Max debe llegar a casa pronto, Judy lo espera para la cena que celebra el cumpleaños de su papá, si bien lo que Max lleva no es alguna clase de ingrediente secreto para la cena o el pastel infaltable en toda fiesta, sí es un detalle importante y mamá lo quiere en casa antes de que su esposo llegue.
El elefante y Max caminan aún con mucho tiempo de ventaja, y luz natural que le acompañe en su regreso. Aprovecha para pasearse por el centro comercial buscando un disco, ha tenido ganas de comprarlo desde la semana pasada pero sólo hoy cree tener el tiempo (y la disposición) para hacerlo, repasa los anaqueles y lo encuentra, lo toma, lo revisa y pregunta a una dependienta si en verdad es la gran cosa como escuchó. Ella (como toda vendedora que se aprecie de serlo) le dice que sí, que será sin duda el éxito del momento, que aproveche porque son los últimos, el rubio estadunidense lo duda porque aún hay muchos en existencia, mueve un poco la cabeza y se pasea por la tienda de discos con el objeto compartiendo mano con el elefante, regresa al anaquel donde están los demás discos y lo deja, da otro paseito y lo toma, al final paga por él y agradece sonriendo.
Se dispone a ir a casa, decide que caminará para aprovechar el tiempo y no llegar antes con el riesgo de que mamá lo ponga a ayudarle, no lo detesta pero se lo ahorra tanto como puede. Al pasar por el frente de la tienda de autoservicio, un conocido bien conocido lo llama.
-¡Max, que sorpresa!- un chino de cabello negro lo alcanza, agitado por correr con tres bolsas en la mano.
-Rei, ¿qué haces con eso? ¿compras tu despensa del mes?-
-No, Mao está de visita, quiere preparar algo especial para la cena.-
Max sonríe un poco insinuante y asiente, seguramente la situación es incómoda para Rei, lo ayuda hasta la esquina donde sus caminos se dividen y le desea suerte. El chino agradece y cada uno sigue su camino.
Max sabe que Rei llegará al departamento, Mao lo esperará impaciente, le preguntará la razón de su tardanza y le dará órdenes a diestra y siniestra hasta que un posible espléndido platillo quede arruinado por la agresiva guía de Mao, entonces Rei reparará todo cuando tome el control y cuando sean casi las once de la noche y se sienten a cenar, la comida pasará a segundo plano porque los dos se reconciliarán con un beso y una película que no verán.
El camino sigue, diez minutos pasaron desde que dejó a Rei, ahora camina por el parque que usa para cortar camino hacia la escuela, sólo que en este caso es para alargar un poco más la ruta. El elefante empieza a pesar pero no quiere llegar pronto a casa. Mientras cruza un pequeño prado arbolado se lleva una sorpresa al escuchar el iracundo grito de Hiromi, curiosamente es el nombre de Takao el que sale de la boca de la castaña. Al darse cuenta de la asociación, Max se detiene y busca por el par.
-¿Chicos?- el estadunidense está estupefacto, así que este es ese incómodo secreto que esos dos guardaban, si fuera tan espectacular el elefante caería de sus manos por la sorpresa llevada.
Pero no es la gran cosa.
-¡Max!... Max… ¿Max?- Takao brinca y trata de alejarse lo más que puede de Hiromi, ella trata de ocultar (bastante en vano) una bolsa de un reconocido restaurante de comida rápida detrás de un tronco.
-¿Qué te trae por aquí?-
-Voy a casa, los veo después.-
-Si… después.- Hiromi lo apura y agita la mano exageradamente tratando de verse de lo más natural.
Max acelera el paso, quiere salir de ese embarazoso momento tan pronto como sea posible, el elefante bien sujeto, hasta parece abrazarlo.
Aunque (tétricamente) sabe lo que pasará, habrán arruinado la comida al esconderla tan aprisa. Takao se quejará, Hiromi se quejará, ambos se gritarán, harán un berrinche y pelearán. Como acordaron que esa reunión (jamás la llamarán cita) acabaría hasta la noche, regresarán al restaurante, juntarán lo poco que tengan y comprarán más comida, pero será tan poco dinero que sólo les alcanzará para un paquete completo. Con su hamburguesa, papas y refresco únicos irán de nuevo al parque, y resultará felizmente que compartir la comida y la bebida será más agradable que tener cada uno la suya. Así que cuando la noche llegue y regresen a casa, irán tan felices que ni cuenta se darán que se toman de la mano y ya no pelean.
