23.2.15

Azoociaciones I

Azoociación número uno.
Tiburón.
Contemplaba el mundo como una batalla de vida o muerte, donde si no eres cazador, eres presa. La experiencia le ha enseñado a moverse con sigilo e invisibilidad cuando debe, y con el máximo despliegue cuando se requiere. La existencia ahí lo exige.
Comenzó como cualquier pez pequeño en la inmensidad del océano, no estaba ahí por elección pero eso no le impediría llegar a la cima de todo, esa había sido la consigna y él no podía oponerse a ella. Porque es una orden y su camino al poder, cosas a las que no se puede negar.
-Ey Kai, ¿que dices del chico nuevo?- pregunta alguien entre la oscuridad.
El aludido abre parcialmente un ojo y contempla a un chico frente a él, es quizá un año mayor, abre ambos ojos y le mira profusamente, el otro muchacho baja la mirada de inmediato y vira la cabeza.
Una sonrisa se dibuja en el pálido rostro de Kai. –Es débil, no sirve.- De un ágil brinco deja su lugar y sale de la sombría bodega, todos los presentes se hacen a un lado al verlo pasar. Ahora, él es el depredador máximo.
Después de dejar el punto de reunión se pasea entre los callejones que rodean el depósito de chatarra que les sirve de base, mira con aburrimiento el panorama ante él; vacío, como un océano abierto, inmensidad por la que se puede mover a voluntad, sin nada que le ate ni que le limite, no hay enormes muros ni gruesas paredes. Sólo una fantasmal presencia con la que ha aprendido a lidiar.
Llega al techo de un edificio desocupado desde donde contempla las animadas calles del centro, atestadas de gente y ruido. Dos de las pocas cosas que lo alteran, como todo cazador, el verse rodeado le hace sentirse inseguro, amenazado y ante todo, vulnerable. Por eso evita cuanto puede las multitudes, y detesta los sonidos fuertes.
Pero no puede dejar de sentir curiosidad por contemplar la vida fuera de su territorio, porque como tal, es su deber cuidarlo de los invasores y las amenazas, que no son pocas dada la fama de la que se ha hecho, pero no ha aparecido aún quien pueda hacerle temblar. Sus curiosos ojos rojos ven pasar a la gente que llevan la vida que los miembros de su grupo dicen es común y corriente, ir a la escuela, regresar a casa para comer, pelear con los hermanos, recibir los regaños de mamá, salir a jugar con los amigos y al final del día tras hacer la tarea y la cena, recostarse en cama para dormir.
Pero él no tiene nada de eso, hay vagos recuerdos de una casa en un lugar cálido, y unas personas que cuidaban de él. Pero eso es lo que debe pasar con todo ser, se le cría, se le cuida y después ha de vivir su vida aparte. Fue lo que le pasó, si se quiere estar en la cima de la pirámide no debe haber lazos con nadie.
Como el tiburón que se mueve en el mar, no sabe de amistades, de parentescos, ni de familiaridades, sólo vive para cazar y defenderse, para sobrevivir. Pero también es cierto que ocasionalmente se cuestiona si realmente quiere estar ahí. El abuelo dijo que debía vivir en otro lado, porque había una misión que cumplir y él, no le quería cerca. No le necesitaba cerca, aunque si había que reportarse cada tres días y estar pendiente de cualquier llamado de emergencia.
Comienza a oscurecer y se dirige a su refugio. El departamento parece abandonado por fuera, pero el interior nadie lo creería. Lo necesario para la subsistencia y el entretenimiento, aunque bien podría proveerse de lo más avanzado tecnológicamente hablando, para él es superficialidad a la que no le presta atención. Todo su interés se enfoca en la búsqueda encomendada.
Se recuesta, pero no puede dormir. El tiburón no duerme en presencia de alguien mas, porque el hundirse en el sueño es el único momento donde es vulnerable, por eso él no duerme en compañía, solamente cuando está seguro que está completamente solo es cuando se atreve a conciliar un sueño profundo.
Pero ahora no es el caso, sus instintos le dicen que hay alguien cerca. Se incorpora en profundo silencio, se acerca a la puerta y mira por la parte baja, la sombra de los pies de alguien se proyecta al interior del departamento. No pregunta, no trata de encarar al invasor, se queda en silencio a esperar. Si es visita no deseada, la persona habrá de llamar, si es enemigo peligroso, tratará de no hacerse notar.
