Canción: I hope that I don't fall in love with you
Canta: Emiliana Torrini
Disco: Merman
------
Muchas personas me preguntaron varias veces si era verdad que conocía a Kai Hiwatari, a todas les contestaba que no, unas me creían y asentían diciendo ‘debí haberte confundido’ mientras que otras no me dejaban en paz, ‘¡ah pero claro que lo conoces!’ ‘seguro te botó y por eso finges no conocerlo’ y bueno, de ahí las cosas escalaban a algo más grosero, pero ese no es el punto.
Si a conocer se referían por estar consciente de su existencia y que llegué a cruzar algo más que palabras con él, pues bueno, si lo conocí… pero para poder llegar a un punto donde pudiera decir que lo conocía como me gusta conocer a la gente.
Entonces, no, no conocía a Kai Hiwatari.
De hecho dudo que alguien conozca a ese Kai Hiwatari, en el corto tiempo que tuve contacto con él me di cuenta que aunque muchos se dicen sus conocidos, podría ser que cada uno conocía una faceta… o una cara, como quieran nombrarlo… pero no había quien tuviera el panorama completo.
1. I hope I don’t fall in love with you
Todo empezó en un bar.
El sitio donde desahogábamos nuestra frustración después de habernos quedado varados por la pésima combinación de huelga y mal clima, sin papeles adecuados para entrar al país, nos quedamos en el aeropuerto como muchos otros. Durmiendo en salas de espera, pasando el día persiguiendo representantes sindicales, de aerolínea y al gerente del aeropuerto, en la noche no nos quedaba de otra que ir al bar del lugar.
No era muy pequeño, pero éramos tantos que siempre faltaba espacio. La máquina de karaoke proporcionó diversión suficiente para todos, desde los extrovertidos que hacían gala de su nulo talento vocal (la gran mayoría) y aquellos (que como yo) éramos parte de ese reducido grupo de bichitos que no toleramos el más mínimo ridículo ni aún alcoholizados, pero nos entreteníamos viendo a los otros cantar.
El primer día conocimos a muchos colegas y compañeros de situación, yo me quedé en una mesa acompañada con un grupo de asistentes uruguayos, dos turistas españolas, un contador alemán y una pareja de maestros ucranianos, yo era intérprete y asistente personal, nos caímos bien, aunque costó entenderse… fui yo quien comunicó casi todo.
El segundo, cansados de ver a los demás cantar sin saber la canción organizamos un torneo de cartas, arrasamos con las otras tres mesas que resguardaban los amargados como nosotros. Ya era de madrugada, muchos de los ocupantes del bar se habían ido, algunos a descansar o porque habían conseguido moverse por tierra, varios no nos movimos porque nuestro destino seguía imposibilitado.
La pareja ucraniana, un uruguayo y el contador seguían conmigo, esa última ronda se había tornado tan cardiaca que otros se habían acercado a vernos. El alemán fue quien se levantó con la victoria finalmente (cuatro veces al hilo), algunos pidieron unirse… eran casi las dos de la mañana.
Me hice a un lado para que alguien ocupara mi lugar en la mesa de juego, pedí un tequila y me senté a ver alrededor, no había mucho, gente viendo tv, hablando por celular y la infaltable cantando y riendo. Me estaba quedando dormida.
Una ola de exclamaciones me sacó de mi somnolencia, volteé asustada por lo repentino del asunto, todo venía de la mesa de juegos, el contador alemán echaba su mano de cartas y gritaba obscenidades que (molestamente) entendí bastante bien. Los maestros ucranianos trataban de calmarlo y aplaudían a quien lo había derrotado.
-¿Quién lo hizo?- pregunté sorprendida porque no habíamos podido ganarle a él, le pregunté al uruguayo.
-Ése de allá,- me señaló, -no sé de donde salió, pero le pateó el trasero.-
No sólo le había ganado, sino que le había superado. Busqué con interés al susodicho; el sujeto veía la silla vacía mientras juntaba la mano que le había dado la victoria, apilaba las cartas en un mazo y las entregaba a la persona a su derecha, asentía levemente y se levantó. Las miradas lo siguieron hasta una orilla de la barra, de ahí no se movió.
