Canción: Té para tres
Canta: Gustavo Cerati (Soda Stéreo)
Disco: Canción animal
A las varias cosas malas del año, que se detengan un poco. A las buenas, aunque pocas, que se sigan sucediendo.
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No era muy tarde cuando regresó apurado después de un día demasiado extenuante; si había algo que odiaba de los jueves eran los largos horarios de revisión de logros y metas de los distintos departamentos del área que a él le tocaba administrar, después tener que trasladarse al otro extremo de la ciudad para sus cursos de lenguas; si no tuviera que hacer una parada en casa no sería tan engorroso, pero de ningún modo iba a asistir a la escuela con traje y corbata, cuando menos ahí podía deshacerse del rígido disfraz que tenía que usar día a día durante al trabajo.
Mientras botaba el saco y la corbata, veía una y otra vez el reloj para saber si sus veinte minutos libres le iban a permitir hacer una última escala en la cocina y comer algo. Sonrió satisfecho cuando se dio cuenta que tenía siete minutos disponibles; como bólido bajó las escaleras y entró a la cocina asustando a más de dos empleadas que se encargaban de la cena.
-¡Señor Kai! ¬―exclamó una de ellas, ―sólo espere que le prep…
Él no esperó a que la mujer terminara, abrió el refrigerador y tomó un yogurt mientras lo bebía buscaba alguna fruta que pudiera comer en el camino sin perder control del volante.
-¡Con un demonio, Kai! ¿no puedes sentarte a comer? ―Su madre le recriminó entrando a la cocina.
-¿Y tú que haces aquí? ―Kai preguntó mientras tiraba el envase vacío y tomaba un par de manzanas.
-Tu padre me pidió venir.
Entonces Kai se detuvo y la miró confundido, ―Pero él no ha venido en algunas semanas.
De momento, su apresurada salida se alentó y se encontró preguntándose qué era lo que su padre podría querer ahí, el último par de meses no habían sido nada agradables después de una serie de vergonzosos juicios discutiendo la repartición del patrimonio familiar cuando Souichiro decidió dividir el emporio para evitar los altos impuestos, Susumu contrademandó ante lo poco ético y, de pronto, familiares empezaron salir de la nada.
Fue una situación demasiado desgastante y tensa, él tuvo que hacerse a un lado porque su posición en las empresas, aunque reconocida e inamovible como heredero, aún no estaba certificada ante notario; y tuvo que testificar sin dar realmente su opinión, pues era mero requisito, pero apenas tres semanas atrás se había dado un dictamen y él pudo seguir con la comodidad de su rutina.
No se cansó en pensar mucho en ello, dejaba la casa mientras mordisqueaba una de las manzanas. Se dirigía al garage cuando distinguió al figura de Susumu caminando a la casa; sin que el mayor le hablara, Kai se detuvo un momento, sorprendido de verlo ahí. No se animó a acercarse o llamarlo, se habían hecho una serie de acuerdos que limitaban la comunicación entre cada miembro de la familia respecto a cuestiones de negocios, y como no había nada más de que hablar entre ellos, no había urgencia por trabar una palabra.
Siguió su camino, abordó el auto y lo enfiló a la salida, avanzaba lentamente sin prestar mucha atención, con la mirada siguiendo los pasos de su padre que parecía ni siquiera se había dado cuenta que Kai se estaba yendo, de pronto el mayor giró la cabeza y sostuvieron la mirada unos segundos en los que Kai detuvo el auto, cuando el menor estaba por reiniciar el movimiento, Susumu levantó un brazo y lo llamó.
-Espera, necesito hablar contigo.
Kai miró su reloj casi desesperadamente, ―Voy muy tarde, será después.
-No. Necesito hablar contigo, ahora. ―Dijo con un tono que en nada le gustó a Kai.
No era ni enérgico, ni molesto ni suplicante, pero Kai sintió una repentina urgencia por salir de ahí, no por desagrado de su padre, ni siquiera por miedo o rencor, sino por una extraña sensación de rechazo inconsciente.
-No, después. ―Finalizó y aceleró tratando de no mirar al retrovisor y ver la desolada imagen de Susumu.
Llegó cinco minutos tarde, pero no se perdió de mucho. Después de la clase de español básico, la de conversación de inglés y el taller práctico de alemán, pudo dejar ese endemoniado instituto al que le agradaba acudir, pero detestaba tener que estarse relacionando con tantas personas que lo buscaban por los beneficios que podían obtener, echaba de menos cierta clase de compañía.
Eran las ocho con treinta, saliendo del edificio respondió a su teléfono que había estado llamando desde las siete cuarenta, de no muy buena gana contestó cuando la pantalla identificó el número de su madre.
-¿Qué pasa?
-Ven al restaurante Aleph, esperamos por ti ahí. ―Ella ordenó sin tardanza.
-¿Y yo que voy a hacer ahí? Estoy muy cansado.
-No sé que es lo que tu padre quiere decirnos, ha estado esperando por ti.
Entonces Kai consideró su respuesta, ―El tráfico no me dejará llegar.
-Te veremos en la cafetería cerca de la Universidad, ―escuchó a su padre decir, a ella discutirle pero no esperó a la decisión de ella.
Colgó y se encaminó a dicho sitio, no muy rápido muy a pesar de la repentina ansiedad que se generó en él, no recordaba mucho de alguna reunión de ese tipo, y aún menos, promovida por su padre.
Cuando llegó a la citada cafetería, sus padres ya estaban ahí, habían ocupado una mesita en la terraza, pegada a un enorme macetero que servía de protección contra el leve viento y la llovizna que caía esa noche, lámparas de luz difusa adornaban el sitio y un melancólico piano se escuchaba adentro. Kai no pudo evitar arquear una ceja ante lo inusual del ambiente, y el gesto que su padre vestía, el de su madre era el mismo que alcanzaba a recordar, demasiado apurado como para poder disfrutar un momento de calma.