El parque está por acabarse. La organización de las áreas en ese lugar parece ahora más pequeña que nunca, el área verde, la de reuniones y eventos, la temática y la lúdica ocupan un enorme espacio, pero Max siente que es apenas un minúsculo camellón, mira su reloj y el tiempo aún se acumula en favor, o podría decirse más bien que en su contra porque él quiere que vaya más aprisa para llegar a la hora justa, no con mucha antelación y terminar cocinando… detesta cocinar, no comer claro… ¿quién detesta comer? Quizá los anoréxicos, pero él en definitiva no es anoréxico.
Se sienta a hacer tiempo, repasa al elefante para confirmarse que está intacto, sin duda lo está, hasta pareciera que está contento con el paseo, pero es una misión encomendada por mamá. Y Max sabe que Judy no confía en mensajeros, por eso le dio ese traslado a su hijo.
Ha llegado al ala lúdica, donde los pequeños niños juegan y hacen otras actividades que estimulan sus ingenios… creatividad, todo eso que la teoría pedagógica dice es bueno para el desarrollo infantil.
-¿Max?- otra voz pregunta entre sorprendida y… no, sólo sorprendida.
Max voltea otra vez, no deja de preguntarse que tiene ese día que todos se encuentran con él, y ve a Kai no muy lejos de él. Pone al elefante al lado de la banca, y espera que el otro se acerque.
-¿Qué haces aquí?- no es la última persona que esperaría ver ese día (siendo que ya encontró a los otros tres), pero es inusual verlo en el parque, a esa hora del día y… en un lugar donde hay niños pequeños.
Kai no tolera a los niños pequeños.
-Labor social.- Kai dice sin rodeos, la cara confundida del rubio exige mayor explicación, -El día de apoyo a la comunidad de las empresas.-
De acuerdo, eso dice más pero no explica nada. -¿Y tú que haces aquí? ¿no odiabas a los niños?-
-Era algo que tenía que hacer.-
-¡Señor, las barricadas y las tres trampas están listas, señor!- un pequeño de no más de diez años aparece en una perfecta posición de firmes y haciendo un curioso saludo que se antoja militar.
-De acuerdo, organiza a la tropa, dile a Miss Tomoyo que estamos listos. Voy para allá.- Kai dice al niño.
-¡Si, señor!- y el pequeño se va corriendo.
-¿Qué fue eso?-
-Si era algo que tenía que hacer, lo haría a mi modo. ¿Por qué no te unes?- Kai ofrece poniéndose una careta y mirando a un grupo de niños que llaman por él.
Gotcha.
Al llegarle el razonamiento, Max toma al elefante por su seguridad y sonríe, -No, gracias, es el cumpleaños de papá, voy tarde.-
Kai asiente, se pone la careta y toma el arma, se despide levantando el arma mientras camina hacia el grupo de niños que lo aclaman conforme se acerca, Max sonríe, eso si no lo esperaba pero sabe bien la razón. Si Kai tenía que hacer labor social, siendo uno de los representantes de las empresas, y no podía salirse de esa, (como dijo) lo haría a su modo.
Aunque no sabe que clase de apoyo a la comunidad es enseñarle a un grupo de escolares tácticas de guerrilla, sabe que esa pobre Miss Tomoyo tendrá el peor día de su vida. El ejército de Kai estará tan bien organizado que ni un grupo de adultos podría salir victorioso. Kai impulsará tanto como pueda las ansias locas de esos niños, encausando su energía desbocada para un fin quizá práctico. Los niños aclamarán a su amigo y le pedirán hacerlo otro día, pero Kai ya habrá tenido su dosis anual de contacto con infantes y prometerá que lo repetirán, pero no dirá cuando.
Max se queda sólo un momento a ver la masacre que ocurrirá, pero en cuanto las bolas de pintura empiezan a salir por doquier y pequeñas bandadas de niños salen corriendo entre llantos y gritos, sale disparado.
