24.1.10

Tradición III

3. El domingo o encontrar donde no hay nada.

Recargó la cabeza en el respaldo del sillón, cerró los ojos y movió un poco la cabeza de un lado a otro tratando de relajar los músculos del cuello, algunos crujidos y otro tanto de dolor acrecentado delataban la tensión acumulada. Abrió un ojo, buscando por el reloj en la sala se dio cuenta que ya era muy tarde, casi las once con cuarenta de la noche, hizo un repaso mental de todo lo que tenía pendiente al día siguiente.

No eran muchas cosas, pero tenía mucho cansancio. Tan sólo de pensar en el trayecto a su habitación donde la cama esperaba por él, le dio más sueño y se recostó en el sillón dándole la espalda a las manecillas que seguían avanzando sin cuidado, agradeció que cambiara el anterior modelo que no paraba en su ruidoso ‘tic tac’.

Estiró las piernas tratando de quitarse los zapatos con los pies, consiguió deshacerse del derecho pero el izquierdo no se movió. No queriendo cansarse en desatar las agujetas se acomodó de modo que no le molestara, cerró los ojos olvidando todo por un momento e intentando perderse en un sueño apacible que le diera el descanso que tanto necesitaba.

Enero comenzaba a irse como el agua, las fiestas de Diciembre fueron todo lo que ni en sus más salvajes sueños (o pesadillas) hubieran aparecido. Tan decidido que estaba de afianzarse un lugar para pasarlo con más estabilidad, y se mostraron otras dos opciones que en definitiva no hubiera elegido ni estando ebrio: los europeos, y su padre y abuelo.

Tan sólo de recordar el alboroto que se hizo cuando Tala halló una fotografía en el periódico del día dos de enero, sobre la fiesta ofrecida en el lujoso hotel, se veía al anfitrión y su familia pero de fondo podían distinguirse los tres Hiwatari brindando. Ni los chantajes, amenazas, promesas o berrinches de alguno de ellos le sacó una sola palabra, no mas que las maldiciones cuando él la vio. Para suerte suya, ninguno de sus otros conocidos leía ruso y en definitiva ninguno compraría esa edición.

Sirvió esa parada para enterarse de que la noche del treinta y uno no pudieron ni salir de la casa porque la tormenta desatada bloqueó la calle y Brian se negó a hacerla de barredora humana, Spencer se enfermó de una infección intestinal que no le dejó separare del baño.

Devolviéndoles las burlas que recibió salió disparado a Japón, pues Susumu lo buscó por teléfono ese mismo día invitándolo a comer; podría ser entretenido compartir la comida con su papá pero no quiso forzar el frágil lazo que se había reestablecido la cena de fin de año.

Mala suerte que en Japón ya sabían lo de su inusual Navidad, y lejos de haber burlas o reclamos por preferir al grupo de Robert que a su equipo; pasó por un riguroso interrogatorio que parecía exigirle los pocos recuerdos aún frescos que le quedaban. Lástima para la curiosidad de Tyson y Max porque Kai no dijo más que el menú y las razones del por qué terminó ahí… se guardó para sí la curiosa dinámica del equipo europeo y el inconcebible hecho que le había gustado, quizá hasta repetirlo a lo largo del año.

Rei lo puso al tanto de lo sucedido en la celebración de Tyson, a la que el chino terminó asistiendo también. Un duelo de karaoke y otro de baile donde la sorprendente pareja de Hilary y Max se llevó todo; mas un alcoholizado Hiro y Tyson quedándose dormido en el patio.

Desde ese día tres de enero donde regresó a Japón, parecía que esa magia de las fiestas de fin de año se había acabado con la cena del día treinta y uno de diciembre… no que creyera en la imagen comercial de todo pero hasta él reconocía que había un ambiente distinto en el aire; y con los viajes, el repentino acumulamiento de trabajo y lo confuso de ambas celebraciones… parecía haberse esfumado todo.

En su cómoda posición en el sillón y ante la negativa del sueño para abrazarle se puso a hacer un balance de su fin de año, de si había sido tan bueno o tan malo como había llegado a pensar.

No… no había estado con sus compañeros-amigos-camaradas… como quisieran nombrarse, con ellos con quienes había aprendido a aceptar la compañía como algo más que competencia, amenaza o reto… que aunque no había abrazos y gritos de alegría creaban un mundo habitable en su trastornado modo de vida. Dónde reírse o burlarse sin tapujos del mundo y sus ironías con Tala y compañía, ahogarse en alcohol y no temer por indiscreciones posteriores, lo que pasaba ahí, ahí se quedaba. Hallar un remanso invaluable de tranquilidad, ese aire de familiaridad y hogar que había perdido mucho tiempo atrás y que se materializaba en el dojo de Tyson con los demás del equipo.

