Se supone que él no sabe lo que es estar atrapado, desde hace muchos años ha sabido lo que es vivir sin limitaciones, aunque se ha llevado varias batallas perdidas puede decir con orgullo que se ha ganado su libertad con cada paso que ha dado.
Pero en ese instante mira a un lado y a otro y no puede sentir otra cosa mas que de una reclusión que le está carcomiendo la calma. Se asoma a la ventana y al reloj con la ilusión de que le indiquen que pronto acabará su situación, que dejará ese sitio y podrá llegar a donde encontrará paz y consuelo. O cuando menos, se quedará lejos la aprensión en su mente.
Sin embargo no lo encuentra, el reloj dice que son las seis y no es ningún consuelo, la ventana denota que la noche se va comiendo al día y es aún peor señal. Saldrá de ese taller para llegar al departamento vacío, recorrerá la cocina mientras prepara su comida (sólo suya), encenderá la televisión brincando canales en donde haya programas en vivo para escuchar voces espontáneas y no diálogos grabados, sin duda no encenderá la computadora considerando lo estúpido que sería hacerlo en casa después de estar frente a un monitor las últimas diez horas con pequeños intervalos de descanso que sólo consiguen que el silencio a su alrededor sea más opresivo.
Y deja el taller ubicado en la zona industrial de la ciudad, hace el recorrido de cuarenta minutos en metro, quince en autobús y cuatro caminando. Ve los alrededores de cada uno de los lugares que pasa, todo está ahí, igual que siempre y que parece ya uno de esos fondos animados donde para ahorrar son repetidos a morir. Al llegar frente al edificio de departamentos donde se halla el suyo, se topa con la mujer obesa que saca a pasear a un perro tan gordo como él, y al viejillo que toca su saxofón esperando una moneda caritativa. Saluda y es saludado por la mujer obesa, el perro mueve la cola al reconocerlo, deposita la moneda en el sombrero del hombre y recibe las gracias de cada día.
Entra al edificio y sube los ochenta y cuatro escalones que lo dejan en su piso y camina los treinta y seis pasos que lo llevan frente a su puerta, el gato de la pareja del 41 maúlla saludando, él lo ignora y mete la llave en la cerradura. Abre y cierra la puerta sin encender las luces, cuando está delante del apagador se imagina que al encenderlas aparecerán las dos personas que echa de menos felicitándolo por su cumpleaños como sucedía ocho años atrás; enciende las luces y mantiene los ojos cerrados tratando de negarse a confirmar que no hay gritos, ni pasteles caseros y aún menos abrazos esperando por él en la sala.
Suspira lentamente mientras deposita su maleta en el sillón y va a la cocina. Repitiendo el ritual del día a día se sienta en el sillón más grande mientras enciende el noticiero de las ocho de la noche, escucha y ve sin poner atención a las noticias que ya ha escuchado durante toda la tarde, pero es el único programa lo suficientemente ameno que no lo deprime más.
Vaya sorpresa, antes detestaba las noticias por sus deplorables contenidos y ahora las prefiere por encima de todo. Termina la sopa enlatada y el guisado precocido que compró dos días atrás en el supermercado, anota a su lista mental otra cosa que extraña: la comida casera. Siendo ingeniero excepcional y profesor de grandes cualidades, parece que la habilidad culinaria no está entre sus talentos, y aunque podría comprar comida para llevar en algún restaurante o quedarse a comer ahí, cada año va echando más de menos la sazón salado de su esposa.
El noticiero acaba y empieza el programa deportivo, busca aprisa el control porque no hay cosa que más deteste en ese momento, que el monótono comentarista que sólo repite marcadores y notas para nada emocionantes.
No lo encuentra, hurga en el sillón mientras trata de recordar dónde lo dejó. Finalmente lo encuentra y cambia aprisa el canal, optando por un programa de variedades un poco menos que mal hecho, pero es mejor que nada, piensa con resignación.