-¿Qué es? ―Kai preguntó apenas se sentó, fingiendo ver su celular para indicar que no estaba de muy buena voluntad ni muy dispuesto a esperar mucho tiempo ahí.
-¿Puedo tomar ya su orden? ―preguntó una camarera con amabilidad.
-Té de manzanilla, y una rebanada de pastel de chocolate ―Dijo Susumu con una sonrisa para la chica.
Su esposa le dio una mirada desaprobatoria por pedir algo tan simple, y miró la carta ―Ah… ―ella no decidía, ―café moka con esencia de vainilla. No, espera, mejor té chai con esencia de vainilla.
-Café con canela. ―Kai dijo sin ver el menú que la camarera le ofrecía.
-Trata con un té, es más ligero y necesitas algo que te relaje. ―Susumu le dijo mirando hacia arriba.
Kai se mordió el labio, bufó y sólo asintió a la chica, ―Té helado. ―Esperó que ella se fuera y miró de nuevo a su padre insistiéndole por la respuesta.
-¿No es una linda noche? Hay pocas nubes, la brisa es fresca, la lluvia se va y la luna es apenas una uñita.
Su esposa lo miró con preocupación pensando que ya había enloquecido, ―Jamás admiramos la noche. ¿Qué pasa Susumu?
-Mira, este lugar tiene un servicio bastante eficaz, ya viene nuestra orden.
La madre de Kai volteó sorprendida que, en efecto, la mesera ya acudía a ellos con sus bebidas, ―Prepararon todo en este momento, ¿verdad muchacha? No quiero un té demasiado reposado.
-Claro que no señora, ―la chica sonrió amable, ―todo al momento. Nuestro encargado de la cafetería es un genio. ―Ella soltó una risita que sólo fue compartida con Susumu. Entregó a cada uno su orden y se retiró deseándoles buen provecho.
Kai tomó su vaso y después de dar un primer sorbo para conocer el contenido, depositó dos cucharadas bien medidas de azúcar. ―¿Sólo vinimos a tomar té? ―preguntó ya sin apuración o reproche.
-¿No es agradable? Hacia mucho que no salíamos los tres solos.
-Susumu por favor, todos tenemos muchas ocupaciones así que no vengas con tus juegos, dime qué es lo que pasa que me tienes tan azorada.
-¿Alguna vez salimos los tres? ―la pregunta de Kai sonaba a sarcasmo, pero había algo de curiosidad en ella.
-Hace mucho tiempo, hace mucho tiempo… ―Susumu respondió con un tono pensativo.
Kai y su madre se percataron de eso, lo miraron con atención presionando con la fuerza de sus miradas la respuesta que él se negaba a dar. No había una razón de negocios, ni de tribunales ni de nada… para esa repentina reunión, claro que mucho menos una cuestión de ende familiar.
-Hoy fui al doctor. ―Susumu comenzó, cambiando su tono, ―saben que me ausenté un par de días de la revisión del caso con mi padre, tuve ciertas dolencias.
Kai escuchó con atención cada palabra que su padre decía, pero realmente no se estaban registrando del todo en su cabeza, un repentino escalofrío se metió en él sacudiendo su persona.
Sabía que algo malo iba a pasar.
-¿Y qué pasa? ―Su madre sintió algo similar, pero ella si fue capaz de verbalizar su urgencia de saber.
-Tengo cáncer estomacal en fase 4, es terminal.
Nadie dijo más. Como si el sonido de todo alrededor se eliminara o se incrementara, Kai se sintió aturdido y bajó la mirada al vaso frente a él, miró las tazas de sus padres, después el pastel que su padre de pronto atacaba con una pequeña cuchara, retiraba una parte y se la llevaba a la boca, sonriendo mientras la comía.
Los ojos rojos de Kai se fijaron en los de su padre que comenzaban a llenarse de agua, el hombre mayor sonrió. ―Es bueno, deberían tratar con una rebanada. Endulzan el momento.
Las tazas sobre el mantel
La lluvia derramada
Un poco de miel, un poco de miel,
No basta
-¿Cómo dices eso en un momento así? ―su madre casi gritó. Mirándolo con ojos más expresivos que los de su hijo, ―¿cómo así? Como si… no hablarás de la muerte.
Kai bajó de nuevo la mirada a la mesa, las dos tazas y su vaso.
Té para 3
Se forzó a decir algo, a decir algo inteligente o sensato, no sensible porque no servía para eso, ni molesto porque en ese momento no sentía ni el más mínimo rastro de enojo.
-¿Cuándo comenzó? ―fue lo único que dejó su boca medio paralizada.
-El doctor dice que hace mucho, se agravó un poco hace unos cuatro meses. No lo atendí.
-¿Por qué?
-Sabes que le tengo miedo a las agujas. ―Susumu rió bajando la mirada.
-No… no lo sabía. ―Kai murmuró forzándose a dar un trago a su bebida para enfriarse el cuerpo y que las reacciones espontáneas no lo traicionaran.
Frunció el ceño y separó la mirada de su vaso, se forzó a ver más allá. Las tazas, el pastel a medio comer de su padre, la cara de su madre empezando a descomponerse en un llanto tan sincero como jamás había visto, luego a su padre que aún sonreía comiendo a pequeñas cucharadas su pastel.
El eclipse no fue parcial
Y cegó nuestras miradas
Te vi que llorabas, te vi que llorabas
Por él
-¿Desde cuándo lo sabías? ―ella exclamó sin poder calmar sus emociones, ―¿por qué no nos habías dicho?