Se oye un llamado a la puerta, y una nerviosa voz del otro lado. –Kai, hay algo que necesitas saber.- Él se queda en silencio, la otra persona sabe que no habrá de contestar, un cazador superior no responde a una criatura inferior. –Hay… dijeron que…-
La misma pequeña sonrisa se trepa a los labios del aludido, esa sensación de miedo que infunde. Abre la puerta y le mira levemente, desinteresado. El que llamó a la puerta, retrocede tres pasos ante semejante presencia, es típico que hasta aquellos que no entran en el menú de un tiburón se sientan intimidados.
-¿Hn?- Cuestiona silente.
-Hay un disturbio en el ala norte, los del centro quieren pelea, nos están superando.- Dice con una buena dosis de desesperación por el nerviosismo y la urgencia de la situación.
-Aja- responde simplemente y cierra la puerta en las narices del otro muchacho. Quien se queda perplejo, urgido por la llamada de auxilio de sus compañeros, y por miedo a molestar a su líder.
Ya no insiste, se da media vuelta y baja sin saber exactamente si sentirse feliz de haber salido completo de ese encuentro, o angustiado de no saber si Kai habrá de acudir al llamado.
Yendo a la zona del conflicto, una banda enemiga. Tiene rodeados a seis que están bajo las órdenes de Kai, ellos son diez. Con aspecto amenazante y palabras nada tranquilizantes juegan con el miedo de los otros, rodeándolos y sonriendo mientras dejan ver sus armas. Los amenazados se miran entre ellos, sabiendo que no ganarán y sin atreverse a hacer la valiente defensa.
Y comienza la trifulca, iniciada por los invasores. Aquellos que se supone deben defender el área ganada no hacen mucho, sólo quieren salir de ahí, salvar sus pellejos como patéticas criaturas.
Es como una pelea por una gran presa, los pequeños carnívoros y esos oportunistas carroñeros que rondan el mar quieren mostrar sus cualidades, mostrarse valiosos en ausencia de quien dicta las reglas ahí. Como una forma de escalar al poder, pero eso no será posible. Porque como en aquellas disputas de mar, en cuanto se siente la presencia del gran asesino, las cosas se detienen, todos se hacen a un lado, sólo los que creen contender con el más fuerte permanecen.
En el extremo de la callejuela aparece Kai, mirándoles con aburrimiento pero por dentro mide números, fuerzas, condiciones del terreno, lo que puede estar a su favor y en su contra. Igual que el tiburón, que no atacará a quien no puede vencer ni a quien solo le hará perder el tiempo. El gran pez elige únicamente a quien representa una amenaza manejable.
Y Kai ha distinguido a dos. Un musculoso muchacho de cabello castaño, y otro armado con dos navajas y que parece saber lo que está haciendo. Adelanta unos pasos, la escoria retrocede el triple, los que se creen dignos mantienen su posición. Se miran entre sí, nuevamente midiendo fuerzas y debilidades, como cualquier batalla de poderosos buscan el punto más inseguro, y el lado más fuerte.
E inicia en medio de un silencio que no presagia nada bueno. Cuando los dos contrarios comienzan a atacar Kai sonríe de ver que no estaba equivocado, son dignos rivales. El chico castaño prueba ser el más fanfarrón pues basa su ataque en golpes bien dirigidos pero con una defensa inexistente, enfoca primero su atención en deshacerce de él pues el segundo enemigo es algo más complicado. Sabe combinar sus movimientos y aprovechar los supuestos puntos ciegos del contrincante.
Después de un certero golpe en el pecho, el grandulón cae sin sentido al suelo, los otros dos se separan un poco para recuperar el aliento y saber que efecto tuvo el primer asalto, hay un poco de sangre en las cuchillas del muchacho, y algunos futuros moretones en su cuerpo. Ambos han acertado en sus ataques, la pregunta es ¿quién tiene más resistencia?
Éste nuevo predador que quiere un tajo del poder del otro. Y ese otro se siente retado, y lejos de infundirle miedo le emociona más, porque para la vida de los que deciden quien ha de morir y quien no, cualquiera en esas situaciones puede caer en una apatía que le carcomería todo. Por eso Kai sonríe y espeta una que otra palabra retadora.