Algunos lo llamaron invitándole a otra partida, él negó agradeciendo levantando una mano y mostrando el dorso; dos borrachitos le lanzaron un par de insultos que se acercaban a la denominación ‘gallina’ pero él sólo hizo un gesto condescendiente, parecía que se reía de ellos.
Insistieron otro poco, el tipo no aceptó a pesar de las apuestas, los tragos invitados y los derogativos; él sólo negó tratando de ser amable o… (me dio la impresión) minimizando la situación. Después de un rato se olvidaron de él y comenzaron otra ronda.
Me quedé en una esquina fingiendo ver la acción pero de reojo viéndolo, como el uruguayo había dicho, pareció haber salido de la nada porque de pronto se convirtió en el centro de atención. Principalmente de mujeres, porque lo admito, no era de mal ver; la cantidad de gente se había reducido y desde mi rincón podía ver a la perfección a algunas acercarse, intercambiar palabras, gestos, y señas; ninguna se pasaba más de un minuto ahí.
El sujeto que parecía ser la nueva celebridad se había hundido ya en la pantalla de su pequeña laptop dando más que entendido que no estaba interesado en nada de lo que pasara ahí. ¡Que sujeto! Si yo era parte de ese grupo de bichitos amargados, él debía ser de una especie aún más retraída.
La secretaria de mi jefe me llamó sacándome de mi contemplación, alcancé al equipo de trabajo, sólo yo y un jefe de seguridad quedábamos en el bar. El jefe dijo que no había aún nada, y parecía tardarían otros dos días, las exclamaciones de descontento no se hicieron esperar.
-Sigamos esperando.- Fueron sus únicas palabras, y se fue a su cuarto de hotel dejándonos seguir habitando el aeropuerto.
Ocupamos nuestro espacio en la sala de llegadas internacional para dormir, traté de resistirme de regresar al bar pero no pude.
-¿A dónde vas?- preguntó Andrea, una asistente. –Te meterás en problemas si te emborrachas.-
-Sabes que no tomo mucho, quiero… ver algo.- Traté de sonar casual, pero había algo de nervio en mi.
Me apresuré a regresar… no pensaba hablar con él, sólo… verlo, sabía que tenía dotes y paciencia de naturalista y el inusual comportamiento de ese tipo era por demás atrayente. Mi desencanto al ver que se había ido fue inmenso, demonios, sólo era curiosidad y se sintió como si se hubiera ido alguien importante.
Caminé de regreso a la sala de espera, haciendo tanto tiempo como pude para dejar mi desilusión allá. Pasando por uno de los miradores, me di cuenta que sólo un loco estaba afuera a pesar de la nevada… que admito, se veía grandiosa desde adentro, pero los gélidos vientos arrastrando pesadas ráfagas de nieve quitaban las ganas de salir. Sólo a ese tipo.
Vaya, vaya… era el mismo del bar.
Me senté en el piso (adentro como toda la gente sana) a verlo, no se movió por casi diez minutos, después sacó algo de su abrigo y encendió un encendedor… el humo de su cigarro ni se notaba, se lo llevaba luego luego el viento. Debíamos estar como a menos dieciocho grados, lo poco de calor (según dicen) el tabaco pudiera darle, seguro no le serviría de nada… pero no se movió.
Mi mente empezó a divagar imaginando figuras en las olas de nieve que azotaban contra los cristales, mi atención se trasladó de él a ellas… de pronto… de pronto, un escalofrío me hizo bajar la vista y ponerme en pie en segundos.
Ahí estaba frente a mi, con esa mueca de condescendencia, me enderecé por completo y lo miré unos segundos, no tenía nada que decir, sólo le mantuve la mirada. Él fue el primero en perder interés y se sacó otro cigarro mirando hacia arriba, después su reloj y me dio la espalda.
-¿Puedo hacerte una pregunta?- dije sin pensarlo mucho.
Él no se giró pero se detuvo esperando por ella.
