Canción: Weird friendless kid
Canta: Emiliana Torrini
Disco: Rarities
2. Weird friendless kid
Había muchas cosas que me gustaban de Kai: lo ácido de sus críticas, su humor negro, su mirada apática que ocultaba su interés por las cosas… pero sin duda, lo que más me gustaba (y que después supe fue lo que motivó mi curiosidad por acercarme): era su acento.
Como le dije, no podía descifrarlo, siendo lingüista tengo cierta facilidad para definir idiomas y orígenes, aunque había algunas que se me complicaban bastante… solía acertar, pero con él no pude, apenas conseguía definir uno cuando aparecía otro.
Era como si sus pies no supieran ni que tierra pisaban.
No era un políglota, parecía dominar tres, se daba a entender en dos y conseguía decir lo básico en otras dos. En eso podía jactarme que le ganaba al dominar cuatro idiomas, y defenderme bien con otros, pero ni así conseguí definirlo. De momento sacaba palabras ajenas al idioma que usaba, entonaba de distintas formas y limitaba el sonido vocal de algunas letras.
Jamás supe si lo hacía adrede o de verdad, la mezcla de palabras, significados, intenciones, entonaciones y toda la maraña de situaciones que envuelve la cuestión lingüística llegaban a ser demasiado para él y su siempre ocupada mente.
Lo que fuera, sólo tenía dos palabras para eso: Me encantaba.
Nuestro primer encuentro había terminado demasiado vergonzoso para mí al haber hecho una insinuación sexual que al parecer no había cruzado por su mente, y pensé que así iba a quedar, al menos el embarazoso momento iba a quedar en mi mente para el recuerdo; pero apenas mes y medio después volvimos a encontrarnos en una conferencia parte de un forum internacional.
Ahí fue donde supe quien era (parcialmente) Kai Hiwatari, de haber sabido con anticipación la clase de calibre que tenía en el ámbito de negocios… juro que no me hubiera ni atrevido a dirigirle la palabra, mucho menos hacer (y decir)… todo lo que hice (y dije), pero las cosas sucedieron del modo en que lo hicieron y él era de un modo tan distinto, que (no como otros socios de mi jefe que había conocido) me dirigió la mirada directamente y la palabra sin hacer referencia siquiera al vergonzoso suceso pasado.
Respondí como idiota, completamente apabullada por la atención que se dirigió a mi (mejor dicho a él). Me saludó brevemente e hizo un comentario burlón de la decoración tan mundana, después uno extrañado de mi falta de respuesta, finalmente, cuando alguien lo llamó.
-Será cuando acabe.-
Afortunadamente las miradas se fueron con él, pude girarme a gusto y hundirme en mi sonrojo que pasó sin notar por mi ya enrojecida cara por las altas temperaturas (nunca le han sentado bien a mi cara). Mi amiga sólo sonrió y levantaba de nuevo ambos pulgares.
Me hubiera quedado a gusto en ese rincón pero tenía que trabajar. Me apresuré a llegar con la comitiva de mi jefe y estar alerta por si requerían mis servicios, mi jefe estaba en segunda fila, yo y el resto de los intérpretes en un área especialmente diseñada que daba debajo del panel de presentadores. Lugar desde donde tenía vista privilegiada, Kai en primera fila.
Esa fue la primera vez de muchas, en las que nos encontramos, intercambiamos una que otra palabra, uno que otro trago y… una que otra habitación de hotel (o no).
Se ajustaba bastante bien para ambos reunirnos para deshacernos de las frustraciones y enojos de toda clase que acaecían con las reuniones, foros, juntas, negociaciones, congresos, fiestas, cenas, y demás clase de evento relacionado a la rama empresarial donde Kai se veía invitado y yo tenía que asistir en apoyo a mi jefe.
Cuando la compañía de mi jefe comenzó a quedarse atrás por cuestión de la crisis, las salidas terminaron y al poco tiempo vino el cese de muchos puestos; entre esos el mío. No me animé a informarle a Kai, con lo poco que lo había conocido estaba segura que no iba a hacer nada, y no porque fuera un maldito indiferente (aunque algo había de eso), pero él creía firmemente que cada uno debía obtener lo que quería por méritos propios, sin ayuda.
Afortunadamente conseguí trabajo unos meses después con una burócrata del departamento de economía de mi país, así que estaba de regreso en el círculo. Fue hasta la primera reunión del G-20 que me di cuenta cuánto deseaba verlo. Fue una comprensión que me dio miedo, casi estaba segura que estaba muy lejos de lo que Kai y yo pudiésemos haber llegado a tener… si acaso algo llegó a haber.
Fue un reencuentro frío (y esa palabra se queda corta), pero bastante significativo para mí. La sorpresa al verme, en verdad se reflejó en su cara, no me dirigió ni una sola palabra pero eso me fue suficiente. Ya terminadas las actividades, saldamos las palabras que no habían sido dichas.
No era mi ideal de una lejana (muy, muy lejana) ‘relación’, pero me gustaban bastante esa clase de encuentros, aunque eran más esporádicos hubo más de tres ocasiones en que se saltó sus compromisos y yo mis obligaciones, subíamos a la azotea del edificio y fumábamos, intercambiábamos una que otra palabra o el silencio que parecía ser tan necesario para él.
Pasamos a una segunda fase donde hablábamos sobre dónde íbamos a estar y hacíamos concordar un punto medio, sé que al menos un par de ocasiones él forzó sus planes para quedarse cerca de donde estaba, y hubo otras tantas donde yo mentía y me presentaba sin tener realmente nada que hacer ahí.
No preguntó nada de mi vida, yo lo hice una sola vez pero fue tan clara su inconsciente negativa que no volví a hacerlo. No sabía de él nada más que lo que se sabía en los círculos de negocios, su vida privada era casi una tumba que nadie siquiera sabía dónde se ubicaba.
Era como un ente ajeno a todo, ni en las dos fiestas de negocios donde tuve la suerte de estar como asistente personal de mi nueva jefa; donde se suponía la cuestión no era tan rígida y se permitía romper el tieso protocolo, él era lejano a todo.
En una ocasión, casi diez meses después del primer encuentro en ese aeropuerto cerrado, durante un Foro Internacional en Japón abruptamente cancelado fue que conocí otra fase más. Una que nadie (que yo conociera hasta entonces) había visto siquiera.
Siempre había querido conocer el país nipón, pero las giras de mis jefes jamás nos habían llevado ni remotamente cerca hasta esa desafortunada vez, creí que partiríamos la tarde del mismo día que llegamos al saber la cancelación del evento.
Afortunadamente mi jefa era mucho más comprensiva que mi antiguo jefe (y ciertamente más relajada y holgazana), permitió que todo el staff que le acompañaba nos tomáramos cuatro días para conocer, ella se limitó a decir ‘nos vemos aquí el lunes a las seis’.
Ya me había encontrado con Kai, y cuando iba a buscarlo para contarle la buena nueva lo encontré en una de las muchas entradas con dos chicos, no pude evitar sorprenderme. Me acerqué lentamente y decidí esperar, guardando distancia esperando por él.
-¡Vamos Kai! Sabemos que esto quedó cancelado, no tienes más planes, ¿a dónde vas a ir?- uno moreno de cabello negro (japonés por los rasgos) le decía dándole palmadas amistosas en la espalda.
-Si no pensabas ir, no nos hubieras dicho que venías.- Otro de cabello negro y largo sentenciaba serenamente.
Kai se veía incómodo del contacto, para esas alturas sabía que detesta casi toda clase de contacto físico, pero tampoco se veía muy dispuesto a alejarlos. Ésos eran sus… ah, amigos por nombrarlos de un modo. Tiempo después sabría que eran más que conocidos, pero no eran sus amigos en la categoría que yo y muchos tenemos.
Los dos se giraron hacia mí cuando Kai me notó y obviamente me reconoció, el moreno torció un poco la cabeza y preguntó sin mucha discreción.
-¿Quién es ésa? ¿la conoces?-
El de cabello largo me miró directamente un momento, tomó al otro por el hombro y lo retiró del lado de Kai. –Vamos por el taxi, Takao.-
El hombre llamado Takao se alejó de mala gana no dejando de darme miradas extrañadas; me acerqué casi tímidamente cuando noté que Kai estaba disgustado. Me miró de reojo y bajó la cabeza suspirando.