Ha llegado al punto donde faltan cuatro cuadras para su casa, donde la tienda de comestibles hace esquina con la lámpara del alumbrado público que dejó de funcionar dos semanas atrás cuando una pareja de estorninos decidió anidar ahí. Tiene un poco de hambre y aún faltan quince minutos, decide comprar un par de chocolates que le acompañen en el agonizantemente lento camino de regreso (de ningún modo llegará antes de la hora que él mismo se prometió).
Saluda amablemente a la señora dependienta, que lo mira curiosa cuando se toma su tiempo para elegir entre las tres ofertas de chocolate que hay. Cuando al fin se decide por una, pregunta por un par de productos que sabe no venden ahí, pero no le gustará caminar tan lento que haga pensar que se convirtió en el elefante que lleva, aunque los elefantes no caminan lento pero si el cornaca no es bueno, el elefante hará lo que quiera y caminará lento aunque lo esperen en un sitio, al elefante no le interesa la preocupación humana, en su mundo lo más que cabe es (quizá) la voluntad de su cornaca.
Paga y se despide, abre uno y guarda el resto de los chocolates en la bolsa que contiene el disco, se lo acaba cuando falta sólo cuadra y media, dobla la envoltura metálica y empieza a maniobrar para obtener otro.
Resulta inusualmente fácil, considerando lo mucho que le costó acomodarse para ayudar a Rei y que no tirara el disco y el elefante.
¿Por qué ahora es tan fácil?
El disco está bien seguro en su bolsa, y…
¿Y el elefante?
Se detiene de momento, abre bastante los ojos, la sorpresa mayúscula que no le había llegado en todo el día… ni con la inusual compra de Rei, el extraño encuentro entre Hiromi y Takao o la bizarra labor social de Kai, lo golpea ahora.
¡No está el elefante!
Da un giro de ciento ochenta grados y emprende la carrera, repasa en la cabeza dónde pudo haberlo dejado… pasa por la tienda y pregunta esperando una respuesta afirmativa, la mujer le contesta que no… que no llegó con ningún elefante. Entonces confirma su peor temor.
El elefante… en la banca… en el parque…
Solo…
Con un ejército de niños enloquecidos… armados con artefactos potencialmente destructivos… y un líder que no conoce la piedad.
Los siete minutos que le quedan para llegar a casa quisiera que fueran cuarenta, tiene que ir corriendo al parque, tomar al elefante con la esperanza que siga sano y salvo. Lo que le tomó diecinueve minutos ahora son cinco, pasa justo en medio de lo que parece una escena de ‘El Señor de las Moscas’ versión los Simpson. Hay niños gritando, embadurnados en pintura multicolor, una joven profesora al borde de la histeria sobre un árbol tratando de calmarlos… pero eso no le interesa, su preocupación por el elefante crece.
Llega a la banca… no hay elefante, busca alrededor ansioso, los niños ‘prisioneros’ yacen cerca, a punto de volverse loco al imaginar el destino del elefante pregunta tan calmado como puede a uno si no lo ha visto. El niño niega y otro levanta la voz.
-¡Los prisioneros no hablan!- Max voltea al niño, no puede evitar sonreír (quizá de gracia, quizá de miedo) al darse cuenta que es el vigía que cuida de los ‘prisioneros’.
-¿Tú no lo viste? Estaba en esta banca.-
-Lo he visto señor, y me fue ordenarlo mantenerlo bajo resguardo hasta su regreso.-
La alegría desbordada de Max al recibir intacto al elefante sobrepasa su miedo de lo que el pequeño experimento de Kai dio como resultado. Al menos debe recordar agradecérselo después, ahora se limita a hacerlo con el niño.
Con el elefante bien seguro con él, sale de regreso a su casa, ya sólo queda un minuto pero su mamá siempre le ha dado una tolerancia de cinco minutos. Respira hondamente, ve los ojos negros del elefante y asiente. –Lo vamos a hacer.-
La jornada lenta y casi turística del elefante, del centro comercial al parque fue de una hora con veinte minutos, ahora esta carrera por llegar del parque a la casa de Max será en el tiempo récord de seis minutos.
Llega con el alma en un hilo y los pulmones olvidados en algún lado del camino, sus piernas tiemblan y su jadeo apenas y le deja espacio para mantenerse respirando en los últimos cinco escalones… abre la puerta y ve a su mamá levemente molesta, pero sonriente al verlo llegar con el elefante.