-¿De verdad sirve eso para calentarse?-
En cuanto acabé mi pregunta se dio la vuelta con algo que interpreté como sorpresa, quizá no esperaba que le cuestionara eso. Levantó una ceja aumentando su confusión, lo vi abrir la boca pero no decir nada, cerró los ojos y sonrió levemente, -Por supuesto que no.- Le escuché por primera vez hablar.
-Bueno, sólo tenía esa duda. Que pases buena noche, dicen que las cosas seguirán igual para mañana.-
-Si…- dijo pensativo mientras me veía igual de confundido.
Mi jefe se equivocó a medias, las cosas mejoraron un poco… la huelga cesó, esos trabajadores fueron muy inteligentes, su fin de huelga coincidió con la parte más dura de la tormenta invernal… las aerolíneas estaban disponibles, pero ninguno podía volar, vaya fiasco.
Así que a las siete en punto de la noche, se escuchaban de nuevo los berridos de los cantantes en la máquina de karaoke, las exclamaciones de los que jugaban cartas y en general, el ambiente del bar. Esta vez ya no me animé a jugar, me quedé cerca de la mesa pero con la mirada puesta en esa orilla de la barra.
-¿A ti también te gustó?- me preguntó una de las españolas que tomaban animosas el alcohol ofrecido por un inglés de la mesa vecina.
-Es un bombón si me lo preguntas,- dijo la otra, -pero se ve que tiene un ego del tamaño del mundo.-
-No, no me da esa impresión.- Dije pensativa, -Y no, no me gusta, me da curiosidad.- Completé sinceramente. No negaba que era de buen ver, de esa clase de gente que atrae por las razones contrarias que atraen a otras, en vez de efusividad y alegría, misterio e indiferencia, y aunque era así, varias (y uno que otro él) se acercaron a él, quizá en esas cuestiones los bichos raros variamos. Siguió ignorando.
No me cansé de verle, casi hora y media, en la mayoría de los casos eso resultaría perturbador y obsesivo… él me veía de vez en vez, fijando sus ojos directo en los míos con tanta fuerza que tuve que alejarlos algunas veces, cuando eso pasaba, él sonreía un poco y levantaba su vaso clamando victoria.
Fue una noche interesante, mi hermana diría que fue sexo con los ojos, yo diría que no pasó de una revolcada de una noche… así somos. Mi connacional y compañera de trabajo me llamó de momento pidiendo apoyo con un canadiense hablándole un acentuado francés que quería invitarle a su cuarto (que seguro era otra sala de espera).
Cuando el asunto terminó y regresé la mirada, él se había ido.
Un pánico repentino me entró, no supe si porque por un momento se me cruzó por la cabeza que había sido demasiado o por el hecho de que se había ido y no supe a donde… como fuera, ningún pensamiento me gustó. Pasé un rato sentada con la nueva conquista de mi amiga, el tipo en cuestión parecía estar algo ebrio, me quedaba por seguridad de ella.
Pero llegó el momento en que ya no aguanté las ansias de salir en su búsqueda, me preocupaba mi amiga pero el canadiense mostraba señales de cordura lo suficientemente confiables como para saber que pasaría lo que ambos quisieran que pasara.
Salí del bar, no tan apresuradamente como mi mente me decía… no caminé mucho, casi sabía donde encontrarlo… no, no sabía, sólo fui al único lugar en que lo había visto… pero no estaba ahí. Y la media hora que caminé sin cesar por el enorme aeropuerto no me sirvió de nada. Estaba tan cansada que fui a ‘nuestra’ sala de espera a dormir, como imaginé mi amiga no llegó.
El servicio meteorológico anunció la mañana del día siguiente que la onda gélida había cesado, que quizá para el anochecer los vuelos se reanudarían. Casi todos gritaron de emoción, yo estaba feliz pero tenía un pendiente que quería resolver. Al atardecer el jefe nos reunió de nuevo.
-Los vuelos reiniciarán a partir de las once, pero no habrá a nuestro destino hasta mañana a las diez de la mañana. Nuestro vuelo partirá a esa hora en la puerta 48-A, quiero a todos ahí. Si alguien no llega, aquí se queda.- Así de considerado era ese señor.
