería romperlo… la urgencia de mi tiempo que se acababa y esa incógnita en mi cabeza no me dejaban en paz. -¿De dónde eres?-

Su cabeza se giró por completo hacia mi, frunció un poco el ceño después de girar los ojos como si la situación le resultara bastante conocida, -…- sólo bufó levemente.

Arqueé una ceja confundida por su reacción, después de analizarlo un poco levanté ambas manos defensivamente, -No, espera… espera… no, no es lo que crees…- dije apresuradamente, -no tengo el más mínimo interés en conocerte, no soy una loca que ande por ahí haciendo preguntas tontas. Pero tu acento… es tan extraño.- Confesé la parte racional de mi impulso a buscarlo, la irracional siguió bien oculta.

Su mirada molesta se tornó levemente sorprendida, sonrió un poco y se dirigió a la puerta, -No me lo creerías.-

-¡Ey, espera! ¿qué se supone que eso significa?- salí detrás de él, le seguí caminando aprisa atosigándolo con preguntas y reclamos, él se limitaba a esa pequeña sonrisa haciéndome querer más esa respuesta.

-¿Qué importancia tiene?- preguntó después de un rato, seguro lo había hartado.

-Es que… no puedo descifrarlo.-

Se encogió de hombros otra vez, entonces supe que no obtendría una respuesta, así que ya no insistí, sin acordarlo íbamos al bar… quizá por un último trago. Que se llevó a cabo, en silencio y con un leve intercambio de miradas.

Al punto que alcancé cierta confianza, -¿Y no me dirás por qué te quedaste aquí?-

-Éstas son mis vacaciones,- dijo después de un rato.

No esperaba esa declaración, ¿quién anda por la vida así? …vacacionando en un aeropuerto.

Era un personaje curioso, descarado pero en silencio, con un par de los hábitos que más detesto: fumar y no hablar, de los que dan respuestas vagas y no confrontan pero tampoco dejan que se les confronte… todo un caso. ¿Acaso esperaba emborracharme y llevarme a su cuarto?

Si era el caso, no me molestaría, al fin y al cabo sería lo más que podría permitirme con alguien así, jamás la posibilidad de una relación… así que con esa resolución, me conformé con seguir tomando y ese jueguito de miradas hasta que él decidiera dar el paso, que yo negaría al principio y terminaría aceptando con falsa candidez.

Ése era el plan.

Nos dieron las dos de la mañana. Empezaba a impacientarme que él no diera señales de hacerlo, quizá era de esos tímidos… aunque no daba la facha, ‘una lo tiene que hacer todo aquí’ pensé con picardía. Y en lo que armaba el discurso y la situación en la cabeza, el insistente repique en un teléfono me hizo voltear a él.

-Tengo que irme.-

Me quedé como boba, ¿lo había dicho? –Ah… sí… ¿qué?-

-Me voy,- se levantó y después de verme de reojo se giró, - ¿o qué? ¿pretendías llevarme a la cama?- dijo cínicamente con media sonrisa.

Afortunadamente controlé mi sonrojo y conseguí manejar una cara indignada, -¡No digas tonterías!-

¿Cómo iba a enamorarme de alguien así?

-De acuerdo, me voy.-

-Espera…- dije sin pensar, -¿nombres?-

-¿Para qué? Tú no quieres saber el mío, yo no quiero saber el tuyo.-

-¿Y cómo sabes? Hacer conclusiones apresuradas es de pésimo gusto.-

-¿Y?- dijo de inmediato.

-¿Entonces cómo aseveras eso?-

Su gesto al principio era un poco confundido, después sonrió, -Ya lo hubiéramos preguntado.-

Sólo sentí un agradable escalofrío recorrerme.

Y así se fue, lo seguí con la mirada, cuando salía del bar mi jefe se giró y levantó su copa, -¿Te vas ya Hiwatari? pensé que esperarías por…-

Él le dio una mirada condescendiente, sonrió y se fue, dejando a mi jefe con la palabra en la boca y un gesto que iba tornándose molesto. Wow… eso lo había querido hacer por meses, pero apenas y pasaba de asistente traductora, ¿qué me esperaba si lo hacía?

Volteé a mi amiga que también había presenciado todo, ella sonrió y levantó ambos pulgares. –¡Esa fue buena!- dijo acercándose a mi mesa, -ese bombón es mi héroe. Me lo tienes que presentar.-

Sólo asentí, ¿cómo iba a presentarle a alguien que ni conocía?

A las nueve treinta de la mañana, todos nos alistábamos en la puerta de salidas internacionales con nuestras maletas a medio hacer y con mucho sueño, el equipo estaba completo, el jefe y su socio gritaban (como siempre) al teléfono, el resto de nosotros esperando por instrucciones.

De pronto lo vi pasar tirando de una pequeña maleta, y hablando por el manos libres. Mi jefe y su colega se callaron cuando él pasó de largo frente a ellos.

-¿Qué pasó Kai? ¿vas para el forum?-

Él se detuvo y me miró directo, -Ahí está mi respuesta, luego me darás la tuya.- Y siguió su camino.

Kai (ahora sabía su nombre), se fue llevándose las palabras de reclamo de mi jefe, mi amiga me dio un codazo y guiñó un ojo,

-Luego me lo tienes que presentar.-

Le hubiera dicho que seguía sin conocerlo, que no valía la pena hacerlo con una persona de esa clase (sin saber exactamente qué clase), que quizá ni siquiera lo volvería a ver…

Pero ninguna de esas ideas llegaron a mi cabeza, sólo una se confirmó cuando no pude dejar de mirar la puerta por la que se había ido.

And I think that I just fell in love with you.