-Ya era hora Maxie. Pensé que se te había olvidado.-
Max ya no tiene ni respiración par contestar, pone el elefante en las manos de su mamá… llegado a puerto seguro, va a su cuarto a cambiar su ropa ahora sudada, y a descansar tanto como pueda hasta que Judy lo llame.
La llamada llega cuatro minutos después, sus músculos siguen tensos y adoloridos, sus pulmones parecen haber regresado ya y tratan de relajarse para no complicarle la respiración. Se ve en el espejo, contento con su aspecto que no denota la carrera que dio, y lo suficientemente presentable para darle la sorpresa a su papá.
Son las siete de la tarde/noche, la tienda familiar está siendo cerrada, Judy y Max escuchan la cortina del local caer y los pasos del señor Mizuhara subiendo. La puerta por ser abierta, y el grito de ambos que con un ‘¡felicidades!’ le abrazan y saludan.
El padre de Max no lo cree y recibe gustoso las felicitaciones de su esposa e hijo, Judy orgullosa muestra el banquete que preparó y el protagonista de la mesa, el elefante esperando por su nuevo dueño.
Max ve con cierta nostalgia como su papá toma cargo del elefante, a quien ya comenzaba a tomar cariño después de todo el viaje juntos, pero el elefante estaba destinado a ser el regalo de su papá, él era sólo el mensajero. Su padre lo mira emocionado, alaba la calidad del detalle y la pintura a mano, esa escultura ocupará el punto central junto a la jirafa, en su colección de figuras de animales hasta el próximo año, donde quizá sea ahora un manatí.
Y así acabó el viaje del elefante, de la tienda de regalos hasta su nuevo hogar en la casa Mizuhara.
Pero como no toda historia es feliz…
Mao estallará la mañana siguiente, le gritará y peleará con Rei, él tratará de contentarla con una cena pero ella se negará a quedarse, yéndose a dormir a casa de Hiromi.
Hiromi se verá comprometida con su amiga (no es propiamente su amiga pero cree en eso de la solidaridad femenina) y cancelará la cita con Takao de esa noche, Takao fingirá ser comprensivo pero dudará si la relación con Hiromi sería posible, y pedirá consejo a Kai.
Kai no tendrá ni cabeza para la lejanísima posibilidad de ayudar a Takao, tendrá que salir de urgencia de Japón cuando su teléfono y buzón se saturen de reclamos de padres indignados por la ‘inofensiva actividad’ que propuso, porque los niños que jugaban a ‘los encantados’ de pronto jugaban a la Guerra de Afganistán.
El elefante le hará compañía a la jirafa por ocho meses, cuando comience el noveno una pelota perdida de un juego de tenis en la sala le dará un final inesperado.
Y como no todo tiene que ser malo.
Max será feliz haciendo otro viaje a la tienda de regalos para hacer el encargo de un nuevo elefante, que hará un nuevo viaje… de ahí, a la casa Mizuhara.
Otro viaje que no podrá ser ya contado.
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Hoy murió José Saramago.
Muchos dicen que era sobrevalorado, pero sin duda de mis autores de cabecera.
'El viaje del elefante' fue su penúltimo libro, lo leí hace poco y es de los más 'sencillos' (dada la línea no tan enredada que tiene), aparentemente sin tantas pretenciones, pero entrañable como tantos. Y dio pie para esta pequeña historia que en nigún sentido calificaría de homenaje (estoy a millones de kilómetros de siquiera intentar colocar a su lado).
Pero fue un suceso que no me esperaba, y quise hacerlo para recordar el día.
A la memoria de un grande.
José Saramago (1922-2010)
1 comentarios:
creo que había visto otra plantilla cuando empecé a leer el fic >_>Uu
well, vi la noticia justo el día en que pasó o_o la verdad no he leído más un libro de él (Ensayo sobre la ceguera) y que algunos profesores nos recomendaban sus libros aunque no me dejaban comprarme ese que críticaba la religión católica (y era la que más me llamaba xDD).
Pues el fic me gustó, me agradan las historias de ese tipo y por alguna razón imaginé a Max de lo más gracioso xDDD
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