Ríe con algunos de los chistes malos que son contados, adivina a casi todas las preguntas que el conductor hace en un concurso digno para gente que jamás ha tenido contacto con un libro mínimo de historia, se sorprende un poco con algunos actos de magia. Aquí se queda con una sonrisa al traer a la memoria las risas de su hijo y su fascinación por esa clase de actos, aunque él le explicaba la física detrás de algunos de ellos también le gustaba quedarse con la ingenua idea de que la magia existía.
Hace ya muchos años que los tres se dieron cuenta de cuan falso es ese pensamiento.
Su esposa vio que sus sueños de matrimonio feliz y duradero sólo valieron los primeros años que ayudaron a afianzar las finanzas familiares, su hijo supo que esa feliz burbuja era sólo uno de los tantos espejismo que se han esfumado delante de él, y él… el padre y esposo, que la libertad añorada era sólo la cara brillante de una moneda que tenía una segunda cara, oscura y solitaria.
El mago ha terminado su presentación, ahora aparece un ballet de jóvenes esbeltas que seducen con sus contoneos, pero la mente de él se ha desconectado. Ya no se molesta en hacerse suposiciones del ‘y sí’ del ‘si pudiera’ o el aún más famoso ‘hubiera’ ahora sólo mira el calendario para agregarle un día más a sus ocho años, cuatro meses y diecinueve días que lleva en su resguardo creativo. Claro que él no lleva esa cuenta obsesiva del día a día, si lo hiciera, quizá ya hubiera regresado o hubiera saltado por la ventana del último piso. Pero su padre no le enseñó a ser así, él fue educado a llevar hasta el final las decisiones y vivir con las consecuencias de éstas.
Aunque él también ha aprendido muchas cosas en todos esos años, llenando poco a poco los enormes huecos que la educación paterna dejó y que espera, su propio hijo haya hecho lo mismo. Ha aprendido a regresar y enmendar, así como en sus investigaciones cuando un experimento falla, regresa sobre sus pasos para revisar el proceso y reparar el error. Y aunque en los últimos cuatro años no ha podido llegar a la voluntad que le haga reparar el error en las fallas de su vida, ha identificado los factores, aislado las condiciones y buscado soluciones alternas. Ya es algo.
Sabe que no es cuestión de miedo al fracaso, sino de falta de sagacidad.
Apaga la televisión, son las once con quince minutos. Se dirige al cuarto mientras apaga las luces de la sala, mirando por la ventana llega al corredor que lleva hasta su cuarto y se detiene en seco. Lo común sería que hiciera una rápida rutina de ejercicio, fuera al baño, se diera un baño mientras lavaba los dientes, y al final se recostara a esperar que el sueño se adueñara de él, pero de pronto la sensación aprensiva que tuvo esa tarde, y las últimas tardes de los últimos años lo asalta de nuevo.
Una vez oyó que el mundo es de los que se atreven, quizá es en parte verdad porque a ellos también pertenece el fracaso y la frustración, pero al ser sólo un juego de dos opciones: ganar o perder, algo debe pasar. Mil veces eso que la incertidumbre de permanecer sentado sin moverse, imaginando las posibilidades sin dar nunca un paso.
Da un giro de ciento ochenta grados y toma el teléfono que reposa en una mesa cerca de la puerta, marca el número que sabe de memoria pero no se ha atrevido a marcar, la llamada entra y el tono se deja escuchar cuatro veces, si el quinto suena colgará porque sabe que su hijo deja sonar su teléfono sólo cuatro veces.
El cuarto tono está a punto de acabar y él está por colocar el aparato de regreso a su lugar mientras busca todos los modos posibles de contener sus sentimientos liberados, cuando una voz responde del otro lado.
-¿Quién habla? —pregunta algo molesto, comprensible considerando la hora y que su hijo no conoce (quizá) su número.
-Kai, soy papá. ¿Cómo has estado? —Consigue poner su boca a trabajar y saca lo que ha pensado decirle a su hijo por tantos años desde su ausencia.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada