2.4.10

Un cuento sin final feliz.

Un cuento sin final feliz

Eran casi las diez de la noche cuando llegó, hastiado del día y sus sucesos, no era lo que pudiera llamarse extremadamente noche pero con la semana que había tenido sabía a los últimos metros de un maratón para el que no se entrenó.

Al abrir la puerta de la casa lo primero que notó (aún en su apagado entendimiento por lo que pasaba alrededor) fue que el animalejo que le había hecho compañía desde hace poco más de un mes no entró haciendo ruidos extraños y azotando las patitas sobre el piso de loseta verde. Mientras se iba directo a sus pies a morder juguetonamente tanto como pudiera.

No se había acostumbrado a él, definitivamente no lo había hecho y quizá no lo haría, pero se había propuesto que pondría todo de su parte para hacerlo pero parecía que el animal se empeñaba en echar por tierra todos los intentos de él. Si le ponía su cama en el piso de abajo, amanecía durmiendo en la sala de arriba, si lo sacaba al patio se pasaba toda la noche rascando la puerta o aullándole a cuanta cosa pasara frente a sus narices, si le daba de comer croquetas, quería carne, si le daba carne, quería croquetas…

¡Qué demonio de animal!

Kai pensó en muchas opciones para deshacerse ‘accidentalmente’ de él, pero apenas conseguía llegar a una opción razonable, la razón de la estancia del perro en su casa, se la quitaba de la mente.

Era una especie de recuerdo de su padre, sacada de la casa de su abuelo bajo amenaza de ‘ponerle a dormir’ si Kai no la recibía… le colmó la paciencia a su abuelo, y no hubo quien le quisiera. La opción fue Kai o una inyección terminal.

Kai no tuvo más opción que aceptarla bajo su techo y tratar de integrarla a su vida. Más malos que buenos tiempos, pero con el paso de los días, él y ella comenzaron a encontrar un balance donde Kai llegaba a sentarse en el sillón a ver televisión, la perra se echaba a su lado y apoyando la cabeza en su pierna dormía.

Sólo que esa noche no llegó.

Sin razonar precisamente en lo que hacía, buscó por ella en los lugares habituales, después en los probables y por último en los más inusuales, sin éxito. Yendo en contra de su costumbre, la llamó levantando la voz mientras hacía ruidos para atraerla, no hubo mucho mas que el mismo sonido de las patitas sobre la loseta, aunque no con la misma intensidad.

Apresuró el paso para ir a su encuentro, y al verla se inclino ante ella, que apenas y levantaba la cabeza y movía débilmente la cola. Le pasó la mano por el lomo y se dio cuenta de cuán débil estaba, porque al pasar su mano su cuerpo se iba con la fuerza que él aplicaba. Le tomó la cabeza y le miró directo a sus ojos cafés. Como cuestionándole lo que ocurría.

El animal se zafó de su mano y le lamió el antebrazo sin retirarle la mirada. Kai sintió un debilitamiento en las piernas y se hincó colocando su mano para sostenerse. Palpó con atención sus patas, su cabeza, el pecho, la espalda, la cabeza, la boca… buscando algo que le dijera lo que pasaba. Y sin ser médico veterinario, ni algo cercano, no obtuvo respuesta.

Buscó con prisa un número de algún veterinario, sacó su celular pero recordó que no había nada parecido ahí, en su agenda tampoco… no tenía directorio… tampoco recordaba dónde pudiera encontrar uno.

Se llevó una mano a la cabeza y limpió sudor frío… no podía hacer nada.
La cargó y la llevó al sillón, le hizo un mullido lugar de descanso son los cojines y la acomodó lo más delicadamente que pudo. Se le quedó viendo unos minutos, tratando de bloquear la culpa que le comenzaba a carcomer… si hubiera puesto más atención a su animal persona, si hubiera tenido la atención de informarse por un veterinario, de llevarla a revisión, de interesarse verdaderamente por ella y no sólo limitarse a darle comida y refugio… si hubiera.

Contrario a lo que muchas veces había pasado en su vida, donde las personas afectadas u ofendidas le veían con desprecio, reclamándole con palabras o gestos hoscos; ese animal sólo le daba la misma mirada de siempre, como esperando que él se sentara a su lado y todo siguiera como siempre. No había una sola señal de reproche o recriminación en esos ojos cafés.

Kai alejó la mirada ocultando su vergüenza, no le habló pero trato de razonarse que ella entendía, que al día siguiente a primera hora iría en búsqueda de un doctor que la ayudara, que ahora sí le prestaría la atención necesaria, se enteraría de por qué le gustaba jugar con los controles remotos y le asustaba cuando el vecino gritaba, por qué no ladraba a los gatos pero si a las aves… al día siguiente, cuando ella fuera atendida, curada y quedara igual que antes. Él lo haría.

Subió a acostarse cegándose con esas ideas, después de todo no debía ser algo serio. No queriendo pensar en la culpa que aún le mordisqueaba la consciencia. No tuvo un sueño plácido, las ideas no lo dejaban en paz y lo hicieron dar vueltas por la noche hasta que al fin se cansó de tratar de conciliar el sueño.

Miró el reloj, eran casi las dos de la mañana, se quedó un rato en calma esperando por el sonido habitual de los ladridos insensatos o el eterno golpeteo de esas patitas, nada; había ese silencio que deseaba cuando maldecía al animal por no dejarlo dormir. Y de nuevo, en ese eterno viaje redondo de culpa y deseo de borrarla, salió de la cama y fue en busca de ella.