Pero esa Navidad y Año Nuevo le habían gustado.

Hallar un grupo dentro del círculo mediato en el que se movía habitualmente, un grupo de acaudalados que no (siempre) iban con las mismas tendencias esnob de cuanto quisiera considerarse parte de las altas esferas; hallar donde podía hablar de inversiones y mercados sin ser acartonadas reuniones de habano y cognac.

Y lo mejor (en cuanto a descubrimientos), saber que había una segunda oportunidad hasta para las causas más perdidas: sus dos familiares. Resultó que su padre también podía jugar en la misma liga que Voltaire y él, de burla-verdad-reclamo-no agresión física; y que Voltaire, tenía sentido del humor… no era siempre el amargado y recio viejito que Kai se había fijado en la cabeza. Podían crear un lazo… frágil, casi invisible, tenso pero real; y que todos estaban de acuerdo en ello.

Se llevó las manos a la cara, sonrió mientras sentía unas cosas húmedas viniendo de sus ojos. ¿Qué le estaba pasando? ¿Acaso eso de la depresión invernal ya le había atacado?

Hacía años que dejó de ser el inestable adolescente que daba la impresión de tener problemas mentales y casi tendencia suicida, donde los problemas de su alrededor a veces lo rozaban levemente y otras lo golpeaban como a mazazos.

…rió, rió y rió.

Carcajadas como no recordaba haber lanzado fueron saliendo de su boca y se perdían en las paredes del departamento, se tuvo que colocar las manos sobre la boca para acallarlas y ahorrar las preguntas que los vecinos podrían hacer. ¡Qué risa! Nada de eso tenía sentido y sin embargo… no podía detenerse.

Se levantó, sentándose aún en el sillón y encorvando la espalda con los codos en las piernas y las manos aún sobre la boca. Un ‘miau’ detuvo al fin sus risas, y Kai quedó cara a cara con uno de los otros dos habitantes de ese lugar. El par de ojos ocres y la cara parda se movían de un lado a otro, curiosos por entender qué era ese anormal comportamiento de Kai.

-Lo siento… creo que me di cuenta de algo. ¿Cómo estás?-
El gato ronroneó enrollándose en sus piernas, Kai lo cargó y lo puso en la barra de la cocina mientras le buscaba algo de comer, el movimiento de las cosas en la cocina alertaron al otro ocupante, que había estado dormido desde la llegada de Kai. Con el infaltable sonido de las patitas sobre la loseta del piso, se acercó a su dueño y se paró en dos patas sin ladrar, el perro orejón movió levemente la cabeza, -…ya, también hay para ti.-

Dejó comida en los respectivos platos de cada uno y fue a su cuarto a cambiarse por algo más cómodo, ya eran la una de la mañana. Regresó a la cocina donde el cocker spaniel pedía más de comer y el abisinio ya se había enrollado en la mesita de la sala a dormir. Se preparó una taza de café mientras repasaba un poco lo que había pasado.

¿Qué le había provocado tanta risa?
No supo decirlo, pero una sonrisa lo asaltó otra vez.
¿Qué importaba si lo entendía o no?

Terminó su bebida, fue a su cuarto y los dos animales lo siguieron, el gato se trepó a la almohada de la orilla, el perrito esperó a ser subido para enrollarse a los pies de la cama. Kai se acostó y cerró los ojos. Habían pasado mas de tres semanas desde que el año había empezado y fue hasta ese momento que tuvo un entendimiento de lo que había sido todo eso… de su búsqueda de establecer una tradición y la negación del destino para dársela.

Y su respuesta fue simple: nada.

Ni tradición, ni razones abstractas o manifestaciones del destino. La ausencia absoluta donde (paradójicamente) había encontrado todo.

Durmió tan profundamente que no despertó a tiempo para su desayuno programado, ni regresó la lista de llamadas dejadas que la secretaria le había mandado; se quedó en la cama buena parte del día y en la sala el resto de la tarde viendo películas que hacia meses compró y no había tenido la paciencia de sentarse a ver.