Esa noche en el bar fue casi melancólica, muchos conocidos se habían ido, otros estábamos por irnos… ya muchos cantaban y pocos jugaban como, parecía que se estaban despidiendo. Yo busqué una y otra vez a la orilla de la barra, sin éxito.
Salí del bar para aclarar la cabeza, ¿qué se suponía que estaba haciendo? ¿buscando a un desconocido por el que sólo había sentido curiosidad?
Eso si que era deprimente.
No tenía la intención de buscarlo y sin embargo lo encontré (bueno, tal vez una remota parte de mi inconsciente se empeñó en buscarlo), otra vez en aquella área abierta que antes era azotada por los vendavales de la tormenta, ahora sólo por una bonita nevada. Me envolví en mi abrigo y salí para unirme a él en la contemplación de la nieve. O al menos esa era la idea. Apenas llegué, de inmediato sentí su mirada sobre mí, algo amenazadora para ser sincera. Lo vi con un cigarro en la boca, viendo hacia arriba y sin prestarme atención.
-Fumas como chacuaco, ¿no crees que hace daño fumar tanto?-
-¿Sabes qué es un chacuaco?- fue su extraña respuesta.
-Ah…- sonreí apenada, -no… pero una colega mexicana lo dice todo el tiempo, cuando se queja de los que fuman mucho.-
-También lo he oído.-
-¿Y?-
-¿Qué?-
-¿No crees que fumas mucho?-
-No-
-Ah… ¿me das uno?- terminé cediendo a ese malsano pasatiempo.
Me extendió la cajetilla y un encendedor, pronto echaba humo a su lado, uniéndose al vapor que manaba de nuestras bocas al respirar. –Al fin vamos a poder irnos de aquí, ¿no es sensacional?-
-No del todo.-
-¿Bromeas? De seguir así me pasaré la primer semana de vacaciones varada en este sitio.- Él se encogió de hombros dándome a entender que no tenía nada que decirme respecto a ese tema, decidí buscar otro tema de conversación, -Volamos a América, al fin podré descansar de todo esto. ¿Tú a dónde vas?-
Me miró otra vez de reojo como si me analizara, preguntándose si no era una loca peligrosa a quien no debía contarle cosas personales, -Italia.- Al parecer no me consideró una amenaza.
-Espera… pudiste haberte ido por tren, ¿por qué te quedaste aquí?-
Se retiró el cigarro de la boca y lo restregó contra el barandal, -Era una buena excusa.-
Tenía curiosidad, pero no tanta como para preguntar de qué hablaba, terminé el mío y quedamos viendo la nieve caer. Admito que era un silencio agradable, sin embargo quería romperlo… la urgencia de mi tiempo que se acababa y esa incógnita en mi cabeza no me dejaban en paz. -¿De dónde eres?-
Su cabeza se giró por completo hacia mi, frunció un poco el ceño después de girar los ojos como si la situación le resultara bastante conocida, -…- sólo bufó levemente.
Arqueé una ceja confundida por su reacción, después de analizarlo un poco levanté ambas manos defensivamente, -No, espera… espera… no, no es lo que crees…- dije apresuradamente, -no tengo el más mínimo interés en conocerte, no soy una loca que ande por ahí haciendo preguntas tontas. Pero tu acento… es tan extraño.- Confesé la parte racional de mi impulso a buscarlo, la irracional siguió bien oculta.
Su mirada molesta se tornó levemente sorprendida, sonrió un poco y se dirigió a la puerta, -No me lo creerías.-
-¡Ey, espera! ¿qué se supone que eso significa?- salí detrás de él, le seguí caminando aprisa atosigándolo con preguntas y reclamos, él se limitaba a esa pequeña sonrisa haciéndome querer más esa respuesta.
-¿Qué importancia tiene?- preguntó después de un rato, seguro lo había hartado.
-Es que… no puedo descifrarlo.-
Se encogió de hombros otra vez, entonces supe que no obtendría una respuesta, así que ya no insistí, sin acordarlo íbamos al bar… quizá por un último trago. Que se llevó a cabo, en silencio y con un leve intercambio de miradas.
Al punto que alcancé cierta confianza, -¿Y no me dirás por qué te quedaste aquí?-
-Éstas son mis vacaciones,- dijo después de un rato.
