Julia quería salir huyendo de ahí, por extraño que pareciera, ése no era su ambiente.
Las bocinas hacían vibrar los vidrios y las puertas, al igual que los tímpanos de todos pero sólo a algunos parecía molestarles. La española entre ellos.
-¡Ven a bailar! —gritó Mao en medio de un círculo con otras chicas y algunos chicos bailando con el ritmo que las las bocinas escupían.
Ella negó por enésima vez, pero esta vez la alcoholizada china no se conformó, se separó del grupo y se acercó a la silla donde Julia se había refugiado desde que llegaron a esa fiesta. Aunque trató de alejarla y zafarse de la invitación, Mao la tomó con firmeza de la mano y la puso de pie, Hiromi no perdió tiempo, apareció detrás de ella y la empujó insistentemente a la pista de baile.
Julia se sacudió del agarre de las dos chicas, los demás esperando empezaron a llamarla y aplaudir animándola, contrario a lo que solía pasar, Julia no se quitó sus inhibiciones ni se unió a la masa que bailaba. Se detuvo en seco, haciendo que Mao y Hiromi chocaran entre sí, sacudió ambos brazos y se hizo a un lado dejándoles el campo libre para que Takao y Max fueran a ayudarlas.
La fiesta tenía cuatro horas de haber comenzado, y Julia… tenía cuatro horas que quería irse, pero cada vez que se acercaba a la puerta con la intención de salir, alguien la veía con la más pura cara de súplica y que (muy extrañamente) conseguían detenerla. Max, Raúl, Hiromi, Rei, Daichi y Mathilda se habían acumulado en su lista.
Pero ya era suficiente, el alcohol había hecho estragos con todos los invitados que quedaban. Afortunadamente la casa de Max era el lugar ideal para una fiesta de amigos, donde ninguno pasaba ningún riesgo, desde ser asaltado por desconocidos hasta correr el riesgo de tener una congestión alcohólica. Los desmanes que había presenciado esa noche afirmaban y confirmaban su disgusto por esa clase de reuniones; ver a Rick bailando apasionadamente con Michael, la cara a punto de vomitar de Emily (y verla vomitar), las declaraciones bastante vergonzosas de Daichi y Eddie… era incomprensible.
Julia se dirigió a la puerta, la abrió y dio unos pasos afuera, sin saber a dónde iba pero decidida a no quedarse ahí, quizá si corría con suerte encontraría como llegar al dojo de Takao y le pediría al abuelo Kinomiya que le permitiera quedarse, estaba segura que Kai y/o Yuriy y/o Boris debían estar por ahí, esos tres sólo se habían aparecido unos cuantos minutos, asaltaron el área de botanas y bebidas y desaparecieron en instantes.
No pudo evitar preguntarse si esos tres se estarían emborrachando en el dojo Kinomiya, o cada uno tomó una botella y se perdió… si llegaba a la casa de Takao y encontraba tres rusos balbuceando sinsentido o sólo al abuelo, no le importaba, lo único que quería era dejar ese sitio.
-¿A dónde vas? ¡no seas amargada! —ahí estaba otra vez el llamado, la eterna cantaleta tachándola de alguna especie de ser antisocial o esperpento alienígena.
Sólo porque sus conceptos de fiesta divertida no eran las mismas.
-¡Julia, ven! —gritó Mao, que parecía ya se le había olvidado que apenas unos minutos atrás había sido la causante de una caída.
-¡Julia, Julia, Julia! —los llamados a coro de momentos sobrepasaban los alaridos de la música.
Pero Julia no cedió esta vez, llegó a la puerta y se encontró con una inesperada sorpresa: había un diluvio afuera. Con tanta música y estando todas las ventanas cerradas, ni siquiera se había percatado de eso. Se quedó de pie, el viento soplando con fuerza llevando la lluvia a sus pies, y quitándole casi todas las ganas de salir de ahí.
Volteó hacia la casa, la música se escuchaba más insoportable y los llamados a que se quedara más hartantes. Se encontró ante dos opciones:
Se iba y seguro pescaba una pulmonía.
Se quedaba y corría el riesgo de convertirse en una asesina de masas.
Bajó la vista, no solía hacer esa clase de locuras, casi siempre se abstenía de la locura de correr bajo la lluvia, prefería esperar a que disminuyera y entonces seguía su camino. De pronto la opción no se veía tan mala.
-¿Por qué dudas? ¿acaso tu peinado se arruinará? —escuchó una sarcástica pregunta al lado de la puerta.
Se giró asustada al saber que conocía la voz, —¿Qué quieres?
Boris, completamente empapado estaba sentado en las escaleras moviendo los pies, —Venía a buscar a alguno de mis compañeros, pero escuché a los demás. Creo que prefiero quedarme aquí, gracias.
Julia sonrió, —¿Venías por tus compañeros? Ivan se quedó dormido, Serguei baila con los demás… ¿dónde están los otros dos?
-Khui… su majestad se largó, dizque tenía una junta, —Boris imitó un modo aristócrata de hablar, —el idiota del pelirrojo se atascó con la botana y ahora habita el baño de los Kinomiya.
-¿Y tú qué? —Julia le dijo desdeñosamente al verlo ahí y en ese estado.
-Yo vine por compañía y alcohol.
-Pues no hay alcohol, el padre de Max lo guardó todo ya; ni compañía, tus amigos están perdidos allá adentro.
Boris bufó y la miró, —¿Y tú a dónde ibas?
-Muy lejos de aquí. —Respondió sin estar segura de sus palabras.
-No te culpo, sal y date un buen baño. Mil veces mejor que estar ahí adentro.
Julia miró directo a Boris, frunció el ceño y dio un paso adelante, cerró los ojos cuando el agua la cubrió. Estaba fría y caía con tal fuerza que hasta dolía un poco, notó a Boris poniéndose de pie junto a ella.
-¿No dije que era mejor?
Julia asintió, siguió con los ojos cerrados sintiendo cada gota de agua escurriéndose por su cuerpo, apretó los labios controlando los escalofríos tras el repentino cambio de temperatura. Los estruendos de la música se opacaban bajo el golpeteo de las gotas en sus oídos, los gritos y llamados de los demás habían desaparecido.
De pronto, los abrió de golpe, volteó a Boris y sonrió, —Yo soluciono tu problema. —Entró a la casa, Boris se asomó por la puerta, mudo de la repentina reacción. La vio pasar de largo delante del grupo que bailaba, meterse a la cocina de los Mizuhara tomar una botella y salir de nuevo, dejando a los pocos sobrios y medianamente ebrios en silencio.
Cerró la puerta detrás de ella, se plantó delante de Boris y le dio la botella, —Ahí está tu alcohol.
Boris la recibió y asintió torpemente, —¿Qué? ¿tú eres la compañía?
Julia rió, —No, pero puedo estar contigo un rato.
Boris asintió, bien sujeta la botella caminó al lado de Julia bajo la lluvia.
La española respiró hondamente mientras una enorme sonrisa se formaba en sus labios, tal vez ya no la volverían a presionar para quedarse en una fiesta donde no quería estar. Y si lo hacían, ¿Qué importaba?
Quedarse bajo la lluvia helada, de pronto ya no se veía tan mala opción.