-No me dejarán en paz si no vas.- Dijo de pronto, casi forzando las palabras.
-Bueno, no voy si no quieres que vaya.- No tenía la más remota idea de a dónde había que ir, pero aunque en verdad quería ir (aún sin saber adónde) tenía que respetar los ‘términos’ que sin querer habíamos fijado.
-Ese es el problema.- Dijo como resolución, y movió un poco la cabeza. –Vamos.-
Empezó a caminar hacia el taxi donde los otros dos esperaban.
-¡Oye, pero mis cosas todavía están en el lobby!- exclamé de pronto, no quería perder mi equipaje si iba a estar cuatro días ahí.
-Regresarás cuando sepas llegar.-
Sí, así era Kai. No diría ‘te traigo después’ o ‘venimos después’, sino que yo tendría que regresar. Lo pensé un solo instante, sabía medianamente japonés, no era persona desorientada y… quería ir. Así que después de razonarlo con mi mente precavida, subí al taxi en la parte de atrás con los otros mientras Kai ya había ocupado el asiento delantero, él no iría atrás… o no, Kai no.
Fue un trayecto largo, cerca de cuarenta minutos; notaba de reojo la mirada de ‘Takao’ sobre mí, el otro no se veía tan ávido de verme. Ninguno hablaba y salvo por Takao o yo, nadie parecía notar el incómodo silencio.
-Soy Rei, él mi amigo Takao. Mucho gusto.- Dijo finalmente el de cabello largo… Rei.
Tomé animosamente la mano que me extendía al igual que la de Takao que al fin parecía verse más amistoso y menos curioso, les di mi nombre y esperé que bastara con eso. Ellos preguntaron de mi país de origen, a qué me dedicaba y si también asistía al foro cancelado. Contesté todas sus preguntas de muy buena voluntad, ellos también se presentaron y me contaron que íbamos a la fiesta de una amiga común de ellos en la casa de Takao.
Ninguno preguntó de mi conexión con Kai.
Llegamos a una casa que yo diría era tradicional, aunque había estudiado los idiomas carecía de conocimiento general de la cultura de cada país. Así que lo asumí por las películas que había visto de Japón.
-Bienvenida al Dojo Kinomiya.- Takao me dijo alegremente.
Agradecí e hice algunas preguntas para entender lo básico qué era un dojo, y cómo ese ‘dojo’ podía ser una casa. Una vez explicada, tuvo sentido y me sentí más tranquila. Takao tiraba de mi brazo, Rei caminaba a mi lado y Kai venía detrás.
Al entrar, me di cuenta que la fiesta (en general) no tenía nada de distinto a las que había visto celebrarse en mi país, comida, música, bebida e invitados. Los cuales saludaron gritando al vernos llegar, las exclamaciones y los gestos de bienvenida se tornaron confundidos cuando repararon en mí.
Un pelirrojo chaparrito, un rubio pecoso y una chica de cabello café se acercaron para saludar a Kai (sin ocultar su sorpresa de verlo asistir) y preguntar por mí.
-Es una conocida,- Kai habló finalmente.
Los otros se presentaron, el más pequeño como Daichi, el rubio como Max y la mujer como Hiromi, al parecer era ella la festejada. Me invitaron a pasar y disfrutar de la fiesta, fue una situación divertida e interesante; el hecho de que no hubieran hecho pícaras insinuaciones resultó perturbador. Era como si todos ellos ya supieran bien que clase de cosas se permitían con Kai, y cuales estaban fuera de discusión.
Mientras la fiesta se llevaba, entablé una conversación con Max que resultó ser Estadunidense y me contó algunas cosas de los años que llevaban conociéndose. Rei se unió a la plática poco después, luego siguió Takao, era fascinante escuchar sus anécdotas y al parecer les resultaba igual de interesantes que les hablara de mi país y mi cultura, decían que nunca habían pisado Sudamérica.
Cuando la música comenzó, Max me invitó a bailar y acepté no muy gustosa pero quería responder a su hospitalidad, fue cuando busqué por Kai después de casi hora y media que llevaba ahí. No me sorprendió verlo en una esquina con su bebida, ignorante al festejo a su alrededor, lo que si no dejó de interesarme fue el hecho de que ya ninguno de sus más allegados conocidos lo incluían en las actividades.
-Me preguntaba si aún seguías aquí. ¿No eres de fiestas verdad?- le pregunté sarcásticamente.
Me miró sin molestia, sonrió enigmáticamente, -¿Aún está abierto el centro de convenciones?-
Me congelé con su frase, quise maldecirlo pero mi equipaje esperaba por mí. Me acerqué a Takao y me disculpé pidiendo su dirección para saber a donde regresar después de ir a recoger mis cosas.
El muchacho se mostró confundido. –Ya sabía que ese bastardo no había cambiado, le pediré a Rei que vaya contigo.-
-¡No, espera! ¡yo puedo regres…!- no me dio tiempo de terminar.
Ya le había dicho a Rei y él aceptaba sin molestarse, me convenció que no era molestia y que podíamos ir sin problema. Me invitó a seguirlo hasta el auto de Max, quien le dio las llaves de inmediato, asintiendo hacia mí como para mostrarme que no tenía conflicto.
-¿Vamos?- preguntó ya en la entrada de la casa.
-Si, gracias.-
Abordamos un bonito compacto de color azul. Rei condujo con calma, yo estaba hecha un manojo de nervios por el temor de encontrar cerrado y por la enorme molestia que estaba provocando; aunque Rei se veía tan natural como lo vi desde la primera vez, no dejaba de atormentarme pensando que lo había sacado de la fiesta y lo había obligado a llevarme, siendo que ni me conocía y sólo porque Kai no tenía la atención de apoyarme se veía arrastrado conmigo.
-No te golpees,- Rei dijo mirándome por un momento por el retrovisor, -no es ninguna molestia. Eres una conocida de Kai, el hecho de que te haya llevado a la fiesta quiere decir que te considera. Así que no creo que seas una mentirosa en potencia.- Dijo riendo.
-¿Qué quieres decir?-
Rei volvió a sonreír, -La poca gente alrededor de Kai está bien escogida, puede que haya algún asesino por ahí- sonrió aún más, -pero, aunque no lo parezca, tiene buen ojo para las personas.-
-No creo saber de qué me estás hablando. Él no es una persona social.- Confesé sabiendo que tenía confidencialidad con Rei, era peculiar pero su personalidad invitaba a tenerle confianza.
-Eso es cierto, Kai no tiene amigos aquí en Japón, y casi en cualquier parte del mundo.- Dijo de momento, justo cuando detenía el auto y me señalaba que habíamos llegado.
Tuve que apresurarme a ir por mis cosas, no tardé mucho pero se me hizo mucho tiempo pues estaba ansiosa de que Rei me explicara esas palabras. Mi maleta no era pesada, mi bolsa de viaje tampoco estorbaba mucho; regresé pronto al vehículo de Max, Rei me ayudó a subir mi equipaje y regresamos a la casa de Takao.
-¿Qué querías decir cuando dijiste que Kai no tiene amigos aquí? ¿no son ustedes sus amigos?- pregunté.
-No, no lo somos. No en el sentido en que tú y yo consideramos a los amigos. Dicen que del grupo soy la persona más cercana a Kai, y así, puedo decirte que no sé lo que Kai considere a un amigo.-
-Eso no tiene sentido.-
-Si, lo sé, pero dudo que haya alguien que lo entienda por completo. Pero no nos importa, uno aprende a adaptarse a él.-
-¿Adaptarse?- dije pensativa, ya había dicho que era imposible definir a Kai. Pero no me había dado cuenta que al final, él no había cambiado a la primera vez que lo conocí, sino que cada uno se adaptó sin cambiar.
-Tú tampoco eres su amiga, - Finalizó justo cuando íbamos llegando. –Si acaso te preguntas la clase de persona que tienes que ser para que los demás crean que eres su amiga. Espera a conocer a los rusos.-
Regresamos a la fiesta, me quedé hasta entrada la tarde y seguí comprobando las palabras de Rei. Ninguno apuró a Kai a unírseles en la celebración, se pasaban unos ratos con él o lo mantenían contento alejando a toda la gente del rincón donde él se había parapetado. Pero que curioso grupo.