Inicia el round dos. El de las cuchillas quiere acabar todo pronto, dirige los filos a las áreas más vitales del contrincante, y Kai prevé lo que pasará, no en vano ha aprendido lo que sabe por experiencia propia. Es cansancio lo que hace al contrario apresurar las cosas. Grave error.
La navaja izquierda hace contacto con su costado, no profundo pero si aparatoso, la sangre que sale le da seguridad al atacante y lanza su mejor movimiento, Kai lo recibe con la ofensiva ya planeada. Con un movimiento de mano, le hace soltar un arma y con otro pase de manos hace que el infeliz quede amenazado por la punta de su propia cuchilla. La diferencia de fuerzas es poca, pero Kai tiene la última palabra en esa cuestión. La punta comienza a hacer un recorrido rojo por la piel del contrario que al ver su posible futuro grita suplicando clemencia.
Regularmente el tiburón no sabe de compasiones, porque eso implica la posible existencia de debilidades. Pero hay momentos en donde sabe que no tiene caso continuar, por orgullo propio es que no se bate en riñas con cualquier desecho de mar. Porque el que ha perdido a partir de ese día lo es, así de dura es la vida en el mar y las calles. Cuando has intentado ganar el poder, y has fallado ya no tienes una segunda oportunidad, has pasado a ser parte de las filas de los perdedores que no pueden aspirar a otra cosa mas que recibir las sobras de los otros.
-Saben lo que pasará de volver a intentarlo.- Dice mirando a los invasores apaleados, quienes asienten y ayudándose entre ellos se alejan tan rápido como pueden. Y dirige su mirada a los que yacen en el piso jadeando del esfuerzo hecho y la tensión acumulada. Sonríen al ver a su cabecilla llevarse el triunfo, pero él no piensa lo mismo. –Y ustedes saben lo que pasa con los débiles… largo.-
Se retira dejando atrás a los ahora expulsados, que no se atreven a reclamar su expulsión o a suplicar su nueva aceptación, saben que no serán recibidos nunca mas. Así son las cosas ahí.
Regresa a su refugio, apenas cierra la puerta se sienta en el piso recargando su espalda en la puerta. Jadea un poco y se toma el costado que sangra, para una victoria hay que hacer sacrificios y esa herida fue el suyo, pues no podría ganar de no haberse permitido ser lastimado. Se queda pensando en las palabras que lanzó a sus antiguos subordinados. Las escuchó alguna vez, allá en la mansión del abuelo, fue lo último que escuchó de él antes de ser lanzado fuera de ahí. Porque el abuelo no tolera a los débiles, y en ese entonces Kai lo era, estaba por encima de muchos pero el patriarca Hiwatari le quería por encima de todos. Por eso lo alejó, lo lanzó a ese mar de posibilidades para que se endureciera y pudiera construirse su camino de regreso. Además que le era más útil tenerlo a distancia para que no hubiera conexión entre él y la misión a cabo.
Y si, seguramente no faltará quien se pregunte como es que un ser de tanta fuerza y con semejante nivel de frialdad desea retornar a un lugar así, o simplemente tener contemplado un regreso. Si se ha dicho que los poderosos no tienen conexión con nada. Pero hay algo, algo que llaman memoria genética, pues aunque no exista recuerdo alguno del lugar de origen, hay algo en el interior que llama al tiburón a ir al lugar donde vio la primera luz. Para procrear, para morir o simplemente por la irracional razón del conocer.
Y ante eso, ni la llamada 'máquina asesina' de los mares se puede negar. Kai tampoco, porque sea memoria genética o no, le han hecho creer en la lealtad. Y hasta que no conozca a alguien mas a quien considere sea digno de la poca que le tiene a su anciano familiar, la suya yace con el viejo megalómano que le usa por ambición propia, ante la cual la suspicacia e inteligencia que Kai ha desarrollado, se ven cegadas por su sentido de pertenencia.
Repara la herida con experiencia aprendida de mala manera, un par de costuras entre siseos que se escapan por sus dientes apretados y se recuesta. Ahora si, durmiendo profundamente a sabiendas que ha reafirmado su lugar en la cadena, y por un tiempo nadie volverá a atreverse a ponerla a juicio.
Hasta la siguiente confrontación o la llamada de su familiar.
Será entonces cuando el tiburón muestre los colmillos de nuevo.

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