-No hay nada que pudieran hacer.
-¡Pudimos haberte acompañado… apoyado… pudimos haber hecho algo! ―ella gritó, rompiendo la imagen que Kai tenía de ella.
-No, nosotros no somos así, ―Susumu respondió mientras tomaba una mano de su esposa y la colocaba sobre la mesa poniendo su propia mano sobre la de ella.
-No, no lo somos. ―Kai terció, ahí estaban otra vez, las dos tazas y el vaso.
Te para 3
La mujer retiró su mano y se llevó ambas a la cara para contener las lágrimas que seguían forzando su camino fuera de sus ojos, su esposo dejó mostrar algunas mientras veía con tristeza a su hijo que no podía derramar una sola, y que incapaz de saber que más hacer bajaba la vista viendo con insistencia la superficie de la mesa.
Tomó su taza y dio otro sorbo, quizá no era el modo adecuado de dar una noticia así, pero era lo que él quería. Él quería estar con ellos del único modo en que parecía posible: lejos de la casa que ya no compartían, robándoles tiempo de las actividades de las que se habían hecho para llenar los vacíos obligados, y minimizando la gravedad del asunto, les informaba porque pronto comenzaría a retirarse de su participación en las empresas y no quería que creyeran que lo hacía por alejarse de nuevo de ellos.
-Tomen, su té se va a enfriar, ―hizo una pausa obligado por el nudo en su garganta, ―bueno, él tuyo no lo hará Kai, el tuyo se ―otra pausa, ―el tuyo se calentará. ―Rió y comía más pastel, ―pidan pastel… está bueno. Acaben para poder irnos a casa. ―La última parte fue más forzada, con un hilo de voz que se escapaba de sus labios.
Un sorbo de distracción
buscando descifrarnos
No hay nada mejor, no hay nada mejor
que casa
-A casa… —su madre le completó, —¿irás a qué casa?
Susumu la miró unos segundos, —Sólo por hoy, ¿vamos a casa? —preguntó a su esposa mirando a Kai. Haciendo referencia al hecho que cada uno vivía en casas distintas, y había pasado mucho tiempo desde que habían coincidido una noche en una sola.
Los tres bebieron en silencio apenas roto por los gimoteos de la madre de Kai, las exhalaciones que Kai hacía al respirar con profundidad, y el golpeteó de la cuchara mientras Susumu acababa su pastel.
La camarera se acercó cuando adivinó habían acabado y no pensaban ordenar más, llevó la cuenta como fue pedida y después la charolita con la tarjeta una vez que hizo el cobro.
Te para 3
Los tres dejaron el establecimiento siendo seguidos por miradas curiosas al ver a la madre llorando, al padre a punto de hacerlo y al otro demasiado sumido en sus pensamientos como para prestarle atención a esas miradas.
Susumu y su esposa abordaron un carro, Kai lo hizo con el otro. Ellos conducían delante mientras él los seguía de cerca, en una intersección los dos carros quedaron lado a lado, justo en ese punto se dividían sus caminos para ir a sus distintas casas.
Padre e hijo intercambiaron miradas, ninguno estaba seguro si irían juntos. El mayor llamó al otro a su teléfono.
-Gracias por escuchar lo que tenía que decir, ―hizo una pausa, ―sé que esto no cambia nada, pero quería que lo supieras.
Kai sólo asintió, confirmando y despidiéndose. Miró el carro de su padre irse a la derecha, él debía irse a la izquierda pero dudó… entonces después de pensarlo un momento giró a la derecha yendo detrás del auto azul de su padre.
‘No hay nada mejor, no hay nada mejor que casa’
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No puedo decir mucho. Sólo que tenía que hacer algo con esa letra, y a cinco meses de su situación médica, y otras pérdidas en el año.
Ah sí... una cosa, esto es como precuela a 'Duelo' en ff.net o 4to. Duelo Aquí... sí, las cosas parecen no progresar.
18.10.10
10.10.10
10 razones
Takao abrió los ojos con pereza, se retorció en la cama y lanzó el reloj despertador muy lejos de su buró donde sonaba con tanta insistencia que parecía querer enloquecerlo. Su abuelo y Daichi lo despertaron de no muy buena forma, Takao se despegó de sus sábanas y caminó hasta el baño aún mascando su sueño y balbuceando.
-Odio los días de clases.
Se dio un bañó y colocó ropa limpia, se miró en el espejo y acomodó un poco su enmarañado cabello, bostezó otra vez y repitió al ver la mochila esperando por él y el calendario señalando que era lunes.
-De verdad odio los días de escuela.
Llegó a la cocina donde tomó un pan y lo mordisqueó mientras se servía en un vaso leche de un envase, miró con flojera hacia la mesa. Su papá leía el periódico mientras desayunaba con velocidad, Daichi picoteaba la fruta en su plato y su abuelo podía verse entrenando en el patio.
-¿No odias los días de trabajo papá? —preguntó tomando otro pan.
Su padre bajó el periódico y lo vio unos segundos, —Claro que no, doy gracias que tengo un trabajo.
Takao arqueó una ceja y pensó, —Eso se oye tan cliché, —pero no dijo nada porque no quería una plática emotiva de su papá sobre la importancia de tener empleo.
-Hago algo que me gusta, me pagan por ello y sólo veo a mis amigos los días de trabajo. Debo irme, los veo después muchachos.
Takao consideró válida la respuesta de su papá, echaba de menos a sus amigos de escuela algunos fines de semana.
-Adiós señor Kinomiya, —Daichi agitó la mano.
-Y tú Daichi, sé que tu me vas a dar la razón ¿no odias también los días de escuela? —Takao preguntó sentándose a la mesa.