La noche lo volvió a encontrar ahí, esta vez ya no le dio flojera regresar a su cuarto. Repitiendo lo de cada noche, el gato en la almohada, el perro en la orilla de la cama él se duerme poco a poco. Ya no volvió a pensar en nada de los días anteriores pues encontró una razón y sintió una ligereza en la mente como no la había tenido en mucho tiempo.

No se dio cuenta que con esa determinación si encontró una tradición, la ausencia de.
Y si la siguiente Navidad terminaba en un crucero en el mar del norte o cenando cordero en la Patagonia, quizá el Año Nuevo sobrevolaría África o vería a Max y Hilary volver a ganar el concurso de baile en el dojo de Tyson, o Ian entrando por la ventana de la tienda elegida mientras Spencer y Brian forzaban la puerta…

Lo que fuera que pasase, seguiría su tradición.
------------------
Chica... :D...
No tengo vergüenza, lo sé. No he tenido mucho tiempo para pensar y el poco que me queda no me traía ideas explotables, apenas hoy (o mejor dicho anoche-hoy en la madrugada) pude terminar esta historia, y como no iba a tener sentido hablar de principios de año siendo que ya hasta se nos va el primer mes. Decidí ubicarlo en la fecha dada.
Espero te guste aunque un poco...
Muchos saludos y nos leemos!

1.1.10

Tradición II

2. El Año Nuevo

-¿Cómo que confirmaron? Jamás me llegó siquiera una invitación.-
-Lo siento señor Hiwatari, recibimos su confirmación y su lugar está dispuesto.- La amable voz de la mujer parecía comenzar a tambalearse.
-Pero… debe haber un error.-
-No señor, tengo aquí la confirmación registrada. Pero si es un inconveniente, habrá que anunciar su ausencia.- Ella ofreció.

Kai cerró los ojos mientras se pasaba una mano sobre la cara, -No, no… ahí estaré. ¿Puede repetirme la hora y el lugar?-
-Claro señor; el Gran Salón del Marriot Moscow Grand Hotel, a las diez de la noche.-
-Si… gracias.- Kai se despidió y colgó. Su mano pasó otra vez sobre su cara denotando su frustración.

-¿Qué pasó?- Tala preguntó notando su gesto.
-Una cena… una maldita cena de año nuevo con el nuevo socio.- Kai no cabía de indignación.

-¿Y?- Tala preguntó no hallándole el problema.
-¿Cómo y?-

-Pues sí, diles que no te interesa y mándalos al diablo como siempre.-
-No puedo hacer eso, un idiota equivocó sus datos y resulta que confirmé mi asistencia.-

-¿Y?- Tala preguntó otra vez.

Kai ya no contestó, se levantó molesto mirando el reloj. Eran apenas las dos de la tarde y tenía suficiente tiempo, ya adentrado en el mundo de los negocios y la dinámica de las cosas ahí había aprendido ciertas cosas que quizá contrastaban con su casi misántropa naturaleza pero que eran indispensables para mantener a flote y en buen curso los negocios que lideraba.

Y entre esas cosas estaba no faltar jamás a la palabra dada, aunque en verdad no se hubiera dado jamás como en ese caso, la demás gente lo percibiría como una carencia de carácter y usualmente alimentaba otra sarta de ideas erróneas que podían poner en peligro futuros planes.

Así que midiendo sus tiempos salió de la casa comunal de los rusos sin decir mucho, ninguno de ellos entendería del todo y aunque dos lo hacían levemente, era obvio que no les quitaba el sueño, seguían sin querer tener muchas responsabilidades. Kai renunció a esa emocionante noche de bandolero y alcohólico de taberna barata para enfundarse en un ridículo traje y fingir por una noche una vez más como solía hacerlo en las reuniones que se veía obligado a ir.

Lo único diferente y que le hacía rabiar más era que no era una simple cena de socios, sino que era una meramente de aspecto social celebrando la llegada del Año Nuevo. ¿Qué había hecho de malo ese año para que las cosas le salieran así?

Primero la Navidad en Londres con los exEuropean Dream, que al final resultó un agradable descubrimiento pero no dejó de ser algo fuera de lo planeado, y ahora eso, definitivamente no aparecería ahí nadie conocido que pudiera ayudarle a sobrellevar la aburrida celebración.

Regresó a su departamento y maldijo a todo y todos, no tenía ni un solo traje ahí porque no solía asistir a juntas en la ciudad, tuvo que salir a la zona comercial a comprar uno de emergencia, después de un rápido recorrido eligió uno pero los pobres dependientes apenas y se daban abasto, parecía que no era el único urgido por un disfraz para esa noche.