Volví a convivir con todos ellos una ocasión más, con Max otras dos y con Rei otra; admito que me gustó esa extraña faceta de Kai… una más amable de la del frío hombre de negocios, todas ellas fueron mera casualidad del lugar donde nos encontrábamos y que ellos tal vez estaban por ahí.
Yo misma hice un poco por estrechar ese torcido lazo que habíamos creado, lo invité a tomar parte en algunas fiestas familiares, cosa a la que él rotundamente se negó. Salvo por un par de ocasiones donde le tendí una trampa, y claro, no inmiscuí mi cuestión familiar sino algo de amigos. Eso fue lo más que él quiso saber de mi. Jamás volví a mencionar algo de su familia.
Entre esos viajes, hubo un encuentro inesperado en Rusia. Conocí a las otras personas que Rei me mencionó, a las que nadie que yo conozca querría siquiera acercase, mucho menos trabar amistad. Pero vamos, Kai no era como nadie que hubiera conocido, y justo él era del tipo que se relacionaba con sujetos comos los dos rusos que tuve la suerte o infortunio de conocer.
Yuriy y Boris me hicieron ver una cara casi diametralmente opuesta de Kai.
Aparecieron una mañana en la habitación de Kai, yo llamaba a la puerta y un hombre de extraño cabello me abrió, me miró de arriba abajo despectivamente y llamó hacia adentro, —¿Quién pidió una mujerzuela?- preguntó.
Escuché una risotada de alguien que no conocía, y la voz calmada de Kai, —Déjala pasar, y quítate de la puerta. Van a creer que doy alojo a vagabundos.
El hombre que abrió me sorprendió por la cantidad de obscenidades que salieron de su boca, en ese entonces sabía poco ruso pero estaba bien versada en malas palabras gracias a un colega. Me paré en la entrada, dudando ante la escena, el de cabello claro se tiraba en un sillón donde un pelirrojo ya estaba, le daba una botella y se burlaba de él.
-Idiota, ¿no ves que es la noviecita de Kai? —dijo entre risas, y miró luego a Kai, —aunque aquí entre nosotros, Kai… tienes pésimos gustos.
Regularmente no me quedo callada cuando me ofenden, suelo contestar con las mismas malas palabras y ofensas que aquellos que me las dirigen pero… ante ellos, no pude, me quedé petrificada, no sé si por miedo o sorpresa de ver esa clase de personas en la habitación de Kai.
-¿Cómo sabes que es su novia? Hiwatari no tiene eso, ¿no será la camarera?
-Vete al diablo idiota, —las palabras salieron sin pensarlas, me habían impresionado pero no me iba a quedar callada.
Los dos me miraron algo sorprendidos, el primer hombre levantó su botella y me la dirigió, —Tienes carácter, dieboshka, me agradas.
Kai los ignoró, se acercó a la mesa junto a la puerta cerca de donde estaba y me miró de reojo unos segundos, abrió la puerta y salió. No me tomó mucho tiempo entender su mirada y salir con él.
Cuando regresamos, ellos seguían ahí. De hecho, parecía que no nos habíamos tardado cinco horas, los dos estaban en el sillón y brincaban de canales en la televisión continuamente, lo único que parecía haber variado era la cantidad de botellas de cerveza en el piso. Me senté en una silla cerca de la sala, Kai entró a su cuarto a deshacerse del abrigo y la corbata que tuvo que vestir en su reunión, quedé en silencio tratando de entender el programa que parecían haberse decidido a ver.
-Iré por comida, —Kai dijo de pronto, saliendo de su habitación y dirigiéndose a la salida.
No me dio ni tiempo de decir ‘voy contigo’, ya había cerrado la puerta dejándonos sin preguntar el porqué se había ido así. A él nunca le ha gustado el servicio a la habitación. Pasaron casi veinte minutos, yo estaba entretenida en el programa, afortunadamente Kai ya me había explicado quién era cada uno. Yuriy se veía contento con el silencio, pero miré a Boris de reojo y éste si se veía incómodo, golpeteaba con sus dedos el brazo del sillón.
-Y… —dijo Boris de momento, —¿qué eres tú de Hiwatari?
-Ignóralo, cree que todos buscan pareja como él. —Yuriy habló hacia mí, sin verme.
Boris tartamudeó algunas cosas, brincó otra vez de canales, azotó su botella contra el piso, y le lanzó otra sarta de obscenidades, mostrando su molestia ante las palabras de Yuriy. Cuando éste le echó un cojín que dio justo en medio de su cara, Boris se alejó furioso de la sala, perdiéndose en las dos habitaciones del cuarto de hotel.
-¿Qué pasa con él?
-Sigo sin saberlo, —el pelirrojo contestó casualmente, —aunque no es el gran misterio, quizá sólo está loco. No es mi prioridad saber.
Asentí, de momento me di cuenta que no tenía nada interesante que decir, y Yuriy tenía ahora el mismo aire serio de Kai. Así que opté por lo más cuerdo y me quedé callada. La situación se tornó más tranquila, y me atrevo a decirlo, agradable; comenzó un programa de variedades, los dos entablamos una conversación apacible criticando todo lo pésimo que era ese programa. Llegamos a un punto donde se respiraba algo de confianza… quizá fui la única que lo sintió, pero me animé a hablar para sacar la pregunta que había tenido por mucho tiempo.
-¿Ustedes son amigos de Kai?
Yuriy rió, —¿Amigos? Claro que no somos sus amigos, ese sujeto no tiene amigos.
-Pero tú y Boris son amigos, ¿no?
De nuevo no se contuvo la risa, —¿Yo amigo de ese idiota? ¡Jamás! paso tiempo con él porque no sabemos lo que le pueda pasar estando solo. Si no se pierde en la ciudad, mata a alguien o se muere de hambre. Es como un retrasado mental, aún creemos que tiene alguna clase de déficit intelectual.
-¡Escuché eso! —Boris rugió desde la otra habitación.
-Si como sea; su guardería de Japón debe habértelo dicho, cuando menos Rei. —Yuriy dio por terminada la conversación.
Admiré ese extraño conocimiento de Yuriy, me confirmó lo que Rei había tratado de decirme. La gente terminaba adaptándose a Kai, no porque él fuera una persona cuyo carisma fuera atrayente, era todo lo contrario; sino que tenía un modo de ser que hacía sentir distintos a quienes Kai permitía se acercaran a él.
Que si lo supe yo.
Pero nadie podía ir más allá, llegar a tener un absoluto panorama del Kai que conocían unos u otros.
‘Kai no tiene amigos’, cuanta verdad tenían Rei y Yuriy, y aún con lo extraño que sonara… a Kai no le importaba. Iba tranquilo por la vida importándole un comino lo que fuera dicho de él, esa fue una de las cosas de las que jamás llegué a tener comprensión.
Como fuera, no importó todo lo magnífico y desgastante que era pasar tiempo con Kai; como todo lo que empieza, acaba. Me enteré que había habido problemas contables con un socio suyo, eso le quitó el poco tiempo libre que compartía conmigo, yo fui trasferida a otra área y mis viajes disminuyeron. Nos llamábamos de vez en vez, procurando coincidir en tiempos pero eso se hizo más complicado.
Los encuentros disminuyeron, después lo hicieron las llamadas hasta que finalmente dejaron de sucederse.
Así fue como di por terminada mi ‘relación’ con Kai Hiwatari, lo vi una última vez casi medio año después de nuestra última llamada. Yo comenzaba a salir con un secretario de una jefa de área, parte de mi departamento y mi mundo, algo más cercano a mi ambiente. No tuvimos la oportunidad de hablar, me vio de lejos mientras mi pretendiente se alejaba para pedir otra ronda de bebidas.
Su gesto inexpresivo se mostró un poco conforme, sonrió levemente y asintió. Ahí fue cuando supe que mi etapa con él había terminado,
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Este capítulo y el anterior los tenía escritos desde mediados/finales del mes pasado, sólo faltaba una manita de gato.
Chica, si acaso lees esto, espero me aguantes con el último.