El pelirrojo levantó la mirada un momento pensando, —Bueno sí, detesto ir a la escuela, pero me encanta la televisión entre semana, la programación en fin de semana apesta, ¡nunca hay nada!
Eso también era un argumento razonable, los maratones de películas aburridas y los partidos de deportes que ni le interesaban lo dejaban sin nada que ver sábados y domingos.
-Vamos niños, la escuela llama, la escuela llama. —El abuelo entró aprisa señalando el reloj con una mano y la puerta con la otra.
Daichi brincó de su silla y corrió al baño para terminar de alistarse, Takao vio a su abuelo sentarse y servirse leche y jugo.
-Oye abuelo, ¿tú no odias los días de escuela? Te quedas solo, y tienes que estar apurándonos para que no lleguemos tarde. Debe ser muy molesto.
El viejo no tardó en responder, —Claro que es molesto estar atendiendo a tres niños, tu papá es igual que tú y Daichi… —hizo una pausa, —pero me alegra las mañanas, los sábados quiero hacer lo mismo pero sólo tu papá despierta temprano, el domingo ya no sé que hacer porque nadie está de pie a la misma hora que yo. Además, cuando ustedes están en la escuela y tu papá en el trabajo, es el único momento que puedo tener para mi sólo, un galán como yo necesita tiempo para nuevas conquistas.
Takao hizo un gesto que hizo al abuelo reír, era claro que el hombre mayor no salía a perseguir jóvenes, pero era bien sabido que era bastante popular en el barrio.
-Bueno… tenemos que irnos, ten buen día abuelo… ¡Daichi!
El pelirrojo llegó corriendo, los dos salieron aprisa de la casa y siguieron así hasta que estaban a sólo unas tres cuadras de la escuela. Justo ahí, Max se unía a ellos. Y esa mañana no fue excepción, el rubio llegaba con la sonrisa de todos los días montado en su bicicleta.
-Ey chicos, ¿Qué tal el fin de semana?
-Nada nuevo, ey Takao ¿por qué no le preguntas a Max lo que piensa? —Daichi preguntó mientras se echaba a correr más rápido para dar alcance a dos compañeros de clase con los que quería jugar durante el descanso.
Takao consideró la sugerencia de Daichi bastante atinada, pero ese no era el momento, el reloj seguía avanzando y ellos estaban a punto de no llegar a clase. Una vez que estuvieron dentro de los terrenos de la escuela, pudo al fin tomar un respiro y preguntar a Max, casi estaba seguro que le daría la razón, el estadunidense iba mejor que él, pero no era precisamente alguna estrella del firmamento académico.
-Max, ¿no odias los días de escuela?
Max sí se tardó en pensar, —Bueno, odio tener que levantarme y hacer tarea, pero me encanta el club de fútbol después de clases, y que mamá llama los martes y viernes. ¡Ah! Y que papá cocina los días de escuela, los fines de semana sólo compra la comida, y créeme, es horrible.
Takao caminó al lado de su amigo pensando en esa respuesta, vaya… los días de escuela no sólo eran de escuela, no había pensado en eso.
Se encontraron con Kyouju en el pasillo, él miraba un enorme panel con anuncios, los dos chicos lo saludaron y él respondió a cada saludo con su usual tono nervioso y apurado. La campana sonó y todos se dirigieron a sus salones, mientras Takao caminaba junto con Kenny pues Max se había separado porque tenía clase distinta a ellos, hizo la pregunta con la que había iniciado su día.
-Ey, Kyou, ¿no odias los días de escuela?
El gesto del chico fue casi de un horror absoluto, —¿Cómo puedes preguntar eso? ¡claro que no!
Takao asintió, —Si tienes razón, ¿cómo pude preguntarte eso?
-No, no, —Kyouju se apresuró a aclarar, —No lo digo por las clases, aunque claro, es de lo mejor del día; pero los días que venimos a la escuela son los únicos en los que no me paso encerrado en mi casa sin tener a donde ir, hay talleres y actividades extra curriculares que me encantan.
Takao parpadeó ante esa posibilidad, que la vida social del chico se redujera a la escuela era algo lamentable pero bastante aceptable. Claro que la vida era más emocionante cuando había cosas que hacer después de la escuela, la sensación de haber acabado un aburrido horario de clases era incomparable.
Llegando al salón, Hiromi les contó que su profesora se reportaba enferma y habría un maestro sustituto pero que no llegaría sino hasta en cuarenta minutos. Casi se hizo fiesta en el salón, y Takao aprovechó para seguir con su encuesta mañanera.
-Oye Hiromi, casi estoy seguro de lo que vas a responder pero nada pierdo con preguntar, ¿no odias los días de escuela?
La chica mostró una pequeña decepción ante la pregunta, —Claro que sí… bueno, me choca despertar tan temprano y tener tan poco tiempo para ponerme lista y venir a clases… no soy fanática de la escuela pero me gusta, no estoy en ningún club pero me gusta quedarme a ver a los de la banda practicar y a las de gimnasia entrenar. Aunque eso es tonto. —Dijo después de un rato de pensar sus propias palabras, —Lo que me gusta es que mamá no hace guardias estos días, los fines de semana nunca está porque tiene doble turno, así que no, no odio los días de escuela.
El chico de gorra no esperaba esa respuesta, decir que no los detestaba por poder estar con su mamá era (quizá) la respuesta más honesta que había conseguido, y le decía que tal vez los días de escuela no eran tan malos.
El horario de clases terminó, Max se quedaba a entrenar, Hiromi a chismear con otras amigas, Daichi a hacer tarea (o al menos eso decía); Takao regresó solo a casa pensando en quien más podía preguntarle, Rei… ¡Rei! Decidió desviar un poco su camino y dirigirse a la pensión donde Rei rentaba un cuarto.