Eran casi las siete de la tarde cuando iba llegando a su departamento, y no podía estar más enojado. El tráfico parecía quererlo enloquecer, todos se dirigían a sus destinos de celebración y él… al de martirio, qué ironía.

Entre prisas y mala organización del departamento, salió de ahí con destino al céntrico hotel casi a las nueve con treinta de la noche; ya que la celebración en la Plaza Roja había comenzado desde temprano las calles cercanas al centro habían sido cerradas, y si ya de por sí el acceso vehicular a los primeros cuadros de la capital era caótico, tuvo que verse obligado a dejar su auto a varias cuadras de distancia. Sabía que lo más adecuado sería correr, pero tan solo de pensar en el espectáculo que sería corriendo aceleradamente por las calles de Moscú, en traje, y con abrigo. Mejor sólo acelerar el paso.

Había varios puntos de revisión en las calles, libró los primeros dos sin problema, pero para el último apenas y consiguió superarlo porque era su costumbre cargar una navaja suiza, ya fuera por protección (considerando los ambientes donde a veces se movía) o por utilidad porque nunca faltaba algún imprevisto; casi le dieron las once ahí.

Consiguió llegar al primer cuadro de Moscú, sobre la calle Tverskaya caminó hasta llegar con Staropimenoskij, el enorme hotel se levantaba ahí. Un grupo de seguridad lo rodeaba y Kai lo pasó sin muchos problemas, quizá porque no cualquier loco andaría ahí en un costoso traje, pero lo bueno estuvo cuando llegó al lobby del hotel dispuesto a entrar al salón.

-¿Puedo ver su invitación?- preguntó la recepcionista.
-No me la hicieron llegar, pero confirmé mi asistencia.-
La mujer se miró confundida y miró su lista de invitados, -¿Puede darme su nombre?-
Eso se ganaba por no asistir a juntas ahí, no era una personalidad conocida como su abuelo; -Hiwatari.-

La mujer buscó en la lista, lo miró un par de veces y arqueó una ceja, -Pero aquí aparece que el señor Hiwatari ya llegó.-
-¿Cómo que ya llegó? Me hablaron por la tarde preguntando por mi asistencia.-
-Lo siento señor, tengo registrado una persona con ese apellido y ya ha ocupado su lugar.-

Kai mataría a quien hubiera osado usurpar su lugar, no que se muriera de ganas por estar esa noche ahí pero si ya le habían hecho hacer todo lo que había hecho, no se regresaría resignado a casa. Pensó en un modo de corroborar quién demonios era esa persona y antes de poder pronunciar algo, alguien lo llamó.

-¿Kai?-

Él y la mujer miraron a la persona que llamó, era un hombre maduro de cabello rubio y ojos verdes, el jefe de Consejo de un consorcio francés. –Señor Kassovitz,- la mujer lo nombró, -¿lo conoce? Su lugar aparece como ya ocupado.-
-Otro error. Déjalo pasar Marcelle, es un invitado.-

Kai entró y caminó al lado del hombre exigiendo respuestas con la mirada, -Hubo un error en las listas que se repartieron, mi asistente y el hotel llevaron por separado la confirmación de asistencia. No fuiste el único.-
-Ah… ¿entonces no estaba invitado?-

Armand Kassovitz rió dándole unas palmadas en la espalda, -¡Por supuesto que lo estabas! Sólo que hubo un error de apreciación, la generalización del ‘Señor Hiwatari’ fue la razón principal.-

No le gustó para donde iba eso, fue guiado hasta una mesa vacía, lo invitó a sentarse y Kai le preguntó, -¿Quién más vino?-
-Ya lo verás, vaya que el fin de año y la confusión trajeron algo que jamás hubiera imaginado.-

-¿Armand?- Kai quiso preguntar más pero el francés se había perdido entre los invitados.

Kai miró el letrero en la mesa ‘Hiwatari’…era el único ocupando la mesa, ¿entonces por qué decían que ya se había ocupado? Quizá el impostor se dio cuenta del lío en que se metería y se fue.

Muchos invitados estaban de pie, platicando entre ellos ocupando todo el lugar, él apenas y podía divisar lo que había más allá porque la cantidad de gente era considerable, una agradable tonada de un grupo de cuerdas y alientos al fondo alegraba la velada.