No la encontró donde la había dejado, nuevamente llamó y buscó, ahora empezó por los improbables, los poco usuales y los comunes, tampoco hubo éxito; llamó e hizo los ruidos raros, sin ninguna clase de respuesta. Salió al patio sin muchas esperanzas de encontrarla y con un confuso sentimiento, de entre las sombras distinguió una silueta conocida.

La llamó y un pequeño quejido le confirmó lo mejor y lo peor.
Era ella. Pero no estaba bien.

La llamó de nuevo, ya no se oyó el agitar de la cola o el paso siendo aplastado con sus patitas. Se inclinó buscándola en la oscuridad con la mano, el pelaje suave y la nariz húmeda le dieron la bienvenida. La recorrió otra vez, por alguna señal que le dijera por qué se consumía tan rápido. ¡Sólo unas horas habían pasado!

Un brazo le rodeó el cuerpo y la otra mano le repasaba suavemente la cabeza. Trataba de murmurar algo que le diera calma, que quisiera seguirle prometiendo, para convencer más a él que a ella que no le entendería.

Un recuerdo asaltándole incrementó la velocidad de sus caricias y la presión en sus pulmones, ese pronto aniversario de un año de la muerte que más le había afectado. Aún faltaban casi tres semanas, y no sabía como lo ‘viviría’ pero la sensación lo estaba haciendo perder el control. Las palabras, ya de por sí entrecortadas y carentes de sentido, se torcieron aún más hasta convertirse en murmullos incoherentes.

Pero así siguió.

Cuando sintió el pecho subir y bajar con más notoriedad pero a la vez con más tiempo de intervalos entre uno y otro, relajó el brazo que la rodeaba, casi una hora pasó así. Las inhalaciones y exhalaciones se iban haciendo más y más espaciadas, de pronto ella respiró como a grandes bocanadas.

Una… dos… tres… cuatro…
Diez segundos pasaron.
Cinco… seis…
Catorce segundos.
Siete…
Ocho…

No llegó un nueve.

Se quedó un breve tiempo expectante por esa novena bocanada; al saber que no iba a llegar, buscó por un pulso, lo halló y siguió la cuenta, latido, latido, latido…
Latido…




Latido…


Puso su mano frente a su boca, buscó por pulso en otros sitios, la mano con la palma abierta sobre un costado en espera del movimiento al inhalar…

Ya no había nada.

La tomó otra vez con el brazo izquierdo, y sujetó su cabeza con la mano derecha. Unos minutos así hasta que el calor del cuerpo comenzó a irse y el rigor mortis a aparecer. La hizo a un lado y miró al cielo estrellado que apenas y se notaba por las luces de la ciudad que las opacaban.

Ya no había mas por hacer, ni tratar de salvarla, ni culparse, ni sufrirla… sólo extrañarla y pensar en cómo seguirá el día de mañana. Cerró los ojos en espera de alguna lágrima que pudiera traicionarle, la cantidad de sensaciones encontradas le anunciaban que podía pronto aparecer.

Aunque jamás llegó.

Se incorporó, buscó una pala en la parte trasera de la casa y sin pensarlo mucho comenzó a cavar. No le importó ni la hora, ni el lugar, ni el hecho que él estaba descalzo, apenas en pants y una playera ligera… aflojar tierra, retirarla, aflojar, retirar.

Un agujero de tamaño adecuado, a profundidad requerida.
Regresó a donde el cuerpo esperaba, la miró meros segundos. La tomó, regresó al agujero y la depositó, no se detuvo por una emotiva mirada final, ni por una despedida de palabra o gesto, el cuerpo en el agujero y comenzó a echar tierra; palada a palada su mente se iba más y más lejos, cubría el cuerpo y el recuerdo, la culpa y la inútil disculpa.

Terminado, dejó la pala en su lugar, entró a casa, fue a la cocina y se sirvió un vaso de té helado.

Se sentó en la barra, el vaso al lado y la mirada perdida. Ya sin más que hacer.
Se quedó dormido ahí, en posición tan incómoda y con frío pero no se movió. A la mañana siguiente una mano el hombro lo despertó, se giró con pereza hacia la persona.

-¿Qué te pasó?- preguntó Yuriy con un poco de preocupación y otro tanto de sorpresa burlona.
-¿Qué haces ahí? Si tuviste fiesta nos hubieras invitado.- Boris encendía la televisión.

Kai se talló los ojos y vio el reloj, recordó que era viernes y ese par iba de visita.
-¿Desayunarás?- Yuriy preguntó poniendo un par de bolsas en la mesa.

Kai negó, se talló los ojos otra vez mientras se pasaba una mano por el cabello. Dejó su lugar en el banco de la barra y fue a su cuarto.

Yuriy sabía que no debía preguntar nada, entendió que lo que fuera que hubiera pasado no debía incumbirles. Boris por otro lado, sólo percibió que Kai no estaba bien, además de que faltaba algo.
-¿Dónde está la rata esa?-

Kai se detuvo un momento, esperando por el sonido de las patitas en el piso de losa, cuando nada llegó, contestó perdiéndose de la vista al subir las escaleras.

–Ya no vive aquí.-

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Curiosa la fecha y el modo en que las cosas pasaron.
No hay más por hacer. No fue un cuento, aunque no tuvo final feliz.