Afortunadamente el chino ya había regresado de la escuela y lo recibió mientras preparaba su comida, —Hola Takao, no pensé que te vería aquí hasta el miércoles para ayudarte con tu clase de matemáticas. ¿No entendiste mi explicación?
El otro sonrió apenado, —Si… bueno, no tanto pero ese no es el motivo por el que estoy aquí.
Rei suspiró aliviado, —Me alegra, la verdad hoy estoy muy apurado. Apenas me da tiempo de hacer mi propia tarea, me toca el turno de la tarde y no tengo mucho tiempo libre.
Takao sintió eso como el perfecto momento para preguntar y recibir la primera respuesta afirmativa, después de todo, Rei estudiaba y trabajaba de lunes a viernes, quizá él sabría darle la razón. —Sólo quería preguntarte una cosa, ¿no odias los días de escuela?
Rei se detuvo un momento en su apurado trayecto, —¿Bromeas? ¡claro que no! Son los únicos días en los que mi tutor me permite trabajar, los fines de semana no tengo ingresos y me aburre estar sin hacer nada. Odio los fines de semana, los días de trabajo los clientes dejan propinas excelentes.
Otro nuevo ángulo, cuando la subsistencia dependía directamente del día de trabajo era algo que él no conocía pero no le costaba comprender. Además, debía ser aburrido estar en un cuartito como el de Rei todo el día sin tener nada que hacer afuera.
-Era todo, me voy porque tengo mucha tarea, te veo el miércoles o si quieres pasar por el dojo para cualquier cosa.
Rei sonrió y agitó la mano despidiendo a su amigo. Takao retomó el camino a casa pensando en otra persona para continuar su sondeo.
-¡Claro, Hitoshi! Él detesta las rutinas, y no hay nada mas rutinario que un día de escuela. —Se dijo una cuadra antes de llegar a casa. Apenas llegó al dojo, saludó a su abuelo, botó su mochila y corrió al teléfono, marcó a su hermano en otra ciudad de Japón donde estudiaba.
-¿Takao? ¿pasa algo? —Hitoshi se escuchó preocupado ante lo inusual de una llamada en lunes, regularmente ocurrían de miércoles a domingo.
-Ey Hitoshi, sólo quiero hacerte una pregunta.
-No Takao, no puedes decirle a Daichi que aún existen los dinosaurios y que los de los documentales son de verdad.
Takao parpadeó dos veces, —¿De dónde sacas esa tontería Hitoshi?
El hermano mayor apenas y ahogó una risa, —Ah, lo siento… es que tuve este sueño extraño y…
-No, no quiero saber, —Takao lo interrumpió, —mi pregunta es, ¿no odias los días de escuela?
Hitoshi hizo una larga pausa, tanto que hasta el hermano menor pensó que se había cortado la llamada y golpeó el auricular con su dedo, —Deja de hacer eso, —exclamó el mayor, —los odio a medias, mi horario de materias es demasiado, mis profesores están locos y el tráfico es horrible; pero mi compañero de habitación es un enfermo adicto a las fiestas que no me deja en paz los fines de semana, además mi novia va a casa sábados y domingos y no la puedo ver…
-¿Novia? —Takao preguntó con curiosidad.
-¿Novia dije? Quise decir mi… mi…
-Déjalo así Hitoshi, fuiste bastante claro. Gracias por la respuesta. Adiós.
-¡No espera! No dije novia… ¡no le digas al abuelo o no me va a dejar en paz! —Hitoshi enloqueció del otro lado de la línea.
Takao no dijo nada y colgó mientras saboreaba esa sensación de tener un secreto con cual poder chantajear a otros. Pero también pensando en la respuesta de su hermano, aunque sus dos razones para odiar el fin de semana era algo que él no conocía aún en su vida, se oían bastante razonables.
Se echó en la cama mientras repasaba (hasta donde se acordaba) las respuestas de cada uno de sus conocidos a quienes les había hecho la pregunta, al parecer había más motivos para gustar de los días de escuela que para odiarlos.
-¡Takao, alguien te busca! —el abuelo gritó desde la puerta.
A pesar de su edad el viejito tenía potencia en los pulmones pues puso en alerta de inmediato al chico, —¡Ya voy! ¡sé más civilizado y ven hasta acá! —Takao gritó con la misma fuerza, dándose cuenta que estaba repitiendo el mismo papel se quedó callado y bajó a ver quién era.
De todas las posibles personas que pudieran buscarlo ese lunes a las cuatro de la tarde, Kai era sin duda la última, el mayor aparecía raramente, y casi siempre entre jueves y sábado.
-Takao, —Kai se acercó a él apenas lo vio en el pasillo.
-Kai, ¿qué haces aquí?
El otro le dio un ramo de flores blancas, su gesto era tan sorprendido como molesto el de Kai, y ninguno lo ocultó, era demasiado bizarro e incómodo que uno le estuviera dando flores al otro.
-Guarda silencio ¿sí?. —Dijo Kai de mala gana.
-Eh… bueno Kai, me halaga… pero no, —Takao no sabía cómo contener la risa.
-Sólo cállate, —le siseó con tal autoridad que el otro guardo silencio de inmediato, —no sé cómo demonios se enteró tu padre que iba a Kansai, y me pidió le comprara estas flores.
-Ups… —Takao sonrió de inmediato denotando toda su culpa, —quizá por alguna extraña razón a Daichi se le escapó.
-Seguro que sí, él no tiene la boca tan grande. Como sea, se las entregas… y procura no abrir la boca otra vez. Me voy… —miró su teléfono y gruñó, —voy tarde para las clases del día.
-¿Vas a la escuela en la tarde?