Estoy en 'out' casi total, muchas razones para no escribir...
Saludotes!
P.D. Ah si... lo olvidaba (ya ni me acuerdo si lo mencione en el mensaje) la canción que pongo al principio es como una especie de 'acompañamiento' para la historia, la letra da mejor idea.
16.7.10
10.7.10
Extranjero I
Canción: I hope that I don't fall in love with you
Canta: Emiliana Torrini
Disco: Merman
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Muchas personas me preguntaron varias veces si era verdad que conocía a Kai Hiwatari, a todas les contestaba que no, unas me creían y asentían diciendo ‘debí haberte confundido’ mientras que otras no me dejaban en paz, ‘¡ah pero claro que lo conoces!’ ‘seguro te botó y por eso finges no conocerlo’ y bueno, de ahí las cosas escalaban a algo más grosero, pero ese no es el punto.
Si a conocer se referían por estar consciente de su existencia y que llegué a cruzar algo más que palabras con él, pues bueno, si lo conocí… pero para poder llegar a un punto donde pudiera decir que lo conocía como me gusta conocer a la gente.
Entonces, no, no conocía a Kai Hiwatari.
De hecho dudo que alguien conozca a ese Kai Hiwatari, en el corto tiempo que tuve contacto con él me di cuenta que aunque muchos se dicen sus conocidos, podría ser que cada uno conocía una faceta… o una cara, como quieran nombrarlo… pero no había quien tuviera el panorama completo.
1. I hope I don’t fall in love with you
Todo empezó en un bar.
El sitio donde desahogábamos nuestra frustración después de habernos quedado varados por la pésima combinación de huelga y mal clima, sin papeles adecuados para entrar al país, nos quedamos en el aeropuerto como muchos otros. Durmiendo en salas de espera, pasando el día persiguiendo representantes sindicales, de aerolínea y al gerente del aeropuerto, en la noche no nos quedaba de otra que ir al bar del lugar.
No era muy pequeño, pero éramos tantos que siempre faltaba espacio. La máquina de karaoke proporcionó diversión suficiente para todos, desde los extrovertidos que hacían gala de su nulo talento vocal (la gran mayoría) y aquellos (que como yo) éramos parte de ese reducido grupo de bichitos que no toleramos el más mínimo ridículo ni aún alcoholizados, pero nos entreteníamos viendo a los otros cantar.
El primer día conocimos a muchos colegas y compañeros de situación, yo me quedé en una mesa acompañada con un grupo de asistentes uruguayos, dos turistas españolas, un contador alemán y una pareja de maestros ucranianos, yo era intérprete y asistente personal, nos caímos bien, aunque costó entenderse… fui yo quien comunicó casi todo.
El segundo, cansados de ver a los demás cantar sin saber la canción organizamos un torneo de cartas, arrasamos con las otras tres mesas que resguardaban los amargados como nosotros. Ya era de madrugada, muchos de los ocupantes del bar se habían ido, algunos a descansar o porque habían conseguido moverse por tierra, varios no nos movimos porque nuestro destino seguía imposibilitado.
La pareja ucraniana, un uruguayo y el contador seguían conmigo, esa última ronda se había tornado tan cardiaca que otros se habían acercado a vernos. El alemán fue quien se levantó con la victoria finalmente (cuatro veces al hilo), algunos pidieron unirse… eran casi las dos de la mañana.
Me hice a un lado para que alguien ocupara mi lugar en la mesa de juego, pedí un tequila y me senté a ver alrededor, no había mucho, gente viendo tv, hablando por celular y la infaltable cantando y riendo. Me estaba quedando dormida.
Una ola de exclamaciones me sacó de mi somnolencia, volteé asustada por lo repentino del asunto, todo venía de la mesa de juegos, el contador alemán echaba su mano de cartas y gritaba obscenidades que (molestamente) entendí bastante bien. Los maestros ucranianos trataban de calmarlo y aplaudían a quien lo había derrotado.
-¿Quién lo hizo?- pregunté sorprendida porque no habíamos podido ganarle a él, le pregunté al uruguayo.
-Ése de allá,- me señaló, -no sé de donde salió, pero le pateó el trasero.-
No sólo le había ganado, sino que le había superado. Busqué con interés al susodicho; el sujeto veía la silla vacía mientras juntaba la mano que le había dado la victoria, apilaba las cartas en un mazo y las entregaba a la persona a su derecha, asentía levemente y se levantó. Las miradas lo siguieron hasta una orilla de la barra, de ahí no se movió.
Algunos lo llamaron invitándole a otra partida, él negó agradeciendo levantando una mano y mostrando el dorso; dos borrachitos le lanzaron un par de insultos que se acercaban a la denominación ‘gallina’ pero él sólo hizo un gesto condescendiente, parecía que se reía de ellos.
Insistieron otro poco, el tipo no aceptó a pesar de las apuestas, los tragos invitados y los derogativos; él sólo negó tratando de ser amable o… (me dio la impresión) minimizando la situación. Después de un rato se olvidaron de él y comenzaron otra ronda.
Me quedé en una esquina fingiendo ver la acción pero de reojo viéndolo, como el uruguayo había dicho, pareció haber salido de la nada porque de pronto se convirtió en el centro de atención. Principalmente de mujeres, porque lo admito, no era de mal ver; la cantidad de gente se había reducido y desde mi rincón podía ver a la perfección a algunas acercarse, intercambiar palabras, gestos, y señas; ninguna se pasaba más de un minuto ahí.
El sujeto que parecía ser la nueva celebridad se había hundido ya en la pantalla de su pequeña laptop dando más que entendido que no estaba interesado en nada de lo que pasara ahí. ¡Que sujeto! Si yo era parte de ese grupo de bichitos amargados, él debía ser de una especie aún más retraída.
La secretaria de mi jefe me llamó sacándome de mi contemplación, alcancé al equipo de trabajo, sólo yo y un jefe de seguridad quedábamos en el bar. El jefe dijo que no había aún nada, y parecía tardarían otros dos días, las exclamaciones de descontento no se hicieron esperar.
-Sigamos esperando.- Fueron sus únicas palabras, y se fue a su cuarto de hotel dejándonos seguir habitando el aeropuerto.
Ocupamos nuestro espacio en la sala de llegadas internacional para dormir, traté de resistirme de regresar al bar pero no pude.
-¿A dónde vas?- preguntó Andrea, una asistente. –Te meterás en problemas si te emborrachas.-
-Sabes que no tomo mucho, quiero… ver algo.- Traté de sonar casual, pero había algo de nervio en mi.
Me apresuré a regresar… no pensaba hablar con él, sólo… verlo, sabía que tenía dotes y paciencia de naturalista y el inusual comportamiento de ese tipo era por demás atrayente. Mi desencanto al ver que se había ido fue inmenso, demonios, sólo era curiosidad y se sintió como si se hubiera ido alguien importante.
Caminé de regreso a la sala de espera, haciendo tanto tiempo como pude para dejar mi desilusión allá. Pasando por uno de los miradores, me di cuenta que sólo un loco estaba afuera a pesar de la nevada… que admito, se veía grandiosa desde adentro, pero los gélidos vientos arrastrando pesadas ráfagas de nieve quitaban las ganas de salir. Sólo a ese tipo.
Vaya, vaya… era el mismo del bar.
Me senté en el piso (adentro como toda la gente sana) a verlo, no se movió por casi diez minutos, después sacó algo de su abrigo y encendió un encendedor… el humo de su cigarro ni se notaba, se lo llevaba luego luego el viento. Debíamos estar como a menos dieciocho grados, lo poco de calor (según dicen) el tabaco pudiera darle, seguro no le serviría de nada… pero no se movió.
Mi mente empezó a divagar imaginando figuras en las olas de nieve que azotaban contra los cristales, mi atención se trasladó de él a ellas… de pronto… de pronto, un escalofrío me hizo bajar la vista y ponerme en pie en segundos.
Ahí estaba frente a mi, con esa mueca de condescendencia, me enderecé por completo y lo miré unos segundos, no tenía nada que decir, sólo le mantuve la mirada. Él fue el primero en perder interés y se sacó otro cigarro mirando hacia arriba, después su reloj y me dio la espalda.