Le dio un trago a su copa y buscó por algo comestible en la mesa, sólo una charola con pan negro. Suspiró resignado mientras tomaba uno y lo partía discretamente, miraba desinteresado a su alrededor llevándose pequeños pedazos a la boca para mitigar su hambre pues no había comido nada desde el desayuno.

-Te llenarás antes de que llegue la comida.- Escuchó una voz que lo hizo voltear de inmediato.
-Déjalo, ni que tuviera regimenes alimenticios muy estrictos y saludables.- Otra detrás de la primera le hicieron soltar el pan.

Ahí estaba la razón del problema, no había ningún impostor o error de listas, el asistente y los encargados de la logística en el hotel habían hecho bien su trabajo, pero no contemplaron que habría más de un Sr. Hiwatari.

-¿Qué hacen aquí?- preguntó no cabiendo de sorpresa.

La primer persona se sentó a la derecha de Kai, -Yo confirmé la primera asistencia, cuando él se enteró de eso, dijo que también debía venir.-
La otra se sentó a la derecha de la primera, -¿Desde cuándo te doy explicaciones? La pregunta debiera ser, ¿qué haces tú aquí?-
Kai miró molesto en dirección opuesta, -Un error de apreciación.-

-Pasó lo mismo que con los van Hoogenban, sólo que allá no hay espacio suficiente. Demos gracias que no somos muchos.-

Kai miró a su padre aún carente de una respuesta o pregunta adecuadas, un poco más allá Voltaire también veía a otro lado con disgusto; no sería dudoso decir que esperaba otra clase de compañía que no eran ni su hijo, ni (en definitiva) su nieto; pero los azares del destino (o una mala comunicación entre un asistente y un organizador de eventos) los habían colocado ahí y por el orgullo propio del apellido (mas toneladas de ego propio) ninguno se humillaría dejando la fiesta a tan temprana hora.

La música se detuvo y se pidió que todos ocuparan sus lugares, la gente volteó expectante por lo que seguía después de que las luces se apagaron. Un solo reflector enfocó a una persona en un pequeño estrado, era el anfitrión de la fiesta. Él dio un emotivo discurso que arrancó los aplausos más de una ocasión, invitó a su familia a pararse junto a él en el pequeño estrado.

Una joven mesera se acercó a él y éste anunció, -Están prontas a dar las campanadas.-

Todos los invitados fueron habían sido convidados con una copa con doce uvas, y cuando el anfitrión dio el anuncio, todos se pusieron de pie, conforme el sonido de las multitudes en la Plaza Roja comenzaron a realizar la cuenta regresiva, los invitados los imitaron mientras unos insistían en atragantarse con las uvas, cuando se llegó al ‘doce’ y se dejaron escuchar las campanas de la Catedral de San Basilio, la gente estalló en alegría y abrazos. Los que no habían acabado sus uvas siguieron con ellas, entre abrazo y uva se deseaban buena suerte para el año que nacía.

Kai y Voltaire se veían con cierto recelo, ya se habían puesto de pie y no habían tocado una sola de sus uvas mientras Susumu veía a ambos con cierta incomodidad, mientras que en las mesas de alrededor se deshacían en besos y abrazos los tres ‘Sres. Hiwatari’ no sabían bien qué hacer.

-Qué los éxitos del año pasado se tripliquen en este.- Dijo un hombre afroamericano a Voltaire mientras le estrechaba una mano.
-¡Suerte para todos!- el típico que perdía la compostura en toda fiesta se abalanzó en un abrazo efusivo a Susumu que se lo devolvió con cierta diversión.

Kai aprovechó la confusión para escabullirse fuera del salón en lo que pasaba el momento de la emotividad, se acercó a una de las terrazas y la abrió. El gélido aire le dio un repentino escalofrío, miró los espectaculares fuegos artificiales que inundaban el cielo moscovita, miró su reloj y decidió que saldría a las dos de la mañana de ahí, una hora para darle tiempo a la comida, y la otra para el aspecto social.

Regresó a tiempo cuando el ejército de meseros hacía su entrada triunfal y comenzaban a servir en cada mesa. Cuando Voltaire lo vio entrar le dio una mirada de reproche pero luego sonrió, entendiendo que iba a ser lo mejor para todos y así ahorrarse la vergüenza de tener que darse un abrazo ante la presión de los demás (como fue el caso entre él y Susumu).

Mas de seis platillos fueron dados a escoger como plato principal en esa cena de cinco tiempos, a pesar del hambre que Kai tenía no pudo llegar ni al cuarto, Voltaire tampoco pudo tomar el postre mientras que Susumu lo rechazó.