Kai lo miró medio con sorpresa, medio con molestia, —Todos saben eso, tengo trabajo en las empresas durante el día. —Se dio la vuelta listo a irse.
-Eh, espera, ¿no odias los días de escuela?
Kai se giró levemente, —Por supuesto que los odio, son los únicos días en que los socios quieren trabajar, en que hay que lidiar con empleados y con profesores, con compañeros molestos y clases absurdas. ¿Por qué no odiarlos?
Takao no cabía de alegría, al fin una respuesta afirmativa, —¡Lo sabía!
-Aunque, —Kai interrumpió con un tono pensativo, —son los únicos días que tengo para descansar, los fines de semana viajo mucho… y sólo de martes a jueves ceno con mi abuelo… —sacudió la cabeza y aceleró el paso.
-¡Gracias! Estas flores le encantaban a mamá, son para su tumba.
El mayor giró la cabeza y asintió, después sólo se perdió por la puerta de la propiedad, dejando a Takao tan pensativo como la primera vez. Tener en los días de escuela y trabajo las únicas horas de descaso era impensable, aunque al parecer algo probable, además… como con Hiromi, Max, Hitoshi, y él mismo, era cuando podía convivir con la familia (por más torcido que eso sonara viniendo de los Hiwatari)…
Había escuchado nueve razones para no odiar los días de escuela, bueno muchas razones pero viniendo de nueve personas distintas… ¿en verdad no eran tan malos esos días?
Ya muy noche, cuando se despedía de su papá, de su abuelo y Daichi para irse a dormir, Takao pensó un momento antes de quedarse completamente dormido. Sí, era un martirio despertar, bañarse, ir a la escuela, soportar las clases, hacer tarea para repetir el ciclo al día siguiente hasta el ansiado sábado de descanso…
Pero también entre semana era cuando el abuelo se esmeraba en la cocina, cuando había la mejor programación, cuando recibía a su papá después del trabajo, cuando Daichi se entretenía platicando sus actividades en clase, cuando podía ir al cine y no pagar los exagerados precios de sábado y domingo…
Se dio cuenta con sorpresa, que con las suyas, ya tenía diez razones para no odiarlos… eran un dolor en el trasero sí, pero no eran tan malos.
-Odio los días de clases.
Se dio un bañó y colocó ropa limpia, se miró en el espejo y acomodó un poco su enmarañado cabello, bostezó otra vez y repitió al ver la mochila esperando por él y el calendario señalando que era lunes.
-De verdad odio los días de escuela.
Llegó a la cocina donde tomó un pan y lo mordisqueó mientras se servía en un vaso leche de un envase, miró con flojera hacia la mesa. Su papá leía el periódico mientras desayunaba con velocidad, Daichi picoteaba la fruta en su plato y su abuelo podía verse entrenando en el patio.
-¿No odias los días de trabajo papá? —preguntó tomando otro pan.
Su padre bajó el periódico y lo vio unos segundos, —Claro que no, doy gracias que tengo un trabajo.
Takao arqueó una ceja y pensó, —Eso se oye tan cliché, —pero no dijo nada porque no quería una plática emotiva de su papá sobre la importancia de tener empleo.
-Hago algo que me gusta, me pagan por ello y sólo veo a mis amigos los días de trabajo. Debo irme, los veo después muchachos.
Takao consideró válida la respuesta de su papá, echaba de menos a sus amigos de escuela algunos fines de semana.
-Adiós señor Kinomiya, —Daichi agitó la mano.
-Y tú Daichi, sé que tu me vas a dar la razón ¿no odias también los días de escuela? —Takao preguntó sentándose a la mesa.
El pelirrojo levantó la mirada un momento pensando, —Bueno sí, detesto ir a la escuela, pero me encanta la televisión entre semana, la programación en fin de semana apesta, ¡nunca hay nada!
Eso también era un argumento razonable, los maratones de películas aburridas y los partidos de deportes que ni le interesaban lo dejaban sin nada que ver sábados y domingos.
-Vamos niños, la escuela llama, la escuela llama. —El abuelo entró aprisa señalando el reloj con una mano y la puerta con la otra.
Daichi brincó de su silla y corrió al baño para terminar de alistarse, Takao vio a su abuelo sentarse y servirse leche y jugo.
-Oye abuelo, ¿tú no odias los días de escuela? Te quedas solo, y tienes que estar apurándonos para que no lleguemos tarde. Debe ser muy molesto.
El viejo no tardó en responder, —Claro que es molesto estar atendiendo a tres niños, tu papá es igual que tú y Daichi… —hizo una pausa, —pero me alegra las mañanas, los sábados quiero hacer lo mismo pero sólo tu papá despierta temprano, el domingo ya no sé que hacer porque nadie está de pie a la misma hora que yo. Además, cuando ustedes están en la escuela y tu papá en el trabajo, es el único momento que puedo tener para mi sólo, un galán como yo necesita tiempo para nuevas conquistas.
Takao hizo un gesto que hizo al abuelo reír, era claro que el hombre mayor no salía a perseguir jóvenes, pero era bien sabido que era bastante popular en el barrio.
-Bueno… tenemos que irnos, ten buen día abuelo… ¡Daichi!
El pelirrojo llegó corriendo, los dos salieron aprisa de la casa y siguieron así hasta que estaban a sólo unas tres cuadras de la escuela. Justo ahí, Max se unía a ellos. Y esa mañana no fue excepción, el rubio llegaba con la sonrisa de todos los días montado en su bicicleta.
-Ey chicos, ¿Qué tal el fin de semana?
-Nada nuevo, ey Takao ¿por qué no le preguntas a Max lo que piensa? —Daichi preguntó mientras se echaba a correr más rápido para dar alcance a dos compañeros de clase con los que quería jugar durante el descanso.