-¿Puedo hacerte una pregunta?- dije sin pensarlo mucho.
Él no se giró pero se detuvo esperando por ella.
-¿De verdad sirve eso para calentarse?-
En cuanto acabé mi pregunta se dio la vuelta con algo que interpreté como sorpresa, quizá no esperaba que le cuestionara eso. Levantó una ceja aumentando su confusión, lo vi abrir la boca pero no decir nada, cerró los ojos y sonrió levemente, -Por supuesto que no.- Le escuché por primera vez hablar.
-Bueno, sólo tenía esa duda. Que pases buena noche, dicen que las cosas seguirán igual para mañana.-
-Si…- dijo pensativo mientras me veía igual de confundido.
Mi jefe se equivocó a medias, las cosas mejoraron un poco… la huelga cesó, esos trabajadores fueron muy inteligentes, su fin de huelga coincidió con la parte más dura de la tormenta invernal… las aerolíneas estaban disponibles, pero ninguno podía volar, vaya fiasco.
Así que a las siete en punto de la noche, se escuchaban de nuevo los berridos de los cantantes en la máquina de karaoke, las exclamaciones de los que jugaban cartas y en general, el ambiente del bar. Esta vez ya no me animé a jugar, me quedé cerca de la mesa pero con la mirada puesta en esa orilla de la barra.
-¿A ti también te gustó?- me preguntó una de las españolas que tomaban animosas el alcohol ofrecido por un inglés de la mesa vecina.
-Es un bombón si me lo preguntas,- dijo la otra, -pero se ve que tiene un ego del tamaño del mundo.-
-No, no me da esa impresión.- Dije pensativa, -Y no, no me gusta, me da curiosidad.- Completé sinceramente. No negaba que era de buen ver, de esa clase de gente que atrae por las razones contrarias que atraen a otras, en vez de efusividad y alegría, misterio e indiferencia, y aunque era así, varias (y uno que otro él) se acercaron a él, quizá en esas cuestiones los bichos raros variamos. Siguió ignorando.
No me cansé de verle, casi hora y media, en la mayoría de los casos eso resultaría perturbador y obsesivo… él me veía de vez en vez, fijando sus ojos directo en los míos con tanta fuerza que tuve que alejarlos algunas veces, cuando eso pasaba, él sonreía un poco y levantaba su vaso clamando victoria.
Fue una noche interesante, mi hermana diría que fue sexo con los ojos, yo diría que no pasó de una revolcada de una noche… así somos. Mi connacional y compañera de trabajo me llamó de momento pidiendo apoyo con un canadiense hablándole un acentuado francés que quería invitarle a su cuarto (que seguro era otra sala de espera).
Cuando el asunto terminó y regresé la mirada, él se había ido.
Un pánico repentino me entró, no supe si porque por un momento se me cruzó por la cabeza que había sido demasiado o por el hecho de que se había ido y no supe a donde… como fuera, ningún pensamiento me gustó. Pasé un rato sentada con la nueva conquista de mi amiga, el tipo en cuestión parecía estar algo ebrio, me quedaba por seguridad de ella.
Pero llegó el momento en que ya no aguanté las ansias de salir en su búsqueda, me preocupaba mi amiga pero el canadiense mostraba señales de cordura lo suficientemente confiables como para saber que pasaría lo que ambos quisieran que pasara.
Salí del bar, no tan apresuradamente como mi mente me decía… no caminé mucho, casi sabía donde encontrarlo… no, no sabía, sólo fui al único lugar en que lo había visto… pero no estaba ahí. Y la media hora que caminé sin cesar por el enorme aeropuerto no me sirvió de nada. Estaba tan cansada que fui a ‘nuestra’ sala de espera a dormir, como imaginé mi amiga no llegó.
El servicio meteorológico anunció la mañana del día siguiente que la onda gélida había cesado, que quizá para el anochecer los vuelos se reanudarían. Casi todos gritaron de emoción, yo estaba feliz pero tenía un pendiente que quería resolver. Al atardecer el jefe nos reunió de nuevo.
-Los vuelos reiniciarán a partir de las once, pero no habrá a nuestro destino hasta mañana a las diez de la mañana. Nuestro vuelo partirá a esa hora en la puerta 48-A, quiero a todos ahí. Si alguien no llega, aquí se queda.- Así de considerado era ese señor.
Esa noche en el bar fue casi melancólica, muchos conocidos se habían ido, otros estábamos por irnos… ya muchos cantaban y pocos jugaban como, parecía que se estaban despidiendo. Yo busqué una y otra vez a la orilla de la barra, sin éxito.
Salí del bar para aclarar la cabeza, ¿qué se suponía que estaba haciendo? ¿buscando a un desconocido por el que sólo había sentido curiosidad?
Eso si que era deprimente.
No tenía la intención de buscarlo y sin embargo lo encontré (bueno, tal vez una remota parte de mi inconsciente se empeñó en buscarlo), otra vez en aquella área abierta que antes era azotada por los vendavales de la tormenta, ahora sólo por una bonita nevada. Me envolví en mi abrigo y salí para unirme a él en la contemplación de la nieve. O al menos esa era la idea. Apenas llegué, de inmediato sentí su mirada sobre mí, algo amenazadora para ser sincera. Lo vi con un cigarro en la boca, viendo hacia arriba y sin prestarme atención.
-Fumas como chacuaco, ¿no crees que hace daño fumar tanto?-
-¿Sabes qué es un chacuaco?- fue su extraña respuesta.
-Ah…- sonreí apenada, -no… pero una colega mexicana lo dice todo el tiempo, cuando se queja de los que fuman mucho.-
-También lo he oído.-
-¿Y?-
-¿Qué?-
-¿No crees que fumas mucho?-
-No-
-Ah… ¿me das uno?- terminé cediendo a ese malsano pasatiempo.
Me extendió la cajetilla y un encendedor, pronto echaba humo a su lado, uniéndose al vapor que manaba de nuestras bocas al respirar. –Al fin vamos a poder irnos de aquí, ¿no es sensacional?-
-No del todo.-
-¿Bromeas? De seguir así me pasaré la primer semana de vacaciones varada en este sitio.- Él se encogió de hombros dándome a entender que no tenía nada que decirme respecto a ese tema, decidí buscar otro tema de conversación, -Volamos a América, al fin podré descansar de todo esto. ¿Tú a dónde vas?-
Me miró otra vez de reojo como si me analizara, preguntándose si no era una loca peligrosa a quien no debía contarle cosas personales, -Italia.- Al parecer no me consideró una amenaza.
-Espera… pudiste haberte ido por tren, ¿por qué te quedaste aquí?-
Se retiró el cigarro de la boca y lo restregó contra el barandal, -Era una buena excusa.-
Tenía curiosidad, pero no tanta como para preguntar de qué hablaba, terminé el mío y quedamos viendo la nieve caer. Admito que era un silencio agradable, sin embargo quería romperlo… la urgencia de mi tiempo que se acababa y esa incógnita en mi cabeza no me dejaban en paz. -¿De dónde eres?-
Su cabeza se giró por completo hacia mi, frunció un poco el ceño después de girar los ojos como si la situación le resultara bastante conocida, -…- sólo bufó levemente.
Arqueé una ceja confundida por su reacción, después de analizarlo un poco levanté ambas manos defensivamente, -No, espera… espera… no, no es lo que crees…- dije apresuradamente, -no tengo el más mínimo interés en conocerte, no soy una loca que ande por ahí haciendo preguntas tontas. Pero tu acento… es tan extraño.- Confesé la parte racional de mi impulso a buscarlo, la irracional siguió bien oculta.
Su mirada molesta se tornó levemente sorprendida, sonrió un poco y se dirigió a la puerta, -No me lo creerías.-
-¡Ey, espera! ¿qué se supone que eso significa?- salí detrás de él, le seguí caminando aprisa atosigándolo con preguntas y reclamos, él se limitaba a esa pequeña sonrisa haciéndome querer más esa respuesta.
-¿Qué importancia tiene?- preguntó después de un rato, seguro lo había hartado.