No esperaba esa declaración, ¿quién anda por la vida así? …vacacionando en un aeropuerto.
Era un personaje curioso, descarado pero en silencio, con un par de los hábitos que más detesto: fumar y no hablar, de los que dan respuestas vagas y no confrontan pero tampoco dejan que se les confronte… todo un caso. ¿Acaso esperaba emborracharme y llevarme a su cuarto?
Si era el caso, no me molestaría, al fin y al cabo sería lo más que podría permitirme con alguien así, jamás la posibilidad de una relación… así que con esa resolución, me conformé con seguir tomando y ese jueguito de miradas hasta que él decidiera dar el paso, que yo negaría al principio y terminaría aceptando con falsa candidez.
Ése era el plan.
Nos dieron las dos de la mañana. Empezaba a impacientarme que él no diera señales de hacerlo, quizá era de esos tímidos… aunque no daba la facha, ‘una lo tiene que hacer todo aquí’ pensé con picardía. Y en lo que armaba el discurso y la situación en la cabeza, el insistente repique en un teléfono me hizo voltear a él.
-Tengo que irme.-
Me quedé como boba, ¿lo había dicho? –Ah… sí… ¿qué?-
-Me voy,- se levantó y después de verme de reojo se giró, - ¿o qué? ¿pretendías llevarme a la cama?- dijo cínicamente con media sonrisa.
Afortunadamente controlé mi sonrojo y conseguí manejar una cara indignada, -¡No digas tonterías!-
¿Cómo iba a enamorarme de alguien así?
-De acuerdo, me voy.-
-Espera…- dije sin pensar, -¿nombres?-
-¿Para qué? Tú no quieres saber el mío, yo no quiero saber el tuyo.-
-¿Y cómo sabes? Hacer conclusiones apresuradas es de pésimo gusto.-
-¿Y?- dijo de inmediato.
-¿Entonces cómo aseveras eso?-
Su gesto al principio era un poco confundido, después sonrió, -Ya lo hubiéramos preguntado.-
Sólo sentí un agradable escalofrío recorrerme.
Y así se fue, lo seguí con la mirada, cuando salía del bar mi jefe se giró y levantó su copa, -¿Te vas ya Hiwatari? pensé que esperarías por…-
Él le dio una mirada condescendiente, sonrió y se fue, dejando a mi jefe con la palabra en la boca y un gesto que iba tornándose molesto. Wow… eso lo había querido hacer por meses, pero apenas y pasaba de asistente traductora, ¿qué me esperaba si lo hacía?
Volteé a mi amiga que también había presenciado todo, ella sonrió y levantó ambos pulgares. –¡Esa fue buena!- dijo acercándose a mi mesa, -ese bombón es mi héroe. Me lo tienes que presentar.-
Sólo asentí, ¿cómo iba a presentarle a alguien que ni conocía?
A las nueve treinta de la mañana, todos nos alistábamos en la puerta de salidas internacionales con nuestras maletas a medio hacer y con mucho sueño, el equipo estaba completo, el jefe y su socio gritaban (como siempre) al teléfono, el resto de nosotros esperando por instrucciones.
De pronto lo vi pasar tirando de una pequeña maleta, y hablando por el manos libres. Mi jefe y su colega se callaron cuando él pasó de largo frente a ellos.
-¿Qué pasó Kai? ¿vas para el forum?-
Él se detuvo y me miró directo, -Ahí está mi respuesta, luego me darás la tuya.- Y siguió su camino.
Kai (ahora sabía su nombre), se fue llevándose las palabras de reclamo de mi jefe, mi amiga me dio un codazo y guiñó un ojo,
-Luego me lo tienes que presentar.-
Le hubiera dicho que seguía sin conocerlo, que no valía la pena hacerlo con una persona de esa clase (sin saber exactamente qué clase), que quizá ni siquiera lo volvería a ver…
Pero ninguna de esas ideas llegaron a mi cabeza, sólo una se confirmó cuando no pude dejar de mirar la puerta por la que se había ido.
And I think that I just fell in love with you.
No hay comentarios:
Publicar un comentario