Takao consideró la sugerencia de Daichi bastante atinada, pero ese no era el momento, el reloj seguía avanzando y ellos estaban a punto de no llegar a clase. Una vez que estuvieron dentro de los terrenos de la escuela, pudo al fin tomar un respiro y preguntar a Max, casi estaba seguro que le daría la razón, el estadunidense iba mejor que él, pero no era precisamente alguna estrella del firmamento académico.
-Max, ¿no odias los días de escuela?
Max sí se tardó en pensar, —Bueno, odio tener que levantarme y hacer tarea, pero me encanta el club de fútbol después de clases, y que mamá llama los martes y viernes. ¡Ah! Y que papá cocina los días de escuela, los fines de semana sólo compra la comida, y créeme, es horrible.
Takao caminó al lado de su amigo pensando en esa respuesta, vaya… los días de escuela no sólo eran de escuela, no había pensado en eso.
Se encontraron con Kyouju en el pasillo, él miraba un enorme panel con anuncios, los dos chicos lo saludaron y él respondió a cada saludo con su usual tono nervioso y apurado. La campana sonó y todos se dirigieron a sus salones, mientras Takao caminaba junto con Kenny pues Max se había separado porque tenía clase distinta a ellos, hizo la pregunta con la que había iniciado su día.
-Ey, Kyou, ¿no odias los días de escuela?
El gesto del chico fue casi de un horror absoluto, —¿Cómo puedes preguntar eso? ¡claro que no!
Takao asintió, —Si tienes razón, ¿cómo pude preguntarte eso?
-No, no, —Kyouju se apresuró a aclarar, —No lo digo por las clases, aunque claro, es de lo mejor del día; pero los días que venimos a la escuela son los únicos en los que no me paso encerrado en mi casa sin tener a donde ir, hay talleres y actividades extra curriculares que me encantan.
Takao parpadeó ante esa posibilidad, que la vida social del chico se redujera a la escuela era algo lamentable pero bastante aceptable. Claro que la vida era más emocionante cuando había cosas que hacer después de la escuela, la sensación de haber acabado un aburrido horario de clases era incomparable.
Llegando al salón, Hiromi les contó que su profesora se reportaba enferma y habría un maestro sustituto pero que no llegaría sino hasta en cuarenta minutos. Casi se hizo fiesta en el salón, y Takao aprovechó para seguir con su encuesta mañanera.
-Oye Hiromi, casi estoy seguro de lo que vas a responder pero nada pierdo con preguntar, ¿no odias los días de escuela?
La chica mostró una pequeña decepción ante la pregunta, —Claro que sí… bueno, me choca despertar tan temprano y tener tan poco tiempo para ponerme lista y venir a clases… no soy fanática de la escuela pero me gusta, no estoy en ningún club pero me gusta quedarme a ver a los de la banda practicar y a las de gimnasia entrenar. Aunque eso es tonto. —Dijo después de un rato de pensar sus propias palabras, —Lo que me gusta es que mamá no hace guardias estos días, los fines de semana nunca está porque tiene doble turno, así que no, no odio los días de escuela.
El chico de gorra no esperaba esa respuesta, decir que no los detestaba por poder estar con su mamá era (quizá) la respuesta más honesta que había conseguido, y le decía que tal vez los días de escuela no eran tan malos.
El horario de clases terminó, Max se quedaba a entrenar, Hiromi a chismear con otras amigas, Daichi a hacer tarea (o al menos eso decía); Takao regresó solo a casa pensando en quien más podía preguntarle, Rei… ¡Rei! Decidió desviar un poco su camino y dirigirse a la pensión donde Rei rentaba un cuarto.
Afortunadamente el chino ya había regresado de la escuela y lo recibió mientras preparaba su comida, —Hola Takao, no pensé que te vería aquí hasta el miércoles para ayudarte con tu clase de matemáticas. ¿No entendiste mi explicación?
El otro sonrió apenado, —Si… bueno, no tanto pero ese no es el motivo por el que estoy aquí.
Rei suspiró aliviado, —Me alegra, la verdad hoy estoy muy apurado. Apenas me da tiempo de hacer mi propia tarea, me toca el turno de la tarde y no tengo mucho tiempo libre.
Takao sintió eso como el perfecto momento para preguntar y recibir la primera respuesta afirmativa, después de todo, Rei estudiaba y trabajaba de lunes a viernes, quizá él sabría darle la razón. —Sólo quería preguntarte una cosa, ¿no odias los días de escuela?
Rei se detuvo un momento en su apurado trayecto, —¿Bromeas? ¡claro que no! Son los únicos días en los que mi tutor me permite trabajar, los fines de semana no tengo ingresos y me aburre estar sin hacer nada. Odio los fines de semana, los días de trabajo los clientes dejan propinas excelentes.
Otro nuevo ángulo, cuando la subsistencia dependía directamente del día de trabajo era algo que él no conocía pero no le costaba comprender. Además, debía ser aburrido estar en un cuartito como el de Rei todo el día sin tener nada que hacer afuera.
-Era todo, me voy porque tengo mucha tarea, te veo el miércoles o si quieres pasar por el dojo para cualquier cosa.
Rei sonrió y agitó la mano despidiendo a su amigo. Takao retomó el camino a casa pensando en otra persona para continuar su sondeo.
-¡Claro, Hitoshi! Él detesta las rutinas, y no hay nada mas rutinario que un día de escuela. —Se dijo una cuadra antes de llegar a casa. Apenas llegó al dojo, saludó a su abuelo, botó su mochila y corrió al teléfono, marcó a su hermano en otra ciudad de Japón donde estudiaba.
-¿Takao? ¿pasa algo? —Hitoshi se escuchó preocupado ante lo inusual de una llamada en lunes, regularmente ocurrían de miércoles a domingo.