-Es que… no puedo descifrarlo.-
Se encogió de hombros otra vez, entonces supe que no obtendría una respuesta, así que ya no insistí, sin acordarlo íbamos al bar… quizá por un último trago. Que se llevó a cabo, en silencio y con un leve intercambio de miradas.
Al punto que alcancé cierta confianza, -¿Y no me dirás por qué te quedaste aquí?-
-Éstas son mis vacaciones,- dijo después de un rato.
No esperaba esa declaración, ¿quién anda por la vida así? …vacacionando en un aeropuerto.
Era un personaje curioso, descarado pero en silencio, con un par de los hábitos que más detesto: fumar y no hablar, de los que dan respuestas vagas y no confrontan pero tampoco dejan que se les confronte… todo un caso. ¿Acaso esperaba emborracharme y llevarme a su cuarto?
Si era el caso, no me molestaría, al fin y al cabo sería lo más que podría permitirme con alguien así, jamás la posibilidad de una relación… así que con esa resolución, me conformé con seguir tomando y ese jueguito de miradas hasta que él decidiera dar el paso, que yo negaría al principio y terminaría aceptando con falsa candidez.
Ése era el plan.
Nos dieron las dos de la mañana. Empezaba a impacientarme que él no diera señales de hacerlo, quizá era de esos tímidos… aunque no daba la facha, ‘una lo tiene que hacer todo aquí’ pensé con picardía. Y en lo que armaba el discurso y la situación en la cabeza, el insistente repique en un teléfono me hizo voltear a él.
-Tengo que irme.-
Me quedé como boba, ¿lo había dicho? –Ah… sí… ¿qué?-
-Me voy,- se levantó y después de verme de reojo se giró, - ¿o qué? ¿pretendías llevarme a la cama?- dijo cínicamente con media sonrisa.
Afortunadamente controlé mi sonrojo y conseguí manejar una cara indignada, -¡No digas tonterías!-
¿Cómo iba a enamorarme de alguien así?
-De acuerdo, me voy.-
-Espera…- dije sin pensar, -¿nombres?-
-¿Para qué? Tú no quieres saber el mío, yo no quiero saber el tuyo.-
-¿Y cómo sabes? Hacer conclusiones apresuradas es de pésimo gusto.-
-¿Y?- dijo de inmediato.
-¿Entonces cómo aseveras eso?-
Su gesto al principio era un poco confundido, después sonrió, -Ya lo hubiéramos preguntado.-
Sólo sentí un agradable escalofrío recorrerme.
Y así se fue, lo seguí con la mirada, cuando salía del bar mi jefe se giró y levantó su copa, -¿Te vas ya Hiwatari? pensé que esperarías por…-
Él le dio una mirada condescendiente, sonrió y se fue, dejando a mi jefe con la palabra en la boca y un gesto que iba tornándose molesto. Wow… eso lo había querido hacer por meses, pero apenas y pasaba de asistente traductora, ¿qué me esperaba si lo hacía?
Volteé a mi amiga que también había presenciado todo, ella sonrió y levantó ambos pulgares. –¡Esa fue buena!- dijo acercándose a mi mesa, -ese bombón es mi héroe. Me lo tienes que presentar.-
Sólo asentí, ¿cómo iba a presentarle a alguien que ni conocía?
A las nueve treinta de la mañana, todos nos alistábamos en la puerta de salidas internacionales con nuestras maletas a medio hacer y con mucho sueño, el equipo estaba completo, el jefe y su socio gritaban (como siempre) al teléfono, el resto de nosotros esperando por instrucciones.
De pronto lo vi pasar tirando de una pequeña maleta, y hablando por el manos libres. Mi jefe y su colega se callaron cuando él pasó de largo frente a ellos.
-¿Qué pasó Kai? ¿vas para el forum?-
Él se detuvo y me miró directo, -Ahí está mi respuesta, luego me darás la tuya.- Y siguió su camino.
Kai (ahora sabía su nombre), se fue llevándose las palabras de reclamo de mi jefe, mi amiga me dio un codazo y guiñó un ojo,
-Luego me lo tienes que presentar.-
Le hubiera dicho que seguía sin conocerlo, que no valía la pena hacerlo con una persona de esa clase (sin saber exactamente qué clase), que quizá ni siquiera lo volvería a ver…
Pero ninguna de esas ideas llegaron a mi cabeza, sólo una se confirmó cuando no pude dejar de mirar la puerta por la que se había ido.
And I think that I just fell in love with you.
Canta: Emiliana Torrini
Disco: Merman
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Muchas personas me preguntaron varias veces si era verdad que conocía a Kai Hiwatari, a todas les contestaba que no, unas me creían y asentían diciendo ‘debí haberte confundido’ mientras que otras no me dejaban en paz, ‘¡ah pero claro que lo conoces!’ ‘seguro te botó y por eso finges no conocerlo’ y bueno, de ahí las cosas escalaban a algo más grosero, pero ese no es el punto.
Si a conocer se referían por estar consciente de su existencia y que llegué a cruzar algo más que palabras con él, pues bueno, si lo conocí… pero para poder llegar a un punto donde pudiera decir que lo conocía como me gusta conocer a la gente.
Entonces, no, no conocía a Kai Hiwatari.
De hecho dudo que alguien conozca a ese Kai Hiwatari, en el corto tiempo que tuve contacto con él me di cuenta que aunque muchos se dicen sus conocidos, podría ser que cada uno conocía una faceta… o una cara, como quieran nombrarlo… pero no había quien tuviera el panorama completo.
1. I hope I don’t fall in love with you
Todo empezó en un bar.
El sitio donde desahogábamos nuestra frustración después de habernos quedado varados por la pésima combinación de huelga y mal clima, sin papeles adecuados para entrar al país, nos quedamos en el aeropuerto como muchos otros. Durmiendo en salas de espera, pasando el día persiguiendo representantes sindicales, de aerolínea y al gerente del aeropuerto, en la noche no nos quedaba de otra que ir al bar del lugar.
No era muy pequeño, pero éramos tantos que siempre faltaba espacio. La máquina de karaoke proporcionó diversión suficiente para todos, desde los extrovertidos que hacían gala de su nulo talento vocal (la gran mayoría) y aquellos (que como yo) éramos parte de ese reducido grupo de bichitos que no toleramos el más mínimo ridículo ni aún alcoholizados, pero nos entreteníamos viendo a los otros cantar.
El primer día conocimos a muchos colegas y compañeros de situación, yo me quedé en una mesa acompañada con un grupo de asistentes uruguayos, dos turistas españolas, un contador alemán y una pareja de maestros ucranianos, yo era intérprete y asistente personal, nos caímos bien, aunque costó entenderse… fui yo quien comunicó casi todo.
El segundo, cansados de ver a los demás cantar sin saber la canción organizamos un torneo de cartas, arrasamos con las otras tres mesas que resguardaban los amargados como nosotros. Ya era de madrugada, muchos de los ocupantes del bar se habían ido, algunos a descansar o porque habían conseguido moverse por tierra, varios no nos movimos porque nuestro destino seguía imposibilitado.
La pareja ucraniana, un uruguayo y el contador seguían conmigo, esa última ronda se había tornado tan cardiaca que otros se habían acercado a vernos. El alemán fue quien se levantó con la victoria finalmente (cuatro veces al hilo), algunos pidieron unirse… eran casi las dos de la mañana.
Me hice a un lado para que alguien ocupara mi lugar en la mesa de juego, pedí un tequila y me senté a ver alrededor, no había mucho, gente viendo tv, hablando por celular y la infaltable cantando y riendo. Me estaba quedando dormida.
Una ola de exclamaciones me sacó de mi somnolencia, volteé asustada por lo repentino del asunto, todo venía de la mesa de juegos, el contador alemán echaba su mano de cartas y gritaba obscenidades que (molestamente) entendí bastante bien. Los maestros ucranianos trataban de calmarlo y aplaudían a quien lo había derrotado.
-¿Quién lo hizo?- pregunté sorprendida porque no habíamos podido ganarle a él, le pregunté al uruguayo.
-Ése de allá,- me señaló, -no sé de donde salió, pero le pateó el trasero.-
No sólo le había ganado, sino que le había superado. Busqué con interés al susodicho; el sujeto veía la silla vacía mientras juntaba la mano que le había dado la victoria, apilaba las cartas en un mazo y las entregaba a la persona a su derecha, asentía levemente y se levantó. Las miradas lo siguieron hasta una orilla de la barra, de ahí no se movió.