-Ahora somos un trío de sanas personas.- Susumu sonrió ante eso.
Voltaire rió entre dientes, -El azúcar te va a matar un día de estos, mejor así. ¿Cuál es tu excusa?-
-Ya no tengo hambre.- Kai dijo simplemente.
-¿Quién era el que se estaba comiendo el pan?- la pregunta de Susumu sonó a burla.
-¿Quién es el que vino sin ser invitado?- Kai le regresó la pregunta.
-Tú.- Voltaire confirmó. –No sé por qué te llamaron, ese socio es parte de mi área de las empresas, no la tuya.-
-También él.- Kai se defendió señalando a su padre..
-Bueno, él me invitó- Susumu miró a Voltaire.
Kai sonrió, -A mi me invitó Robert Kassovitz.-

-Touché- Finalizó Voltaire.

-¿Estás de su lado?- Susumu preguntó fingiendo indignación.
Voltaire cerró los ojos, -No pero nadie puede negar esa verdad.-
-¿Lo ves? Aquí el extra eres tú.- Kai le señaló medio sonriendo.
-¿Quién fue el último en llegar?- Susumu preguntó creyendo tener las de ganar.

Voltaire se levantó un momento y se acercó a un hombre caucásico y uno moreno que platicaba animosamente, al verlo lo saludaron cordialmente y él les preguntó algo, señaló a la mesa específicamente a donde Susumu estaba, ambos se encogieron de hombros luego a Kai y ambos asintieron, saludándolo por su nombre mientras agitaban las manos, volvió a decirles algo y se sentó.

Los otros dos estaban mudos de asombro de la repentina situación, y aún más por lo inusual de sus acciones; vieron mudos al mayor volver a sentarse.

-¿Qué fue eso?- Kai preguntó.
-Sólo quería probar un punto.- Voltaire respondió.
-¿Y cuál fue?- el menor insistió.
-Quien es el desconocido.-

Kai se quedó pasmado por la respuesta y miró con cautela a su padre esperando por una reacción; indignada, enojada, alterada, ¿confundida?

Vaya sorpresa cuando Susumu soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda a su padre, -¡Sabía que tenías sentido del humor!-
Kai y Voltaire intercambiaron miradas, y lo más inexplicable pasó.

Una sonrisa…
Mínima, casi imperceptible… pero espontánea.

De pronto, Kai le respondió con un asertivo comentario que Voltaire ignoró, pero comentó algo a su hijo, el otro entre risa y sonrisa decía otra cosa.

Y así, y así. Lo impensable, una reunión para nada planeada y con un inicio bastante desagradable continuó siendo lo que Kai jamás hubiera esperado. Una velada agradable, quizá no con la cantidad de sorpresas como su Navidad ese año, o entendible como las que acostumbraba con sus amigos pero… no se arrepentía de estar ahí.

Al grado que como con los europeos ni siquiera notó el tiempo, las botellas de vodka habían llegado un rato atrás pero el ánimo de esos tres sres. Hiwatari no se debía a eso, eran casi inmunes a su etílico beso y aunque ya llevaban un rato bebiendo, seguían tan ecuánimes como antes del primer trago.

De pronto, una voz rompió la mordaz conversación y los tres miraron al interlocutor, un fotógrafo que los invitaba a acercarse más y posar para una foto…
Voltaire se echó para atrás, Susumu miró a los otros dos y Kai se levantó. El fotógrafo se quedó perplejo.

-Una buena noche, sería bueno repetirla.- Susumu comentó sabiendo bien lo que su hijo y padre habrían de hacer ahora.
-Pero no será en un lugar así.- Voltaire también se levantó y fue a acercarse a un grupo de hombres que fumaban mientras hablaban de negocios.
-Si, lo sería.- Kai desapareció por la puerta de una orilla.
-Si, a la otra será.- Susumu se quedó solo dándole otro trago a su vaso.

Kai recibió su abrigo y miró su reloj, las tres con treinta minutos. Vaya sorpresa, jamás hubiera imaginado lo que ese primero de enero le iba a deparar: una cena con su padre y su abuelo sin pleitos y lo más normal que podía ser para ellos; bebiendo alcohol juntos y charlando entre burla y agresión sin odio.

Había sido un buen fin de año.

Con una leve sonrisa de satisfacción, siguió caminando perdiéndose entre las calles bajo una tupida nevada.