-Ey Hitoshi, sólo quiero hacerte una pregunta.
-No Takao, no puedes decirle a Daichi que aún existen los dinosaurios y que los de los documentales son de verdad.
Takao parpadeó dos veces, —¿De dónde sacas esa tontería Hitoshi?
El hermano mayor apenas y ahogó una risa, —Ah, lo siento… es que tuve este sueño extraño y…
-No, no quiero saber, —Takao lo interrumpió, —mi pregunta es, ¿no odias los días de escuela?
Hitoshi hizo una larga pausa, tanto que hasta el hermano menor pensó que se había cortado la llamada y golpeó el auricular con su dedo, —Deja de hacer eso, —exclamó el mayor, —los odio a medias, mi horario de materias es demasiado, mis profesores están locos y el tráfico es horrible; pero mi compañero de habitación es un enfermo adicto a las fiestas que no me deja en paz los fines de semana, además mi novia va a casa sábados y domingos y no la puedo ver…
-¿Novia? —Takao preguntó con curiosidad.
-¿Novia dije? Quise decir mi… mi…
-Déjalo así Hitoshi, fuiste bastante claro. Gracias por la respuesta. Adiós.
-¡No espera! No dije novia… ¡no le digas al abuelo o no me va a dejar en paz! —Hitoshi enloqueció del otro lado de la línea.
Takao no dijo nada y colgó mientras saboreaba esa sensación de tener un secreto con cual poder chantajear a otros. Pero también pensando en la respuesta de su hermano, aunque sus dos razones para odiar el fin de semana era algo que él no conocía aún en su vida, se oían bastante razonables.
Se echó en la cama mientras repasaba (hasta donde se acordaba) las respuestas de cada uno de sus conocidos a quienes les había hecho la pregunta, al parecer había más motivos para gustar de los días de escuela que para odiarlos.
-¡Takao, alguien te busca! —el abuelo gritó desde la puerta.
A pesar de su edad el viejito tenía potencia en los pulmones pues puso en alerta de inmediato al chico, —¡Ya voy! ¡sé más civilizado y ven hasta acá! —Takao gritó con la misma fuerza, dándose cuenta que estaba repitiendo el mismo papel se quedó callado y bajó a ver quién era.
De todas las posibles personas que pudieran buscarlo ese lunes a las cuatro de la tarde, Kai era sin duda la última, el mayor aparecía raramente, y casi siempre entre jueves y sábado.
-Takao, —Kai se acercó a él apenas lo vio en el pasillo.
-Kai, ¿qué haces aquí?
El otro le dio un ramo de flores blancas, su gesto era tan sorprendido como molesto el de Kai, y ninguno lo ocultó, era demasiado bizarro e incómodo que uno le estuviera dando flores al otro.
-Guarda silencio ¿sí?. —Dijo Kai de mala gana.
-Eh… bueno Kai, me halaga… pero no, —Takao no sabía cómo contener la risa.
-Sólo cállate, —le siseó con tal autoridad que el otro guardo silencio de inmediato, —no sé cómo demonios se enteró tu padre que iba a Kansai, y me pidió le comprara estas flores.
-Ups… —Takao sonrió de inmediato denotando toda su culpa, —quizá por alguna extraña razón a Daichi se le escapó.
-Seguro que sí, él no tiene la boca tan grande. Como sea, se las entregas… y procura no abrir la boca otra vez. Me voy… —miró su teléfono y gruñó, —voy tarde para las clases del día.
-¿Vas a la escuela en la tarde?
Kai lo miró medio con sorpresa, medio con molestia, —Todos saben eso, tengo trabajo en las empresas durante el día. —Se dio la vuelta listo a irse.
-Eh, espera, ¿no odias los días de escuela?
Kai se giró levemente, —Por supuesto que los odio, son los únicos días en que los socios quieren trabajar, en que hay que lidiar con empleados y con profesores, con compañeros molestos y clases absurdas. ¿Por qué no odiarlos?
Takao no cabía de alegría, al fin una respuesta afirmativa, —¡Lo sabía!
-Aunque, —Kai interrumpió con un tono pensativo, —son los únicos días que tengo para descansar, los fines de semana viajo mucho… y sólo de martes a jueves ceno con mi abuelo… —sacudió la cabeza y aceleró el paso.
-¡Gracias! Estas flores le encantaban a mamá, son para su tumba.
El mayor giró la cabeza y asintió, después sólo se perdió por la puerta de la propiedad, dejando a Takao tan pensativo como la primera vez. Tener en los días de escuela y trabajo las únicas horas de descaso era impensable, aunque al parecer algo probable, además… como con Hiromi, Max, Hitoshi, y él mismo, era cuando podía convivir con la familia (por más torcido que eso sonara viniendo de los Hiwatari)…
Había escuchado nueve razones para no odiar los días de escuela, bueno muchas razones pero viniendo de nueve personas distintas… ¿en verdad no eran tan malos esos días?
Ya muy noche, cuando se despedía de su papá, de su abuelo y Daichi para irse a dormir, Takao pensó un momento antes de quedarse completamente dormido. Sí, era un martirio despertar, bañarse, ir a la escuela, soportar las clases, hacer tarea para repetir el ciclo al día siguiente hasta el ansiado sábado de descanso…
Pero también entre semana era cuando el abuelo se esmeraba en la cocina, cuando había la mejor programación, cuando recibía a su papá después del trabajo, cuando Daichi se entretenía platicando sus actividades en clase, cuando podía ir al cine y no pagar los exagerados precios de sábado y domingo…
Se dio cuenta con sorpresa, que con las suyas, ya tenía diez razones para no odiarlos… eran un dolor en el trasero sí, pero no eran tan malos.
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