Algunos lo llamaron invitándole a otra partida, él negó agradeciendo levantando una mano y mostrando el dorso; dos borrachitos le lanzaron un par de insultos que se acercaban a la denominación ‘gallina’ pero él sólo hizo un gesto condescendiente, parecía que se reía de ellos.
Insistieron otro poco, el tipo no aceptó a pesar de las apuestas, los tragos invitados y los derogativos; él sólo negó tratando de ser amable o… (me dio la impresión) minimizando la situación. Después de un rato se olvidaron de él y comenzaron otra ronda.
Me quedé en una esquina fingiendo ver la acción pero de reojo viéndolo, como el uruguayo había dicho, pareció haber salido de la nada porque de pronto se convirtió en el centro de atención. Principalmente de mujeres, porque lo admito, no era de mal ver; la cantidad de gente se había reducido y desde mi rincón podía ver a la perfección a algunas acercarse, intercambiar palabras, gestos, y señas; ninguna se pasaba más de un minuto ahí.
El sujeto que parecía ser la nueva celebridad se había hundido ya en la pantalla de su pequeña laptop dando más que entendido que no estaba interesado en nada de lo que pasara ahí. ¡Que sujeto! Si yo era parte de ese grupo de bichitos amargados, él debía ser de una especie aún más retraída.
La secretaria de mi jefe me llamó sacándome de mi contemplación, alcancé al equipo de trabajo, sólo yo y un jefe de seguridad quedábamos en el bar. El jefe dijo que no había aún nada, y parecía tardarían otros dos días, las exclamaciones de descontento no se hicieron esperar.
-Sigamos esperando.- Fueron sus únicas palabras, y se fue a su cuarto de hotel dejándonos seguir habitando el aeropuerto.
Ocupamos nuestro espacio en la sala de llegadas internacional para dormir, traté de resistirme de regresar al bar pero no pude.
-¿A dónde vas?- preguntó Andrea, una asistente. –Te meterás en problemas si te emborrachas.-
-Sabes que no tomo mucho, quiero… ver algo.- Traté de sonar casual, pero había algo de nervio en mi.
Me apresuré a regresar… no pensaba hablar con él, sólo… verlo, sabía que tenía dotes y paciencia de naturalista y el inusual comportamiento de ese tipo era por demás atrayente. Mi desencanto al ver que se había ido fue inmenso, demonios, sólo era curiosidad y se sintió como si se hubiera ido alguien importante.
Caminé de regreso a la sala de espera, haciendo tanto tiempo como pude para dejar mi desilusión allá. Pasando por uno de los miradores, me di cuenta que sólo un loco estaba afuera a pesar de la nevada… que admito, se veía grandiosa desde adentro, pero los gélidos vientos arrastrando pesadas ráfagas de nieve quitaban las ganas de salir. Sólo a ese tipo.
Vaya, vaya… era el mismo del bar.
Me senté en el piso (adentro como toda la gente sana) a verlo, no se movió por casi diez minutos, después sacó algo de su abrigo y encendió un encendedor… el humo de su cigarro ni se notaba, se lo llevaba luego luego el viento. Debíamos estar como a menos dieciocho grados, lo poco de calor (según dicen) el tabaco pudiera darle, seguro no le serviría de nada… pero no se movió.
Mi mente empezó a divagar imaginando figuras en las olas de nieve que azotaban contra los cristales, mi atención se trasladó de él a ellas… de pronto… de pronto, un escalofrío me hizo bajar la vista y ponerme en pie en segundos.
Ahí estaba frente a mi, con esa mueca de condescendencia, me enderecé por completo y lo miré unos segundos, no tenía nada que decir, sólo le mantuve la mirada. Él fue el primero en perder interés y se sacó otro cigarro mirando hacia arriba, después su reloj y me dio la espalda.
-¿Puedo hacerte una pregunta?- dije sin pensarlo mucho.
Él no se giró pero se detuvo esperando por ella.
-¿De verdad sirve eso para calentarse?-
En cuanto acabé mi pregunta se dio la vuelta con algo que interpreté como sorpresa, quizá no esperaba que le cuestionara eso. Levantó una ceja aumentando su confusión, lo vi abrir la boca pero no decir nada, cerró los ojos y sonrió levemente, -Por supuesto que no.- Le escuché por primera vez hablar.
-Bueno, sólo tenía esa duda. Que pases buena noche, dicen que las cosas seguirán igual para mañana.-
-Si…- dijo pensativo mientras me veía igual de confundido.
Mi jefe se equivocó a medias, las cosas mejoraron un poco… la huelga cesó, esos trabajadores fueron muy inteligentes, su fin de huelga coincidió con la parte más dura de la tormenta invernal… las aerolíneas estaban disponibles, pero ninguno podía volar, vaya fiasco.
Así que a las siete en punto de la noche, se escuchaban de nuevo los berridos de los cantantes en la máquina de karaoke, las exclamaciones de los que jugaban cartas y en general, el ambiente del bar. Esta vez ya no me animé a jugar, me quedé cerca de la mesa pero con la mirada puesta en esa orilla de la barra.
-¿A ti también te gustó?- me preguntó una de las españolas que tomaban animosas el alcohol ofrecido por un inglés de la mesa vecina.
-Es un bombón si me lo preguntas,- dijo la otra, -pero se ve que tiene un ego del tamaño del mundo.-
-No, no me da esa impresión.- Dije pensativa, -Y no, no me gusta, me da curiosidad.- Completé sinceramente. No negaba que era de buen ver, de esa clase de gente que atrae por las razones contrarias que atraen a otras, en vez de efusividad y alegría, misterio e indiferencia, y aunque era así, varias (y uno que otro él) se acercaron a él, quizá en esas cuestiones los bichos raros variamos. Siguió ignorando.
No me cansé de verle, casi hora y media, en la mayoría de los casos eso resultaría perturbador y obsesivo… él me veía de vez en vez, fijando sus ojos directo en los míos con tanta fuerza que tuve que alejarlos algunas veces, cuando eso pasaba, él sonreía un poco y levantaba su vaso clamando victoria.
Fue una noche interesante, mi hermana diría que fue sexo con los ojos, yo diría que no pasó de una revolcada de una noche… así somos. Mi connacional y compañera de trabajo me llamó de momento pidiendo apoyo con un canadiense hablándole un acentuado francés que quería invitarle a su cuarto (que seguro era otra sala de espera).
Cuando el asunto terminó y regresé la mirada, él se había ido.
Un pánico repentino me entró, no supe si porque por un momento se me cruzó por la cabeza que había sido demasiado o por el hecho de que se había ido y no supe a donde… como fuera, ningún pensamiento me gustó. Pasé un rato sentada con la nueva conquista de mi amiga, el tipo en cuestión parecía estar algo ebrio, me quedaba por seguridad de ella.
Pero llegó el momento en que ya no aguanté las ansias de salir en su búsqueda, me preocupaba mi amiga pero el canadiense mostraba señales de cordura lo suficientemente confiables como para saber que pasaría lo que ambos quisieran que pasara.
Salí del bar, no tan apresuradamente como mi mente me decía… no caminé mucho, casi sabía donde encontrarlo… no, no sabía, sólo fui al único lugar en que lo había visto… pero no estaba ahí. Y la media hora que caminé sin cesar por el enorme aeropuerto no me sirvió de nada. Estaba tan cansada que fui a ‘nuestra’ sala de espera a dormir, como imaginé mi amiga no llegó.
El servicio meteorológico anunció la mañana del día siguiente que la onda gélida había cesado, que quizá para el anochecer los vuelos se reanudarían. Casi todos gritaron de emoción, yo estaba feliz pero tenía un pendiente que quería resolver. Al atardecer el jefe nos reunió de nuevo.
-Los vuelos reiniciarán a partir de las once, pero no habrá a nuestro destino hasta mañana a las diez de la mañana. Nuestro vuelo partirá a esa hora en la puerta 48-A, quiero a todos ahí. Si alguien no llega, aquí se queda.- Así de considerado era ese señor.
Esa noche en el bar fue casi melancólica, muchos conocidos se habían ido, otros estábamos por irnos… ya muchos cantaban y pocos jugaban como, parecía que se estaban despidiendo. Yo busqué una y otra vez a la orilla de la barra, sin éxito.
Salí del bar para aclarar la cabeza, ¿qué se suponía que estaba haciendo? ¿buscando a un desconocido por el que sólo había sentido curiosidad?
Eso si que era deprimente.
No tenía la intención de buscarlo y sin embargo lo encontré (bueno, tal vez una remota parte de mi inconsciente se empeñó en buscarlo), otra vez en aquella área abierta que antes era azotada por los vendavales de la tormenta, ahora sólo por una bonita nevada. Me envolví en mi abrigo y salí para unirme a él en la contemplación de la nieve. O al menos esa era la idea. Apenas llegué, de inmediato sentí su mirada sobre mí, algo amenazadora para ser sincera. Lo vi con un cigarro en la boca, viendo hacia arriba y sin prestarme atención.
-Fumas como chacuaco, ¿no crees que hace daño fumar tanto?-
-¿Sabes qué es un chacuaco?- fue su extraña respuesta.
-Ah…- sonreí apenada, -no… pero una colega mexicana lo dice todo el tiempo, cuando se queja de los que fuman mucho.-
-También lo he oído.-
-¿Y?-
-¿Qué?-
-¿No crees que fumas mucho?-
-No-
-Ah… ¿me das uno?- terminé cediendo a ese malsano pasatiempo.
Me extendió la cajetilla y un encendedor, pronto echaba humo a su lado, uniéndose al vapor que manaba de nuestras bocas al respirar. –Al fin vamos a poder irnos de aquí, ¿no es sensacional?-
-No del todo.-
-¿Bromeas? De seguir así me pasaré la primer semana de vacaciones varada en este sitio.- Él se encogió de hombros dándome a entender que no tenía nada que decirme respecto a ese tema, decidí buscar otro tema de conversación, -Volamos a América, al fin podré descansar de todo esto. ¿Tú a dónde vas?-
Me miró otra vez de reojo como si me analizara, preguntándose si no era una loca peligrosa a quien no debía contarle cosas personales, -Italia.- Al parecer no me consideró una amenaza.
-Espera… pudiste haberte ido por tren, ¿por qué te quedaste aquí?-
Se retiró el cigarro de la boca y lo restregó contra el barandal, -Era una buena excusa.-
Tenía curiosidad, pero no tanta como para preguntar de qué hablaba, terminé el mío y quedamos viendo la nieve caer. Admito que era un silencio agradable, sin embargo quería romperlo… la urgencia de mi tiempo que se acababa y esa incógnita en mi cabeza no me dejaban en paz. -¿De dónde eres?-
Su cabeza se giró por completo hacia mi, frunció un poco el ceño después de girar los ojos como si la situación le resultara bastante conocida, -…- sólo bufó levemente.
Arqueé una ceja confundida por su reacción, después de analizarlo un poco levanté ambas manos defensivamente, -No, espera… espera… no, no es lo que crees…- dije apresuradamente, -no tengo el más mínimo interés en conocerte, no soy una loca que ande por ahí haciendo preguntas tontas. Pero tu acento… es tan extraño.- Confesé la parte racional de mi impulso a buscarlo, la irracional siguió bien oculta.
Su mirada molesta se tornó levemente sorprendida, sonrió un poco y se dirigió a la puerta, -No me lo creerías.-
-¡Ey, espera! ¿qué se supone que eso significa?- salí detrás de él, le seguí caminando aprisa atosigándolo con preguntas y reclamos, él se limitaba a esa pequeña sonrisa haciéndome querer más esa respuesta.
-¿Qué importancia tiene?- preguntó después de un rato, seguro lo había hartado.
-Es que… no puedo descifrarlo.-
Se encogió de hombros otra vez, entonces supe que no obtendría una respuesta, así que ya no insistí, sin acordarlo íbamos al bar… quizá por un último trago. Que se llevó a cabo, en silencio y con un leve intercambio de miradas.
Al punto que alcancé cierta confianza, -¿Y no me dirás por qué te quedaste aquí?-
-Éstas son mis vacaciones,- dijo después de un rato.
No esperaba esa declaración, ¿quién anda por la vida así? …vacacionando en un aeropuerto.
Era un personaje curioso, descarado pero en silencio, con un par de los hábitos que más detesto: fumar y no hablar, de los que dan respuestas vagas y no confrontan pero tampoco dejan que se les confronte… todo un caso. ¿Acaso esperaba emborracharme y llevarme a su cuarto?
Si era el caso, no me molestaría, al fin y al cabo sería lo más que podría permitirme con alguien así, jamás la posibilidad de una relación… así que con esa resolución, me conformé con seguir tomando y ese jueguito de miradas hasta que él decidiera dar el paso, que yo negaría al principio y terminaría aceptando con falsa candidez.
Ése era el plan.
Nos dieron las dos de la mañana. Empezaba a impacientarme que él no diera señales de hacerlo, quizá era de esos tímidos… aunque no daba la facha, ‘una lo tiene que hacer todo aquí’ pensé con picardía. Y en lo que armaba el discurso y la situación en la cabeza, el insistente repique en un teléfono me hizo voltear a él.
-Tengo que irme.-
Me quedé como boba, ¿lo había dicho? –Ah… sí… ¿qué?-
-Me voy,- se levantó y después de verme de reojo se giró, - ¿o qué? ¿pretendías llevarme a la cama?- dijo cínicamente con media sonrisa.
Afortunadamente controlé mi sonrojo y conseguí manejar una cara indignada, -¡No digas tonterías!-
¿Cómo iba a enamorarme de alguien así?
-De acuerdo, me voy.-
-Espera…- dije sin pensar, -¿nombres?-
-¿Para qué? Tú no quieres saber el mío, yo no quiero saber el tuyo.-
-¿Y cómo sabes? Hacer conclusiones apresuradas es de pésimo gusto.-
-¿Y?- dijo de inmediato.
-¿Entonces cómo aseveras eso?-
Su gesto al principio era un poco confundido, después sonrió, -Ya lo hubiéramos preguntado.-
Sólo sentí un agradable escalofrío recorrerme.
Y así se fue, lo seguí con la mirada, cuando salía del bar mi jefe se giró y levantó su copa, -¿Te vas ya Hiwatari? pensé que esperarías por…-
Él le dio una mirada condescendiente, sonrió y se fue, dejando a mi jefe con la palabra en la boca y un gesto que iba tornándose molesto. Wow… eso lo había querido hacer por meses, pero apenas y pasaba de asistente traductora, ¿qué me esperaba si lo hacía?
Volteé a mi amiga que también había presenciado todo, ella sonrió y levantó ambos pulgares. –¡Esa fue buena!- dijo acercándose a mi mesa, -ese bombón es mi héroe. Me lo tienes que presentar.-
Sólo asentí, ¿cómo iba a presentarle a alguien que ni conocía?
A las nueve treinta de la mañana, todos nos alistábamos en la puerta de salidas internacionales con nuestras maletas a medio hacer y con mucho sueño, el equipo estaba completo, el jefe y su socio gritaban (como siempre) al teléfono, el resto de nosotros esperando por instrucciones.
De pronto lo vi pasar tirando de una pequeña maleta, y hablando por el manos libres. Mi jefe y su colega se callaron cuando él pasó de largo frente a ellos.
-¿Qué pasó Kai? ¿vas para el forum?-
Él se detuvo y me miró directo, -Ahí está mi respuesta, luego me darás la tuya.- Y siguió su camino.
Kai (ahora sabía su nombre), se fue llevándose las palabras de reclamo de mi jefe, mi amiga me dio un codazo y guiñó un ojo,
-Luego me lo tienes que presentar.-
Le hubiera dicho que seguía sin conocerlo, que no valía la pena hacerlo con una persona de esa clase (sin saber exactamente qué clase), que quizá ni siquiera lo volvería a ver…
Pero ninguna de esas ideas llegaron a mi cabeza, sólo una se confirmó cuando no pude dejar de mirar la puerta por la que se había ido.
And I think that I just fell in love with you.
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